sábado, 29 de abril de 2017

HISTORIA Y PRENSA

Hay un periodo de nuestra historia reciente, el denominado primer franquismo, y que abarca desde la finalización de la guerra civil hasta la firma de los convenios de cooperación con los norteamericanos, que si bien desde hace algunos años es objeto de estudio por parte de muchos investigadores, aún está falto en muchas ciudades de una aproximación histórica. No existe  un trabajo que aporte luz suficiente sobre este periodo en Jerez, aunque es cierto que algunos historiadores han trabajado aspectos parciales de la vida en la ciudad. Una fuente antaño despreciada y hoy básica para recomponer la historia contemporánea, es necesariamente la prensa. El Ayer y el Diario de Jerez, en su primera época, son las cabeceras a las que se tienen que remitir cualquier interesado en estos años, independientemente de bucear en la documentación de archivos públicos y privados. El problema es que la prensa es frágil y son pocas las colecciones conservadas en nuestros archivos y bibliotecas que, acuciados por el peligro de deterioro irreversible de este material, elaboran y ejecutan –con dispar ritmo- trabajos de digitalización. Pero a poco que nos introduzcamos en las hoy quebradizas páginas de estos diarios empezará a desplegarse ante nosotros una imagen que nos impactará de Jerez. Jerez durante el primer franquismo fue una ciudad hambrienta y hacinada. En  estos años estadísticamente el delito más numeroso es  contra la propiedad. Sobre todo proliferan el asalto a depósitos, casas o haciendas, donde el botín son kilos de trigo, gallinas u otros animales de corral, etc. Está claro, pues, que la comida es la principal preocupación de los jerezanos de estos años, por lo que eran cotidianas las imágenes de estos haciendo cola a las puertas del Ayuntamiento esperando el reparto semanal de alimentos y ropas de abrigos (ver ilustración). La vivienda y el endémico hacinamiento en cambio se combatieron con mejor fortuna. Es más, se consideran los años cuarenta del pasado siglo como una época innovadora y casi revolucionaria, en cuanto al urbanismo en la ciudad. Y su protagonista fue sin duda el arquitecto Fernando de la Cuadra Irizar al que se deben los proyectos de barriadas como la de España o la Vid, inauguradas en estos años.  Alimento y vivienda, lo más básico en definitiva,  son los mantras de una población que ha salido de una terrible guerra, pero que también sigue sufriendo una dura represión –como en el resto del país-  que se seguirá ejerciendo más soterradamente pero con igual eficacia y dureza que en los años de la guerra. Y es en las pocas colecciones completas de prensa que aún se conservan - en soportes muy frágiles y en un proceso de deterioro irreversible que obliga a salvar sus contenidos mediante la digitalización- donde se oculta  una historia de la ciudad aún por descubrir en gran medida. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

UN PRÉSTAMO

El otro día acudí a una entidad bancaria a pedir un préstamo. Me gusta más esta palabra que “crédito” porque así no me olvido de que los bancos no son más que al fin y al cabo unos prestamistas. Y cuando llegó el siempre espinoso y desagradable asunto de las garantías, saqué de una maleta que llevaba unos cuantos libros, lo más granado y selecto de mi biblioteca: clásicos en ediciones rigurosas, primeras ediciones de poetas contemporáneos, y hasta alguna novela del siglo pasado ya agotada. Mientras los iba poniendo encima de la mesa, noté que el cliente de la mesa de al lado (es lo bueno que tienen ahora las sucursales, que al no disponer de despachos, la privacidad es más bien escasa, por lo que los clientes pueden consolarse y resignarse en su paupérrima situación financiera), me observaba con cierta expectación (seguro que ya estaba intentando recordar los libros que tenía en su casa). El empleado, aunque con la misma amabilidad que durante toda la conversación había mantenido, me preguntó por lo que estaba haciendo. “No saque, por favor, más libros, caballero”, me dijo en un tono tan cortés como sorprendido, aunque percibí un matiz de incomodidad. La verdad es que le estaba llenando la mesa. “¿Y esto?”, me preguntó cuando di por finalizado mi trabajo. “Desde el siglo XII, caballero –le expuse- los libros eran considerados objetos comerciales y los prestamistas los aceptaban como garantía subsidiaria, como así lo afirma el gran Alberto Manguel en ‘Una historia de la lectura’ y recuerda Jorge Carrión en su libro ‘Librerías’. Así pues, yo vengo a pedir un préstamo y le pongo encima de la mesa (literal) mis libros más valiosos. Fíjese en este ‘Quijote’ de Crítica, o en estas ediciones de la RAE de las obras cervantinas. Mire, mire esta bella edición de las poesías completas de Antonio Colinas…”. “Pare, pare usted, caballero. Usted mismo lo ha dicho, los libros valían algo en el siglo XII, pero me temo que poco o nada valen ahora”. Y tal como los saqué, los fui metiendo en la maleta (el cliente de al lado me echó una mirada triste pero solidaria, se notaba su decepción). Y salí de aquella casa de préstamos sin un euro pero aliviado y contento. José López Romero.

viernes, 21 de abril de 2017

FÁBULAS


Aunque sus raíces se hunden en el mundo clásico, con el griego Esopo y el latino Fedro a la cabeza, quizá la consideración general de la fábula es la de ser un género menor dentro de la historia de la literatura, que disfrutará de un espléndido renacer en el siglo XVIII con Félix María Samaniego y Tomás Iriarte en nuestro país, herederos de una amplia tradición que tiene como referencia al mundo clásico, a la literatura didáctico-moral de la Edad Media (‘Libro del Conde Lucanor’ o el ‘Libro de buen amor’), a la literatura paremiológica y de emblemas renacentista y al francés Jean de la Fontaine. Porque las fábulas no son nada más y nada menos que, como define el diccionario de la RAE: “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. Pero lo que ya no sabe tanta gente es que el género, lejos de desaparecer con los ilustrados dieciochescos, alcanzó un esplendor inusitado a lo largo de la centuria siguiente, el siglo XIX, con colecciones dirigidas especialmente al mundo infantil para su formación académica y, sobre todo, moral, con lo que la intención didáctica, consustancial al género, no solo se mantenía sino que incluso se intensificaba. Y como paradigma de esta literatura para niños y niñas puede citarse ‘El libro de los niños’ (título elocuente), obra de la que se publicaron más de setenta ediciones, de Francisco Martínez de la Rosa, el famoso dramaturgo romántico (‘La conjuración de Venecia’). Todo un éxito de ventas. Y ya que el género estaba de moda, otros escritores lo aprovecharon para adoctrinar moral y religiosamente al público adulto, mucho más necesitado de estos mensajes o sermones que la tierna infancia; y así nos encontramos con los ‘Solaces poéticos’ de la marquesa de Pardo Figueroa, hermana del célebre asidonense Doctor Thebussem, cuyos versos hacía imprimir para recaudar fondos destinados a obras benéficas. Pero también las fábulas decimonónicas sirvieron para criticar y exponer a la pública vergüenza vicios y malas costumbres de la época que son, al fin y al cabo, los mismos en todos los tiempos, y los nuestros no son en este sentido y por desgracia una excepción. Pongamos un ejemplo tomado de la ‘Historia de la Literatura Española. Siglo XIX’ (tomo II, Espasa, coordinada por Leonardo Romero Tobar). El escritor Fernández Baeza critica en su fábula del perro y el gato cómo los gobernantes no cumplen las promesas hechas en las elecciones y  se enriquecen a costa del erario público, y tanto la oposición como la prensa, que tienen a su cargo denunciar los abusos, dejan de hacerlo cuando les conviene: “A cuantos como el perro he conocido / que lanzando al Gobierno ataques rudos / un trozo de turrón los dejó mudos”. Intemporal. José López Romero.


