sábado, 20 de enero de 2018

TERAPIA

Se consideraba una joven como todas las de su entorno. Tenía sus amigas y amigos, con los que se corría las juergas propias de esos diecisiete años (la edad del pavo, que continuamente le lanzaba como reproche su madre cuando ambas discutían por casi nada), y estaba enganchada al móvil con una adicción que nadie, ni ella misma, quería reconocer. No iba del todo mal en los estudios, hacía el mínimo esfuerzo por aprobar, y con sacar adelante los cursos aunque por los pelos, se creía con derecho a utilizar la frase que cerraba toda discusión familiar sobre su futuro y sus capacidades desaprovechadas: “dejadme en paz”. Cuando le pasaron por “washap” un pequeño vídeo de los cambios en las costumbres producidos en la juventud islandesa, apenas le prestó atención. Los índices de consumo de alcohol y de drogas habían llegado a tales niveles, que las autoridades de aquel lejano país del norte de Europa, habían tomado medidas al respecto; la más importante: atractivas actividades culturales y deportivas que le ofrecían a la juventud. Una oferta que bien vendida y llevada a cabo por los ayuntamientos, había hecho disminuir hasta extremos insospechados aquellos niveles de alcohol y drogas que querían combatir. Todo un éxito. Pero ella no se dio por aludida ¡Los islandeses no saben disfrutar de la vida! Pero de vez en cuando esa misma vida te tira un pellizco donde más duele y nos hace ver la realidad con otros ojos. Bastó un pequeño accidente para que todo cambiara. Una pierna rota tras una tonta caída de la moto de su amiga. A pesar de que no revestía gravedad, la operación y la posterior rehabilitación fueron muy complicadas; y fue en el propio hospital que le ofrecieron un libro de relatos para aliviar esos momentos de aburrimiento, sin poder apenas moverse de la cama. Y recordó que el año pasado en clase de Lengua, el profesor había traído un texto para comentar, en el que se hablaba del poder curativo de los libros, y cómo unas investigadoras  inglesas habían abierto una consulta en la que se recetaban libros a los pacientes en vez de medicinas; recordaba que los alumnos, ella misma, habían discutido con el profesor al dudar de aquella terapia, quizá indicada para ciertas depresiones, pero ¡¿para una pierna rota?! Y le dio por probar si aquello que en su día le había parecido una chorrada, era verdad o, al menos, podía funcionar con ella. Se aficionó a la lectura, hasta el punto de que mientras hacía los ejercicios de rehabilitación o le daban las sesiones de masaje, siempre tenía un libro en las manos. Y con la lectura la recuperación se fue haciendo menos dolorosa.  Los padres no daban crédito al cambio que había experimentado su hija, que ahora pedía para Reyes o por su cumpleaños libros y más libros, en vez del último modelo de móvil, y que a veces prefería quedarse en casa leyendo que irse de juerga con los amigos… Escrito este artículo bajo los efectos aún del espíritu navideño ya pasado, perdónenme, amables lectores, que me haya dejado llevar por los sueños. Era solo un cuento. Pero a veces la vida después de darte un pellizco, “te besa en la boca”. José López Romero.   

¿POR QUÉ SE MATA UN LECTOR?

No hace muchos días leí un interesante artículo sobre el escritor norteamericano David Foster Wallace –la gran promesa de la literatura norteamericana a comienzos de este siglo- y que se quitaba la vida en el año 2008. Ello me llevó inesperadamente a un libro que tenía en casa, y que se detiene en este oscuro capítulo de la historia de la literatura: “Los escritores suicidas” (José Antonio Pérez Rojo.  Uno Edt. 2015). En él se escarba en esa  crónica de sucesos, en la que los protagonistas son escritores que por uno  u otro motivo decidieron poner fin a su vida, dejándonos en algunos casos un halo de misterio tras su desaparición terrenal -Larra, Mishima, Zweig, Plath, Kennedy Toole, Virginia Woolf, Cesare Pavese, etc.-. El autor, psiquiatra de profesión, deja caer algunas preguntas una vez llegamos al final de su obra: ¿tienen aquellos que se dedican al noble arte de escribir  una proporción mayor que el resto de los mortales a inclinarse por el suicidio? ¿Ser escritor es una profesión de riesgo? Bueno, es conocida la frase anónima de que “el único riesgo del poeta es el suicidio”, como recordaba Héctor Abad en su artículo ¿Por qué se mata un escritor? (El País). Aunque ni uno ni otro pueden llegar a ser concluyentes en su explicación final,  Pérez Rojo si sentencia  con convicción que “los hombres crean porque se saben incompletos, inventan para llenar esa carencia. Los más radicales, los que se atreven a meter el pie en la hoguera y removerlo, tienen un riesgo mayor", y finaliza “el viaje de la creatividad es azaroso. Se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje pueda ser de ida y vuelta, no solo de ida”. Al hilo de esta lectura no he podido evitar “darle la vuelta a la tortilla”, y preguntarme sobre los lectores. Sí, preguntarme si tras el suicidio de muchos personajes célebres llegados a la cúspide en los más variados campos profesionales,   personajes de los que era también muy conocida su pasión por la lectura,  si no estaría tras su decisión de abandonarnos el no haber podido soportar la lectura de un mal libro? Ramón Clavijo Provencio



