viernes, 20 de abril de 2018

UN PERIODISTA SEVILLANO


La tarde del lunes 11 de mayo de 1801, José Delgado Guerra, Pepe-Hillo, no estaba en su mejor forma en Madrid. Ese día toreaba sesión doble, y en la corrida matutina había sufrido un puntazo en una pierna. No sabemos si al entrar a matar tiró la muleta y echó mano al reloj de su padre (“la suerte del reloj”), pero lo cierto es que “Barbudo” lo empitonó por el estómago por más de un minuto, destrozándolo por dentro ante el horror de la reina María Luisa, presente en la plaza, y la angustia de su amigo José de la Tixera, que describió la cogida con todo detalle. Casi cien años después, un periodista sevillano le rendía honores con un “Ensayo biográfico, histórico y bibliográfico”. Era Manuel Chaves Rey, nada que ver, ni él ni su hijo, el también periodista Chaves Nogales, con el personaje que hoy calienta banquillo no precisamente en el Sánchez-Pizjuán. Redactor en “El Liberal”, fue un escritor prolífico que abordó variadas disciplinas: historia, arte, crítica literaria, costumbres, arrimándose incluso a la poesía, la comedia y la zarzuela. El mundo cofrade de la ciudad aún disfruta con “La semana santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823”. Sucedió a Guichot como cronista oficial, y fue académico tanto de la Sevillana de Buenas Letras como de la Real de la Historia. En la Biblioteca conservamos una decena de sus obras, entre ellas “Historia y biografía de la prensa sevillana” (1896), “Bocetos de una época” (1892), o “Una carta del rey Neto” (1894), pero lo más singular son tres cuadernos manuscritos y dos “Newspaper cuttings”, unos álbumes plagados de recortes de prensa y sabrosas fotografías de la época. Estas piezas, además de únicas, son un interesante testimonio de la Sevilla de finales del XIX y principios del siglo XX: reuniones o banquetes de los partidos políticos, como el del Partido Liberal en 1909 con discurso de un tal Pedro Rodríguez de la Borbolla ; biografías manuscritas sobre sevillanos ilustres, efemérides, y sobre todo críticas de sus obras en periódicos como El Baluarte, El Noticiero Sevillano, El Cronista o El Universal, entre otros muchos. Chaves era auxiliar del Archivo y Biblioteca Municipal, donde había pasado años de sesudas indagaciones. De hecho, algunos contemporáneos vieron en él a un investigador serio y concienzudo más que a un consumado escritor, un “observador perspicaz y curioso, cuya constancia y laboriosidad para rebuscar y revolver los archivos y bibliotecas le dan una supremacía sobre sus méritos como buen literato”, según narraba El Progreso a propósito de su folleto “Pro-patria: dos héroes sevillanos” (1893). Lo cierto es que había empezado a escribir a muy temprana edad, pasando a mejor vida apenas cumplidos los cuarenta, por lo que si su legado no es de una excelente calidad literaria, sí constituye una generosa aportación a la cultura de la capital de Andalucía. Por eso se exponen algunos de sus cuadernos, incluido el dibujo que le hizo Diego Ballester que ilustra este artículo, en “No solo libros”, la muestra que se exhibe en la Biblioteca de Jerez. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

EL MÉTODO


“-Pá. Ya sé cómo nos vamos a hacer ricos”. Mi hijo siempre preocupado por los aspectos espirituales de la vida. “Ya sabes que ahora me ha dado por las novelas policiacas” (¡claro que lo sé! La madre, una blanda, no para de comprarle novelitas al niño). “Y después de unas diez que llevo, el método es el mismo, y como dice mamá: conocido el método… Pues bien, lo primero, el muerto, lo segundo el detective o policía, o mejor, una pareja de ellos, después la trama, y si esta es por intereses económicos o políticos, perfecto, y completan los personajes los típicos y siniestros asesinos a sueldo y los cabecillas cínicos y despiadados; desenlace final y a forrarnos”. Un discurso que, como puede comprobarse, desprendía literatura por todos sus poros. Y aunque parte de razón no le falta a mi hijo en lo que al método se refiere, porque buena parte del género negro está cortado por el mismo patrón, la categoría literaria de unos y otros autores marca la diferencia entre una buena novela y otras que podemos tirar a la basura sin remordimiento alguno. No es lo mismo, ni comparable, un González Ledesma que un Stieg Larsson. Y en esto de lo policiaco ha sido tanto el furor de la moda que todos (y cuando digo “todos” me refiero al género humano y no sé si incluir también al animal, porque hay novelas por ahí que no son humanas) se han lanzado a la frenética carrera de escribir un relato negro, y ¡así han salido algunos!. De tal manera que no hay país casi en el mundo que no tenga un buen elenco de escritores dedicados a la novela policiaca.  Por mi parte, también debo entonar el “mea culpa”, aunque compartido con mi amigo y compañero de página, Ramón Clavijo. “Bueno, y a todo esto, ¿a mí en qué me afecta “tu método” y tus ganas de forrarte?” “Pá, está claro. Yo pienso y tú ejecutas. Ya sabes, el principio universal de la idea y la acción.” “Entonces, si no he entendido mal, tú me cuentas la historia que te inventes y yo escribo la novela”. “Y vamos a 70-30. Ya estoy viendo la trilogía. Un pastizal, Pá.” “¿Y por dónde andas de la idea?”, “¡si empezamos con presión…!”. José López Romero.

viernes, 6 de abril de 2018

EL XEREZ DE LUIS PÉREZ SOLERO


El paso del tiempo va difuminando en muchas ocasiones iniciativas que, precisamente con el trascurrir de los años, van adquiriendo ante nuestros ojos una importancia que quizás en el momento que surgieron nunca se les reconoció. Una de estas iniciativas directamente relacionada con la difusión del vino de Jerez, y por tanto con poner en valor el que durante siglos ha sido el motor económico de la ciudad que le da nombre y su seña de identidad, nacería cuando aún no había terminado la Guerra Civil española, y fue debida al entusiasmo casi exclusivo de una persona: Luis Pérez Solero. No nos engañemos, quizás los aciagos años en los que surge el proyecto editorial “Xerez” auspiciado por la casa González Byass, explique el porqué años después conozcamos poco de aquella publicación seriada, incluso los ejemplares que se conservan sean raros y, por tanto, tentación no solo para los profesionales o amantes del vino universal que surge de la campiña jerezana, sino para bibliófilos y coleccionistas.  El proyecto que ideó Pérez Solero consistía en sacar a la luz doce cuidados álbumes, cada uno dedicado monográficamente a  un aspecto relacionado con el vino de Jerez, y que a lo largo de muy pocos años estuviera culminado. El proyecto no llegó a  realizarse según lo previsto por su creador, pero nos queda del mismo sus dos primeros números. Dos magníficas publicaciones: “Visitando la Bodega” de enero de 1938, y  “La Campiña Jerezana” de septiembre de ese mismo año. Cuando sale a la luz este segundo número ya su creador vaticinaba las dificultades que presentía para culminar el proyecto felizmente: “Por causas ajenas a mi voluntad, este número no pudo ser publicado a su debido tiempo. Espero, y Dios lo quiera, que los sucesivos aparezcan pronto….” Pérez Solero, como es sabido, era un burgalés que es contratado por los González en 1935 para impulsar la imagen de la marca, y cuya creación más conocida –y que quizás ha ensombrecido otros importantes logros conseguidos en su larga y brillante carrera profesional como publicista- fue la “humanización de la botella de “Tío Pepe”. Por tanto la revista “Xerez” es una de sus primeras y ambiciosas iniciativas, y que como decíamos al principio el paso del tiempo –y también para algunos, la nada disimulada inclinación de su fundador hacia el bando franquista- amenaza con difuminar. Los dos primeros números a los que nos referimos en este breve artículo, y salvo una pequeña colaboración del escritor Federico García Sanchíz, son en su totalidad fruto del espíritu creativo de Pérez Solero: cientos de fotografías y  dibujos junto a unos textos dignos de ser rescatados del olvido, logran mostrarnos lo que fue históricamente, pero también lo que significaba el vino de Jerez en el primer tercio del siglo pasado, y con él los personajes y paisajes vinculados a este universal mundo del “jerez” que tanto debe a un personaje singular y genial como Luis Pérez Solero. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

