viernes, 13 de octubre de 2017

VUELTA A LA REALIDAD

Una vez pasado el estío con su efecto adormecedor, o como mi amigo Atanasio dice “la estación mágica que parece detener el tiempo” – nos volvemos a topar con la realidad cultural en torno al libro y observamos con preocupación que todo sigue igual o casi. Para evitar el desasosiego busco como cualquier lector que se precie, libros notables  a los que nos podamos subir para evadirnos en este retorno –  acabo de iniciar la lectura de 4,3,2,1  de Auster, y  otros como “Berta Isla” de Javier Marías, o La “Mirada de los peces” de Víctor del Árbol  esperan turno-.  Pero volviendo a la realidad, lo  cierto es que brillan por su ausencia las iniciativas culturales en torno al mundo del libro que atraigan nuestra atención, pero sobre todo que nos ilusionen. Y me refiero a las planteadas como proyectos estables y de futuro. Por otro lado los libros siguen siendo muy caros. La lectura siempre ha sido un placer caro, que como todos los placeres tiene un costo material para disfrutarlo. Lo curioso es que pese a todas las herramientas que las nuevas tecnologías ponen a nuestro alcance, como es el caso de los libros digitales, lo siga siendo, incluso estos últimos lo son, propiciando que la puerta del pirateo sigue entornada como una tentación para los que por distintas razones no pueden o no quieren pagar  el “vicio”. Todo esto va sucediendo ante la desesperación de los intermediarios naturales, las librerías, que resisten como pueden en un paisaje tremendamente hostil, y donde los autores  pierden el control de sus creaciones apenas las entregan a los editores. La solución no parece fácil.  Sí, es cierto, la industria editorial española sigue siendo muy potente, pero tras las bambalinas se puede  atisbar un coloso con los pies de barro, además de la paradoja de una oferta editorial no acorde con los modestos índices de lectura del país. ¿Y las bibliotecas públicas? Pues si a finales de los años 80 del pasado siglo resurgieron, creándose nuevos equipamientos, adaptándose a las nuevas herramientas que proporcionaba la sociedad de la información y  ofreciendo un nivel de servicios y fondos bibliográficos nunca vistos, hoy siguen sufriendo los efectos de la crisis, que en  el ámbito bibliotecario ha sido devastador: reducción de servicios, recortes de medios materiales y humanos cuando no cierre de muchos centros. Les decía que volvemos a la cruda realidad, que en el caso del mundo del libro en nuestro país, son políticas cortoplacistas que miran más al espectáculo que a las auténticas necesidades. Llamar más la atención que solucionar los problemas de la sociedad, paradójicamente cada vez más necesitada de información. El paisaje vuelve a ser el mismo tras el estío, y solo nos queda la esperanza un año más de que algunos libros notables me evadan de esta realidad tan prosaica y miope. (Ilustración de Edward Hopper, 1952). RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO    

016

El matrimonio formado por Theobald y Luise llegan a casa. A ella se le han caído las bragas en plena calle hasta asomar por las faldas, lo que ha provocado un considerable revuelo. El marido no puede estar más disgustado, no por la honestidad de su mujer, sino porque el suceso puede acarrearles el desprestigio social y con este la ruina económica, más cuando él es un modesto funcionario y, al parecer, el emperador se hallaba cerca de allí. La golpea con el bastón y la insulta: “Tengo la culpa de tener una mujer así, una puerca, una fulana, una lunática”. Pero aquí no queda la cosa. Los insultos y desprecios que Theobald le dirige a su esposa son continuos a lo largo de esta obra, ‘Las bragas’, del escritor alemán Carl Sternheim (reseñada en esta página). ¿Qué se puede esperar de un individuo que confiesa hasta con orgullo que no lee nada en absoluto, que apenas piensa y que no conoce a Shakespeare y muy superficialmente a Goethe? Y él mismo declara que su filosofía de vida es tan cómoda como primitiva: “Mi vida va a durar setenta años. Ciñéndome a mi conciencia adquirida, en ese lapso de tiempo puedo disfrutar a mi manera de algunas cosas. Si quisiera para mí un pensamiento más elevado… en mi difícil condición intelectual apenas habría conseguido interiorizarlo en cien años”. Una aclaración muy pertinente: Sternheim escribió ‘Las bragas’ a principios del siglo XX. Y sin embargo, ¡cúantos Theobald siguen existiendo repartidos por el mundo! Especímenes que se regodean en su primitivismo (Theobald alardea incluso de su fuerza física), más cercano a la prehistoria de la humanidad: comer, beber, dormir y marcar territorio. Pero a los Theobald se les ve venir. Mucho peores son los “tartufos” que bajo el aspecto del manso, del hombre de pensamientos elevados esconden su verdadera naturaleza: la del violento, la del maltratador. No hay día en que la fatídica estadística no aumente con una víctima más de este terrible mal. Hace más de un siglo que Sternheim escribió su obra, ¡qué poco hemos aprendido!. José López Romero.   

viernes, 6 de octubre de 2017

PUBLICACIONES DEL XIX Y "EL BELLO SEXO"


El Gran Mundo: revista dedicada al bello sexo” se publicó en Sevilla entre 1872 y 1876.  Tocaba temas de “literatura, salones, modas, paseos y noticias”, con ilustraciones como la que acompaña este artículo. Salvo Benito Mas y Prat y algún otro, pocas son las firmas consagradas que escribían en ella. Curiosidades, cotilleos en algunos casos, llenaban sus páginas, lo que nos da una idea de la calidad de las publicaciones dirigidas a las mujeres, en contraste con  aquellas dedicadas a un público mayoritariamente masculino, como las valoradas “La Ilustración Artística” o “La Ilustración española y americana”, donde por cierto también colaboraba Mas y Prat.  Varios ejemplos del contenido: un panegírico sobre las suegras ante el ancestral desprecio de los yernos, pues “creyendo tener en su hija un tesoro inestimable, les parece poco para ella todo hombre y abultados miran todos sus defectos” ; una crónica de un baile ofrecido en Jerez por los señores Sánchez Romate y sus hijos los duques de Almodóvar del Rio en diciembre de 1875  en su palacio de la calle Lealas ; o una visita hecha por el poeta y dramaturgo sevillano José Velilla a la feria de Jerez en mayo de 1876, acompañado por el historiador jerezano Manuel Cancela, donde el dato más interesante que nos da es la “iluminación a la veneciana” que lucía la calle Larga. Si esta revista resulta tan solo insípida, otras publicaciones del XIX sobre la mujer asombran por el solo hecho de haber salido de las imprentas, como el “estudio” de un tal Dr. Pouillet (ni siquiera en la Espasa lo he encontrado) cuyo título ya da escalofríos: “Estudio médico-filosófico sobre las formas, las causas, los síntomas, las consecuencias y el tratamiento del onanismo en la mujer” (1883). Lo sorprendente ya no es que este panfleto afirmase que “de todos los vicios de lesa naturaleza, uno de los más grandes es la masturbación”, que dijera que “la mujer se haya más propensa que el hombre al onanismo arrastrada por la exquisita sensibilidad de su aparato genital”, o que enumerase hasta varios remedios contra estas prácticas, como el sulfato de quinina, la belladona, el bromuro de potasio o, para aquellas más recalcitrantes, la clitoridectomía, y todo ello escrito por un hijo del país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Más que eso, lo  realmente llamativo es que este engendro superara las depuraciones de libros de la posguerra y acabara en manos de Soto Molina. Quizás quienes integraban aquellas comisiones ni siquiera sabían quien eran Onán, y puede que don José se lo quedara, como ejemplar curioso, para su biblioteca particular, conservada en la Biblioteca Municipal de Jerez. NATALIO BENITEZ RAGEL.  