PISANDO CHARCOS

Cuando la política se mezcla con la literatura o la historia, malo,  me dice con rotundidad un conocido, que me permitirán mantenga en el anonimato. Estoy de acuerdo. Salvo contadas excepciones, demasiadas veces las polémicas que se suscitan en torno a determinados escritores son  interesadas y persiguen fines muy distintos a valorar  una obra literaria más o menos digna de estudio. De la misma manera las opiniones de algunos políticos sobre hechos relevantes de nuestra historia más cercana, nos dejan muchas veces escandalizados y preguntándonos si tales o cuales declaraciones son producto de la ignorancia  o de un desliz que nos descubre la cara más siniestra del personaje que las hace. ¿Se pueden admitir declaraciones como las de Marine le Pen, sobre el papel de la Francia de Vichy durante la ocupación alemana durante la segunda G.M.? Según ella no hubo colaboracionismo. Si esto no es manipulación de la verdad  histórica se le parece mucho. Afortunadamente, aparte de que la memoria no es tan frágil  son numerosísimos los estudios históricos avalados por una incontestable documentación que la desmienten. Sin ir más lejos dos libros de muy reciente publicación que recogen sendas biografías de dos escritores –la del arribista  y oscuro González Ruano y, por otro lado,  el brillante Patrick Modiano - describen con pasional nitidez los años de la ocupación alemana en Francia, especialmente en la capital París. ¿Y qué decir, por otro lado, de las declaraciones de todo un secretario de Prensa de la Casa Blanca, en las que al criticar el uso de armas químicas en la guerra de Siria, afirmaba que ello no lo había hecho ni alguien tan perverso como Hitler? Volvamos al principio, es decir la guerra entre escritores que se fomenta por cuestiones políticas que no literarias, y de la que hemos tenido un episodio curioso  en nuestra ciudad materializado  en  al cambio de nombre de un colegio público. Se llamaba dicho colegio José María Pemán. Ahora se ha rebautizado con el de mi admirada Gloria Fuertes. Pero es que hace algunas décadas se inauguraba bajo el nombre de otro grande de la literatura, Blasco Ibáñez. En fin, que cuando la política se mezcla con la literatura o la historia, malo. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 8 de abril de 2017

A VUELTAS CON LUIS COLOMA

“¿Y qué pasa con él hoy?” Con esta pregunta finalizaba el, por otro lado, excelente artículo de Arantxa Cala – Coloma subliminal y Universal- sobre el recientemente premiado trabajo de investigación del profesor José Antonio Salido sobre dicho escritor. En ese artículo aparte de centrarse especialmente en el mencionado trabajo, se volvía a señalar el poco interés y atención que la figura del jerezano  ha despertado históricamente en su propia ciudad, y de ahí la pregunta con la que finalizaba el mismo. Mucho de verdad hay en ello, sin embargo también es cierto que desde hace unos años se han realizado algunos intentos de recuperar la figura de Luis Coloma desde el ámbito local, más allá de la difusión entre el público infantil, de su cuento ‘El Ratoncito Pérez’. Hagamos un breve repaso de algunas de estas iniciativas,  que de alguna manera parecen haber cambiado esa tendencia histórica en Jerez de haber dado la espalda a su escritor históricamente más relevante.  La primera de estas iniciativas fue la reedición del libro ‘Juan Miseria’ que publicado en 1873 se reedita en 1888 por el escritor no satisfecho de la primera versión. En 2002 los profesores José López Romero y Victor Cantero realizan un estudio sobre dicho libro (Diputación Provincial de Cádiz) confrontando las diferencias entre las dos ediciones publicadas en vida del autor. Siete años después, en 2009, se inaugura en la Sala Compañía una exposición, que  bajo el titulo Redescubrimiento de Luis Coloma, contaría con la colaboración de la familia García-Pelayo Coloma, que cede parte de los fondos de su biblioteca para la misma, a los  que se unirían otros procedentes de la Biblioteca Municipal de Jerez. De esta exposición se publicó un magnífico catálogo bajo el mismo título, y donde se recogía entre otras piezas, las ediciones facsímiles de la correspondencia de Coloma con otros escritores de la época (Emilia Pardo Bazán, Pereda, Juan Valera, Marcelino Menéndez y Pelayo, entre otros.). Consideramos relevante mencionar también la exposición Luis Coloma, 100 años después, heredera de la anteriormente mencionada,  y que con motivo del centenario del fallecimiento del escritor, se inauguraba en 2014 en la galería de exposiciones de la Biblioteca Municipal. En esta, también con la colaboración de José Manuel García Pelayo Coloma, heredero del legado del escritor, y del profesor José López Romero (con su conferencia sobre los cuentos infantiles) se hacía una inmersión sobre todo en la etapa juvenil del escritor. ¿El futuro? Uno de los proyectos pendientes y de gran interés para la investigación, sería acometer la catalogación del corpus documental y bibliográfico que conforma la biblioteca del escritor, proyecto que ya apuntaba en mi escrito ‘Geografía del patrimonio bibliográfico’ (2009): Empecé a calibrar la importancia de un fondo documental y bibliográfico, y a convencerme de que el mismo merecía ser dado a conocer cuanto antes.”. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