RAP


“Father. Acabo de leer un libro de poesía, en el que se incluyen poemas para rap. Conque ya te puedes ir olvidando de tus Garcilasos, tus Góngoras, tus San Juan de la Cruz, y hasta de tus Machados y Salinas, te pones un poquito más moderno, que falta te hace (pulla gratuita), y empiezas a explicar en tus clases y a tu alumnado las nuevas direcciones, los caminos de la actual poesía”. “Hija mía, cuando te pones a leer, parece ser que no puedes resistirte a la crítica. Seguramente el libro que has leído se titula ‘Nosotros los de entonces’ de José Manuel Benítez Ariza. Como ves, estoy al tanto de esas moderneces que dices. Te agradezco el interés, pero permíteme que te recuerde quién en este asunto es el profesional”. Mi hijo, como ausente, pero atento: “Ahí ta dao, niña”. “Bueno, si quieres seguir aburriendo a las ovejas es tu problema o, mejor dicho, problema de tus alumnos ¡pobrecillos!” (ironía gratuita). “2 a 1”, mi hijo en modo marcador simultáneo. “Pues ya que tanto te interesan mis alumnos, te voy a dar una lección. Partiendo de la base de que hasta vuestras redacciones escolares (¡¡pocas redacciones se hacen en estos tiempos!!) con motivo del Día del Padre o de la Madre me parecían verdaderas obras de arte, porque las hacíais con el corazón, para mí cualquier texto escrito con sentimiento y que despierte en el lector cierta emoción, es digno de llamarse literario, aunque la verdadera calidad debe ir acompañada de la técnica, de esos mecanismos necesarios para que todo escritor se exprese de forma adecuada. Y eso es trabajo, esfuerzo, conocimiento… lo que Lorca definía de la siguiente manera: “No sé si soy poeta por la gracia de Dios o del diablo, pero mi trabajo me cuesta todos los días”, o la famosa frase de Picasso al decir que cuando le vinieran los musas a visitar, esperaba que lo cogiesen trabajando. El rap, como cualquiera otra manifestación artística tendrá esos mecanismos técnicos y merece respeto y reconocimiento, aunque confieso que soy más de boleros”. “Antiguo no, de parque jurásico, father”. “Razón lleva la niña, Pa. 3 a 2”. “La paga peligra”. “Pues dejémoslo en empate”. José López Romero.

viernes, 23 de marzo de 2018

FUEGO


Pasaba en su barrio por ser una mujer discreta, que no se metía en nada. Hacía ya más de veinte años que vivía en el mismo bloque desde que se instaló en aquella ciudad, a la que había llegado procedente de un traslado obligatorio y que había convertido con el paso del tiempo en su hogar. “No se es de donde se nace, sino de donde se pace”, les decía a sus amigos cuando le recordaban su procedencia para bromear con ella. Y ella se sentía cómoda, muy cómoda en una ciudad que lo tenía todo para disfrutar y ser feliz; una felicidad que no había querido la vida que compartiera con nadie, pero en su recalcitrante soltería a nada ni a nadie echaba en falta, tenía su buen trabajo y, sobre todo, una afición que le ocupaba esos restos del día en que más se puede echar de menos a alguien a su lado: los libros. Compartía su soledad con los personajes de las novelas que leía, con esa tranquilidad, con la serenidad y el sosiego que produce el sentirse a solas pero viva, intensamente viva y en paz. Pero un día, su librero le avisó: “Ten cuidado. Han venido preguntando por los clientes que compran libros en castellano”. El aviso solo le hizo confirmar algunas sospechas o impresiones que había tenido en las últimas semanas, cuando en la librería paseaba por los estantes y ojeaba algunos libros; más de una vez se le había acercado demasiado un individuo con mala pinta y casi había metido sus narices en el libro que tenía en las manos. E incluso, alguna vez había escuchado murmullos como “habrá que quemarlos todos”, y recordó de pronto una antigua frase que había leído no hacía mucho tiempo en una novela: “los que queman libros tarde o temprano llegan a quemar seres humanos”, que se titulaba ‘Asuntos de un hidalgo disoluto’ de un tal Héctor Abad Faciolince. Cuando llegó a su casa, empezó a notar una sensación que nunca hubiera creído que podría ser capaz de sentir: el miedo, el miedo a una ciudad que la había acogido como ella la había llegado a acoger en su corazón y la había hecho suya. Y de repente se le ocurrió una idea: la resistencia contra la maldad, contra los que lo mismo queman bibliotecas que personas, y recordó una forma ya antigua de conservar los libros, de ponerlos a salvo de la bestialidad humana: el emparedamiento; pero prefirió una variante, la que había leído en el libro de los libros, ‘El Quijote’, en el famoso escrutinio del cura y el barbero: tapiar una de sus habitaciones, aunque abrió por la contigua un acceso muy bien disimulado, y en aquella estancia fue metiendo sus libros en castellano al resguardo de la infamia. Un día, al volver del trabajo, se encontró la puerta del piso abierta, habían forzado la cerradura y el desorden de sus enseres indicaba que habían buscado a conciencia lo que no habían logrado encontrar. Ella sabía que tarde o temprano aquello sucedería y tenía la precaución todas las mañanas, antes de ir a trabajar, de esconder el libro que estaba leyendo y de dejar en la mesita de noche dos o tres a modo de trampa, en esta ocasión les había tocado a dos biografías de un entrenador de fútbol que siempre lucía un ridículo lazo amarillo, y una novela de un viejo cantautor venido a menos, libros en castellano que, por supuesto, no se atrevieron a tocar. Y entonces recordó una frase atribuida a Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. José López Romero.