EL INFIERNO DE RULO

En el ‘Sueño del Infierno’ o, por otro nombre, ‘las zahúrdas de Plutón’, el gran Quevedo nos presenta a un poeta que no hace más que maldecir al que inventó las consonantes (la rima consonante), “Pues porque en un soneto dije que una señora era absoluta, / y siendo más honesta que Lucrecia, / por dar fin al cuarteto la hice puta”. No suelo prestarles atención a las canciones actuales, que siempre tengo de fondo mientras conduzco. La mayoría, si no todas, adolecen de una ramplonería y una vacuidad artística que algunas hasta estremecen y levantan el vello. Pero el otro día y por pura casualidad, sin premeditación ni alevosía (lo juro), me puse a escuchar la canción “Noviembre” perteneciente al grupo ‘Rulo y la contrabanda’. El primer cuarteto dice así: “¿Cómo voy a hacer que el corazón no te duela / Si llevo años durmiendo abrazado a cualquiera? / ¿Cómo voy a conseguir dejarme de vicios / Si tengo menos voluntad que tu abogado de oficio?”. Enseguida se me vino a las mientes el texto de Quevedo. ¡Maldito inventor de las consonantes! El pobre de Rulo no ha podido encontrar mejor consonancia para sus “vicios” que a un pobre “abogado de oficio” que pasaba por allí (por su inagotable inspiración) y encima, para completar el ripio, lo tilda de poco esforzado en su trabajo. No hace falta que aquí comente, porque basta con acercarse al colegio de abogados para informarse, la labor tan desagradecida y escasamente remunerada que realizan a diario los abogados de oficio. Además de que tras cada uno de ellos hay una persona que se ha esforzado en sacarse un título universitario, que ahora ejerce con más penas y con tan poca gloria como escaso reconocimiento en los juzgados. ¿Y quién es Rulo? ¿qué mérito tiene si no es el único ser perpetrador de malas consonantes?. Para Quevedo, un serio y seguro candidato a su infierno. José López Romero.     

viernes, 29 de septiembre de 2017

LAS COMPARACIONES...

Hace ya un tiempo escribí un artículo en el que comentaba cómo en la lectura simultánea de varios libros (soy de esos lectores múltiples), unos se agrandaban, se agigantaban, o tomaban exacta medida de su calidad, en comparación con otros, que se achicaban, menguaban o tomaban exacta medida de su mediocridad. No me acuerdo ahora cuáles fueron los libros o autores comparados en aquella ocasión, pero las lecturas que he ido haciendo desde entonces han confirmado esta teoría o impresión que tuve en aquel momento. Entre los que no resistirían ni una mínima comparación yo pondría sin duda la novela sentimentaloide de Siri Hustvedt titulada ‘Un verano sin hombres’, o ‘Zonas húmedas’ de Charlotte Roche, un delirante relato de una grosería totalmente gratuita. A estas dos obras y autoras, incorporaría una de mis últimas lecturas: ‘La gente feliz lee y toma café’ de Agnès Martin-Lugand (reseñado en esta página). ¿Tres mujeres? Tres autoras cuyas obras menguan hasta la vulgaridad, si las comparamos con otras tres mujeres, para que nadie demasiado suspicaz nos pueda acusar de nada. Cojo con una mano la novela de Hustvedt y en la otra ‘La señora Dalloway’ de Virginia Wolf y noto cómo la primera va menguando, mientras que la segunda aumenta su tamaño; y lo mismo pasa cuando tomo de la estantería ‘Zonas húmedas’ y en la otra mano sostengo ‘Nada se opone a la noche’ de Delphine de Vigan (que incluso gana altura en comparación con otra de sus novelas ‘Las horas subterráneas’). Ha dado la casualidad de que simultáneamente haya leído la obra de Martin-Lugand y los cuentos de Cristina Fernández Cubas. Quien haya pasado por mi misma experiencia lectora seguro que habrá exclamado “¡No hay color!”. En efecto. Y volviendo a mi teoría: ‘La gente feliz lee y toma café’ se va empequeñeciendo, encogiendo a medida que uno va leyendo los textos de Fernández Cubas, que se van agrandando, aumentando de tamaño; es decir, cada uno adquiere su exacta categoría literaria. La originalidad de los cuentos de Fdez. Cubas, la calidad del estilo, la estructura de los relatos, cómo lleva al lector por laberintos y pasadizos psicológicos de sus personajes, con ese punto inquietante que lo mantiene en un tenso vilo la convierten en uno de los mejores escritores, en mi opinión, del panorama actual español. Nada que envidiar a los mejores cuentos hispanoamericanos. En cambio, la novela de Martin-Lugand es un refrito de un puñado de situaciones tópicas o clichés cuyo argumento ya hemos visto hasta la saciedad en las películas romanticoides americanas. Y encima con ínfulas líricas del tipo “hundió sus ojos en los míos”, que repite varias veces. Un elenco de personajes que responden perfectamente a lo que se espera de ellos: los amables y acogedores caseros irlandeses, el tipo duro y sufridor, la perversa de su novia, el amigo gay que se tiraría hasta al tipo duro… Eso sí, fuman como carreteros; quizá por ello a la señorita de la portada le han cambiado el libro por el cigarrillo, por lo que no parece muy feliz. Lo mismo es porque se le ha acabado el café o, peor aún, está leyendo ‘La gente feliz lee y toma café’. ¡Horror! José López Romero.



NOSTALGIA

A veces es inevitable volver la vista atrás, aunque ello sea a riesgo de vernos inundados de nostalgia. No me gusta demasiado esa sensación por su poder adormecedor y paralizante, y que nos deja indefensos cuando nos asalta. No hace mucho me entretenía revisando libros depositados en una vieja librería y que tenía desde hacía mucho tiempo olvidados. Entre ellos captó especialmente mi atención ‘El hijo del Cielo. Crónicas de los días soberanos’ de Víctor Segalen. No es que los avatares del penúltimo emperador de China, Kuang-Siu, que es de lo que trata el mencionado libro me interesaran sobremanera y ahora, con aquel reencuentro, me volvieran los gratos recuerdos de su ya lejana lectura. No, nada de eso, pero en cambio tras aquella edición (Seix Barral, 1983) sí que se agazapaban unos recuerdos que rápidamente me asaltaron, personalizándose en la figura de D. Antonio Olmedo que fue el que me lo regaló hacía ya algunos años. Olmedo, gran bibliófilo, poseedor por entonces de una más que notable biblioteca tanto por su número como por las piezas conservadas en ella, formaba parte de un pequeño pero selecto grupo de relevantes personajes de la cultura local que periódicamente me visitaban en mi despacho de la Biblioteca Municipal, bien para solicitarme información de los fondos allí depositados, y que por uno u otro motivo necesitaban, bien para  investigaciones  en curso o por el ansia de ilustración permanente que en todos alentaba.  Junto a Olmedo, Eduardo Pereiras, gran fotógrafo e incansable investigador de la historia de la fotografía local y Juan de la Plata, referencia imprescindible  en el mundo del flamenco, son los que más huella dejaron en mí y durante años me enriquecieron con cada una de sus visitas. Grandes conversadores a través de sus conocimientos y experiencias me permitieron entrar en un mundo ya desaparecido por entonces, un Jerez del que ellos fueron protagonistas desde distintos ámbitos de la cultura. Entrañables personajes que espero el tiempo no borre su huella en la ciudad, pero sobre todo añorados amigos que en un fogonazo de nostalgia me volvieron a visitar. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

domingo, 10 de septiembre de 2017

LECTURAS DE VERANO V

El arte de la distorsión

Juan Gabriel Vásquez. Alfaguara, 2009

Hace unas semanas fue ‘El arte de la novela’ de Milan Kundera, y hoy traemos a esta sección ‘El arte de la distorsión’ de J.G. Vásquez: una colección de textos que, al igual que el libro de Kundera, el escritor colombiano ha reunido en los que reflexiona sobre obras y autores; reflexiones siempre interesantes y muy aleccionadoras cuando se trata de un escritor, Vásquez, tan lúcido en muchas de sus apreciaciones. Desde su visión de ‘Cien años de soledad’, pasando por ‘El corazón en las tinieblas’ de Joseph Conrad y por los diarios de Julio Ramón Ribeyro (magníficos), hasta llegar al libro ‘Hiroshima’ de Hersey que tradujo, Vásquez nos ofrece una serie de trabajos que van de la crítica literaria, a los datos biográficos de autores, para terminar en la denuncia de una bomba atómica que pudo perfectamente evitarse. Vásquez sigue sin defraudarnos. J.L.R.