EL COCINERO ERA MESSI

En una reciente entrevista, Messi confesaba que el único libro que leía era el que compartía por las noches con su hijo. Nada que reprochar, muy al contrario. ¡Cómo reprocharle al mejor jugador del mundo (soy madridista, pero la verdad es la verdad, aunque duela) que lea con su hijo, si precisamente hace varias semanas a propósito de una anécdota de Gorki, a quien el cocinero del remolcador donde trabajaba le insistía en que leyese, defendía la lectura en familia! En más de una ocasión he comentado que no habría mejor campaña de animación a la lectura que Cristiano Ronaldo o/y Messi leyendo un libro, aunque por lo difícil de imaginar, lo mismo no tendría el éxito esperado. Pero la enternecedora escena de los dos mejores futbolistas del momento leyendo con sus respectivos retoños sería sin duda un excelente reclamo publicitario y dispararía al menos las ventas de libros. Aún recuerdo cuando Alfonso Guerra, al preguntarle un periodista por sus lecturas, puso de moda ‘La Regenta’ y no digamos la ola de ¿lectores? que alcanzaron las poesías de Antonio Machado porque era el poeta preferido del que fuera todopoderoso vicepresidente del gobierno socialista. O más recientemente aunque ya lejos, la resurrección de ‘El señor de Bembibre’, novela histórica del XIX de Enrique Gil y Carrasco, que fue el regalo que le hiciera doña Letizia al entonces príncipe don Felipe con motivo de su compromiso de boda. Desconozco cuántos de los que compraron o fueron obsequiados con un ejemplar de ‘La Regenta’, o de las poesías de Machado,  o incluso con ‘El señor de Bembibre’ terminaron por ser sus lectores; en cualquier caso, habría que agradecerles a Guerra y a doña Letizia si por su prestigio, fama o celebridad se logró aumentar el número de lectores de este país. Por eso, solo nos falta que Messi nos diga el título de ese libro que lee con su hijo, éxito de ventas seguro. José López Romero.

sábado, 18 de marzo de 2017

LA FAMILIA

Sé que algunos libros no están a gusto en mi casa y que otros están muy molestos con el lugar que les he asignado, y es una decepción que comprendo, pero que no puedo aliviarles. Otros, en cambio, gozan de un lugar de privilegio, cerca de mi sitio de trabajo o bien localizados y de fácil acceso. Es cierto que cada vez tengo menos espacio y termino por acumularlos sin orden ni concierto en las estanterías repartidas por toda la casa, y muchos se amontonan y creen sufrir la indiferencia, si no el olvido; ellos no saben que a casi todos los tengo en la memoria (para tenerlos a todos sería Mendel) y de que todos cuentan con mi cariño sin condiciones. Cuando entro en mi librería de guardia y veo los libros, todos expectantes ante su compra, y me acerco a los anaqueles y los observo nerviosos unos, otros resignados y pacientes por el manoseo a que se ven sometidos, me transmiten una ternura indescriptible. Cojo uno, le acaricio la portada, lo abro y al azar leo algunos pasajes o seis o siete versos de un poema, y con la misma delicadeza lo devuelvo a la estantería, y no puedo por menos de notar su decepción: “¿No me compras?, ¿No te ha gustado lo que me has leído?”, parece que me reprochan. Y cuando me decido por adquirir uno, puedo palpar entre sus páginas la ilusión, ese cosquilleo que a todos nos entra cuando vamos a visitar por vez primera una ciudad, y en el caso del libro recién comprado, el que va a ser su nuevo hogar. Creo que la primera impresión de mi casa, de mi familia no les decepciona, aunque un cierto recelo en sus más profundas páginas sientan, pero cuando se dan cuenta de que van a ser uno más de entre cientos y, me atrevería a decir, que de miles, y que todos se reparten por todas las habitaciones de la casa, una mueca de desilusión e inquietud puedo percibir en sus lomos. Y los comprendo. Un lugar nuevo, nuevos dueños en cuyas manos está su destino: “¿me leerá?; y en cuanto me lea ¿se olvidará de mí? ¿dónde me colocará cuando esto pase?; ¿me tirará a la basura?; ¿será capaz de prestarme a otra manos que no sientan lo mismo con mi lectura?”, son preguntas que sin duda se harán recelosos y compungidos. Y aunque a todos les tengo cariño, como he dicho, la verdad es que no los quiero a todos por igual: a la mayoría de ellos los tengo en gran estima y a muchos los llevo en mi corazón, y a estos cuando me detengo a mirarlos, noto en ellos la complicidad de los sentimientos y emociones compartidos, y al sacarlos de la estantería, acariciarlos, leer alguna de sus páginas que señalé o subrayé con especial cuidado en una lectura sin duda inolvidable (y Borges añadiría: “y ya olvidada”), y hasta abandonarme en toda su geografía (los valles de sus líneas, los montes de sus páginas. Ella sabe lo que escribo), puedo advertir cómo se estremecen. Porque los libros son también mi familia. José López Romero.


EFEMÉRIDES

Siempre he pensado que no está mal eso de recordar, celebrando públicamente en fechas simbólicas, la vida y  obra de algunos creadores. Quizás de unos más que de otros, todo hay que decirlo. En cualquier caso, y  siempre que esos actos públicos no se pasen de frenada,  estén plenamente justificados y tengan una cierta utilidad para mejorar el siempre inestable pulso de la cultura en nuestra sociedad, no tengo nada que objetar. Es este año en el que nos encontramos especialmente relevante en relación a lo que decimos, puesto que  nos trae a la actualidad  nombres de  escritores, y por tanto sus obras, que el tiempo pertinaz trata de empujar al olvido. Unos más populares que otros - lo que no tiene nada que ver con lo justo o lo injusto-, empiezan a atraer el oportunismo comercial, uno de los signos distintivos de la cultura actual, que ya se  visualiza en  la edición de antologías más o menos apresuradas, exposiciones o actos de muy diverso corte. Incluso no faltan las reacciones de  autoridades políticas en algunos lugares vinculados a los homenajeados, reticentes por el perfil político de sus ilustres conciudadanos. En relación a lo anteriormente escrito, este año se cumplen los centenarios del nacimiento de dos grandes escritores americanos, el paraguayo Augusto Roa Bastos (‘Yo, el Supremo’), y el mejicano  Juan Rulfo (‘El Llano en llamas’; ‘Pedro Páramo’), cuyas obras literarias aparte de su calidad son testimonio del compromiso de ambos con la realidad social de sus respectivos países. En nuestro país los centenarios de Gloria Fuertes -  a la que ahora  empieza a redescubrir  el gran público su excelente obra poética, oscurecida injustamente en vida por su producción infantil- o José Luis Sampedro, sospechamos serán los más celebrados. Pero no queremos cerrar este apresurado repaso sobre homenajes literarios que creemos más que  justificados conmemorar, mencionando dos libros que también cumplen años, lo que puede ser una oportunidad para las nuevas generaciones de lectores acercarse a ellos, si aún no lo han hecho. Me refiero a ‘Cien años de soledad’ (Gabriel García Márquez) y  ‘Volverás a Región’ (Juan Benet), de los que nos separan 50 años desde su aparición. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 4 de marzo de 2017