INÉDITOS


No sé si a todos nos pasa lo mismo, pero lo cierto es que me invaden extrañas sensaciones cuando me contemplo al cabo de los años en una vieja fotografía.   Primero   la   sorpresa   ante   la   juventud   ya   perdida,  pero luego algo más inquietante: la sospecha de tener poco que ver ya  con aquella imagen del pasado, y que el tiempo ha ido alejando irremediablemente del que ahora somos. Contemplamos a un desconocido. Algo parecido se nos antoja le sucede al escritor cuando  se topa con viejos manuscritos  de juventud inacabados algunos, desechados otros y que milagrosamente no han terminado en la papelera. ¿Escribí esto? imagino se preguntan algunos al toparse con esas antiguas creaciones. En ese fortuito encuentro algunos en un acto de sensatez destruirán lo encontrado, otros por nostalgia o cualquier otro inexplicable motivo volverán a cometer el error de devolverlos al cajón donde los encontraron, pensando con ingenuidad que allí permanecerán hasta el fin de los  tiempos. Digo todo esto a tenor de una práctica vieja pero que observamos con preocupación que va camino de cronificarse, cual es  la de dar a la imprenta  textos  de autores  desaparecidos pero que estos en vida descartaron publicarlos  por distintos motivos. No me refiero a aquellas obras perdidas fortuitamente y que hicieron lamentarse a más de uno por tan tremenda pérdida - que no se ven ya con fuerzas para reconstruir- pero que pasados los años alguien por azar o una labor de investigación certera, logran rescatar para el público, enriqueciendo el legado creativo de sus autores. No, me refiero a esos otros textos que solo conoceremos por mediar la traición que llevaron a cabo herederos de algunos legados literarios, publicando textos poco afortunados de autores admirados y que nada aportaron ya, salvo quizás -a veces ni siquiera eso- unos suculentos beneficios . A lo largo de estos últimos años, como les decía al principio,  han proliferado los casos -para ser justos, unos  más justificables que otros- pero en  todos saltando por encima de la voluntad de sus autores –Hemingway, Verne, Huxley, Bolaño, etc.- que no pueden hacer nada para evitarlo, salvo revolverse en el lugar allá donde quiera que estén. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de marzo de 2018

EL LEGADO DE ISABELITA RUIZ


En la inauguración del Villamarta, en febrero de 1928, salió a escena como primera bailarina una “jerezana de piernas monumentales” en presencia de Primo de Rivera. Eso escribía Rodrigo de Molina en este Diario a finales de los ochenta. Miguel Mendizábal la vio bailar en el “Olimpia” de París junto a la Meller, y al día siguiente escribe en “El Universal”: “¡Vaya hembra española!”. Otros hablaron de su cuerpo como “una divina escultura que soñara Pigmalión”, y en otra crónica avisan: “vayan a verla bailar y saldrán del teatro próximos al suicidio”. Juan de La Plata  la conoció, y quedó impresionado no solo por su porte, -al que se refieren los comentarios anteriores-, sino por sus extraordinarias dotes para la danza. Hablo de Isabelita Ruiz, nacida en 1902 según su DNI, o en 1908 según los artículos sobre ella en la prensa local, que junto a una entrada en “Wikipedia” y un rótulo con su nombre en una calle cercana a la plaza del Caballo, es todo lo que hay sobre la cupletista. Bueno, todo no. Hay un considerable volumen de documentación sobre ella en la Biblioteca Municipal Central que recogió el Cine Club Popular del asilo de las Hermanas de la Cruz en 1996, cuando Isabel falleció en ese centro benéfico. En estas líneas no pretendemos una semblanza biográfica al uso, sino una somera descripción de este interesante Legado, cuyo contenido hemos clasificado según su naturaleza. Entre los “documentos oficiales” hay muchos de su hermana María, que también flirteó con el mundo de la farándula en Brasil, a juzgar por una tarjeta profesional fechada en Rio en 1934 en el que consta como “cantora”, aunque en un certificado del Consulado de 1932 la catalogan como “modista”. De Isabelita lo más llamativo es un contrato de trabajo firmado en París con el director del “Scala Theater Berlin”, el banquero judio Jules Marx, en 1925, por el que la artista cobraría treinta mil pesetas al mes por interpretar “danzas españolas”. Toda una fortuna. Está también su cartilla de ahorros de finales de los 70, cuyas cantidades nos reservamos por decoro, pero que ni por asomo reflejan lo que ganó en sus años mozos. Otro bloque lo encuadramos en “recuerdos y recortes de prensa”, con innumerables artículos de otras tantas actuaciones en Roma, París, Berlín, Santiago de Chile, Italia, Portugal, etc., donde la alaban de todas las formas posibles, como Alvaro Retana, que la llamó “una bolchevique de la coreografía, por haber revolucionado los principios más fundamentales de la danza española”. Completan el paquete una cantidad cercana al centenar de fotografías, como la que les mostramos, una veintena de piezas de música impresa y una serie de correspondencia dividida entre cartas oficiales y familiares. En 1995 se le tributó un cariñoso homenaje en el hogar de las monjas. Nosotros, acercándonos a su Legado, ponemos nuestro granito de arena para que Isabelita Ruiz sea para los jerezanos algo más que un rótulo colocado en una calle de Jerez. Y en la Biblioteca seguiremos encargándonos de que su recuerdo permanezca para siempre. NATALIO BENITEZ RAGEL 

LIBERTAD


“Le pondré un ejemplo: imagínese que hay dos aviones en una pista de despegue de Madrid con destino a Barcelona. Uno de ellos se somete a un control muy estricto: se cachea a todos los pasajeros, uno a uno, y se pasan todas las maletas por el escáner. En cambio, en el segundo avión se puede embarcar sin ningún tipo de control de seguridad. ¿Cuál de los dos escogería?”. Este párrafo está extraído de la entrevista que se incluye como apéndice en el libro ‘El caso Collini’, y el autor tanto de esta novela como de las palabras antes citadas es Ferdinand Von Schirach, escritor y abogado alemán, nacido en Múnich en 1964. Ponía el ejemplo Von Schirach al hilo de una reflexión que hacía sobre una encuesta que se había realizado recientemente, y en la que al parecer los ciudadanos preferían la seguridad a la libertad, “Esto me parece muy peligroso: si perdemos la libertad, acabaremos perdiendo también la seguridad”, comentaba el escritor. Vuelvo al ejemplo. La pregunta de la elección de avión se me antoja ociosa, aunque Schirach piense que es muy peligroso perder la libertad en beneficio de la seguridad. Quizá habría que darle la vuelta a esta relación de conceptos y plantearla al revés: si perdemos la seguridad, perdemos con ella la libertad. La permanente amenaza del terrorismo en que desde hace unos años vive Europa, y que se ha manifestado con los terribles atentados sufridos en Francia, Inglaterra y en nuestro propio país, es razón más que suficiente para invertir la reflexión de Schirach. Pero el terrorismo no es el único causante de nuestra inseguridad; los niños no pueden jugar como antes en las plazas de sus barriadas; las jóvenes no pueden volver a sus casas solas los fines de semana; e incluso todo un barrio puede estar atemorizado por la presencia de vecinos indeseables; ni en nuestra propia casa disfrutamos de la seguridad que nos ofrece la puerta blindada. Vivimos en una sociedad y en unos tiempos inseguros, donde el peligro nos acecha por todas partes. Y cuando sentimos miedo, está claro que no somos libres, libres de pasear por la calle a la hora que me apetezca, sea hombre, mujer, niño o niña. Está claro el avión que yo elegiría, y en el caso de que no tuviera elección, saludaría al pasajero de al lado con las palabras de Aby Warburg: “vive y no me hagas daño”. José López Romero.