El turista perpetuo

Harkaitz Cano. Seix Barral, 2017

Evocador  título este , y tanto más en las fechas que nos encontramos, pues nos lleva a desear más si cabe la huida de la  cotidianeidad y escapar en busca de destinos soñados o, al menos, paisajes y rostros que nos alejen del gris y estresante que nos rodea todos los días. Es el autor de esta colección de relatos un ejemplo más de esa nueva generación de narradores procedentes del País Vasco, y que no desdeña transitar por este género del relato corto  en el que ya antes Kirmen Uribe había marcado el camino como uno de sus más significados representantes. No le va a la zaga Harkaitz, lo que podemos comprobar en esta corta pero imprescindible colección de historias, donde los paisajes costeros y evocadores de esa vía de escape de la que hablábamos antes, están muy presentes en una  cuidada y fluida prosa trufada de  guiños cinematográficos y homenajes a otros relatos de  grandes escritores. R.C.P.  

domingo, 27 de agosto de 2017

LECTURAS DE VERANO IV

Historia de los libros perdidos

Giorgio Van Straten. Pasado & Presente, 2016

Dentro de la historia general del libro -por cierto un relato que cada vez atrae a un mayor número de lectores, fuera del ámbito especializado- siempre ha ejercido una especial atracción esa otra crónica que trata de desvelarnos de qué trataban y quiénes fueron sus autores, esos libros de los que hemos oído hablar pero, por circunstancias diversas, no han llegado a conservarse. Son pocos los autores que se hayan atrevido a hurgar en esta particular historia, donde muchas veces la rumorología trata de suplantar la realidad histórica documentalmente demostrada.  Stuart Kelly ya lo intentó en  ‘La biblioteca de los libros perdidos’ (Paidos, 2007), y pese a la amenidad del libro, quizás pecaba de centrarse excesivamente en el mundo anglosajón. No peca de este error Van Straten, que amplía el espectro temporal y geográfico de su estudio, sin perder amenidad. R.C.P.

Tokio blues (Norwegian Wood)

Haruki Murakami. Maxi Tusquets, 2007.

Aunque la obra de este escritor japonés ya comenzaba su consolidación, fue esta novela, publicada en 1987, la que le confirió definitivamente fama internacional, hasta el punto de convertirse en escritor de culto para muchos jóvenes. Porque de la juventud y sus inquietudes, sus problemas, sus sentimientos, sobre todo sentimientos trata esta novela. Al escuchar la canción de Los Beatles el narrador, Watanabe, ya maduro, va recordando aquella adolescencia-juventud en el Tokio de finales de los años sesenta. Y entre los recuerdos, en especial las relaciones con tres mujeres: Naoko, la novia de Kizuki, su mejor amigo que se suicida a los diecisiete años; Midori, compañera de universidad, con la que mantendrá una íntima relación; y Reiko, compañera de la casa de salud de Naoko. Una visión a veces descarnada de una juventud perdida, a ratos intimista y acogedora. Buena lectura. J.L.R.  

martes, 8 de agosto de 2017

LECTURAS DE VERANO III

El malentendido

Irène Némirovsky. Salamandra, 2013

Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – campo de concentración de Auschwitz, 1942) fue una precoz escritora, cuya primera novela es precisamente ‘El malentendido’, publicada en 1926 en una revista y cuatro años más tarde editada en volumen. Quizá más célebre por su narración ‘Suite francesa’ novela póstuma, no editada hasta 2004 y llevada al cine con gran éxito. En ‘El malentendido’ Némirovsky desarrolla la historia de un adulterio, el cometido por Denise, esposa de Jessaint, y por Ives Harteloup, su antiguo amigo. El encuentro de los tres personajes en Hendaya, mientras pasan unos días de veraneo, y la ausencia del marido por negocios, propician unas relaciones amorosas siempre complicadas. Una prosa que no deja de sorprendernos por su elegancia, su excelente ritmo habida cuenta de la edad de la autora cuando escribió esta novela. Seguiremos leyendo a Némirovsky. J.L.R. 

El monarca de las sombras

Javier Cercas.  Random House, 2017


Ha pasado algunos meses en el estante este libro, aguardando paciente la lectura tranquila, sosegada que merecía. No es Cercas un autor prolífico y de ahí el interés que despierta cada nueva historia que nos presenta, y es que no hay en el panorama literario nacional un escritor que utilice con tal maestría los recursos literarios, para desvelarnos historias olvidadas por el paso del tiempo, pero que se tornan trascendentes en el devenir de la historia más reciente de este país. Ahora el foco de atención lo fija en desentrañar el pasado de un “héroe” familiar, un tío abuelo que muere en los primeros meses de la Guerra Civil,  en la Batalla del Ebro. El libro sigue ese esquema que tan magistralmente domina Cercas, el de un relato en presente que no es otro que el de la misma investigación que realiza sobre el pasado del protagonista, y otro en el que se  revive al personaje con un salto en el tiempo posibilitado por la investigación. R.C.P.  

viernes, 28 de julio de 2017

LECTURAS DE VERANO II

Tres días y una vida

Pierre Lemaitre. Salamandra, 2016


Después de ‘Nos vemos allá arriba, podemos hablar del fenómeno Lemaitre. Aquel excelente libro, premio Goncourt de 2015, hizo visible en nuestro país al escritor galo, provocando la reedición de numerosos libros - unos inéditos en castellano otros que habían pasado sin pena ni gloria- que al hilo del título anteriormente mencionado, lograron elevadas cuotas de ventas. Ahora Lemaitre vuelve a cautivarnos con otro libro que sin estar a la altura de ‘Nos vemos allá arriba’, está más cerca de él que el resto de su obra. Algunos lo han calificado como novela negra, y nada más lejos de la realidad. Aquí, salvo la existencia de un crimen inesperado, no hay nada que nos haga pensar en ello. Eso sí, hay un excepcional retrato de los personajes que desfilan por esta novela, especialmente el de su protagonista al que Lemaitre nos lo retrata en tres periodos de su vida. Y sobre todo el lector se topará con un final inesperado y a tono con tan brillante relato. R.C.P.

Cine Soledad

Francisco González Ledesma. Ediciones don Balón, 1993.


‘Cine Soledad’ es de esas novelas que a medida que vas leyendo más nos recuerdan las inigualables películas en blanco y negro que Hollywood produjo en los años 50, en las que se mezclaba una trama detectivesca con los bajos fondos de un deporte tan denigrado por muchos, como admirado y seguido por pocos, como es el boxeo; películas como ‘Más dura será la caída’ o ‘El ídolo de barro’. Un frustrado escritor, Paco Mayoral, termina para mal ganarse la vida haciendo reportajes para una revista deportiva catalana. Para uno de esos reportajes asiste a una velada clandestina de boxeo en la que los púgiles son niños y, por desgracia, es testigo de la muerte de  “Chico” Valverde, un niño deficiente. Su investigación le lleva a Gaby Miranda, un boxeador que llegó a ser olímpico y ahora intenta desesperadamente recuperar su prestigio. Una novela dura, como el boxeo. J.L.R. 

martes, 18 de julio de 2017

LECTURAS DE VERANO I

Francamente, Frank

Richard Ford. Anagrama, 2015.


Volvemos a reencontrarnos con Frank Bascombe, el icónico personaje creado por Richard Ford, un encuentro que no podemos dejar de calificar como afortunado. Es cierto que el  Frank, con el que aquí volvemos a toparnos es un hombre en la etapa final de su vida, más melancólico y hasta cierto punto desencantado de la misma, pero que no pierde su ironía, humor y lucidez que tanto nos hicieron disfrutar en anteriores novelas de este autor. Al hilo de la devastación que ha dejado el huracán Sandy, Ford nos deja cuatro historias independientes pero todas bajo la influencia directa o indirecta, de esta catástrofe natural. En estas historias Frank Bascombe se reencontrara con viejos amigos, que aparecen ahora tras años de silencio, antiguas esposas,  desconocidos que le cuentan historias ignoradas y terribles. Historias donde Ford nos deslumbra por su lucidez en analizarla realidad que cotidianamente nos rodea y condiciona nuestras vidas. R.C.P.