viernes, 12 de enero de 2018

LOS "ALELUYAS", GERMEN DE LAS VIÑETAS GRÁFICAS

“Con su guitarra en la mano da placer el jerezano”. Esto es lo que reza bajo una de las viñetas del pliego titulado “Habitantes de las provincias de España”.  Son los “aleluyas”, unas estampas, normalmente cuarenta y ocho, contenidas en láminas de llamativos colores y descritas al pie con pareados en octosílabos. La que ilustra este artículo da un repaso a la mayoría de territorios hispanos, tanto peninsulares como de Ultramar: “De La Mancha el buen vino, pero el manchego ladino ; De la honradez es la vid al que es de Valladolid”. En ocasiones los ripios aciertan de pleno: “El natural de Sevilla con suma arrogancia brilla”, “El asturiano infanzón no es de gran disposición” o “El navarro en robustez a nadie cede la vez”. En otras, sin embargo, no sabemos si el dibujante juega con la ironía o estaba desinformado: “En su trato el granadino, es honrado franco y fino”. Hoy circulan otros tópicos sobre los naturales de Granada, que omitimos por razones obvias. Una casa editorial que publicó muchas “aleluyas” fue la de Hernando en Madrid, cuyo taller estuvo abierto desde el último cuarto del siglo XIX, llegando hasta 1921, ya en manos de sus hijos. También salieron estos materiales de las prensas madriñeñas de J. Marés o de Boronat y Satorre. Es un formato de publicación, y un género, si podemos llamarlo así, que tuvo su auge en el siglo XIX. Puede que los antecedentes se encuentren en los llamados “pliegos de cordel”, unos cuadernillos impresos sin encuadernar que los ciegos llevaban de ciudad en ciudad desde el siglo XVI, y que exhibían para su venta en tendederos  de cuerda. Lo que está fuera de toda duda es que estas piezas fueron el germen de nuestras actuales historietas gráficas, dedicándose en sus comienzos no solo a entretener sino también a educar al público lector que, dicho sea de paso, en el XIX no constituía un grupo muy nutrido. Los temas que tocaba eran muy variados: la religión, la historia, las costumbres, la tauromaquia, la literatura, el humor e incluso el ejercicio físico. En el Legado Soto Molina de la Biblioteca Municipal contamos con una veintena de ejemplares, que abarcan prácticamente toda la temática que acabo de mencionar: “Escenas matritenses”, un cuadro costumbrista sobre el Madrid de la época: “En las noches de verbena, al Prado baja la gente, a respirar puro ambiente y a bailar sobre la arena”. Sobre historia trata el llamado “Los Reyes y el ejército de España”, o uno sin título sobre la vida de Napoleón, quizás el más antiguo que conservamos. Son mayoría los de temática cómico-burlesca, tocando asuntos vedados para el humorista actual: “Vida del enano don Crispín”, “Desdichas de un hombre flaco” o “Vida de una criada de servir”, donde la susodicha no sale muy bien parada. Dramas literarios, como “La historia de Fausto” o la llamada “Historia de Atalo”, completan una colección de “aleluyas” que son algunas de las valiosas piezas custodiadas en el Fondo de Materiales Gráficos Patrimoniales. NATALIO BENITEZ RAGEL.  

BIENESTAR

“Sé que cientos de millones de nuestros congéneres prefieren el fútbol a la música de cámara y que se quedarán absortos ante un culebrón o una película porno antes que coger un libro, y menos un libro serio. Amén a todo eso, dice el capitalismo. Que elijan libremente. Que se cocinen en su bienestar”, dice un personaje de la novela ‘Pruebas’ de George Steiner. La verdad es que algunas de las opciones o alternativas al libro o a la música de cámara expuestas tienen su punto. Como aficionado al fútbol y, por tanto, espectador impenitente hasta el cansancio y el aburrimiento (mi mujer dixit) de varios partidos a la semana (“hasta de la liga de Guinea Conakry”, mi mujer dixit), no puedo engañar a nadie: para mí la música de cámara, de vez en cuando y en pequeñas dosis. Sin embargo, nunca he seguido un culebrón en la tele, aunque algún amigo tengo por ahí que no paraba de recomendarme aquel “Caballo viejo” o don Epifanio del Cristo Martínez, por nombre del protagonista, que tanto éxito tuvo por los años finales de los ochenta y que incluso llegó a estudiarse en la universidad. Ahora, en estos tiempos tan azarosos, la libertad de elección que tenemos todos entre las alternativas a la música de cámara o a ese libro serio de lo que se lamentaba el personaje de Steiner ya no es el fútbol o un culebrón; la queja que entonamos los que nos lamentamos del bajo nivel cultural general de este país, y en concreto de la escasez de lectores, va dirigida a las nuevas tecnologías: los móviles, las plays, incluso Internet como instrumento de distracción. No se lee, la gente, sobre todo nuestra juventud, cada vez es más inculta (analfabetos funcionales) porque el mundo de hoy les ofrece muchas más posibilidades de entretenimiento que la música de cámara o la telenovela. ¿Y hay remedio a esto? ¿se puede revertir la situación? ¿qué hacer para formar a una sociedad lectora cuando, como dice Steiner, cada uno se cocina su propio bienestar, es decir, su modelo de vida? Una propuesta: ¿y si los actores de las pelis porno salieran leyendo? Mejor no. Nadie se fijaría ni en el título del libro. José López Romero.