viernes, 2 de marzo de 2018

145 AÑOS DE LECTURA PÚBLICA EN JEREZ: LOS INICIOS II


Terminábamos el primer artículo de esta serie dedicada a la lectura  en nuestra ciudad, preguntándonos por qué la Biblioteca Municipal de Jerez, es hoy la única –de las cerca de un centenar inauguradas- que sobrevivió a esa iniciativa del ministerio de Fomento dirigido por Ruiz Zorrilla durante la primera República, con la loable intención de hacer llegar la lectura y el libro, y en definitiva la cultura, a las clases más desfavorecidas. Apuntábamos algunas conclusiones: muchos  ayuntamientos a los que se les dejó la gestión de dichas bibliotecas nunca estuvieron seriamente comprometidos con la iniciativa, justificándolo por lo gravosa que resultaba para las arcas municipales. Por tanto, las colecciones empezaron a desactualizarse, pero es que además  la mayoría de los locales dedicados a biblioteca eran espacios cedidos dentro de una escuela local, y que en muchos casos carecían de las mínimas condiciones para el servicio. Una tras otra esas bibliotecas fueron cerrando. Pero el golpe definitivo vendría tras la Restauración y la orden de restituir a la iglesia los fondos bibliográficos incautados, muchos de ellos depositados en los recién inaugurados centros bibliotecarios. Es cierto que estos fondos antiguos no representaban un estimulo para los posibles lectores, pero sumado al nulo incremento de las colecciones a lo  que  se habían comprometido los ayuntamientos, el resultado era inevitable: el cierre. En Jerez la restauración obligó igualmente al Consistorio a devolver los importantes fondos con los que la Biblioteca Municipal se había enriquecido, y que procedentes de la Colegial –hoy Catedral- fueron devueltos. Ello provocó  un momentáneo cierra en 1875. Pero en Jerez a diferencia de otras ciudades, la creación de la Biblioteca popular, luego municipal, contó con un potente respaldo público al frente del cual estuvieron personajes emblemáticos de la cultura y la política  local como Ramón de Cala. Ello impidió que la Biblioteca que se quería inaugurar fuera, como en otras localidades, instalada en un anexo de una escuela pública, y propició que el Consistorio se implicara con entusiasmo en la tarea, con el alcalde Revueltas y Montel al frente, cediendo para la iniciativa un edificio emblemático el antiguo Consistorio en la plaza de la Asunción (en la imagen). Pero como decíamos antes, todos estos esfuerzos pudieron venirse abajo con la Restauración y la consiguiente devolución de los ingentes fondos procedentes de la Colegial. Pero también en ese año clave de 1876, apareció una figura que hizo cambiar el sino de la biblioteca de Jerez, evitando que esta siguiera el mismo destino que el resto de bibliotecas  populares creadas durante la primera república: José de la  Herrán. Este, en un bando antológico, animó a la población a donar libros para cubrir los vacios dejados por la salida de los libros de la Colegial. La llamada tuvo éxito al implicarse toda la sociedad jerezana, y convirtiéndola a día de hoy en la única representante del movimiento bibliotecario surgido en 1868 (continuará). RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

DIOS


Una leyenda escrita con spray en la parte de atrás del refugio de la parada del autobús atrajo su atención. «Dios no cree en Dios». A la cual una mano más humilde, usando únicamente una tiza roja, había añadido la palabra nuestro: «Dios no cree en nuestro Dios».” Leí este párrafo hace un tiempo en un texto de George Steiner, que ahora no logro localizar. Y me viene este fragmento a la memoria con más intensidad después de ver en los medios de comunicación que el inefable Trump quiere que maestros y profesores lleven armas, como única solución a las frecuentes matanzas de jóvenes en los centros de enseñanza de su país. Yo no sé qué lee el presidente de los EE.UU. ni qué come, ni quiénes son sus consejeros, pero algo raro le pasa a ese hombre en la cabeza para no solo tener una idea como esa, sino incluso para atreverse a decirla, sobre todo por ser quién es y la responsabilidad que su cargo comporta. Pero cuando seguimos la información de los medios y a la idea de Trump se le añade la diaria víctima de violencia de género, uno de los grandes males de nuestra sociedad, y a esta le siguen los bombardeos sobre Siria, que se llevan por delante a niños y personas indefensas, o vemos el drama de la emigración en nuestras costas, o las bombas humanas que destrozan a cientos de civiles en Akganistán o Irak, sin duda la frase de Steiner adquiere todo su terrible y angustioso sentido. Algo se ha roto en la cadena genética del ser humano, en nuestra relación con Dios, que nos ha llevado a esta sociedad enferma y podrida que solo genera la violencia y que no encuentra otra solución a esta que más violencia, con la única diferencia de que esta está legitimada por la ley, como si un profesor con una pistola al cinto o un fusil al hombro fuera el mejor ejemplo para un escolar. Alguien debería parar todo esto y empezar de cero, quizá volver a las cavernas, o a esa edad de oro que tanto añoraba en su incomparable discurso el bueno de don Quijote. Pero ya no puede ser Dios el que nos guíe, porque “Dios ya no cree en nuestro Dios”, definitivamente aquel Dios nos ha abandonado. José López Romero.


viernes, 23 de febrero de 2018

FILOSOFÍA


“La Historia y la Filosofía se diferencian en que la Historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo; en tanto que la Filosofía cuenta cosas que sabe todo el mundo con palabras que no conoce nadie”. Esta frase, extraída de ‘La fugitiva’, extraordinaria novela (reseñada aquí hace unas semanas) del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, premio Cervantes del pasado año, no por ingeniosa esconde menos verdad. Algunas áreas del saber se recrean en la complejidad, en la oscuridad del discurso para hacerlas más difíciles de entender por el común de los mortales, en ese prurito por dotar de prestigio a un conocimiento que de antemano ya los iniciados y expertos en estas materias consideran para pocos. La retórica ha sido de siempre un arte especialmente indicado y dominado por encantadores de serpientes o charlatanes de feria. ¡Cuántos votos no habrán conseguido algunos políticos solo con esa verborrea ampulosa pero hueca! ¡Divina la palabra! Y viene todo esto a relación por un breve artículo que José Luis Melero dedica a Juan Benet, incluido en su libro ‘La vida de los libros’ (de muy recomendable lectura). “Si me pidieran que hiciera un listado de mis libros favoritos, en él figuraría sin duda en lugar destacado ‘Otoño en Madrid hacia 1950’ de Juan Benet. Cómo alguien capaz de escribir ese libro extraordinario escribió a sus vez otros muchos completamente ininteligibles es cosa misteriosa que a mí se me escapa”, dice Melero en su texto. Y viniendo de quien venía esta opinión, de un acabado ejemplo de lector sin remedio como Melero, en ella he hallado gran consuelo porque a Juan Benet lo tengo apuntado en esa libreta negra que anda por casa, y que he titulado “escritores a los que no entiende ni su puñetera madre”; no pude en su momento con ‘Volverás a Región’ que creo recordar fue lectura obligatoria de algún curso de aquel lejano y llorado COU, para martirio de estudiantes, hoy convertidos en desertores de la lectura, y solo aguanté ‘El aire de un crimen’ y en cuanto leí a Melero me hice con un ejemplar de ‘Otoño en Madrid hacia 1950’ por ver si paso a Benet a otra libreta, aunque sea gris. Porque hay escritores que, como la Filosofía, piensan que más arte tienen cuanto más oscuro y enrevesado es su estilo, y cuentan esas cosas que todo el mundo sabe de una forma que no entiende nadie. Y como en la Literatura, en cualquier manifestación artística. Por eso también mucho consuelo me acaba de dar el gran Boadella, flamante presidente de Tabarnia, al comentar que las tres cuartas partes de las pinturas de Picasso son “una mierda” (literal). Y yo ya no sé si este consuelo mío responde a un sentir general, aunque silencioso (recuérdese el tradicional cuento del traje inexistente del rey, a quien nadie se atrevía a decirle que iba desnudo), o a una incapacidad personal por gozar de un arte solo para entendidos y apasionados diletantes. En cualquier caso, yo prefiero los potajes a lo Galdós, que las exquisiteces de Benet, quien por cierto despreciaba el arte para todos del “garbancero”. José López Romero.