El regreso de Titmuss

John Mortimer. Libros del Asteroide, 2014


Esta segunda entrega de la trilogía es tan buena como la primera, ‘Un paraíso inalcanzable’, que no es poco mérito porque ya se sabe: segundas partes… John Mortimer, polifacético escritor que ha obtenido grandes éxitos como guionista para la televisión, vuelve aquí sobre su protagonista, Leslie Titmuss, en la cima de toda su buena fortuna, es decir, ya convertido en ministro de Territorio, Urbanismo y Fomento, el que fuera en su juventud chico que cuidaba del jardín de los Simcox y meritorio aspirante a un cargo político en el partido conservador inglés que ya ha conseguido. Su segundo matrimonio con Jenny Sidonia y un problema urbanístico nos hacen profundizar en la psicología del siempre escandaloso Titmuss, así como en las vidas de los habitantes de Rapstone Fanner, con ese acerado humor y fina ironía de Mortimer. Una novela para divertirse. J.L.R.


viernes, 30 de junio de 2017

LIBROS EN LA COSTA

La llegada del verano –dicen-  favorece  la lectura, lo cierto es que ya sea por disponer de mayor tiempo libre o cualquier otro aspecto que ahora se me escapa,  el estío parece una estación propicia para ello. En el verano nos topamos en el paisaje cotidiano con lectores, una especie que parece desaparecer –al menos visualmente- de los espacios públicos el resto del año y ahora  –como si fueren aves migratorias que llegan   de latitudes lejanas-  y ahora tengo la sensación de que lo copan todo. Hace algunos años a nadie le hubiera llamado la atención ver  un lector absorto en su libro en el banco de un parque o tranquilamente disfrutando de una historia apasionante, mientras tomaba pequeños sorbos de su café en una terraza. De hecho algunos admirados fotógrafos nos han legado sus paisajes de la lectura a lo largo del siglo XX,  en libros apasionados, hoy de culto como  ‘El íntimo placer de leer’ de André Kertész, y donde lo que entonces era pura cotidianeidad hoy se nos muestra envuelto por una pátina de misterio. Pero como les decía más arriba, el verano parece  –no sé si ficticiamente- resistirse a borrar la imagen del lector y la lectura del paisaje cotidiano. Y de todos los escenarios el más querido por estos lectores, cómo no, es el litoral. Los lectores compiten aquí con bañistas, surferos, paseantes de orilla o practicantes de deportes náuticos. Incluso alguno de estos lectores estivales  me han regalado  escenas verdaderamente curiosas, como cuando un temporal de levante me hacía abandonar la playa de La Fontanilla hace un par de veranos. Allí, caminando con dificultad sobre las pequeñas dunas que formaba con la arena el viento, luchando con la que en suspensión hacía peligrar la integridad de cualquiera que fuera desprovisto de unas buenas gafas de sol,  pude contemplar a aquella lectora impertérrita, por supuesto protegida con  unas enormes gafas, y que  tirada sobre la toalla, leía ajena al levante a Theisiger. Otro de los aspectos relacionados con esa “vuelta” de los lectores a la visibilidad en verano, que me intriga es el qué leen. Como todos sabemos la llegada del lector estival provoca esa epidemia de recomendaciones, que editoriales, críticos, blogueros y otras especies, tratan de orientarlos hacia este o aquel libro. A pocos, sin embargo, he visto leyendo – en esta otra faceta mía  de “voyeur de la lectura”-  libros recogidos en algunas de esas listas. Daría para otro artículo la lista de libros que he ido relacionando, en esta “caza” de las lecturas del lector estival. Y les confieso una cosa: muchas veces han sido ellos, cuando tumbados sobre la arena, o bajo la toldera de una terraza frente al litoral, los que sin saberlo me han recomendado un libro inolvidable. El último: ‘Helena o el mar del verano’ (Julián Ayesa. Acantilado, 2017). RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

SENTIDO COMÚN

“Un hombre no difiere mucho de una mula o un caballo, salvo que el caballo o la mula tienen algo más de sentido común”, leo en ‘Mientras agonizo’, una de las novelas más emblemáticas de William Faulkner, maestro de maestros, como así lo confiesa el mismísimo Vargas Llosa. Me quedé con la frase por esas otras que relacionan a mulas o burros con hombres, o las que aluden a ese sentido común tan extraño al ser humano y, sin embargo, tan insistentemente demandado en los últimos tiempos por algunos políticos. Quizá el mérito o el ingenio de la frase del gran escritor estadounidense, sea haber compendiado en ella todos esos proverbios o refranes que están en la mente de todos y destacar, como en aquellos, la imagen peyorativa que se tiene del género humano. Concepto en el que también insistía el filósofo galés Bertrand Russell: “Me han dicho que el hombre es un animal racional. En todos estos años, no he encontrado una sola prueba de que eso sea cierto”. Cuando esto escribía Russell acababa de cumplir 90 años, es decir, en 1962, y fue en 1930 cuando Faulkner publica por primera vez ‘Mientras agonizo’; ni veinte años habían pasado aún entre el final de las dos grandes guerras mundiales en uno y otro caso (12 en el caso del novelista; 17 en el caso del filósofo). Seguramente en la memoria de estos dos enormes intelectuales frescos permanecerían los recuerdos de esas dos terribles contiendas, ejemplos universales del escaso o nulo sentido común de los seres humanos. Leer a George Steiner –autor con el que doy, desde hace algunos años, por iniciado mi verano de lecturas- o releer textos de Zweig, o los poemas de Erri de Luca, es un ejercicio que debemos hacer con cierta periodicidad para intentar recobrar la confianza en nosotros mismos, porque son intelectuales con sentido común; ese sentido que confiamos en que tengan los  gobernantes, y también los gobernados, aunque en más de una ocasión, desalentados, nos invada el pesimismo y hagamos nuestras las frases de Faulkner y de Russell. José López Romero.


viernes, 23 de junio de 2017

AUTOR-ESCRITOR

Roger Chartier es un estudioso francés de la historia del libro y de todo cuanto afecta o interesa a esta ya consolidada rama del saber, que no dudamos en inscribir en los estudios humanísticos. Y por poner un ejemplo que me está esperando en mi estantería de lecturas pendientes, en ella lleva ya unos meses su ‘Historia de la lectura en el mundo occidental’, que dirige junto a Guglielmo Cavallo (Taurus, 2011), un conjunto de trabajos en torno a una de las actividades imprescindibles del ser humano, si este quiere considerarse como tal. Pero antes de emprender la lectura de este volumen se me metió de rondón otro ensayo de Chartier titulado ‘El orden de los libros’ (Gedisa, 2017), libro dividido en tres apartados: “comunidades de lectores”; “Figuras del autor” y “Bibliotecas sin muros”, es decir, tres de los elementos fundamentales en torno al libro: sus lectores, sus autores y los lugares de depósito y consulta, aunque en este caso Chartier se centra en las compilaciones de obras que llevaban por título genérico “Biblioteca”. Un libro por momentos de complicada lectura, pero entre cuyas ideas aquí queremos centrarnos en el concepto autor / escritor que Chartier analiza en el segundo capítulo de su libro. No fue hasta finales del siglo XVII cuando tanto en Inglaterra como en Francia se recoge esta diferencia de conceptos: autor es todo aquel escritor que ha publicado o impreso algún libro, mientras que se reserva el término escritor para aquellos que no han visto en letra de imprenta sus creaciones. Una diferencia que lleva aparejada la consideración de la literatura como actividad profesional y comercial y, como consecuencia de todo ello, la disputa, que llega hasta nuestros días, de la propiedad intelectual del autor sobre sus escritos, que tiene como uno de sus más radicales defensores al novelista, excelente por otra parte, Javier Marías. La legislación española actual sobre los derechos de autor señala la vida de este y setenta años más después de su fallecimiento, a partir de dichos plazos la obra se considera libre y puede ser explotada por cualquiera. Lejos quedan ya los 1400 maravedíes por los que Cervantes le vendió al librero-impresor Francisco de Robles la primera parte del ‘Quijote’, de cuyas ventas apenas obtuvo el 10%; o  la venta de los derechos de impresión y puesta en escena de su ‘Don Juan Tenorio’ que Zorrilla cedió al editor Manuel Delgado por cuatro mil doscientos reales de vellón, en una  de las transacciones comerciales más lamentadas de toda la historia literaria española, según el estudioso Luis Fernández Cifuentes, ya que Zorrilla no dejó de arrepentirse durante toda su vida, como confiesa en sus memorias ‘Recuerdos del tiempo viejo’: “Mantengo con él [‘Don Juan’], en la primera quincena de noviembre, a todas las compañías de verso en España. ‘Don Juan Tenorio’, que produce miles de duros y seis días de diversión anual a toda España y las Américas españolas, no me produce a mí ni un solo real”. Desde hace ya mucho tiempo, más de una familia en varias generaciones siguen viviendo de los escritos del abuelo sin pegar un palo al agua. ¡Las cosas del abuelo! José López Romero.