PATRIMONIO

Vivimos una época en la que aumenta la sensibilización de la ciudadanía en general por el patrimonio que se atesora en  nuestras ciudades. Es grato observar como hoy no son consideradas actividades poco más que curiosas, aquellas que tratan de acercar a propios y extraños lugares, edificios o piezas excepcionales conservadas en muchas poblaciones de nuestra geografía, algo de lo que por cierto Jerez fue pionera. Y es que ya en 1933, primero Hipólito Sancho, y luego -  bajo la denominación de “Descubrimiento de Jerez por los jerezanos”-  el Director de la Biblioteca Municipal, Manuel Esteve, fueron impulsores de este tipo de iniciativas. Luego Esteve se llegaría a quejar amargamente del pobre resultado conseguido, llegando a escribir en ‘El Guadalete’ del 22 de abril de 1933: “Eran de esperar del propósito los mejores resultados. Faltó sobre todo el elemento popular a quien este curso iba dirigido, y sobre el que había de ejercer la mejor acción; nadie dudará que quien conozca el interés artístico de un monumento, ni lo destruye ni lo quema.” En fin, hoy a diferencia de aquella época que mencionamos pero gracias a iniciativas surgidas entonces, ha ido calando la importancia del patrimonio, la necesidad de conocerlo y la  obligación, de conservarlo para las generaciones venideras. Pero también es algo conocido que cuando hablamos de patrimonio una mayoría lo identifica solo con  monumentos arquitectónicos o  piezas pictóricas o escultóricas. Desde hace relativamente poco tiempo, el patrimonio bibliográfico y documental, también empieza a ser valorado más allá de los restringidos círculos de  especialistas, investigadores o funcionarios encargados de su conservación, gestión y custodia. Empiezan a proliferar iniciativas que muestran y explican a la ciudadanía en general, la importancia de documentos históricos o piezas bibliográficas conservadas en nuestros archivos y bibliotecas. He comprobado muchas veces la sorpresa y emoción reflejada en el rostro de muchos, al explicarles las vicisitudes, historia y valor de algunas de estas piezas. Hoy hace dos décadas en  la Biblioteca Municipal de Jerez, bajo el titulo de Joyas de Papel,  se iniciaba una  iniciativa dirigida al público en general  consistente en exhibir en vitrinas y difundir –mediante textos y explicaciones in situ- el valor histórico y patrimonial de un documento o libro. Como Esteve en su día, también nosotros nos quejamos de que aquella iniciativa no tuvo el eco que pretendíamos, aunque fue un primer y necesario paso. Por cierto, la primera pieza expuesta de aquellas añoradas Joyas de papel fue el libro titulado Una cacería en el Coto de Oñana. Editado en 1888 con una tirada de tan solo 50 ejemplares. El ejemplar que conserva la biblioteca jerezana está dedicado por el mismísimo Duque de T’Serclaes,  D. Juan Pérez de Guzmán. En definitiva una auténtica joya de papel. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


DE VIEJOS

Hace unas semanas mi compañero Ramón recordaba no sin cierta melancolía a aquellos encuadernadores, a los que bibliófilos o simples aficionados al libro podían llevar lo que para ellos eran las joyas de su biblioteca particular con el fin de restaurar una ya envejecida y mal conservada encuadernación. Aquel oficio por falta de trabajo, terminó cayendo en la rutinaria labor de los fascículos y hoy están en alarmante proceso de extinción. Solo quedan los pocos que mantienen el espíritu de aquel viejo menester. De la misma manera, las librerías de viejo han ido también desapareciendo, aunque en las grandes ciudades aún quedan excelentes ejemplos de las que le describió Rilke a su mujer Clara: “A veces paso delante de tiendecillas en la rue de Seine, por ejemplo: anticuarios o libreros de viejo, o vendedores de grabados, con sus escaparates bien repletos. Nunca entra nadie y, al parece, no hacen negocio; pero si se curiosea en el interior, están leyendo despreocupados (a pesar de no ser ricos). No se inquietan por el día de mañana, ni se angustian por las ganancias…” (Wiesenthal, p. 570). Las librerías de viejo siempre han venido acompañadas en nuestra imaginación por efecto de la literatura (¿o es la pura realidad?) de un librero abichado y giboso, como el Zarastustra de ‘Luces de bohemia’, o el desarrapado y ajeno al mundo que le rodea Mendel, el de los libros, que con tanta maestría nos describió Stefan Zweig. Más distantes de estas figuras se nos quedan el William Buggage y su “ayudamante” Muriel Tottle, de la novelita ‘El librero’ de Roal Dahl. En cualquier caso, para los que tenemos a los libros por un bien más apreciado que su propia lectura, entrar en una de estas librerías de viejo que encontramos a veces casualmente en nuestro pasear por una ciudad a la que hemos viajado por simple turismo, es siempre un placer que despierta nuestros más entrañables sentidos: el olor del papel, el tacto de la vieja encuadernación, la vista de tantos libros amontonados sin orden y el silencio reverencial que domina el establecimiento. Lugares así quedan ya fuera del tiempo. José López Romero.   