NOTICIAS RELEVANTES


No ha estado huérfana la actualidad informativa de noticias culturales de cierta trascendencia. Junto a ellas, era inevitable, han llegado a la superficie otras más propia de un sainete, pero que sin embargo han protagonizado las conversaciones fugaces en las barras de los bares, ante ese café mañanero, como la de las “portavozas”, grito que rechina aún en nuestros oídos,  lanzado en una comparecencia en el Congreso por la diputada Irene Montero. Afortunadamente no son estos los hechos relevantes en la actualidad cultural de este país, aunque su monopolio de portadas en los medios de comunicación así nos lo hiciera parecer. Cuando hablo de noticias relevantes me refiero a algunas como la que nos da cuenta de que el historiador Santos Juliá ha sido galardonado con el premio Francisco Umbral. El motivo, la publicación de “Transición. Historia de una política española (1937/2017)”. Premio que aunque solo reconoce la aportación que se hace a nuestra historia colectiva en un excepcional texto –que algunos vaticinan pudiera ser considerado para el galardón de Premio al libro del año- , todo apunta a que es  también un reconocimiento a toda una obra. Pero la noticia que más me ha interesado estos días es la llegada –por fin- de   los archivos privados del gran escritor español Arturo Barea a la Biblioteca Bodleian de Oxford.  Esta importante donación ha estado potenciada con la realización de una importante serie de actos de homenaje a este escritor muerto en el exilio, y al que se deben libros como “La forja de un rebelde” o “La raíz rota”, la mayoría de ellos auspiciados por el Instituto Cervantes y localizados en Londres y Oxford, lugares representativos en su exilio británico. Pero lo que no podemos olvidar es la muy interesante exposición “Arturo Barea, la ventana inglesa”,  inaugurada el pasado diciembre en la sede madrileña del mencionado Instituto y a la que aún quedan algunas semanas para la clausura. Una propuesta esta indispensable para todo aquel que se quiera aproximar no solo a la figura de este escritor, sino a lo que significó el exilio para la historia de la cultura reciente de nuestro país. Ramón Clavijo Provencio

sábado, 10 de febrero de 2018

MÁS SOBRE JOYAS CARTOGRÁFICAS

Un mapa antiguo, tal como escribíamos en mayo del pasado año, puede ofrecernos valiosa información no solo geográfica sino también histórica, política o administrativa. Cambios de régimen político, alteración de los límites administrativos territoriales, desarrollo de campañas bélicas, progresos de las infraestructuras viarias, ubicación de lugares o monumentos desaparecidos, etc., son aspectos fácilmente legibles en cualquier mapa realizado con un mínimo rigor científico. En aquella ocasión, nuestro artículo abordaba algunos de los ejemplares más interesantes que conserva la Biblioteca Municipal Central de nuestra ciudad. Pero contamos con otra valiosa colección de estos materiales en la Municipal del Coloma, donde custodiamos el fondo antiguo del Instituto más antiguo de nuestra provincia, y seguramente de Andalucía. Concretamente son catorce las piezas de esta naturaleza, cuatro del siglo XVIII y el resto del XIX. Si existe algún colectivo profesional que se haya beneficiado especialmente de la aparición de Internet, éste es sin duda el de los bibliotecarios. Hemos llevado a cabo una exhaustiva búsqueda por las principales bases de datos bibliográficas que existen, tanto nacionales como extranjeras: la red de bibliotecas públicas del Estado, el catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español, la red de bibliotecas universitarias,la Biblioteca Nacional de España, la Library of Congress, la British Library, la Nacional de Francia o metabuscadores como “el buscón”, entre otros recursos. Gracias a esta labor de rastreo podemos afirmar con rotundidad que cinco de los ejemplares que conservamos pueden catalogarse como una rareza, por ejemplo la “Geographie moderne” del francés Jean Baptiste Clouet, publicado en París en 1793, un detalle del cual ilustra este artículo. Los sesenta y ocho mapas,  impresos a doble hoja de gran formato, están enmarcados por orlas adornadas con motivos marinos y vegetales. Además de nosotros, solo lo tiene la Biblioteca Pública del Estado en Ávila. Sin embargo, no es la pieza más rara de la colección. Ese honor se lo lleva el “Grand atlas de geographie physique et politique ancienne et moderne”, una edición parisina de P. Lethielleux que no hemos hallado en ningún otro centro por más que hemos buscado. Tampoco es que sea el mapa más llamativo ni más vistoso, ni siquiera el más antiguo, pues el impresor ejerció a principios del siglo XX, pero por escaso es siempre valioso. El más atractivo es otro que solo hallamos en la Nacional de España, el “Orbis vetus”, una obra monumental del cartógrafo de Luis XV de Francia, Didier Robert de Vagaundy. El “Atlas zu Alexander Humboldt's kosmos” (Stuttgart, 1861), otra de las muestras, solo está en la British Library. El  “Atlas del itinerario descriptivo de España”, de Laborde (Valencia 1826), o la serie, en tela desplegable, del“Atlas de España y sus posesiones de Ultramar”, de Francisco Coello (Madrid, 1848-1870), aunque presentes en muchas bibliotecas, son otras de las  joyas cartográficas conservadas en la Red de Bibliotecas Municipales, en particular en la del centro docente P.L. Coloma. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.    