DESPEDIDAS

Aunque tenemos la sensación desde  hace tiempo  de que la cultura importa a pocos - y me refiero a su acepción más pura, libre de esos inventos de asimilar a cultura cualquier manifestación folklórica o festiva-, me sigue sorprendiendo como la desaparición de personajes relevantes en este ámbito tienen un cierto  eco en los medios generalistas, incluso a veces por extensión y atención. Quiero pensar que ello no se debe a un cierto remordimiento de la sociedad, de pagar la indiferencia o la poca atención que realmente se percibe en relación a los asuntos culturales de manera diaria, con ese pequeño y modesto tributo a los que se van. Algo así como “os agradecemos los servicios prestados, aunque cuando los prestabais con dedicación y sacrificio os hiciéramos poco caso”. La verdad es que hay motivos para pensar con cierta maldad. Estos últimos meses han ido dejándonos una serie de relevantes personajes. Demasiados en muy corto periodo de tiempo. Todos  dignos de admirar y cuyo legado –artístico, histórico, literario- nos obliga finalmente a interrogarnos sobre si realmente la raza humana es algo singular. A comienzos de año nos dejaba, John Berger,  que al mismo tiempo que iba creando una muy interesante obra pictórica-, nos hacia reflexionar con sus escritos sobre  el fin de una era. ¿Y qué decir del hispanista Hugh Thomas? Su  legado, centrado especialmente  en nuestro país, es  un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones de investigadores de la historia. También la literatura ha tenido  bajas difíciles de cubrir. Si a comienzos de años perdíamos el universo creador de Ricardo Piglia , ahora cae  Denis Johson. Ha sido este último un escritor norteamericano que quizás no haya tenido en nuestro país la acogida que otros colegas suyos como Philip Roth o Paul Auster, pero  sus escritos sobre ese mundo marginal de la sociedad norteamericana, tan bien reflejado en el libro Hijo de Jesús, y que seguramente tanto desagradaría –de suponer que tuviera capacidad para leerlo- al actual presidente norteamericano, es otro ejemplo más de estos notables e irrepetibles personajes que nos hacen reflexionar y cuestionarnos- desde diferentes ámbitos culturales- nuestro papel en este insignificante planeta. Ramón Clavijo Provencio 

sábado, 3 de junio de 2017

JUAN JOSÉ BOTTARO, FOTÓGRAFO

Hace ya más tres lustros, cuando los doce frailes cartujos que quedaban en Santa María de la Defensión abandonaron definitivamente el monasterio jerezano, hicieron donación total de bienes, inmuebles y propiedades a la diócesis de Asidonia-Jerez. Entre aquellos objetos, el obispado hizo entrega al departamento municipal de Patrimonio de tres cajas con negativos fotográficos en cristal, que pasaron a ser custodiados en la Biblioteca Central. Se trataba de materiales de gelatino-bromuro, un procedimiento basado en el empleo de una placa de vidrio sobre la que se extendía una solución de bromuro de cadmio, agua y gelatina, ideado por R.L. Maddox en 1871. Aunque las placas que habíamos recibido eran de los años centrales del siglo XX, cuando este procedimiento estaba ya prácticamente en desuso, había algunos profesionales del sector que lo habían seguido usando. Era el caso de Juan José Bottaro Pálmer (en la ilustración, sentado en el centro), un pintor, grabador y restaurador puertorrealeño que había destacado también como fotógrafo. Este personaje, que pasó su vida entre El Puerto de Santa María (donde una calle con su nombre da la espalda al Hospital) y Jerez, es poco conocido. El ‘Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Provincia de Cádiz’ (1985) le dedica diez líneas en las que nos informa de que fue profesor de dibujo en San Luis  Gonzaga y de pintura en la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia, situada en los años 30 en el antiguo Convento de Santo Domingo de nuestra ciudad vecina. Pero el Diccionario sitúa la fecha de su nacimiento con diez años de retraso, cuando en realidad vino al mundo en 1886. La verdadera fuente para conocer a Bottaro es un artículo que publicó su discípulo Luis Suárez Ávila en Diario de Cádiz, recogido en 2009 (fecha en la que se expusieron sus fotografías en el “Centro Cultural Alfonso X El Sabio”) por la redacción de la web “gentedelpuerto.com”. Nos habla de su trayectoria artística, de su paso como empleado de la familia Terry (en cuyas bodegas dejó varias de sus obras), de su saber “enciclopédico”, de su amena y chispeante conversación y hasta de su ambigua sexualidad. Su obra escultórica y restauradora se contempla, entre otros lugares, en la Catedral de Cádiz, en la melena de talla de Nuestro Señor Jesucristo Yacente de la hermandad de La Soledad de El Puerto, en la restaurada imagen del San Francisco Javier de Juan de Mesa de la Iglesia de San Francisco de la misma ciudad, en las mencionadas propiedades de la familia Terry, etc. Pero las placas de vidrio que conservamos en la Biblioteca de Jerez, y que gracias a nuestra colaboradora, la historiadora Isabel Granados, hemos comenzado a procesar, son una auténtica rareza gráfica: imágenes sacras, altares, mobiliario eclesiástico, documentos del segundo centenario de la Casa Domecq, y otras tan curiosas como las visitas de Varela o Franco a la ciudad portuense. Más de 400 piezas que un día, esperemos que sea pronto, podamos digitalizar en positivo y ofrecer al público investigador. NATALIO BENITEZ RAGEL.

RELIGIÓN



“-Father. Ya que de misales en casa andamos más que tiesos, dile a la madre superiora que al menos me dé un versículo”. Mi hija, que es una esponja, de inmediato había hecho suyo el lenguaje metafórico de Marta Ferrusola, la “madrina” del clan Pujol y la acuñadora de un nuevo código lingüístico de relaciones comerciales con los bancos. La verdad es que el invento no deja de ser ingenioso, a pesar de que el lenguaje religioso y todo lo que rodea a la religión siempre han sido muy socorridos para establecer un plano metafórico con la realidad. Coplas populares como el villancico tan nuestro del “curita” es un excelente ejemplo, por no hablar de los chistes de curas y monjas que con tanta gracia he escuchado de boca de dos ilustres sacerdotes de esta ciudad; entre aquellos, uno en que se utilizaba la metáfora de los dos tomos del Concilio de Trento en alusión a las dos sobrinas del cura, cuando el obispo pedía alguna lectura reconfortante en las frías noches de invierno. El estamento religioso siempre ha estado muy emparentado con la literatura, y la festiva no iba a ser una excepción, sino todo lo contrario; y ahí están para no desmentirme el interesante pasaje incluido en el ‘Libro de buen amor’, del arcipreste de Hita, en el que los clérigos de Talavera se niegan a renunciar a sus mancebas o barraganas. O toda la literatura de goliardos que prolifera por Europa en la Edad Media, en la que se canta al vino, a la fortuna, a las mujeres y a todos los goces de la vida. A través de estos ejemplos no cabe duda de que la religión, sus miembros, sus ceremonias y su lenguaje han sido desde tiempo inmemorial un excelente material metafórico para muy variados usos. “Pá. Si a la niña le vais a dar un versículo, yo necesitaría una epístola” (el niño que se apunta a todas). “Pues ahora estamos reunidos la madre superiora y el capellán del convento, para decidir si os damos un versículo u os repartimos unas hostias”. José López Romero. 