sábado, 18 de febrero de 2017

UN HOMBRE BUENO

‘El cuentista que decía la verdad’ es el título de la biografía que con esmero, pasión y erudición Mauricio Gil Cano acaba de publicar de Francisco Burgos Lecea, jerezano que nació en la calle Santa Clara, nº 7, escritor de vanguardia y tristemente represaliado de la guerra civil hasta su suicidio en Madrid en 1951. Y como escritor vanguardista, prácticamente ningún género le fue ajeno, y en todos metió su pluma, aunque con desigual éxito. En el capítulo que Mauricio dedica a la labor teatral de su biografiado, se cuenta la anécdota de que en el estreno de su obra ‘La heroína del amor sublime’, que tuvo lugar en el teatro La Comedia de Madrid el 26 de mayo de 1930, asistió don Jacinto Benavente, que por aquellos años dominaba los escenarios españoles. La presencia de Benavente no podía llenar más de satisfacción y orgullo a Francisco Burgos, quien después del primer acto fue a saludar al célebre dramaturgo; y este le dijo: “Muy bien el primer acto. He hecho por usted lo que no hice por nadie hasta ahora. Venir al teatro sin haber comido. Ahora me voy…” Prueba incontestable de que hasta los grandes escritores necesitan alimentar el cuerpo tanto como el espíritu, sin que aquí y ahora nos atrevamos a decir a cuál debe atenderse primero. Pero la anécdota viene aquí a cuento no por la alimentación de los genios, sino porque en ella se unen casualmente dos escritores que reaccionaron en distintos años, aunque no muy distantes, contra la situación del teatro de la época. Benavente en los últimos años del siglo XIX ya había denunciado en varios artículos publicados en la prensa a los empresarios, empeñados solo en sus beneficios económicos, y también a los actores, pequeña y perversa sociedad totalmente jerarquizada en la que los más famosos imponían una férrea dictadura sobre los demás. Más de treinta años después, concretamente el 4 de abril de 1930, solo unos días antes del estreno de ‘La heroína del amor sublime’, Burgos Lecea publicaba en El Imparcial su manifiesto sobre la fundación del ‘Teatro de la nueva literatura’ en el que podemos leer las mismas críticas expuestas por Benavente, aunque con más detalle y vehemencia: “el teatro actual está podrido, por dentro y por fuera, literaria y económicamente. Hay que salvarlo. Así lo quiere el público. Así lo quiere la juventud. Es necesario destruir todas las enfermedades que lo llevan sin remisión al sepulcro”. Burgos Lecea fue tan apasionado en defender sus ideas sobre el teatro y la necesidad de su renovación, como lo fue para defender la literatura en general y el poder de esta para mejorar la vida de los seres humanos, de cuya nobleza nunca dudó este hombre honrado, que sobre todas las cosas fue esencialmente bueno. Una bondad, una honradez que, junto con su ideología comunista, lo llevaron por varias cárceles franquistas hasta su liberación el 19 de diciembre de 1950, para terminar por suicidarse: “Cuando después de muchos años, salió en libertad y se halló ante el espectáculo de su hogar y las dificultades de ganarse la vida bajo un régimen que le era hostil, se lanzó de cabeza por la ventana de su casa, un quinto piso”. Era el 5 de marzo de 1951. José López Romero.

LIBROS REPUDIADOS

En la literatura como en la vida, encontramos asuntos que nos pueden parecer a primera vista anecdóticos, aunque luego, si les prestamos algo más de atención tienen más trascendencia de la que en un principio pudiéramos haber pensado. Uno de esos temas “anecdóticos” que siempre han ejercido sobre mí una especial fascinación, ha sido la de esas creaciones, esos libros nunca publicados y en los  que sus autores han invertido tiempo, incluso dinero para  que nunca lleguen finalmente al lector. Podríamos pensar que la lógica reacción de un creador ante una obra que no le satisface, y que no sabe o no puede enderezar, sea la de deshacerse sin excesivos remordimientos de ella y pasar a otra cosa. Realmente esto último es lo que suele suceder. Pero, a veces,  por alguna razón desconocida algunas de esas creaciones sobreviven al deseo de su creador, y sin saber  porqué este las esconde y  trata de olvidar, pero curiosamente no las destruye. ¿Por qué? Misterio. Hace unos meses Sergio del Molino publicaba un curioso y ameno artículo hablando sobre esos libros abandonados –voluntariamente o por olvido- en los hoteles, o aquellos miles de manuscritos que no han sido aceptados por la editoriales y duermen para siempre el sueño de los justos y nunca llegarán al lector. Pero de alguna manera u otra esos libros a los que se refiere Molino no han sido de ninguna manera repudiados por sus autores, en todo caso por lectores o  editoriales. De estos que yo les hablo sí son auténticos libros repudiados, ya que lo son por su propio creador. Cuando salta de vez en cuando en los medios la noticia de la aparición de un desconocido manuscrito de un admirado escritor o escritora que dejaron las preocupaciones terrenales hace tiempo, me pregunto si no serán esas páginas inéditas una de esas creaciones repudiadas  a las que la sola posibilidad de que se puedan editar,  hará revolver incómodos a sus autores allá donde quieran que estén. RAMON CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 11 de febrero de 2017

DOS LIBROS DE HISTORIA

Durante los últimos meses han ido sumándose a la relación de títulos que conforman la historiografía local, una serie de libros de los cuales algunos estamos convencidos pueden significar un antes y un después en las distintas parcelas de la historia local que abordan. Nos detendremos en dos de ellos, ya que por razones obvias de espacio no podemos, como nos gustaría, ampliar esa relación. El primero de los libros que cronológicamente aparece publicado es el titulado ‘Inscripciones latinas de Jerez de la Frontera: Epigrafía y Contexto’ (Servicio de Publicaciones UCA), del que son autores Antonio Ruiz Castellanos, Eugenio J. Vega Geán y Francisco A. García Romero.  Es este pues un libro coral, donde se despliega ante el lector una visión singular de la historia antigua de la comarca jerezana, esa que se ha extraído de la interpretación de más de cien inscripciones, en su mayoría latinas. Lejos quedan ya los tiempos en que un trabajo de titanes como el titulado ‘Epigrafía Jerezana’ (M. Muñoz, R. de Cala y A. Muñoz), pareciera no interesar a nadie y permaneció durante décadas olvidado en los estantes de la sección de manuscritos de la Biblioteca Municipal. Hoy, afortunadamente, nadie discute la importancia de las  fuentes epigráficas para la comprensión de la historia. En definitiva, y como dicen los autores, con este nuevo libro se pretende -y nosotros añadimos que se consigue- la comprensión del patrimonio epigráfico latino de Jerez, proyectando en la antigüedad los paisajes y lugares conocidos, y dándoles un contenido antropológico, histórico, arqueológico y geográfico para hacer comprensible para una persona de hoy la sociedad hispanorromana de este rincón de la Bética. Otro libro a tener en cuenta es el titulado ‘La revuelta mudéjar y la conquista cristiana de Jerez (1261-1267)’, publicado por Peripecias, del Doctor en Arte y Humanidades por la UCA, Miguel Ángel  Borrego Soto. Es este uno de esos trabajos de investigación  que ha sorteado dificultades de todo tipo, no siendo las menores la confrontación con teorías firmemente asentadas a lo largo de décadas en la historiografía jerezana, como la de que la conquista de la ciudad de Jerez se produjo en octubre de 1264 en el fragor de la revuelta mudéjar. Años llevaba sumido este investigador en una  tarea que, tras algunos artículos o intervenciones en foros especializados, ahora culmina con el libro mencionado. Una escrupulosa metodología científica y  rigurosidad  documental,  han llevado finalmente a Borrego a alcanzar unos objetivos que no eran otros que rellenar las lagunas evidentes y las excesivas especulaciones dadas por ciertas sobre la revuelta mudéjar, para finalmente llegar a unas conclusiones que consideramos trascendentes para la historiografía local. Dos libros, en definitiva, que sin duda  contribuyen a enriquecer el conocimiento de nuestro pasado. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