PRESTIGIO

“Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llamaba ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente… ¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de los oscuros gabinetes?, ¿y las jóvenes leyendo en sus jardines libros que no son rezos? Sentían que los libros los dignificaban.” Este pasaje está extraído de la novela ‘El impresor de Venecia’, de Javier Azpeitia, que recrea la vida de Aldo Manuzio, el impresor que, como bien dice el texto, cambió la historia del libro con sus formatos en octavo, que ahora llamaríamos “libros de bolsillo”. Manuzio no hace mucho también apareció por esta página. Pero no es del impresor del que pretendo que trate este artículo, sino del prestigio del libro. Aún conservo el recuerdo de cómo en aquellos turbulentos años de la década de los setenta (últimos de la dictadura y los iniciales de la transición), la gente (jóvenes y maduritos) sacaban a pasear sus ediciones de Antonio Machado, o de Cernuda, o de algún autor por tanto tiempo perseguido y prohibido por un régimen que, como su caudillo, agonizaba, estaba herido de muerte o había tocado a su fin. En los bares del centro de la ciudad se sentaban aquellos lectores, con sus no menos célebres chaquetas de pana como signo de distinción, “presumiendo con su libro” que exhibían, más que ojeaban a la vista de todos en ese valor de “prestigio” que le confería no solo el libro, sino también y sobre todo su autor. ¿Qué habrá sido de aquellos exhibicionistas o lectores de ocasión? Cuando, con el correr de los años, pasear libros en las terrazas de los bares ya no era signo de prestigio, de la misma manera que desapareció la chaqueta de pana, aquella gente cambió el libro por el periódico, órgano de difusión de otro régimen, y ahora es el móvil de última generación el signo de una distinción artificial y ridícula. Pero no de dignidad. ¡Si Aldo Manuzio levantara la cabeza!  José López Romero.

viernes, 2 de febrero de 2018

ADICCIÓN

Cada vez soporto menos las conferencias o actos culturales en los que, durante un tiempo que se nos hace interminable, un señor o señora se dedica a martirizar a su auditorio con la exposición de un tema que solo a él le interesa, o incluso ni a él o ella siquiera. El formato de monólogo está ya fuera de lugar en una sociedad que se define como la sociedad de la comunicación, y en la que cada vez se exige más la interacción con el público o, si me apuran, al menos la confrontación de distintas opiniones o ideas a través de otras formas de intercambio. Un auditorio sumido en el silencio, siempre incómodo, no puede entenderse si no es porque ya sean familiares del conferenciante, amigos u organizadores del evento (de estos, pocos son los que asisten). Y cuando por los imponderables de la cortesía, formo parte del grupo de “amigos”, me paso toda la conferencia pensando en lo bien que estaría en mi casa leyendo. Y así, la voz monótona que inunda la sala, pero a la que apenas hago caso, se va haciendo cada vez más lejana, distante, como un arrullo… y termino algunas veces por dar una cabezada involuntaria, de la que pronto me repongo, para sumirme de nuevo en ese sueño, ya despierto, de deseadas lecturas. Leer en soledad, al calor de tu mesa y tu flexo, con una taza de café o de té, es un placer incomparable, al que debes renunciar a veces por una insufrible conferencia. ¿Para qué leemos? Nos podemos preguntar. “Leo ficción, dice Philip Roth, para liberarme de mi perspectiva sofocantemente estrecha de lo que es la vida y para entrar en simpatía imaginativa con un punto de vista narrativo distinto del mío. Es la misma razón por la cual escribo”, y continúa Juan Gabriel Vásquez, en su libro ‘El arte de la distorsión’: “El lector de ficciones es un inconforme, un rebelde, y la razón de su rebeldía y su inconformismo es la insoportable camisa de fuerza de la vida humana: el hecho de que esta vida sea sólo una —es decir, que no haya otra después de la muerte—, y además sea sólo una —es decir, que no podamos ser más de un hombre al mismo tiempo”. Es la misma idea que expone con insistencia Vargas Llosa en la serie de textos recogidos en su pequeño gran libro ‘Elogio de la educación’. Leemos novelas para vivir otras vidas que no nos han sido dadas, para imaginarnos paisajes que quizá no veamos nunca, para conocer mundos, ciudades que no podremos visitar. Y a pesar de que todo ello nos pueda crear insatisfacción, o precisamente por nuestra insatisfacción es por lo que leemos, la lectura es un acto que llena todo nuestro tiempo porque nos hace distintos y libres. Leemos para ver con otros ojos, para escuchar con otros oídos. No es un tiempo perdido, como el de las conferencias, sino vivido con la intensidad de nuestra imaginación. Por eso, y como dice Vásquez, “la lectura de ficción es una droga; el lector de ficciones, un adicto”. José López Romero.

PASIÓN POR EL LIBRO

Puede parecer que en esta sociedad que nos ha tocado vivir, donde los medios tecnológicos cada vez copan más parcelas de nuestro quehacer diario, ciertas aficiones o, mejor dicho, pasiones, van quedando desplazadas y pueden ser hoy una rareza o curiosidad en vías de extinción. ¿Es este el caso de la Bibliofilia? Sorprendentemente, y según mi experiencia, la pasión por los libros, el interés y casi necesidad por poseer ediciones en papel que destacan por su belleza, rareza o antigüedad, siguen estando muy presentes y dan sentido a la vida de más personas de las que podríamos pensar por lo dicho inicialmente. Personas que hoy podrían equipararse a bibliófilos de antaño como el marqués de Chalambre que murió de un ataque de desesperación al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra que jamás había existido: una Biblia que en un momento de humor había inventado Charles Nodier. También tragico fue el destino de otro bibliófilo, Alejandro Timore. “Timore -en palabras de Javier Lasso- vivía en París con una renta exigua. Su dominio de las lenguas le permitía dar clases particulares que solo le daban lo suficiente para subsistir. En cierta ocasión le visitó en su domicilio de la calle Vieux-Augustins su amigo M. Blanchard, y le encontró trabajando en su biblioteca temblando de frío y envuelto prácticamente en unos harapos que en otro tiempo bien pudiera haber sido una manta”. El círculo de esta precaria vida se cerró definitivamente, cuando la pensión que recibía en cierta ocasión se demoró más de la cuenta, y encontraron al bibliófilo días después muerto por inanición entre sus libros. ¿Por qué Timore no fue capaz de desprenderse de algunas de las piezas valiosísimas que conservaba en su biblioteca, para salir de aquella situación de penuria que finalmente le llevó a la muerte?. Alguien escribió que “el fuego de la bibliofilia no muere sino con el mismo bibliófilo. La edad por tanto no tiene hielo para enfriar esta pasión”. Realmente son muchas las personas enamoradas del libro como pieza  de arte - la mayoría por supuesto sin llegar al sentido trágico de los ejemplos arriba apuntados,-  y que aun hoy sacrifican muchas cosas en pro de esa pasión. Ramón Clavijo Provencio 

viernes, 26 de enero de 2018

145 años de Lectura Pública en Jerez: Los inicios (I)

Este año conmemoramos en nuestra ciudad el 145 aniversario de la creación de la Biblioteca Municipal de Jerez, y no es este un hecho anecdótico ni carente de importancia, pues con el correr del tiempo esta institución se ha convertido en la más antigua de las que dependen de corporaciones locales en nuestro país. El implacable tiempo también vio desaparecer otras bibliotecas públicas, en sus inicios denominadas populares, y  que fueron surgiendo antes o a la par que la de Jerez, en aquella iniciativa pionera en España  que se iniciaba en 1868 con el propósito de ir creando una red de lectura pública, como instrumentos complementarios a la labor de los centro educativos, y con objetivos muy distintos de los de otros tipos de bibliotecas entonces existentes como las Nacionales o Provinciales, dependientes de instituciones privadas o de la Iglesia. Aquel loable propósito que abanderó el ministerio de Fomento de la primera república, especialmente con el ministro Ruiz Zorrilla (en la imagen), tuvo una suerte dispar. La ley Zorrilla pretendía ni más ni menos que “las bibliotecas populares suplan  la falta de comunicaciones, vida científica y literaria y de todos aquellos elementos que abundan en  las naciones más adelantadas y que llevan la instrucción con muy diversos aspectos y motivos a los pueblos más apartados y de menos vecindario”.  La preocupación por la culturalización de las clases menos favorecidas se extendía por Europa –incluso se consideró seriamente que el fomento de la lectura pública combatiría lacras tan extendidas entonces como el alcoholismo-, y la mencionada ley de Ruiz Zorrilla materializaba en nuestro país dichas preocupaciones, reservando un papel muy relevante a las bibliotecas populares, de las que se crearon un centenar por la geografía española en el periodo 1868/73 entre ellas, la de Jerez. Pero lo que empezó siendo un revulsivo cultural comenzó a diluirse. Primero por la inestable situación política española del último tercio del siglo XIX, también por la falta de colaboración de muchos Ayuntamientos implicados en el mantenimiento de los centros bibliotecarios y, por qué no decirlo, debido al poco atractivo para el público al que iban destinadas estas bibliotecas de los libros allí dispuestos –muchos de ellos procedentes de la expropiación de fondos bibliográficos de la Iglesia- , a lo que había que sumar los elevados índices de analfabetismo de la sociedad española de la época. Una tras otra aquel centenar de bibliotecas fueron cerrando sus puertas, y sus libros empezaron a deteriorarse no por el manoseo de sus muchos lectores, sino por el polvo que se les iba acumulando. Sin embargo la Biblioteca Municipal de Jerez que era inaugurada un 23 de abril de 1873 por el alcalde Revueltas y Montel, resistió las duras pruebas que fueron cruzándose en su camino hasta el día de hoy (continuará). Ramón Clavijo Provencio

LA FAMILIA

Cuando el padre murió, los hijos ya bien sabían que apenas la casa familiar y unas cuantas acciones les iba a dejar por herencia. Las acciones se venderían sin problemas, y la casa, donde había vivido toda la familia durante varias décadas, estaba muy bien situada, era espaciosa, y seguro que también se vendería a buen precio. El pobre anciano había dejado este mundo con la misma discreción y modestia como había vivido durante toda su vida. Solo una cosa incomodaba a la familia: la enorme cantidad de libros que había ido acumulando en la casa y que ahora cubrían por completo las paredes de casi todas las habitaciones, solo la cocina y los baños apenas se libraban de tal invasión. A medida que sus hijos habían ido abandonando la casa, el padre no había hecho más que meter estanterías en sus cuartos para albergar lo que había sido su única afición, o incluso vicio: los libros. No se le había conocido a aquel señor otra afición que la lectura, y a ella se había dedicado en los ratos libres que le dejaba su profesión. ¿Qué hacer con tantos libros? Se preguntaban los familiares, porque la casa se debe poner a venta totalmente vacía. Y lo que había sido un alivio (papá se entretiene con sus libros, no necesita que lo visitemos), ahora se había convertido en un problemas de enormes dimensiones. Hasta que alguien hizo una propuesta: crear cuadrillas para ir poco a poco tirando los libros a los contenedores de basura con “nocturnidad y alevosía”, como apostilló queriendo hacer la gracia fácil y grosera. Todos se miraron y no encontraron otra solución. Así, tres días a la semana, para no levantar muchas sospechas, cuatro miembros de la familia se turnaban y sacaban en cajas aquellos libros y los tiraban sin contemplaciones en los contenedores de basura más cercanos. Cuenta la leyenda que avisado por un conocido, un bibliotecario del municipio esperaba pacientemente, protegido por la oscuridad, a que la familia hiciera su trabajo, se acercaba al contenedor y recogía los libros. A los pocos meses, el diario local se hacía eco del hallazgo en la basura de un incunable de la Gramática de Nebrija de valor incalculable.  José López Romero.


sábado, 20 de enero de 2018

TERAPIA

Se consideraba una joven como todas las de su entorno. Tenía sus amigas y amigos, con los que se corría las juergas propias de esos diecisiete años (la edad del pavo, que continuamente le lanzaba como reproche su madre cuando ambas discutían por casi nada), y estaba enganchada al móvil con una adicción que nadie, ni ella misma, quería reconocer. No iba del todo mal en los estudios, hacía el mínimo esfuerzo por aprobar, y con sacar adelante los cursos aunque por los pelos, se creía con derecho a utilizar la frase que cerraba toda discusión familiar sobre su futuro y sus capacidades desaprovechadas: “dejadme en paz”. Cuando le pasaron por “washap” un pequeño vídeo de los cambios en las costumbres producidos en la juventud islandesa, apenas le prestó atención. Los índices de consumo de alcohol y de drogas habían llegado a tales niveles, que las autoridades de aquel lejano país del norte de Europa, habían tomado medidas al respecto; la más importante: atractivas actividades culturales y deportivas que le ofrecían a la juventud. Una oferta que bien vendida y llevada a cabo por los ayuntamientos, había hecho disminuir hasta extremos insospechados aquellos niveles de alcohol y drogas que querían combatir. Todo un éxito. Pero ella no se dio por aludida ¡Los islandeses no saben disfrutar de la vida! Pero de vez en cuando esa misma vida te tira un pellizco donde más duele y nos hace ver la realidad con otros ojos. Bastó un pequeño accidente para que todo cambiara. Una pierna rota tras una tonta caída de la moto de su amiga. A pesar de que no revestía gravedad, la operación y la posterior rehabilitación fueron muy complicadas; y fue en el propio hospital que le ofrecieron un libro de relatos para aliviar esos momentos de aburrimiento, sin poder apenas moverse de la cama. Y recordó que el año pasado en clase de Lengua, el profesor había traído un texto para comentar, en el que se hablaba del poder curativo de los libros, y cómo unas investigadoras  inglesas habían abierto una consulta en la que se recetaban libros a los pacientes en vez de medicinas; recordaba que los alumnos, ella misma, habían discutido con el profesor al dudar de aquella terapia, quizá indicada para ciertas depresiones, pero ¡¿para una pierna rota?! Y le dio por probar si aquello que en su día le había parecido una chorrada, era verdad o, al menos, podía funcionar con ella. Se aficionó a la lectura, hasta el punto de que mientras hacía los ejercicios de rehabilitación o le daban las sesiones de masaje, siempre tenía un libro en las manos. Y con la lectura la recuperación se fue haciendo menos dolorosa.  Los padres no daban crédito al cambio que había experimentado su hija, que ahora pedía para Reyes o por su cumpleaños libros y más libros, en vez del último modelo de móvil, y que a veces prefería quedarse en casa leyendo que irse de juerga con los amigos… Escrito este artículo bajo los efectos aún del espíritu navideño ya pasado, perdónenme, amables lectores, que me haya dejado llevar por los sueños. Era solo un cuento. Pero a veces la vida después de darte un pellizco, “te besa en la boca”. José López Romero.   

¿POR QUÉ SE MATA UN LECTOR?

No hace muchos días leí un interesante artículo sobre el escritor norteamericano David Foster Wallace –la gran promesa de la literatura norteamericana a comienzos de este siglo- y que se quitaba la vida en el año 2008. Ello me llevó inesperadamente a un libro que tenía en casa, y que se detiene en este oscuro capítulo de la historia de la literatura: “Los escritores suicidas” (José Antonio Pérez Rojo.  Uno Edt. 2015). En él se escarba en esa  crónica de sucesos, en la que los protagonistas son escritores que por uno  u otro motivo decidieron poner fin a su vida, dejándonos en algunos casos un halo de misterio tras su desaparición terrenal -Larra, Mishima, Zweig, Plath, Kennedy Toole, Virginia Woolf, Cesare Pavese, etc.-. El autor, psiquiatra de profesión, deja caer algunas preguntas una vez llegamos al final de su obra: ¿tienen aquellos que se dedican al noble arte de escribir  una proporción mayor que el resto de los mortales a inclinarse por el suicidio? ¿Ser escritor es una profesión de riesgo? Bueno, es conocida la frase anónima de que “el único riesgo del poeta es el suicidio”, como recordaba Héctor Abad en su artículo ¿Por qué se mata un escritor? (El País). Aunque ni uno ni otro pueden llegar a ser concluyentes en su explicación final,  Pérez Rojo si sentencia  con convicción que “los hombres crean porque se saben incompletos, inventan para llenar esa carencia. Los más radicales, los que se atreven a meter el pie en la hoguera y removerlo, tienen un riesgo mayor", y finaliza “el viaje de la creatividad es azaroso. Se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje pueda ser de ida y vuelta, no solo de ida”. Al hilo de esta lectura no he podido evitar “darle la vuelta a la tortilla”, y preguntarme sobre los lectores. Sí, preguntarme si tras el suicidio de muchos personajes célebres llegados a la cúspide en los más variados campos profesionales,   personajes de los que era también muy conocida su pasión por la lectura,  si no estaría tras su decisión de abandonarnos el no haber podido soportar la lectura de un mal libro? Ramón Clavijo Provencio



viernes, 12 de enero de 2018

LOS "ALELUYAS", GERMEN DE LAS VIÑETAS GRÁFICAS

“Con su guitarra en la mano da placer el jerezano”. Esto es lo que reza bajo una de las viñetas del pliego titulado “Habitantes de las provincias de España”.  Son los “aleluyas”, unas estampas, normalmente cuarenta y ocho, contenidas en láminas de llamativos colores y descritas al pie con pareados en octosílabos. La que ilustra este artículo da un repaso a la mayoría de territorios hispanos, tanto peninsulares como de Ultramar: “De La Mancha el buen vino, pero el manchego ladino ; De la honradez es la vid al que es de Valladolid”. En ocasiones los ripios aciertan de pleno: “El natural de Sevilla con suma arrogancia brilla”, “El asturiano infanzón no es de gran disposición” o “El navarro en robustez a nadie cede la vez”. En otras, sin embargo, no sabemos si el dibujante juega con la ironía o estaba desinformado: “En su trato el granadino, es honrado franco y fino”. Hoy circulan otros tópicos sobre los naturales de Granada, que omitimos por razones obvias. Una casa editorial que publicó muchas “aleluyas” fue la de Hernando en Madrid, cuyo taller estuvo abierto desde el último cuarto del siglo XIX, llegando hasta 1921, ya en manos de sus hijos. También salieron estos materiales de las prensas madriñeñas de J. Marés o de Boronat y Satorre. Es un formato de publicación, y un género, si podemos llamarlo así, que tuvo su auge en el siglo XIX. Puede que los antecedentes se encuentren en los llamados “pliegos de cordel”, unos cuadernillos impresos sin encuadernar que los ciegos llevaban de ciudad en ciudad desde el siglo XVI, y que exhibían para su venta en tendederos  de cuerda. Lo que está fuera de toda duda es que estas piezas fueron el germen de nuestras actuales historietas gráficas, dedicándose en sus comienzos no solo a entretener sino también a educar al público lector que, dicho sea de paso, en el XIX no constituía un grupo muy nutrido. Los temas que tocaba eran muy variados: la religión, la historia, las costumbres, la tauromaquia, la literatura, el humor e incluso el ejercicio físico. En el Legado Soto Molina de la Biblioteca Municipal contamos con una veintena de ejemplares, que abarcan prácticamente toda la temática que acabo de mencionar: “Escenas matritenses”, un cuadro costumbrista sobre el Madrid de la época: “En las noches de verbena, al Prado baja la gente, a respirar puro ambiente y a bailar sobre la arena”. Sobre historia trata el llamado “Los Reyes y el ejército de España”, o uno sin título sobre la vida de Napoleón, quizás el más antiguo que conservamos. Son mayoría los de temática cómico-burlesca, tocando asuntos vedados para el humorista actual: “Vida del enano don Crispín”, “Desdichas de un hombre flaco” o “Vida de una criada de servir”, donde la susodicha no sale muy bien parada. Dramas literarios, como “La historia de Fausto” o la llamada “Historia de Atalo”, completan una colección de “aleluyas” que son algunas de las valiosas piezas custodiadas en el Fondo de Materiales Gráficos Patrimoniales. NATALIO BENITEZ RAGEL.  

BIENESTAR

“Sé que cientos de millones de nuestros congéneres prefieren el fútbol a la música de cámara y que se quedarán absortos ante un culebrón o una película porno antes que coger un libro, y menos un libro serio. Amén a todo eso, dice el capitalismo. Que elijan libremente. Que se cocinen en su bienestar”, dice un personaje de la novela ‘Pruebas’ de George Steiner. La verdad es que algunas de las opciones o alternativas al libro o a la música de cámara expuestas tienen su punto. Como aficionado al fútbol y, por tanto, espectador impenitente hasta el cansancio y el aburrimiento (mi mujer dixit) de varios partidos a la semana (“hasta de la liga de Guinea Conakry”, mi mujer dixit), no puedo engañar a nadie: para mí la música de cámara, de vez en cuando y en pequeñas dosis. Sin embargo, nunca he seguido un culebrón en la tele, aunque algún amigo tengo por ahí que no paraba de recomendarme aquel “Caballo viejo” o don Epifanio del Cristo Martínez, por nombre del protagonista, que tanto éxito tuvo por los años finales de los ochenta y que incluso llegó a estudiarse en la universidad. Ahora, en estos tiempos tan azarosos, la libertad de elección que tenemos todos entre las alternativas a la música de cámara o a ese libro serio de lo que se lamentaba el personaje de Steiner ya no es el fútbol o un culebrón; la queja que entonamos los que nos lamentamos del bajo nivel cultural general de este país, y en concreto de la escasez de lectores, va dirigida a las nuevas tecnologías: los móviles, las plays, incluso Internet como instrumento de distracción. No se lee, la gente, sobre todo nuestra juventud, cada vez es más inculta (analfabetos funcionales) porque el mundo de hoy les ofrece muchas más posibilidades de entretenimiento que la música de cámara o la telenovela. ¿Y hay remedio a esto? ¿se puede revertir la situación? ¿qué hacer para formar a una sociedad lectora cuando, como dice Steiner, cada uno se cocina su propio bienestar, es decir, su modelo de vida? Una propuesta: ¿y si los actores de las pelis porno salieran leyendo? Mejor no. Nadie se fijaría ni en el título del libro. José López Romero.