viernes, 26 de mayo de 2017

JOYAS CARTOGRÁFICAS

Los mapas antiguos hablan, no como los libros, pero si están hechos con rigor científico son capaces de transmitir mucho sobre la zona que representan. En el último tercio de siglo XVIII un geógrafo madrileño, Tomás López de Vargas Machuca (1730-1802), levantó una serie cartográfica que incluía los antiguos reinos de Córdoba, Jaén, Granada y Sevilla (abarcando también este último  Cádiz, Huelva y parte de Málaga). Miembro de las reales academias de la Historia, de la de Bellas Letras de Sevilla, de las sociedades bascongada (sic) y asturiana de Amigos del País, y geógrafo de los dominios de Su Majestad, los mapas de López son auténticas joyas cartográficas. Es significativo, en un tiempo en que la tecnología no había llegado a este campo, la exactitud y el detalle que atesoran estos materiales: márgenes graduados, relieve expresado por sombreados, red hidrográfica, profundidad expresada en las costas, red de comunicaciones, núcleos de población diferenciados… El mapa del “Reyno de Sevilla”, de 1767, está dedicado al Duque de Arcos, Antonio Ponce de León Spínola. Detalla los cortijos, las ventas, los molinos, los lugares fortificados, conventos, monasterios, ermitas… Plegado en cuatro hojas, mide setenta y siete por setenta y un centímetros, y el título, el autor y el año van enmarcados en una bonita cartela con cornucopia.  En la Biblioteca Central de Jerez conservamos los de Jaén, Sevilla y Córdoba, procedentes, como tantos otros materiales, del Legado Soto Molina. Además, hemos encontrado otros ejemplares catalogados en la Biblioteca de Andalucía en Granada y en la Sede Recoletos de la Biblioteca Nacional. Pero no son las únicas piezas interesantes de este tipo que custodia nuestra Biblioteca. Como la imagen que ilustra este artículo, de 1901. Se trata de un dibujo en proyección cónica de la serie “Provincias de España: colección de cartas corográficas”, dirigida por el ingeniero militar Benito Chias y Carbó. Solo hemos reproducido una parte del mapa, en el que se aprecia la comarca jerezana. Exhaustivo como los anteriores, detalla el relieve por sombreado, señalando arzobispados, obispados, estaciones telegráficas, caminos, canales, y por supuesto ferrocarriles, como se observa nítidamente en la línea que se dirige hacia Lebrija para unir Cádiz con la capital del país. El escudo de la provincia adorna la pieza. Solo lo hemos encontrado catalogado en la mencionada Biblioteca de Andalucía, y es raro que no lo conserve la Nacional, máxime cuando esta serie cartográfica fue declarada texto de enseñanza por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1904. Pero también nos obsequió don José de Soto con otra serie de curiosos materiales cartográficos del XIX: un plano del término municipal de Jerez de 1897 salido de la litografía de Hurtado,  uno de Madrid de 1877 donde la plaza de las Ventas queda casi en las afueras, y alguno que otro más que conforman una interesante sección de cartografía en nuestra Biblioteca Municipal. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.




VERGÜENZA

En la magnífica escena final de ‘Una lectora poco común’, Alan Bennett recrea una fiesta que la reina de Inglaterra, Isabel II, protagonista de esta novela corta, celebra por su octogésimo cumpleaños; fiesta a la que ha invitado a un buen nutrido grupo de políticos. Y haciendo gala de ese humor inglés, tan característico de Bennett, y seguramente que también de la reina, esta reduce a unos simples pero finos e irónico datos estadísticos su ya longevo reinado: “En más de cincuenta años hemos visto desfilar, y no digo hemos despedido —(risas)— a nueve primeros ministros, seis arzobispos de Canterbury, ocho presidentes de los Comunes y, aunque quizá no la consideren una estadística comparable, a cincuenta y tres perros corgi”. Y más adelante, cuando se centra la reina en esa afición, casi obsesión que en los últimos tiempos le ha entrado por la lectura, pregunta al su atento auditorio si alguien ha leído a Proust, solo cuenta la S.M. unas cuantas manos que se alzan sobre las conspicuas cabezas sobre las que recae el poder político de toda la nación: “ocho, nueve… diez”. No sin antes alguien preguntar “¿Quién?” al oír el apellido del célebre escritor de la magdalena. Un joven miembro del gabinete, lector de Proust, al ver que su primer ministro no tiene su brazo levantado, cree más conveniente no alzar el suyo “pues no le haría ningún bien”. Aunque Bennett ridiculice a este joven político por su miedo a caer en desgracia y arruinar así una prometedora carrera de cargos y prebendas (¡cuántos paniaguados no se atreven ni a levantar ni un solo dedo de sus manos por no molestar al político del que depende su vida y su hacienda!), la actitud del joven nos lleva también a considerar la vergüenza que pueden sentir muchos lectores en determinados círculos o situaciones en los que leer es poco menos que una actividad reprobable e incluso indigna. Hablar de libros puede convertirse en un acto vergonzante, toda una provocación a los ojos, tras de los cuales solo hay un cacho carne. José López Romero.   

sábado, 29 de abril de 2017

HISTORIA Y PRENSA

Hay un periodo de nuestra historia reciente, el denominado primer franquismo, y que abarca desde la finalización de la guerra civil hasta la firma de los convenios de cooperación con los norteamericanos, que si bien desde hace algunos años es objeto de estudio por parte de muchos investigadores, aún está falto en muchas ciudades de una aproximación histórica. No existe  un trabajo que aporte luz suficiente sobre este periodo en Jerez, aunque es cierto que algunos historiadores han trabajado aspectos parciales de la vida en la ciudad. Una fuente antaño despreciada y hoy básica para recomponer la historia contemporánea, es necesariamente la prensa. El Ayer y el Diario de Jerez, en su primera época, son las cabeceras a las que se tienen que remitir cualquier interesado en estos años, independientemente de bucear en la documentación de archivos públicos y privados. El problema es que la prensa es frágil y son pocas las colecciones conservadas en nuestros archivos y bibliotecas que, acuciados por el peligro de deterioro irreversible de este material, elaboran y ejecutan –con dispar ritmo- trabajos de digitalización. Pero a poco que nos introduzcamos en las hoy quebradizas páginas de estos diarios empezará a desplegarse ante nosotros una imagen que nos impactará de Jerez. Jerez durante el primer franquismo fue una ciudad hambrienta y hacinada. En  estos años estadísticamente el delito más numeroso es  contra la propiedad. Sobre todo proliferan el asalto a depósitos, casas o haciendas, donde el botín son kilos de trigo, gallinas u otros animales de corral, etc. Está claro, pues, que la comida es la principal preocupación de los jerezanos de estos años, por lo que eran cotidianas las imágenes de estos haciendo cola a las puertas del Ayuntamiento esperando el reparto semanal de alimentos y ropas de abrigos (ver ilustración). La vivienda y el endémico hacinamiento en cambio se combatieron con mejor fortuna. Es más, se consideran los años cuarenta del pasado siglo como una época innovadora y casi revolucionaria, en cuanto al urbanismo en la ciudad. Y su protagonista fue sin duda el arquitecto Fernando de la Cuadra Irizar al que se deben los proyectos de barriadas como la de España o la Vid, inauguradas en estos años.  Alimento y vivienda, lo más básico en definitiva,  son los mantras de una población que ha salido de una terrible guerra, pero que también sigue sufriendo una dura represión –como en el resto del país-  que se seguirá ejerciendo más soterradamente pero con igual eficacia y dureza que en los años de la guerra. Y es en las pocas colecciones completas de prensa que aún se conservan - en soportes muy frágiles y en un proceso de deterioro irreversible que obliga a salvar sus contenidos mediante la digitalización- donde se oculta  una historia de la ciudad aún por descubrir en gran medida. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