EL COCINERO

En la excepcional por definitiva biografía que de Rainer María Rilke publicó en 2015 Mauricio Wiesenthal (‘Rainer María Rilke. El vidente y lo oculto’, Acantilado), este cuenta una anécdota del escritor ruso Máximo Gorki: “Siendo todavía un niño –comenta Wiesenthal de Gorki- trabajó como pinche de cocina en un remolcador. Le gustaban los libros más que los fogones, y el cocinero le hacía leer en voz alta, a cambio de librarle del servicio”. No es muy frecuente que el jefe exima a un muchacho de su trabajo a condición de que ocupe el tiempo en la lectura (“Todos lloraban cuando leía ‘Tarás Bulba’, o cuando contaba historias novelescas a sus compañeros de navegación” –sigue contando Wiesenthal- Y el cocinero le decía emocionado: “lee, muchacho, lee, que no hay nada mejor que los libros”). Que un cocinero de un remolcador tenga esa sensibilidad y ese sentido de la responsabilidad sobre la educación de un pinche no es que sea poco habitual, es sin duda toda una excepción, una verdadera rareza pero, como los caminos del Señor, los de la lectura a veces también son inescrutables. Gorki recordaría toda su vida a ese cocinero que, en su modestia, supo orientar los primeros pasos literarios del que con el tiempo vendría a ser uno de los más destacados escritores de la gran Rusia. Hoy, a pesar de todas las estrategias y mecanismos que se activan para hacer de la lectura un hábito, una actividad más que incorporar a la vida diaria de los jóvenes españoles (estrategias que tienen a la escuela como centro de operaciones y, en menor medida, a las bibliotecas públicas), no hay mejor ni más eficaz animación a la lectura que la casa de uno, la familia, el padre y la madre sentados con sus hijos leyéndoles un cuento, o leyendo el niño o la niña bajo la atención de sus padres. Esperar que a nuestro hijo o hija se le presente el cocinero de Gorki es esperar un verdadero milagro; los caminos de la lectura, como los del Señor, son inescrutables, no imposibles. José López Romero.

viernes, 3 de febrero de 2017

¿LOS LIBROS SON CAROS?

La cultura en este país es cara y lo ha sido siempre, aunque en estos últimos tiempos con el aumento del IVA se haya encarecido aún más. Quizá, y como viene siendo habitual desde hace ya muchos años, la subida de impuestos no sea más que la coartada para subir el producto, que esta subida repercuta directamente en el consumidor o usuario y echarle las culpas al gobierno de turno, porque para eso está. Y lo que realmente debería considerarse un producto de primera necesidad (¡animación a la lectura!), se convierte en artículo de lujo, al alcance de pocos, y cada vez, menos bolsillos. El cine, el teatro… Pero cuando se abaratan las entradas los espectadores acuden en masa, como se ha comprobado en estos últimos años con los días del espectador o con la fiesta del cine. Esto le decía yo a la madre el otro día, cuando mi hijo, que aparentaba si no  distracción escaso, si no nulo, interés (estado natural) por nuestra conversación, nos suelta: “¡Qué razón tienes, Pá. A mí que me ha dado por la cultura del entrecot de ternera, no ganáis entre los dos para este artículo de primera necesidad”. Y contento volviose a su estado natural. La verdad es que  no me había yo parado a pensar en que había también una cultura del entrecot de ternera, yo estaba pensando más bien en los libros. Y venía todo ello a cuento porque el otro día me compré un libro a un precio que me pareció un poco desmesurado para lo que aparentemente era: unas escasas ciento cincuenta páginas, en letra más grande de lo normal, en formato más cercano al libro de bolsillo que a edición de lujo. Total: 20 euros. El lector que pretenda estar al día de las últimas novedades del mercado ya puede ir preparando la cartera si no quiere esperar a la edición de bolsillo, teniendo en cuenta además que las críticas, escasamente objetivas, tampoco le garantizan que la novela o libro que compra va a responder a sus expectativas. No cabe duda de que, a pesar de la espera, el libro de bolsillo (y en este formato hay precios muy asequibles) es siempre una buena opción para un lector paciente, o también acudir a los grandes nombres, a escritores que no nos van a defraudar: la última de Fernando Aramburu; ahora Eduardo Mendoza, flamante premio Cervantes; y tantos otros cuyas ediciones pueden comprarse, según las editoriales, a buen precio. ¡Ah! Se me olvidaba. El libro que ha provocado esta reflexión se titula ‘Historia de los libros perdidos’ de Giorgio Van Straten y debo confesar que a pesar del precio o, digámoslo de otra manera, a pesar de las características antes indicadas, es un magnífico libro, de lectura fácil, entretenida y enriquecedora en todos los aspectos; un libro que, como los buenos textos, señalan a otros libros, a otros autores que tienes por descubrir. ¿Para costar 20 euros? Al menos no lo tengo que tirar o guardarlo en esa segunda fila, la llamada del olvido, de una estantería. Pero si costase menos seguro estoy de que se venderían muchos ejemplares. El contenido lo merece sin duda. José López Romero.


AQUELLOS ENCUADERNADORES

“¿Sabes de alguien que encuaderne?” El que lo preguntaba era un amigo del que no tenía noticias desde  hacía años,  y que  como salido del túnel del tiempo, tras un fugaz saludo telefónico, me soltaba aquella pregunta  con una voz que yo  era incapaz de asociar  con aquel joven compañero de estudios universitarios de hacía déadas. “La verdad es que tengo algunos libros -prosiguió- que me gustaría conservar. Son valiosos, además de tener un valor sentimental, pero necesitarían de un repaso de sus encuadernaciones. Seguro que tú, por tu profesión, tienes alguno que me puedas recomendar.”  Finalmente, y repuesto de la sorpresa inicial, facilité unos días después la información que me pedía a aquel ya no tan joven compañero de estudios, y de camino nos pusimos al día el uno al otro de nuestras respectivas vidas, y nos alegramos de que el paso de los años no hubiera mermado la confianza y amistad que alguna vez nos unió.  Aquella petición que aquel viejo amigo me había hecho, y que en principio podía parecer fácil de solucionar, no lo resultó tanto y lo cierto es que me vi arrastrado para mi sorpresa en una búsqueda de profesionales que parecían haber desaparecido de la faz de la tierra. Hace no demasiados años los negocios de  encuadernadores  eran tan corrientes como hoy día pudiera serlo una zapatería, y en la mayoría podíamos encontrar buenos profesionales que  acometían  desde encuadernaciones tan sencillas como las de las interminables colecciones de fascículos, como ofrecernos realizar con toda garantía encuadernaciones modernistas, románticas, neoclásicas, rococó… para aquellos libros  de cierto valor económico o sentimental, como los de mi amigo, que quisiéramos preservar y dar un lugar de honor en nuestro domicilio. Buscar hoy en el paisaje urbano a estos profesionales y sus otrora numerosos negocios, es poco menos que labor inútil. Por supuesto que existen aún profesionales  que conservan las técnicas y el virtuosismo de los grandes encuadernadores del pasado -Sancha, Meyer, Brugalla-, pero son excepciones y además en su mayoría, y  por lógicas razones de supervivencia,  se han ido dedicando  hacia la especialización en la encuadernación y restauración de libros patrimoniales o a trabajar para la gran industria editorial. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO   


sábado, 28 de enero de 2017

LA POLÉMICA TORRE DE MATRERA

Subí a la Torre Pajarete en marzo de 1986 con un compañero de estudios para documentar nuestro trabajo de Arqueología Medieval, asignatura que impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz don Luis de Mora Figueroa Dingwall Williams, el inolvidable “barón”. Pocos llamaban entonces Castillo de Matrera a aquel empinado cerro, y si salvamos su dificultoso ascenso indemnes fue sin duda con la inestimable colaboración de los generosos caldos del cercano pueblo de Prado del Rey, que tanto a Juan Carlos como a mí nos proporcionaron las energías suficientes para alcanzar la cima por su lado sur, el más accesible de la fortificación. Al llegar, y cumplido el rito de la fotografía de rigor, el panorama resulta algo desolador. Quedaba poco en pie, y costaba mucho imaginar que aquello había sido uno de los baluartes del rebelde Umar ibn Hafsum, que en pleno siglo IX mantuvo en jaque al emir cordobés desde su plaza fuerte en Bobastro. De hecho, para Hernández Parrales (1960), eligió el emplazamiento por estar situado en un lugar estratégico entre sus posesiones y las de su oponente. Un recinto más o menos rectangular con una cerca perimetral de más de quinientos metros de muralla, que en algunos tramos no es más que un simple escalón, y dos puertas flanqueadas, custodian un patio de armas con más de ciento ochenta y cinco metros de lado a lado. En la cara norte, la parte más inaccesible del cerro, la Torre del Homenaje, una mole de dos plantas y muros de tres metros de espesor, el último refugio defensivo cuando el enemigo ya había asaltado el poblado fortificado. Aparicio Guitart (1961) encuadraba  Matrera dentro  de  los “castillejos de finalidad puramente militar”. Lo cierto es que salvo algunos trabajos publicados en revistas especializadas, varios estudios locales y de algún que otro aficionado de esos que se autotitulan “historiadores”, la Torre Pajarete pasó desapercibida hasta marzo del pasado año, cuando otorgaron el prestigioso “Archivizer A+” en la categoría de preservación a la obra de su restauración, dirigida por el estudio gaditano de Carlos Quevedo y costeada por el dueño de la finca. Y empezó la polémica. Tanto la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía como los arqueólogos del lugar han dado su visto bueno, en base a que se distingue claramente la parte original de la restaurada, extremo que exige la Ley. No está tan contento Carlos Morenés, vicepresidente de “Hispania Nostra”, una asociación para la defensa del Patrimonio, que ha llegado a compararla con la que hizo Cecilia Giménez con el “Ecce Homo” de Borja en 2012. Somos historiadores, no arqueólogos ni urbanistas, y podrá gustarnos más o menos “esa enorme cosa blanca”, tal como Morenés define la obra, pero por fin alguien se ha acordado de aquel risco asilvestrado entre los pintorescos pueblos de Villamartín y Prado del Rey, recordándonos de paso la palpitante historia de los territorios que nos circundan. De algo ha servido la polémica.  NATALIO BENÍTEZ RAGEL

PAREJAS

“Father, father –mi hija con una noticia calentita-. En “first dates” un muchacho le acaba de confesar a su pareja que habrá leído como mucho un libro en su vida; a lo que la muchacha le ha respondido que ella en cambio sí ha leído ‘Cuarenta sombras de Gray’ y ‘Crepúsculo’”. De inmediato conecté con este programa para ver a dos prototipos de lo que podríamos llamar “bultos humanos”: el macho que entre los méritos que lo adornan se encuentra la alergia a la lectura, lo que esgrime como arma de seducción, y la hembra, por el contrario, que tiene en su casa la envidia de la biblioteca de Alejandría. La pinta de ambos, por supuesto, acorde era con su talla intelectual. Lo dicho: perfectos ejemplares de lo que es hoy la llamada de la selva, reconvertida en un plató de televisión en el que, en un alarde de inconsciente sinceridad, a sus participantes no les importa poner sus vergüenzas a la pública exposición. Y lo grave de esta desgracia es que estos especímenes son más numerosos de lo que queremos o nos engañamos en creer. La situación no será tan alarmante, nos decimos confiados en que se lee más de lo que las estadísticas desvelan, o pensando que la juventud (que ya empieza también a tener sus años) de nuestro país no puede verse reflejada en dos espontáneos que han acudido a un programa de televisión con el fin de ligar. Y sin embargo, las estadísticas no engañan y muchos jóvenes pueden perfectamente identificarse con esa pareja de “first dates”, en todos sus aspectos, hasta en los feromonales, quizá el único por el que destacarían y por el que participan en estos programas. En realidad, alguien debería abrirles los ojos y decirles que detrás de sus ignorancias se esconde la desesperada necesidad del otro, de un igual a ellos porque a no otra cosa pueden aspirar, si no es al fracaso que algunos ya han sufrido. Alguien debería decirles que un libro, que la lectura les devolverá la autoestima que hace tiempo seguro que perdieron. José López Romero.


sábado, 21 de enero de 2017

MUJERES

Si poco sentido, por no decir ninguno, tiene ya abrir la polémica de si existe una literatura femenina, menos aún lo tiene creer que para acercarse a la condición femenina habría que leer novelas escritas por mujeres. Grandes personajes como Emma Bovary o Ana Ozores, la regenta, por poner dos ilustres casos de heroínas decimonónicas creadas por hombres, desmontan cualquier teoría al respecto. Y para confirmar lo que estamos defendiendo, incluso para atrevernos a afirmar, yendo más lejos, que no hay mejor lectura sobre mujeres que la escrita por hombres, pongamos de ejemplo a Ángel Vázquez y las tres novelas que escribió. A Ángel Vázquez (Tánger, 1929 – Madrid, 1980) ya lo hemos traído a esta página en varias ocasiones porque es un escritor que, en nuestra opinión, merece urgentemente una reivindicación y un reconocimiento que aún, pese a sus publicaciones, no se le ha dado de forma unánime. Las tres novelas que escribió y publicó: ‘Se enciende y se apaga la luz’ (1962); ‘Fiesta para una mujer sola’ (1964) y ‘La vida perra de Juanita Narboni’ (1976), tienen como denominador común que sus protagonistas son mujeres, y como peculiaridad que por el mismo orden cronológico asistimos en la primera a una exultante joven Cristina; en la segunda, a una madura y espléndida Paula; y en la tercera, a una ya ajada y solitaria Juanita. De tal manera que podemos hacer un muy recomendable ejercicio lector sobre la condición femenina si leyésemos por ese orden las tres novelas citadas. Los titubeos y desorientación sufridos por Cristina, consecuencia de la educación recibida de su madre Isabel (otro magnífico carácter femenino de Vázquez), se convierten en seguridad, coqueteo con el peligro y cierto hastío en la madura Paula, para desembocar en la terrible soledad, en una decrepitud que nos anuncia una desolada vejez de Juanita. Con Tánger (ciudad natal del escritor) como fondo o incluso como un personaje más que imprime el carácter de sus habitantes (ciudad internacional, intercultural pero al mismo tiempo provinciana, con una separación muy clara de razas y clases sociales), las tres mujeres toman una postura distinta acorde con sus edades: más rebelde en Cristina, que empieza a cuestionarse el clasismo tan acentuado en su madre; actitud esta de Isabel que comparte Paula, que de ningún modo estaría dispuesta a renunciar a los privilegios de que disfruta por su posición social; mientras que en Juanita estamos ante un personaje en la decadencia plena: física, mental y, por desgracia, también social. Estos tres grandes caracteres femeninos dejan a los protagonistas masculinos en un segundo plano, como si fueran los complementos que utiliza Vázquez para redondear a sus heroínas: Julio, el padre de Cristina; Damián, el amante de Paula; o el padre de Juanita… La lectura de sus cuentos (‘El cuarto de los niños y otros cuentos’, ed. Pre-Textos) vendría a completar este repaso y el homenaje a la obra de Ángel Vázquez y sus personajes femeninos. Se lo debemos. José López Romero.


HISTORIAS DE LA LECTURA

Hace ahora un mes (16 de diciembre) se celebraba el Día de la Lectura en Andalucía, una efemérides que suele pasar desapercibida incluso entre los lectores empedernidos. Y sin embargo, si tenemos curiosidad y echamos la vista atrás, comprobaremos con sorpresa cómo algo que nos parece hoy básico como el acceso a la información, formación y  ocio -contenido tradicionalmente en el libro en papel y que hoy  coexiste en difícil equilibrio con  los formatos y plataformas digitales- , no fue algo generalizado, sino privilegio de algunos hasta hace bien poco. Realmente hasta finales del siglo XVIII, pero sobre todo ya avanzada la centuria siguiente, no empieza a visualizarse claramente lo que se denominó “lectura pública” y que tuvo como principal vehículo propagador otra institución milenaria, las bibliotecas, en este caso las llamadas “bibliotecas populares”. En estas últimas empezó a generalizarse el acceso al libro entre aquellas clases sociales  que durante la mayor parte de la historia habían estado marginadas en el acceso a la educación y a la cultura. En este camino que, como decimos, se inicia en nuestro país bien avanzado el siglo XIX, tendrá un papel relevante y poco conocido la ciudad de Jerez. Un ejemplo: entre el primer centenar de bibliotecas populares que se crean en España en el periodo 1868/1874 por el Ministerio de Fomento, bajo los ministros Ruiz Zorrilla y Echegaray, para el fomento de la lectura y el acceso generalizado al libro por parte de las clases populares, estaría la fundada en Jerez un 23 de abril de 1873. Esta biblioteca, denominada hoy Municipal, es  la única de aquellas bibliotecas pioneras que lograron llegar hasta nuestros días, pasando hoy día por ser la biblioteca municipal más antigua de España.  Otra iniciativa singular, esta de principios del siglo XX, en el fomento de la lectura en nuestro país fue la expansión de las llamadas “bibliotecas de jardines”, en realidad kioscos con libros que se disponían en alamedas y parques para ofrecer libros a los paseantes que así lo demandaran. En Jerez, pionera también en esta iniciativa, se abrieron tres kioscos bibliotecas lamentablemente desaparecidas durante la posguerra, aunque hoy se conservan sus libros en los fondos patrimoniales de la Municipal. Ramón Clavijo Provencio.


domingo, 15 de enero de 2017

RECOMENDACIONES

Botas de lluvia suecas
Henning Mankel. Tusquets, 2016
El malogrado autor sueco fallecido hace un año, rescata en este libro el personaje protagonista  de aquel otro de grato recuerdo titulado ‘Zapatos italianos’. La historia se sitúa diez años después de los hechos narrados en el libro mencionado, y nos adentra en una historia crepuscular donde Fredrik Welin, ya como médico jubilado,  vive en una pequeña isla de un archipiélago de la geografía sueca. La vieja casa familiar en la que habita, una noche es pasto de las llamas con él dentro. Escapa del suceso milagrosamente, pero a partir de ese momento se ve envuelto en el opresivo ambiente provocado por la investigación iniciada para esclarecer los hechos, y cuyas primeras conclusiones apuntan hacia él como sospechoso principal. Es este un libro de Mankel combina con gran maestría el misterio y la tensión propia del género negro, del que es maestro consumado, con una profunda y convincente inmersión en la decadencia física y mental de su protagonista. R.C.P.

El regreso de Titmuss

John Mortimer. Libros del Asteroide, 2014

Esta segunda entrega de la trilogía es tan buena como la primera, ‘Un paraíso inalcanzable’, que no es poco mérito porque ya se sabe: segundas partes… John Mortimer, polifacético escritor que ha obtenido grandes éxitos como guionista para la televisión, vuelve aquí sobre su protagonista, Leslie Titmuss, en la cima de toda su buena fortuna, es decir, ya convertido en ministro de Territorio, Urbanismo y Fomento, el que fuera en su juventud chico que cuidaba del jardín de los Simcox y meritorio aspirante a un cargo político en el partido conservador inglés que ya ha conseguido. Su segundo matrimonio con Jenny Sidonia y un problema urbanístico nos hacen profundizar en la psicología del siempre escandaloso Titmuss, así como en las vidas de los habitantes de Rapstone Fanner, con ese acerado humor y fina ironía de Mortimer. Una novela para divertirse. J.L.R.