UN PRÉSTAMO

El otro día acudí a una entidad bancaria a pedir un préstamo. Me gusta más esta palabra que “crédito” porque así no me olvido de que los bancos no son más que al fin y al cabo unos prestamistas. Y cuando llegó el siempre espinoso y desagradable asunto de las garantías, saqué de una maleta que llevaba unos cuantos libros, lo más granado y selecto de mi biblioteca: clásicos en ediciones rigurosas, primeras ediciones de poetas contemporáneos, y hasta alguna novela del siglo pasado ya agotada. Mientras los iba poniendo encima de la mesa, noté que el cliente de la mesa de al lado (es lo bueno que tienen ahora las sucursales, que al no disponer de despachos, la privacidad es más bien escasa, por lo que los clientes pueden consolarse y resignarse en su paupérrima situación financiera), me observaba con cierta expectación (seguro que ya estaba intentando recordar los libros que tenía en su casa). El empleado, aunque con la misma amabilidad que durante toda la conversación había mantenido, me preguntó por lo que estaba haciendo. “No saque, por favor, más libros, caballero”, me dijo en un tono tan cortés como sorprendido, aunque percibí un matiz de incomodidad. La verdad es que le estaba llenando la mesa. “¿Y esto?”, me preguntó cuando di por finalizado mi trabajo. “Desde el siglo XII, caballero –le expuse- los libros eran considerados objetos comerciales y los prestamistas los aceptaban como garantía subsidiaria, como así lo afirma el gran Alberto Manguel en ‘Una historia de la lectura’ y recuerda Jorge Carrión en su libro ‘Librerías’. Así pues, yo vengo a pedir un préstamo y le pongo encima de la mesa (literal) mis libros más valiosos. Fíjese en este ‘Quijote’ de Crítica, o en estas ediciones de la RAE de las obras cervantinas. Mire, mire esta bella edición de las poesías completas de Antonio Colinas…”. “Pare, pare usted, caballero. Usted mismo lo ha dicho, los libros valían algo en el siglo XII, pero me temo que poco o nada valen ahora”. Y tal como los saqué, los fui metiendo en la maleta (el cliente de al lado me echó una mirada triste pero solidaria, se notaba su decepción). Y salí de aquella casa de préstamos sin un euro pero aliviado y contento. José López Romero.

viernes, 21 de abril de 2017

FÁBULAS


Aunque sus raíces se hunden en el mundo clásico, con el griego Esopo y el latino Fedro a la cabeza, quizá la consideración general de la fábula es la de ser un género menor dentro de la historia de la literatura, que disfrutará de un espléndido renacer en el siglo XVIII con Félix María Samaniego y Tomás Iriarte en nuestro país, herederos de una amplia tradición que tiene como referencia al mundo clásico, a la literatura didáctico-moral de la Edad Media (‘Libro del Conde Lucanor’ o el ‘Libro de buen amor’), a la literatura paremiológica y de emblemas renacentista y al francés Jean de la Fontaine. Porque las fábulas no son nada más y nada menos que, como define el diccionario de la RAE: “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. Pero lo que ya no sabe tanta gente es que el género, lejos de desaparecer con los ilustrados dieciochescos, alcanzó un esplendor inusitado a lo largo de la centuria siguiente, el siglo XIX, con colecciones dirigidas especialmente al mundo infantil para su formación académica y, sobre todo, moral, con lo que la intención didáctica, consustancial al género, no solo se mantenía sino que incluso se intensificaba. Y como paradigma de esta literatura para niños y niñas puede citarse ‘El libro de los niños’ (título elocuente), obra de la que se publicaron más de setenta ediciones, de Francisco Martínez de la Rosa, el famoso dramaturgo romántico (‘La conjuración de Venecia’). Todo un éxito de ventas. Y ya que el género estaba de moda, otros escritores lo aprovecharon para adoctrinar moral y religiosamente al público adulto, mucho más necesitado de estos mensajes o sermones que la tierna infancia; y así nos encontramos con los ‘Solaces poéticos’ de la marquesa de Pardo Figueroa, hermana del célebre asidonense Doctor Thebussem, cuyos versos hacía imprimir para recaudar fondos destinados a obras benéficas. Pero también las fábulas decimonónicas sirvieron para criticar y exponer a la pública vergüenza vicios y malas costumbres de la época que son, al fin y al cabo, los mismos en todos los tiempos, y los nuestros no son en este sentido y por desgracia una excepción. Pongamos un ejemplo tomado de la ‘Historia de la Literatura Española. Siglo XIX’ (tomo II, Espasa, coordinada por Leonardo Romero Tobar). El escritor Fernández Baeza critica en su fábula del perro y el gato cómo los gobernantes no cumplen las promesas hechas en las elecciones y  se enriquecen a costa del erario público, y tanto la oposición como la prensa, que tienen a su cargo denunciar los abusos, dejan de hacerlo cuando les conviene: “A cuantos como el perro he conocido / que lanzando al Gobierno ataques rudos / un trozo de turrón los dejó mudos”. Intemporal. José López Romero.


PISANDO CHARCOS

Cuando la política se mezcla con la literatura o la historia, malo,  me dice con rotundidad un conocido, que me permitirán mantenga en el anonimato. Estoy de acuerdo. Salvo contadas excepciones, demasiadas veces las polémicas que se suscitan en torno a determinados escritores son  interesadas y persiguen fines muy distintos a valorar  una obra literaria más o menos digna de estudio. De la misma manera las opiniones de algunos políticos sobre hechos relevantes de nuestra historia más cercana, nos dejan muchas veces escandalizados y preguntándonos si tales o cuales declaraciones son producto de la ignorancia  o de un desliz que nos descubre la cara más siniestra del personaje que las hace. ¿Se pueden admitir declaraciones como las de Marine le Pen, sobre el papel de la Francia de Vichy durante la ocupación alemana durante la segunda G.M.? Según ella no hubo colaboracionismo. Si esto no es manipulación de la verdad  histórica se le parece mucho. Afortunadamente, aparte de que la memoria no es tan frágil  son numerosísimos los estudios históricos avalados por una incontestable documentación que la desmienten. Sin ir más lejos dos libros de muy reciente publicación que recogen sendas biografías de dos escritores –la del arribista  y oscuro González Ruano y, por otro lado,  el brillante Patrick Modiano - describen con pasional nitidez los años de la ocupación alemana en Francia, especialmente en la capital París. ¿Y qué decir, por otro lado, de las declaraciones de todo un secretario de Prensa de la Casa Blanca, en las que al criticar el uso de armas químicas en la guerra de Siria, afirmaba que ello no lo había hecho ni alguien tan perverso como Hitler? Volvamos al principio, es decir la guerra entre escritores que se fomenta por cuestiones políticas que no literarias, y de la que hemos tenido un episodio curioso  en nuestra ciudad materializado  en  al cambio de nombre de un colegio público. Se llamaba dicho colegio José María Pemán. Ahora se ha rebautizado con el de mi admirada Gloria Fuertes. Pero es que hace algunas décadas se inauguraba bajo el nombre de otro grande de la literatura, Blasco Ibáñez. En fin, que cuando la política se mezcla con la literatura o la historia, malo. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 8 de abril de 2017

A VUELTAS CON LUIS COLOMA

“¿Y qué pasa con él hoy?” Con esta pregunta finalizaba el, por otro lado, excelente artículo de Arantxa Cala – Coloma subliminal y Universal- sobre el recientemente premiado trabajo de investigación del profesor José Antonio Salido sobre dicho escritor. En ese artículo aparte de centrarse especialmente en el mencionado trabajo, se volvía a señalar el poco interés y atención que la figura del jerezano  ha despertado históricamente en su propia ciudad, y de ahí la pregunta con la que finalizaba el mismo. Mucho de verdad hay en ello, sin embargo también es cierto que desde hace unos años se han realizado algunos intentos de recuperar la figura de Luis Coloma desde el ámbito local, más allá de la difusión entre el público infantil, de su cuento ‘El Ratoncito Pérez’. Hagamos un breve repaso de algunas de estas iniciativas,  que de alguna manera parecen haber cambiado esa tendencia histórica en Jerez de haber dado la espalda a su escritor históricamente más relevante.  La primera de estas iniciativas fue la reedición del libro ‘Juan Miseria’ que publicado en 1873 se reedita en 1888 por el escritor no satisfecho de la primera versión. En 2002 los profesores José López Romero y Victor Cantero realizan un estudio sobre dicho libro (Diputación Provincial de Cádiz) confrontando las diferencias entre las dos ediciones publicadas en vida del autor. Siete años después, en 2009, se inaugura en la Sala Compañía una exposición, que  bajo el titulo Redescubrimiento de Luis Coloma, contaría con la colaboración de la familia García-Pelayo Coloma, que cede parte de los fondos de su biblioteca para la misma, a los  que se unirían otros procedentes de la Biblioteca Municipal de Jerez. De esta exposición se publicó un magnífico catálogo bajo el mismo título, y donde se recogía entre otras piezas, las ediciones facsímiles de la correspondencia de Coloma con otros escritores de la época (Emilia Pardo Bazán, Pereda, Juan Valera, Marcelino Menéndez y Pelayo, entre otros.). Consideramos relevante mencionar también la exposición Luis Coloma, 100 años después, heredera de la anteriormente mencionada,  y que con motivo del centenario del fallecimiento del escritor, se inauguraba en 2014 en la galería de exposiciones de la Biblioteca Municipal. En esta, también con la colaboración de José Manuel García Pelayo Coloma, heredero del legado del escritor, y del profesor José López Romero (con su conferencia sobre los cuentos infantiles) se hacía una inmersión sobre todo en la etapa juvenil del escritor. ¿El futuro? Uno de los proyectos pendientes y de gran interés para la investigación, sería acometer la catalogación del corpus documental y bibliográfico que conforma la biblioteca del escritor, proyecto que ya apuntaba en mi escrito ‘Geografía del patrimonio bibliográfico’ (2009): Empecé a calibrar la importancia de un fondo documental y bibliográfico, y a convencerme de que el mismo merecía ser dado a conocer cuanto antes.”. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

EL COCINERO ERA MESSI

En una reciente entrevista, Messi confesaba que el único libro que leía era el que compartía por las noches con su hijo. Nada que reprochar, muy al contrario. ¡Cómo reprocharle al mejor jugador del mundo (soy madridista, pero la verdad es la verdad, aunque duela) que lea con su hijo, si precisamente hace varias semanas a propósito de una anécdota de Gorki, a quien el cocinero del remolcador donde trabajaba le insistía en que leyese, defendía la lectura en familia! En más de una ocasión he comentado que no habría mejor campaña de animación a la lectura que Cristiano Ronaldo o/y Messi leyendo un libro, aunque por lo difícil de imaginar, lo mismo no tendría el éxito esperado. Pero la enternecedora escena de los dos mejores futbolistas del momento leyendo con sus respectivos retoños sería sin duda un excelente reclamo publicitario y dispararía al menos las ventas de libros. Aún recuerdo cuando Alfonso Guerra, al preguntarle un periodista por sus lecturas, puso de moda ‘La Regenta’ y no digamos la ola de ¿lectores? que alcanzaron las poesías de Antonio Machado porque era el poeta preferido del que fuera todopoderoso vicepresidente del gobierno socialista. O más recientemente aunque ya lejos, la resurrección de ‘El señor de Bembibre’, novela histórica del XIX de Enrique Gil y Carrasco, que fue el regalo que le hiciera doña Letizia al entonces príncipe don Felipe con motivo de su compromiso de boda. Desconozco cuántos de los que compraron o fueron obsequiados con un ejemplar de ‘La Regenta’, o de las poesías de Machado,  o incluso con ‘El señor de Bembibre’ terminaron por ser sus lectores; en cualquier caso, habría que agradecerles a Guerra y a doña Letizia si por su prestigio, fama o celebridad se logró aumentar el número de lectores de este país. Por eso, solo nos falta que Messi nos diga el título de ese libro que lee con su hijo, éxito de ventas seguro. José López Romero.

sábado, 18 de marzo de 2017

LA FAMILIA

Sé que algunos libros no están a gusto en mi casa y que otros están muy molestos con el lugar que les he asignado, y es una decepción que comprendo, pero que no puedo aliviarles. Otros, en cambio, gozan de un lugar de privilegio, cerca de mi sitio de trabajo o bien localizados y de fácil acceso. Es cierto que cada vez tengo menos espacio y termino por acumularlos sin orden ni concierto en las estanterías repartidas por toda la casa, y muchos se amontonan y creen sufrir la indiferencia, si no el olvido; ellos no saben que a casi todos los tengo en la memoria (para tenerlos a todos sería Mendel) y de que todos cuentan con mi cariño sin condiciones. Cuando entro en mi librería de guardia y veo los libros, todos expectantes ante su compra, y me acerco a los anaqueles y los observo nerviosos unos, otros resignados y pacientes por el manoseo a que se ven sometidos, me transmiten una ternura indescriptible. Cojo uno, le acaricio la portada, lo abro y al azar leo algunos pasajes o seis o siete versos de un poema, y con la misma delicadeza lo devuelvo a la estantería, y no puedo por menos de notar su decepción: “¿No me compras?, ¿No te ha gustado lo que me has leído?”, parece que me reprochan. Y cuando me decido por adquirir uno, puedo palpar entre sus páginas la ilusión, ese cosquilleo que a todos nos entra cuando vamos a visitar por vez primera una ciudad, y en el caso del libro recién comprado, el que va a ser su nuevo hogar. Creo que la primera impresión de mi casa, de mi familia no les decepciona, aunque un cierto recelo en sus más profundas páginas sientan, pero cuando se dan cuenta de que van a ser uno más de entre cientos y, me atrevería a decir, que de miles, y que todos se reparten por todas las habitaciones de la casa, una mueca de desilusión e inquietud puedo percibir en sus lomos. Y los comprendo. Un lugar nuevo, nuevos dueños en cuyas manos está su destino: “¿me leerá?; y en cuanto me lea ¿se olvidará de mí? ¿dónde me colocará cuando esto pase?; ¿me tirará a la basura?; ¿será capaz de prestarme a otra manos que no sientan lo mismo con mi lectura?”, son preguntas que sin duda se harán recelosos y compungidos. Y aunque a todos les tengo cariño, como he dicho, la verdad es que no los quiero a todos por igual: a la mayoría de ellos los tengo en gran estima y a muchos los llevo en mi corazón, y a estos cuando me detengo a mirarlos, noto en ellos la complicidad de los sentimientos y emociones compartidos, y al sacarlos de la estantería, acariciarlos, leer alguna de sus páginas que señalé o subrayé con especial cuidado en una lectura sin duda inolvidable (y Borges añadiría: “y ya olvidada”), y hasta abandonarme en toda su geografía (los valles de sus líneas, los montes de sus páginas. Ella sabe lo que escribo), puedo advertir cómo se estremecen. Porque los libros son también mi familia. José López Romero.


EFEMÉRIDES

Siempre he pensado que no está mal eso de recordar, celebrando públicamente en fechas simbólicas, la vida y  obra de algunos creadores. Quizás de unos más que de otros, todo hay que decirlo. En cualquier caso, y  siempre que esos actos públicos no se pasen de frenada,  estén plenamente justificados y tengan una cierta utilidad para mejorar el siempre inestable pulso de la cultura en nuestra sociedad, no tengo nada que objetar. Es este año en el que nos encontramos especialmente relevante en relación a lo que decimos, puesto que  nos trae a la actualidad  nombres de  escritores, y por tanto sus obras, que el tiempo pertinaz trata de empujar al olvido. Unos más populares que otros - lo que no tiene nada que ver con lo justo o lo injusto-, empiezan a atraer el oportunismo comercial, uno de los signos distintivos de la cultura actual, que ya se  visualiza en  la edición de antologías más o menos apresuradas, exposiciones o actos de muy diverso corte. Incluso no faltan las reacciones de  autoridades políticas en algunos lugares vinculados a los homenajeados, reticentes por el perfil político de sus ilustres conciudadanos. En relación a lo anteriormente escrito, este año se cumplen los centenarios del nacimiento de dos grandes escritores americanos, el paraguayo Augusto Roa Bastos (‘Yo, el Supremo’), y el mejicano  Juan Rulfo (‘El Llano en llamas’; ‘Pedro Páramo’), cuyas obras literarias aparte de su calidad son testimonio del compromiso de ambos con la realidad social de sus respectivos países. En nuestro país los centenarios de Gloria Fuertes -  a la que ahora  empieza a redescubrir  el gran público su excelente obra poética, oscurecida injustamente en vida por su producción infantil- o José Luis Sampedro, sospechamos serán los más celebrados. Pero no queremos cerrar este apresurado repaso sobre homenajes literarios que creemos más que  justificados conmemorar, mencionando dos libros que también cumplen años, lo que puede ser una oportunidad para las nuevas generaciones de lectores acercarse a ellos, si aún no lo han hecho. Me refiero a ‘Cien años de soledad’ (Gabriel García Márquez) y  ‘Volverás a Región’ (Juan Benet), de los que nos separan 50 años desde su aparición. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO