sábado, 13 de diciembre de 2014

LOS LUGARES PROHIBIDOS

Sin duda Sebastián Rubiales es un majareta. Porque solo la generosidad de los majaretas, como él dice, puede escribir y regalarnos un libro como “Los lugares prohibidos” (Renacimiento, 2004). Un libro de viajes que no es exactamente tal, un libro de reflexiones y meditación sobre el ser humano y sus circunstancias pero que tampoco lo es en sentido estricto. Además, ¿qué tienen que ver la plaza de San Marcos, en Venecia, con Majarromaque; qué relación puede existir entre Tesalónica y el Salto al cielo? Quien se acerca a un libro de viajes suele encontrarse con una determinada geografía y una misma perspectiva, la mirada atenta y escrutadora del viajero que quiere apresar el instante, convertirlo en palabras, y con ello elevarlo a la categoría de historia. Más lejos de la intención de Sebastián Rubiales, para quien el paisaje, los distintos lugares que nos va describiendo se forman, como nuestro propio yo, y de ahí la estrecha relación que mantiene el autor con todos, con “mimbres de olores, luces y sombras, vegetaciones, humedades, vientos y mares, sonidos, palabras ignoradas, creencias esplendorosas, sueños fracasados –valga la redundancia-, proyectos, recuerdos…” Porque a través de las descripciones de Rubiales sentimos el olor dulce y pegajoso de Tesalónica, como podemos imaginar la vista de París que a nuestros encendidos ojos se ofrece desde la altura del Château d’Eau; o como disfrutamos de los colores rosados y anaranjados del atardecer de la desembocadura del Guadalquivir; o incluso olemos la derrota en el Cabo de Gracia de todos los que, incautos, naufragaron en ese “mar altanero y desafiante que no esconde los peligros”, ayudado por el viento de Levante, “que tiene la voluntad artera de quien vive en el doblez de la traición, pero en esta costa se siente tan dueño, tan infinitamente poderoso, que ni siquiera se toma la molestia de parecer amable”. Los paisajes o lugares prohibidos de Sebastián Rubiales son, como él quiere, sensaciones, páginas de historia, y sobre todo belleza, perfección (plaza de San Marcos), y sueños (Majarromaque); lugares soñados que si el viajero se deja llevar, sin las prisas y la impaciencia de los europeos, te ofrecen lo mejor de ellos, porque no de otro modo puede encontrarse a sí mismos (San Juan de Puerto Rico). Ya decíamos al principio que no era este libro una meditación, y sin embargo cuando hemos pasado su última página y cerrado el libro, no hemos podido por menos que dedicar unos minutos a reflexionar sobre la necesidad, cada vez más urgente, que tiene el ser humano por hacerse con sus propios “lugares prohibidos”, o soñados, o deseados. Sebastián Rubiales nos invita a celebrar la belleza, a “pasear despreocupados por los lugares prohibidos para recibir en el rostro el airecillo húmedo del mar y, en las manos, la luz azul de la tarde que comienza a ser noche”. Yo, Sebastián, también quiero ser un majareta. José López Romero.

VIAJES DIFÍCILES

Escribía Nuria Amat –escritora  interesante de la que no tenemos noticias desde hace algún tiempo- que  Viajar es muy difícil, aunque no se refería como ya sin duda habrán supuesto a esa moda que nos invade desde hace décadas, en la que cualquiera se cree un intrépido viajero porque un vuelo low cost lo ha dejado en la misma playa donde Cook fue muerto a manos de los indígenas del lugar, o por haberse asomado, en un viaje programado al milímetro, a los  cráteres islandeses donde Julio Verne imaginó la entrada  a esa otra realidad  descrita en su Viaje al centro de la Tierra. Por cierto, moda esta la del viaje organizado, que muchos atribuyen a Mark Twain tras la publicación de su famoso libro Guía para viajeros inocentes. Nuria Amat con la frase con la que iniciábamos estas líneas, se refería a los viajes literarios  y cómo sus protagonistas, con sus miradas privilegiadas sobre el camino, nos ha ido dejando a lo largo del tiempo sublimes textos como Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin o El tiempo de los regalos de Patrick Leigh Fermor. No se engañen, viajar en el sentido literal del término sigue estando al alcance de muy pocos, y es que mientras muchos lugares del planeta se hunden materialmente ante el peso  de turistas ilusos, solo una afortunada minoría, la de los peregrinos literarios, siguen logrando captar en las mismas geografías pisoteadas por la marabunta la esencia de lo visitado. Peregrinos literarios hoy quedan pocos, al menos en la mejor tradición de los Burton, Freya Stark, Chatwin o Abadía, entre otros. Quizás Paul Theroux o Reverte –en ocasiones-, entre los nuestros. Además, hoy hay que ser muy precavido pues las crónicas poco escrupulosas abundan, y es que tampoco hay que tomarse demasiado en serio aquellas líneas escritas por  Simone Beauvoir: Viajar una semana a un lugar cualquiera puede animarnos a escribir un libro, quedarnos un año daría para una breve crónica, pero permanecer una década ya no permitiría escribir nada. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 6 de diciembre de 2014

CANIBALISMO

Desde siempre me ha causado envidia esa capacidad de otros lectores de leer varios libros a la vez, de sumergirse en historias distintas y seguirlas  todas con igual intensidad y atención sin aparente dificultad. En cambio yo siempre me he considerado lector de un  titulo, que sigo con fidelidad y sin distracciones hasta su final -no corro el riesgo, no se preocupen, de caer en la maldición de aquel lector que día tras día a lo largo de años, se sentaba en el mismo sitio de la biblioteca y solicitaba siempre el mismo libro al bibliotecario-  aunque la tentación me asalta muy de vez en vez, y entonces me planteo afrontar el que hasta ahora ha sido un reto inabordable. ¿Cómo hacerlo?  En la sobremesa, mi hora preferida para leer, reservarla por ejemplo para Oakley Hall y sus ahora recuperadas y excelentes novelas del oeste norteamericano,  la noche en cambio sería más apropiada para el nuevo caso de Bevilacqua y Chamorro, o la relectura de los libros de González Ledesma, recientemente reivindicados por mi compañero de página. ¿Quizás comenzar con un libro, y cuando el interés empieza a flaquear retomar la lectura del otro que aguarda en la mesilla? Como nunca me gustó pasar por pusilánime,  creí que ya era hora de intentar esa otra nueva experiencia lectora. Mi primer temor fue que el inspector Méndez se equivocara de libro y deambulara perplejo por el Oeste de Hall, o que el sheriff mayestático de Warlock  confundiera a la sargento Chamorro con un facineroso. Pero no, nada de esto sucedió. Aunque  a medida que avanzaba la lectura paralela de mi primera pareja de libros, algo si empecé a notar. Primero sutilmente, luego… Cada vez iba reduciendo el tiempo dedicado a uno de ellos mientras rápidamente acudía al otro libro ansioso para seguir leyéndolo. Finalmente terminé este último por lo que tenía todo el tiempo para el que poco a poco había ido abandonando. Pero fue inútil, a partir de donde había dejado el señalador, todas sus páginas se habían quedado en blanco. ¿Un libro puede devorar a otro? RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

PASIONES Y PENUMBRAS

A diferencia de los narradores, poco proclives a cambios cuando el método funciona, el poeta, el bueno, está en un permanente proceso de transformación y renovación, a menos que quiera convertirse en un productor industrial de poemas prefabricados. Y digo todo esto porque acabo de leer el último poemario que se añade a la ya larga trayectoria poética de José Lupiáñez titulado “Pasiones y penumbras” (ed. Carena, 2014) y los cambios son significativos con respecto a “La edad ligera” (2007), su penúltimo libro, cambios que nos muestran la permanente preocupación del poeta, la búsqueda de nuevos tonos que incorporar a su ya rico acervo literario. Una trayectoria poética la de J. Lupiáñez cuyas  cifras pueden impresionar: el año que viene se cumplen los treinta y cinco de su primer libro “Ladrón de fuego”. Pero es que Lupiáñez –todo hay que decirlo- empezó muy joven en este siempre esforzado oficio de hacer versos. Una obra poética tan dilatada como fructífera y variada, con una exultante madurez que va del barroquismo, al intimismo y de este a una poesía escrita a luz de las pasiones y a las tímidas sombras de las penumbras. Pero ni en los poemas más apasionados la luz nos ciega, ni en las penumbras la oscuridad es tan completa. En muchos de estos últimos poemas se percibe un fondo de melancolía, consecuencia de una madurez que es conciencia de lo vivido y también de lo inexorablemente perdido. No nos sorprende el abundante uso del alejandrino, del heptasílabo, de estructuras estróficas tan clásicas como intemporales como el soneto (ya en alejandrinos, ya en endecasílabos. Magnífico el conjunto dedicado a los meses), y no nos sorprende porque sabemos del gusto clásico, la influencia que sobre Lupiáñez han ejercido (porque los conoce como pocos) desde Garcilaso (“Voseo garcilasiano”), San Juan, pasando por Góngora, Bécquer hasta llegar al gran Darío, y porque ya en su “Número de Venus” nos dejó excelente constancia de su dominio del alejandrino. “Sobre las aguas”, el poema que cierra la primera parte del libro, antes de comenzar con las “penumbras” es un ejemplo del tono decadente, melancólico, misterioso e inquietante que domina buena parte de los poemas: “por esas ondas iba tu belleza, libre, / coronada de trinos, inventando reflejos / de gloria fugitiva, encendiendo deseos / y penumbras en mi alma…”. El poema inicial “Alguien me llama” nos trae ecos del “pórtico” de “Número de Venus”; y otros se resuelven en una de las constantes de la poesía de Lupiáñez: la captación de escenas que evocan momentos de un pasado que ahora, a la melancólica luz de las penumbras se recuerda (“Niño antiguo”) o parecen leyendas en verso (“Otoño en la Alpujarra”). La desnudez de la amada, los abrazos, las caricias forman parte de esas pasiones a veces efímeras, otras insatisfechas, otras interrumpidas (“No le abras a nadie”). Pero también las penumbras, el compromiso con su tiempo (“Éxodo”), la tristeza de los días (“Día gris”) y, finalmente, el sentido de acabamiento y pérdida: “Adiós a cuantos fuisteis marineros conmigo, / cuando la mar nos daba con su furia en el rostro. / ¿Para qué la nostalgia? ¿Acaso fuimos libres? / Adiós, nuestro navío se ha perdido en la noche; / el puerto queda lejos y nadie nos aguarda.” (“Canción del hereje”). “Pasiones y penumbras”, un libro pleno. José López Romero.



sábado, 29 de noviembre de 2014

¡CON LO QUE TÚ ERES!

-“Father, con lo que tú eres, ¿por qué no fundas un partido político?”, me dice mi hija con la misma sonrisa en los labios con la que su madre me mira cuando salgo de la ducha. La puñetera niña no me aclaró qué quería decir “con lo que tú eres”, mejor dejar las cosas así (tampoco me he atrevido a preguntarle a la madre por qué se sonríe en un acto tan cotidiano y natural). Pero la simple propuesta de meterme en política, como están las cosas, no me hacía deducir nada positivo de aquella expresión. Sin embargo, al calor de la ya tan manida y nunca emprendida regeneración y de las nuevas formaciones que van devorando el sistema actual, un partido de lectores sin remedio no digo yo que no tuviera sus simpatizantes. Al margen de ideologías de izquierdas o de derechas, la literatura está llena de textos que nos enseñan el buen gobierno, el ejemplar comportamiento de los gobernantes y la relación que éstos deben mantener con los gobernados. Pero si tuviéramos que elegir uno de ellos, sin duda nos quedaríamos con las lecciones que don Quijote le da a Sancho antes de convertirse en el gobernador de la ínsula Barataria (II parte, capítulo 42). Un modelo de sensibilidad, de sentido común, de dignidad y de honradez en el uso del poder que tanto se echa en falta en estos tiempos. Si los que durante estos años más que mandar, nos han mangoneado, hubieran tenido como texto de cabecera los consejos del divino loco a su escudero, seguro que otra muy distinta sería la triste situación que ahora sufrimos. En cualquier caso, ni tengo edad ni pelo para dejarme la coleta (con lo que la expresión de mi hija es aún más sospechosa por lo hiriente), ni me veo yo en mítines leyendo “El Quijote” a una masa tan desencantada que apenas lo entendería. Aunque yo tengo ya muy claro el eslogan de campaña, el mismo que aparece en el emblema como marca del impresor Juan de la Cuesta: “Post tenebras spero lucem”. José López Romero.

  

CALABAZAS Y CABEZAS

Reír es bueno. Y reír leyendo es gratificante, pero algunos escriben como si el mundo fuera a acabarse. Que se acabará, eso seguro, pero mientras tanto podríamos relajarnos un poco y dejar la escatología para los “iluminados”. Como dice el brigada Bevilacqua en el último libro de Lorenzo Silva, solo se muere una vez, pero los que piensan mucho en la muerte mueren todos los días. Alegría, señores, que son dos días. Por eso, cuando me tropiezo con un escritor jocoso, ingenioso y ocurrente, me olvido de aquellos resentidos que semanal o diariamente balbucean sus ininteligibles diatribas. En el XIX, revolucionario como él solo, la gente tenía un gracejo escribiendo que ya quisieran muchos hoy en día. Si no, lean conmigo a Salvador María Granés, un parodiador madrileño que usó siempre el pseudónimo Moscatel y que firmó más de veinte parodias, como “Juanito Tenorio”. Sus “Calabazas y cabezas”  son buen ejemplo de lo que venimos defendiendo. Impresa en 1880 les da un hilarante repaso en verso a las principales figuras de la política, la banca, la literatura, el arte o la tauromaquia, ilustrada con mordaces caricaturas. Entremos al trapo. Del malagueño Cánovas, que comenzó como profesor en una academia, nos dice: “cuentan que en Málaga un día, tan pobre y mísero estaba, que solo se alimentaba de los niños que instruía”. Entró en política y se acabaron las penurias, eso no ha cambiado. Castelar no sale muy bien parado tras su paso por la jefatura del Gobierno en 1873: “de tribuno sin rival, gozas nombre universal bien ganado y merecido, pero en política has sido un ciudadano fatal”. La verdad es que a los políticos les zurraba de lo lindo, parece mentira que sesenta años más tarde no se pudiera hablar ni del concejal de tu pueblo. A Figueras, que fue el primer presidente de Gobierno con la I República, lo llama “federal, gran abogado, fue valiente presidente del poder ejecutado, y digo lo de valiente en sentido figurado”. Germán Gamazo, varias veces ministro, estaría poco tiempo callado, pues “hablando su vida pasa, y es vicio en él tan marcado, que cuando no es diputado, perora él solo en su casa”. Del jerezano Paul y Angulo, según la Historia instigador del asesinato de Prim, dice: “Con sangre escribió El Combate, mostró destreza en un duelo, hizo luego un disparate, y si no lía el petate y se larga, le arde el pelo”. La pluma de Granés se ocupa de una nutrida galería de personajes, y muchos han quedado en el tintero: Ramón de Cala, Silvela, Salmerón, Pavía... Todos ellos, a buen recaudo y disponible para el público en la Biblioteca Municipal de Jerez. Los lectores sin duda  agradecerán descubrir a este ingenioso y olvidado escritor, y la sorprendente actualidad que tienen hoy muchos de sus  certeros dardos. NATALIO BENITEZ RAGEL.


sábado, 15 de noviembre de 2014

SOMBRAS

Hace unas semanas les daba cuenta de la aparición de dos documentos de gran  valor histórico: uno databa del siglo I d. C. y el otro era un cuaderno perdido de un científico de la expedición de Scott a la Antártida. Ahora me gustaría cerrar el tema acercándome a la otra cara de la moneda, la de  la literatura, donde la aparición muy de vez en vez  de algún manuscrito inédito de un escritor de prestigio ya desaparecido, o un fragmento nunca publicado de algún libro de culto, no suelen estar exentas de polémica. Sucedió el año pasado con la aparición oportuna –lo digo porque se vivían los prolegómenos del aniversario de su muerte- de unas pocas páginas inéditas del libro de Saint Exupery El principito. En esto de las apariciones “espontáneas” en la literatura hay que estar prevenido, pues a diferencia del rigor que rodea los estudios previos a las “apariciones” de los documentos históricos, la sombra siempre planea sobre los literarios. Y es que se juega  con ese convencimiento de que todos estamos predispuestos a desear la aparición de un libro desconocido de un autor que admiramos, predisposición que hace aumentar la picaresca.  Fue muy comentada hace unos años la publicación de una desconocida versión de  la novela de Julio Verne El volcán de oro. Hoy las incertidumbres sobre ella siguen y tenemos dos versiones firmadas por el mismo autor, y ninguna certeza sobre cuál  era la que Verne deseó dar a la imprenta. Revolver viejos manuscritos  siempre trae consecuencias no deseadas, y si no, basta recordar el culebrón que aún sigue sobre el último original inacabado de Capote, Plegarias atendidas, del que periódicamente aparecen algunas páginas. Estos últimos años han ido apareciendo textos de Orwell, poemas de Benedetti, cuentos de Kafka, etc. Y la lista seguirá creciendo puesto que la literatura se rige por unos intereses comerciales lejanos a los de la investigación histórica, y es esto lo que muchas veces arroja serias sombras sobre la auténtica realidad de lo que se nos trata de vender. RAMON CLAVIJO PROVENCIO 

DEUDA

Ha tenido que pasar demasiado tiempo para recordar que tengo una deuda pendiente y, por ello, más vergonzante con un escritor y con los lectores que se acercan a estas líneas. En mi descargo puedo argumentar que son tantos en tantos siglos que no uno, sino un ciento y hasta millares son los escritores que se te pueden escapar, y que necesitaría más de tres vidas para leer algo, no todo, de aquellos que realmente merecen la pena. Por fortuna para mí, aunque debí encontrarme con sus novelas mucho antes (nunca es tarde…), puedo contarme entre el sin duda enorme grupo de rendidos lectores de Francisco González Ledesma. Hace unos meses, después de haber leído varias de sus narraciones, me hice con la reedición que la editorial Menoscuarto publicó de su primera novela “El adoquín azul”, una narración breve sobre la represión de la dictadura. Una novelita por la que podemos comprobar que González Ledesma es mucho más que un escritor de novela negra. Pero no hubiese hecho falta tal demostración, porque en sus propias novelas policíacas, con su comisario Ricardo Méndez como protagonista, ya se puede apreciar que González Ledesma es un escritor de mucho más recorrido y profundidad de lo que te permite o creemos que permite el género negro. Si la figura del Méndez crepuscular, ya de vuelta de tantas batallas cuyas huellas se dejan notar en las cicatrices del cuerpo pero también del alma, nos acerca al tipo de protagonista clásico del género, son la fina ironía, la capacidad del personaje para reírse de sí mismo, la mezcla de lo trágico y lo cómico los rasgos que relacionan a Méndez con los personajes más emblemáticos de la literatura española, y a las novelas de González Ledesma con la mejor de nuestra literatura clásica. Después de leer “Expediente Barcelona” y “Una novela de barrio” me di cuenta de que quizá el género policíaco anglosajón podía estar sobrevalorado, al amparo de las versiones de Hollywood; de que el emergente y ya consolidado género norte-europeo no dejaba de ser una literatura menor, incluso con productos de desecho (caso de Stieg Larsson); y de que la novela negra mediterránea bien merecía un buen periodo de atenta y, de seguro agradecida, lectura. Si ya había descubierto hacía unos años a Donna Leon y su Brunetti enredado en los turbios asuntos políticos, sociales y económicos tan italianos, y a Camilleri con su amable Montalbano (personajes cuyas series televisivas lejos de hacerles justicia, los ensombrecen), o a Petros Márkaris y su comisario Kostas Jaritos, la lectura de González Ledesma ha sido en mi caso uno de los grandes y afortunados descubrimientos de los últimos años. Con él y con los lectores de esta página había contraído una deuda que espero haya pagado. Ya solo me queda seguir leyendo sus obras… ¡Qué pena no encontrar su nombre en un monográfico sobre la novela negra en España publicado por una de las revistas literarias del momento!. José López Romero.


 

viernes, 7 de noviembre de 2014

PLACAS

La calle “library way” de Nueva York, o el tramo de la 41 que desemboca en la Quinta Avenida y, de esta, en el imponente edificio de la Biblioteca Pública de la ciudad, está llena de placas, hasta 96, encastradas en las dos aceras de la calle, que recogen otras tantas citas de escritores y sabios referidas al libro o a la lectura. En Internet hay numerosas entradas que nos aclaran la historia y detalles de estas emblemáticas placas que, a medida que uno se va acercando a la Biblioteca, a la que está viendo al fondo de la 41, puede ir leyendo y pisando. Esta curiosidad puede entenderse de muchas maneras, pero no deja de ser un ejemplo más de la profunda admiración que la cultura anglosajona siempre ha mostrado por el libro, y de la que tanto, pese a los siglos que de nuestra cultura mediterránea nos contemplan, debemos aprender. Me recordó las placas de Nueva York la iniciativa de la que nos informaron diferentes medios de comunicación que ha tenido, al perecer, un colectivo de artistas urbanos de Madrid, llamado “Boamistura”, de adornar 22 pasos de peatones del centro de la capital con versos. Y así los cientos y miles de viandantes que cruzan por dichos pasos pueden alegrarse el día con frases como: “A veces reírse es lo más serio” o “Madrid, te comería a versos”. Hace ya unos años me hice eco en esta misma página de un comentario de una joven poeta, que proponía sacar a la calle a la poesía. La idea, por tanto, de Boamistura no es nueva, como tampoco el comentario de la joven, porque iniciativas de sacar a pasear la literatura ya la tenemos en aquellas bibliotecas ambulantes del XIX o en el fenómeno moderno de los “crossing books”, al que varios artículos ha dedicado mi compañero de página. Partiendo de que cualquier idea que pretenda acercar el libro y su lectura a la gente, es por sí misma encomiable, mucho me temo que “te comería a versos” se quede perdido en el almacén de imágenes de un infinito número de móviles como una curiosa anécdota urbana. Las placas de Nueva York llevan allí desde 1998. José López Romero.

 

UNA HISTORIA EN PENUMBRAS

Uno de los periodos históricos envuelto aún en la penumbra es el de la posguerra. Pese al interés de la literatura o el cine por el mismo, no ha sucedido lo mismo en el campo de los estudios históricos salvo muy contadas y no siempre afortunadas incursiones. No es de extrañar, pues, que tampoco en nuestra ciudad haya suscitado el mencionado periodo un excesivo interés por parte de los investigadores, y que este se haya traducido en numerosos trabajos dignos de reseñar. Entre estos últimos sólo estaría la breve pero intensa visión del catedrático Diego Caro Cancela sobre la posguerra local en el tercer volumen de “Historia de Jerez de la Frontera” (Cádiz, 1999) que él mismo coordinó. Otros investigadores también han hurgado en esta etapa pero ya tratando temas más específicos, aunque no menos significativos e interesantes, y que pueden ser un primer escalón para recomponer los vacíos del periodo posbélico. Entre estos autores podríamos nombrar entre los más significativos a Cristóbal Orellana, José García, Ana Rubio, Fernando Romero Romero o José I. Gómez Palomeque. Pero en honor a la verdad la posguerra española, sobre todo el periodo más duro de la misma que podemos establecer entre los años 1939/47, no tiene en nuestra ciudad estudios relevantes que nos den una visión de conjunto de cómo discurrió la vida en ella en sus más variados aspectos. Sin embargo, hoy sabemos que Jerez vivió una fuerte represión iniciada durante la guerra civil y que se prolongó durante la década siguiente; que la hambruna hizo presa en sus calles pese a la riqueza de su campiña; que el mercado negro, o lo que se conoció como estraperlo fue una dura realidad; que  a pocos kilómetros de la ciudad, en los parajes de las Mesas de Asta, un hombre solo iniciaba una de las mayores empresas culturales de la historia de Jerez, o que en ella se vivió muy de cerca y con  inquietud los primeros conatos del movimiento guerrillero –luego conocido como maquis- cuyas primeras manifestaciones se producen cuando la guerra mundial empieza a decantarse a favor de los aliados  a partir de la operación Overlod en el N. de África. En fin, les quiero decir con esta apresurada relación de acontecimientos que Jerez durante la posguerra, es una ciudad con más puntos de interés de los que podríamos pensar, y así  junto a datos que nos ratifican en que en la ciudad se producen fenómenos que se extienden por el resto del país –ya hemos mencionado el estraperlo, o el racionamiento- hay otros que la singularizan y bien merecerían un trabajo de conjunto como los ya editados en otras ciudades españolas. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 1 de noviembre de 2014

TEXTOS PERDIDOS

Durante las últimas semanas nos han llegado noticias de sorprendentes descubrimientos de manuscritos, fruto de la casualidad  o de imprevisibles hasta hace poco circunstancias. Porque es la casualidad y la suerte la que provocó fechas atrás la aparición de un texto escrito sobre papiro  por un legionario romano, Aurelio Polión, destinado en las lejanas fronteras del Imperio (Hungría), donde en un estilo emocionalmente cercano se lamentaba de su separación de la familia y rogaba  a los dioses por un pronto reencuentro. Muchos creen que  el paso irremediable de los años y la historia nos va alejando  de nuestros antepasados, y por ello se generaliza la tendencia de ver a aquellos seres como lejanas criaturas que poco tienen en común con nosotros. Por ello es comprensible la sorpresa cuando ante un texto como este que comentamos, reconocemos sentimientos que bien podrían estar invadiendo a cualquiera de nosotros en la actualidad. Más de uno debería, como sano ejercicio de formación personal, leer textos de aquellos clásicos que ahora tratan de desterrar de los sistemas de enseñanza y comprobarían lo poco que hemos cambiado desde Polión. El otro texto al que me refería, un cuaderno de notas,  no hubiera llegado hasta nosotros si ese tan traído y llevado cambio climático del que se nos habla cada vez con más certeza, no hubiera hecho derretirse una superficie en la Antártida hasta ahora cubierta de hielo. El cuaderno perteneció al naturalista de la expedición de Robert Scott  - aquel aventurero y científico que en una loca carrera por llegar al Polo Sur luchando contra la naturaleza y contra el noruego Amundsen, pereció junto a casi la totalidad de su equipo- George Murray Levick.  De Murray Levick los hielos “eternos” nos devuelven ahora,  un siglo después, un diario con anotaciones dañadas por el agua que se están tratando de recuperar, y que sin duda enriquecerán con nuevos detalles aquella historia que conmocionó al mundo. Ramón Clavijo Provencio.

CALLAR A TIEMPO

Los hay que hacen de la literatura un medio de vida, y muchos que siguen intentando vivir de ella; los hay también que convierten su  vida en literatura, a veces de ciencia ficción, otras de terror; pero también los hay que hacen de la literatura su vida, y la viven con la pasión y el dolor, con la felicidad y la desgracia, con la alegría y la tristeza que nos proporciona el mismo hecho de vivir. A este pequeño y admirable grupo de escritores pertenece Mauricio Gil Cano. El conocimiento de años de Mauricio y su obra, sobre todo poética, dan testimonio de lo que acabo de escribir. Un testimonio que el lector que se acerque a sus poemarios comprobará sin duda, desde  su 19 sonetos y un canto a Venecia, pasando por Declaración de un vencido hasta llegar a la última entrega Callar a tiempo (Ediciones En Huida), sin olvidarnos de la labor que durante años ha ido desarrollando en los distintos medios de comunicación como crítico, y como coordinador y director de diferentes y variadas propuestas literarias (taller de creación literaria en la Fundación Caballero Bonald; director de la colección de poesía “Hojas de bohemia”), que representan una importante contribución al panorama cultural de nuestra ciudad. Unidas, así pues, literatura y vida, Callar a tiempo es la crónica de las últimas páginas de ese libro vital de Mauricio Gil Cano; crónica de un vivir en el que no falta ningún elemento, ni sentimiento, ni actitud que a un hombre le pueda ser ajeno: la pasión amorosa (el soneto en alejandrinos “Tú sabes”), pero también el anhelo del otro (“La espera”, dedicado a Carmen); el compromiso del hombre con su tiempo y su destino (su inicial “Para aprender vinimos”), o con el prójimo (“Symposion”); la relación del hombre con un dios que es sacrificio, muerte, resurrección, salvación de ahí los versos dedicados a Cristo (“Calvario”, “Dios agonizante”, “Spe Salvi”); el dolor de la creación literaria (“Yo”; “Callar a tiempo” que le da título al conjunto); pero sobre todo la concepción del hombre como náufrago o ángel caído pero “definitivamente humano”, porque los poemas de Mauricio son miradas hacia el interior en un permanente buscarse y comprenderse, entender en definitiva a un yo en conflicto dialéctico consigo mismo. Se cierra el poemario con un apartado de “Homenajes”, en los que destaca el poema dedicado a su madre y a poetas como Miguel Hernández o Jaime Jaramillo Escobar de los que celebra su compromiso vital. Por los poemas transitan referencias, versos, citas de Cernuda, de Juan de la Cruz (sobre todo), de Blas de Otero, Borges y de tantos otros que forman ese conjunto de fuentes literarias de las que Mauricio sabe coger la mejor lección: “para saber que somos lo que fuimos / y seremos aún y algún día sabremos / quizá que habremos sido”. José López Romero.

sábado, 25 de octubre de 2014

ARRANCAR

Una de las primeras escenas de la célebre El club de los poetas muertos (cursi película) y que asombra a pupilos y espectadores por lo que supone de iconoclasia, es el arranque tan colectivo como festivo de las páginas de un libro. Una carta de presentación del nuevo profesor ante sus alumnos que, salvadas las tímidas reticencias de los más empollones, termina por ganarse a todos, incluido el patio de butacas. Porque a pesar del acto de lesa bibliofilia, de atentado contra la cultura, al fin y al cabo no deja de ser un acto de destrucción, de mutilación de un libro, ¿a quién no le han entrado ganas (¡y no digamos escolares y sus horribles libros de texto!)  de cometer este pecado inconfesable y, por ello, de difícil perdón y, por tanto, de ninguna penitencia, aunque ya se me ocurrirá algo. Y todo esto viene al caso porque leyendo El sueño del Rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre la palabra y el mundo, de mi admirado Alberto Manguel (libro del que no arrancaría ni una letra, dicho sea de paso), me encuentro con la anécdota del moralista decimonónico Joseph Joubert quien, según Chateaubriand, “cuando leía arrancaba las páginas que no le gustaban, logrando así una biblioteca enteramente a su gusto, compuesta de libros huecos en tapas que les quedaban grandes”. Los que decidimos hace tiempo unir nuestro destino a la literatura, a los libros en general, como un bien tan preciado como necesario para considerarnos ciudadanos con derecho a voto, arrancar aunque solo sea una página de un libro, por muy infame que esta sea, no podríamos entenderlo si no es como un acto de cobardía ante el propio libro, por su indefensión, y ante el mismo autor, al que ni siquiera le concedemos el derecho a defender su obra. Antes que la mutilación, cierro el libro y ya buscaré en mi agenda de direcciones a quién se lo regalo. José López Romero.

 

DÍAZ OLANO EN LA BIBLIOTECA

Las bibliotecas públicas son una fuente inagotable de sorpresas. Si es una fundada en 1873, las probabilidades aumentan. Y si el bibliófilo José Soto Molina ha sido generoso benefactor, las sorpresas agradables son casi diarias. Es lo que le ocurre a la Central de Jerez. Nos preguntamos cómo llegaría a manos de don José Soto un cuaderno “de campo” plagado de dibujos y bocetos de indudable calidad, y donde las únicas pistas para identificar al autor eran una firma (I. Diaz) y una dedicatoria (“Mis apuntes a mi discípula P. Manso”). Una página de Internet (¡bendito Internet!) nos aclaró que había un pintor llamado Ignacio Díaz Olano (Vitoria, 1860-1937): la firma de sus cuadros era idéntica a la de nuestro cuaderno. Dado que la mayoría de su producción se encontraba en el Museo de Bellas Artes de Álava, mandamos un fichero gráfico: nos confirmaron el nombre de Olano, nos informaron de que el cuaderno pertenecería (por la firma) a su primera etapa y se mostraron muy interesados en la persona objeto de la dedicatoria, de la que tampoco nosotros teníamos referencia alguna. La Espasa recoge su entrada en el suplemento de 1931, pero la información más detallada sobre el vitoriano (a falta de consultar la obra de Santiago Arcediano Salazar), la hemos hallado en una página web llamada “ForoXerbar”. Estuvo becado por el Ayuntamiento de su ciudad, y pudo llevar a buen puerto sus aficiones artísticas gracias al mecenazgo de su amigo Felipe Arrieta, pues aparte de la venta de sus cuadros, lo que llamamos “sueldo fijo” no lo tendría hasta 1901, cuando empieza a dar clases en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria. Pudo formarse en Italia, y a su vuelta participa en varias exposiciones nacionales, obteniendo premios en las de 1895, 1899 y 1901. Su estudio, que montó en la calle Florida de su localidad, bien podría parecerse al dibujo que ilustra este artículo, sacado del referido “cuaderno”. Centrado en el retrato, las costumbres, los bodegones y los paisajes, tan solo protagonizó dos exposiciones en solitario: la de la Sala Delclaux de Bilbao en 1910, y la de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria en 1925. Pero también fue docente, como dijimos, ocupando plaza en la Escuela mencionada desde 1901, plaza de la que no se llegó a jubilar, e impartiendo clases de dibujo en el Instituto de Segunda Enseñanza desde 1912 a 1932. Claro que también parece que se dedicaba a enseñar por su cuenta, a juzgar por la dedicatoria de nuestro cuaderno, que sería el tesoro de la tal P. Manso hasta pasar a manos del bibliófilo, paso previo para que hoy día se conserve en nuestra Biblioteca Municipal. NATALIO BENITEZ RAGEL/ RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

sábado, 18 de octubre de 2014

LA GRAN LITERATURA

La ya larga experiencia como lector si  algo me ha enseñado a lo largo de los años, es que la búsqueda premeditada de un buen libro nunca da los resultados esperados, y  que como las esquivas fuentes del Nilo para los exploradores europeos del XIX,  toparnos con un buen libro hoy en día es más producto de la casualidad o la suerte que de otra cosa. Es este el primer libro que leo de Pierre Lemaitre del que ignoraba hasta ahora todo,  y del que tras la lectura de su novela, me ha entrado un deseo irrefrenable de conocer  su desconocido recorrido literario, así como esperar con paciencia su nueva novela.  Y es que tras la lectura de esas casi quinientas páginas de este “Nos vemos allá arriba”, no puedo  sino confesar que he vuelto a tropezarme por casualidad con una gran historia. Una historia en la que la realidad y la ficción se mezclan con sabiduría presentándonos un relato coral, donde serán precisamente los personajes que la habitan los que finalmente hagan de esta novela del hasta ahora para mi desconocido escritor francés, un libro fascinante. Un hecho históricamente contrastado como fue el escándalo que estalló tras la Primera Guerra Mundial en Francia,  al descubrirse un oscuro negocio tras las exhumaciones de los militares caídos en la contienda en territorio galo, es el núcleo en torno al cual el autor va descubriéndonos las andanzas de tres  supervivientes de la misma en el París de la postguerra. El soldado Albert Maillard, pusilánime pero afortunado, al que otro soldado,  Edouard Péricot, salva la vida al precio de perder parte de su rostro, lo que a partir de ese momento, como se podrá suponer le cambia la vida, ocultando sus mutilaciones tras variadas máscaras que crea con la ayuda de una pequeña. Por fin  el teniente Aulnay-Pradelle, despiadado, corrupto y ansioso de recuperar el perdido esplendor del linaje familiar cueste lo que cueste, y cuyas acciones marcan el destino de Albert y Edouard.  Protagonistas estos últimos, rodeados de personajes secundarios no menos fascinantes, Joseph Merlin –todo un descubrimiento para el lector-, o Marcel Péricourt, padre de Edouard, difíciles de olvidar.  Un libro este, que como ya sucediera con otros no muy lejanos en el tiempo, como “El Mapa y el Territorio” de Houllebecq o  “Intemperie” de Jesús Carrasco,  desdicen a aquellos que opinan que hoy la gran literatura ya no existe. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

GENERACIONES

Hace ya unos meses presentó Luis García Montero su última novela titulada “Alguien dice tu nombre” en nuestra ciudad. Y tanto la presentadora, Mamen Ramírez (magnífica su intervención), como después el propio poeta-novelista insistieron en las mismas claves e intención de la novela: un retrato de la España de la década de los años 60, en el que García Montero ha querido analizar y explicarse aquella sociedad que no lograba desembarazarse de la dictadura de Franco, pero que se enfrentaba a un futuro no muy lejano con ilusión y  expectativas renovadas porque algo estaba ya cambiando. Una época, los 60, marcada por la venta a plazos, los primeros televisores, los primeros coches pequeños pero familiares, acontecimientos todos estos que a muchos, incluido García Montero, nos cogió con una edad en la que no podíamos darnos cuenta de lo que ellos suponían, pero que veíamos en nuestros padres y en nuestras propias casas. De ahí que García Montero destacase en su intervención la figura paterna y la educación y respeto que las familias intentaban inculcar a sus hijos. Y con el correr de los años, y el paso de la infancia a la adolescencia, de la que también habló el escritor, las aficiones comunes, y sobre todo las inquietudes, las culturales, las sociales pero también las políticas, que se reflejan de forma tan trascendente en la novela. Todo el público que llenaba por completo el hermoso patio donde se celebraba la presentación se veía reflejado en las palabras de García Montero, porque a casi todos nos cogió por aquellos grises años de los 60 entre la infancia y la adolescencia y porque en la década siguiente vivimos con la intensidad que esa edad requiere aquellas inquietudes culturales y políticas. Las palabras de García Montero no hicieron más que recordarnos algo ya vivido. ¿Y la juventud de ahora? ¿qué hemos hecho mal cuando ni se acercan a escuchar a García Montero? José López Romero.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Hemeroteca Digital


HACE algunos días nos desayunábamos con unas declaraciones de un político local en la prensa, denunciando lo que él creía inexistencia - y consiguiente reivindicación - de una hemeroteca digital en la Biblioteca Municipal de Jerez. Si somos sinceros, el asunto nos causó sorpresa, y eso que a estas alturas de nuestras vidas profesionales el sentido de la sorpresa creo que lo estamos perdiendo, como el pelo. Siempre hemos creído, resignadamente, que las cuestiones relativas a la lectura, y por tanto al libro y a las bibliotecas, es uno de esos temas -como la política o la religión- sobre el que cualquiera se siente capacitado para opinar, y este caso, la afirmación de la inexistencia de una Hemeroteca digital, podría ser uno de ellos. Pero la rotundidad de las opiniones del mencionado político sobre algo tan especifico, la verdad, eran para sorprender incluso a escépticos redomados como nosotros. Pero vayamos al grano y puntualicemos. Desde 2007 (siete años ha) la Biblioteca Municipal tiene una Hemeroteca Digital, pues la firma de convenios con los departamentos de Cultura de Ministerio y Consejería autonómica, posibilitó que a partir de ese año se pudiera consultar digitalmente la colección completa del periódico El Guadalete -1852/1936-, referente del periodismo local. A partir de esa fecha, la web de la Red de Bibliotecas, gestionada por el segundo de los bibliotecarios abajo firmantes, abría una ventana con el material hemerográfico digitalizado. Comenzó a gestarse la Hemeroteca Digital, esa que no existe para el político y que puede consultarse desde hace más de un lustro en una sencilla dirección electrónica: http://www.jerez.es/biblioteca. En el menú desplegable de nuestra web encontramos el apartado 'Biblioteca Digital' dentro de 'Zona multimedia', y en el menú 'Catálogo' varios periódicos locales digitalizados. Así de fácil. Desde entonces, hemos seguido digitalizando otros ejemplares de prensa local, como 'El Martillo' o 'El Progreso'. Existen repositorios (archivos) de prensa digital, así como de libros digitalizados en la biblioteca Municipal de Jerez. Hace un par de años la editorial Extramuros finalizaba la digitalización, previa firma de otro convenio con el Ayuntamiento de Jerez, de cerca de quinientos ejemplares de su fondo bibliográfico antiguo, libros de los que existe copia digital y alguno de ellos colgados en la página web de la propia biblioteca, dentro del mencionado apartado 'Biblioteca Digital'. Conclusión: ¿se puede avanzar más en este proceso? Por supuesto. Como en todo, los medios humanos y económicos disponibles son los que determinarán el mayor o menor avance de algo tan arduo como la digitalización hemerográfica, y que en muchos casos requiere la colaboración de varias instituciones para afrontarla. Todo es discutible y criticable, y en el caso que nos ocupa se puede entender -por las razones que sean- que el nivel o ritmo de digitalización de una determinada institución sea o no el adecuado. Ahora bien, lo que no se puede es negar la evidencia por desinformación, afirmando que no existe una hemeroteca digital que lleva siete años funcionando. Ramón Clavijo Provencio/ Natalio Benitez Ragel

viernes, 22 de agosto de 2014

LIBROS PARA EL FINAL DEL VERANO

Londres después de medianoche

Augusto Cruz. Seix Barral, 2014


No puedo disimular mi satisfacción tras leer este libro.  Ha sido para mí toda una sorpresa, teniendo en cuenta que no tenía referencias del autor. Pero lo cierto es que me he divertido de principio a fin  con  esta novela llena de momentos impactantes, tensión y un sabio equilibrio entre hechos reales y ficción, que dan una fuerza inusitada al relato. Todo parte de un dato real: la desaparición de la última copia de la primera película americana de vampiros Londres después de medianoche. Forrest Ackerman, conocido coleccionista, decide contratar al detective Mc Kenzie para dar con la copia. De la película  se dice que actuaron auténticos vampiros y que tras su rodaje todos los relacionado con ella sufrieron alguna desgracia: actores que desaparecen, cines que se incendian…Con un respaldo documental notable e incrustando anécdotas reales en la narración el autor ha logrado un resultado sorprendente. R.C.P.

The monuments men

Robert M. Edsel. Destino, 2013

Resulta curioso que este libro  haya conservado su título original en inglés, también el que tras leerlo nos demos cuenta de que supera con creces la versión cinematográfica del mismo, pese a que sea esta la culpable de que muchos se acerquen a un texto que de otra manera les hubiera pasado desapercibido, al no adquirir la relevancia que está teniendo tras ella. Sigue la estela de aquel otro – excepcional- titulado El saqueo de Europa de Lynn H. Nicholas. Los hombres de los monumentos es un pequeño batallón que hacia el final de la II Guerra Mundial, trata de salvar piezas de arte robadas y en poder de los nazis. La concienciación por el patrimonio es uno de los grandes temas que planea en estas páginas,  en un tiempo donde todos los recursos estaban puestos en el frente que era lo prioritario. Interesante relato donde se narra otra guerra: unos tratando de robar y otros intentando  salvar lo robado. R.C.P.



Sueño del origen

Eloy Sánchez Rosillo. Tusquets, 2011.

Sin duda Eloy Sánchez Rosillo es una de las grandes voces de nuestra poesía actual. Poeta y profesor de la Universidad de Murcia, en plena madurez profesional y, sobre todo, literaria, y al margen de corrientes y modas, ha sabido en su ya prolífica obra lírica (ocho libros en total) acuñar un estilo personal y reconocible, como personal y reconocibles son los temas y los motivos que va desgranando en sus versos, en los que combina el tono elegíaco del paso del tiempo con un optimismo que se deja notar en la celebración de la vida y en la aceptación de los límites de lo humano. Los días tristes llenos de melancolía se mezclan con la presencia de los seres queridos, los recuerdos y los sueños, de la belleza y de la alegría, de una vida que, en definitiva, quiere vivirse sin temor a la muerte. En “Sueño del origen” reconocemos a la mejor poesía española, esa que no ha perdido lustre y vigor gracias a poetas como Sánchez Rosillo. J.L.R.

lunes, 21 de julio de 2014


EN BUSCA DEL LIBRO DESEADO

Para muchos el verano es la época en  la que tímidamente retoman el hábito de la lectura, aquel que casi han perdido a lo largo de los años. Y entre las múltiples tareas que se imponen para llenar  el tiempo de ocio,  una de ellas es  disfrutar con un buen libro a ser posible tendido en una playa remota o al borde de una tranquila  piscina, o simplemente dejando pasar la tarde al fresco en un pequeño patio o sombreado balcón, entretenido entre sus páginas. Pero luego viene la duda y la angustia de si encontraremos el libro, o los libros -para los más osados- adecuados. Y así son muchos lo que  se pasarán el verano tratando de encontrarlo, y mientras los días van quedando atrás crecerá su angustia al comprobar que de todo lo que se proponían hacer al inicio del estío,  cabe la posibilidad de que  no encuentren el libro con el que recuerden este nuevo verano. Yo no sé si  es tanta la oferta que se abre ante nuestros ojos, y por tantos medios distintos,  que encontrar algún libro que nos atrape -como un tesoro en una isla inexplorada- es mucho pedir. Pero lo que les puedo asegurar es que en  estas semanas que llevamos de este verano de 2014, y séptimo desde el inicio de la crisis, me he topado con algunas gratas sorpresas que me han hecho disfrutar y mucho de la lectura. Si tuviera que decidirme por alguno, destacarlo de los demás, no tendría duda en señalar La rubia de ojos negros como mi libro de este verano, y  tengo la certeza de que esto no cambiará ya a pesar de que la calurosa  estación no ha terminado aún. Por muchas razones. Por supuesto en sus páginas se encuentra la diversión y el placer que todo lector busca.  Las horas no pesan  y nos molesta todo lo que nos pueda apartar de la historia que vamos página a página descubriendo. Y esa diversión no esta reñida con la exquisitez formal, la perfección en el lenguaje que hace que todo lo matices de la historia lleguen al lector de forma natural. Pero la principal razón por la que señalo este libro, como mi libro del verano antes de que este acabe, es la maestría de un escritor como Banville. A la valentía de haber aceptado el reto de rescatar a   un personaje como Philip Marlowe, lo  ha hecho de tal manera, con tanta solvencia, que algunos hemos tenido que recuperar las viejas y magistrales  historias de Raymond Chandler, para convencernos de que La rubia de  ojos negro no es una novela perdida de Chandler  y ahora recuperada años después de la desaparición de este escritor. Con  La rubia de ojos negros  nos encontramos al mejor Chandler pero es una novela –paradojas de la literatura- que firma Benjamín Black (John Banville). A tenor de los resultados no sería de extrañar que en un futuro cercano Banville/Black nos sorprenda con otra historia en torno a  Marlowe. Si es así, deseemos que no sea larga la espera. ¿Quizás el próximo verano? Ramón Clavijo Provencio







sábado, 12 de julio de 2014

RECOMENDACIONES

El adoquín azul

Francisco González Ledesma. Menoscuarto, 2014.

Como sobre Francisco González Ledesma volveremos en breve, nos centraremos en la reseña de esta novela que ve su segunda edición en la editorial Menoscuarto, ya que se publicó por vez primera y se regaló como promoción (asómbrense los lectores) junto con la revista “Interviú”, cuya editorial había comenzado una colección de “obras inéditas de los mejores autores de novela negra en castellano”, en el año 2002. Y en esto tenía toda la razón la colección porque González Ledesma nos ofrece una breve pero intensa muestra de su maestría como narrador con este “adoquín azul”. Montero, protagonista de la novela, logra escapar de la policía franquista gracias  a la ayuda de Ana, una misteriosa mujer de la que solo sabe que es esposa del despiadado jefe de policía Ponce. Al cabo de los años y de vuelta de Nueva York, instalado de nuevo en Barcelona, Montero se dedica a buscar a Ana, su amor interrumpido. J.L.R.  

El mundo de afuera

Jorge Franco. Alfaguara, 2014
Ganadora del premio Alfaguara, en el cincuentenario de esta editorial, nos aproximamos a la novela con la cautela que siempre tenemos con las historias avaladas por jurados, algo lógico si nos atenemos a la truculenta historia de los premios literarios en este país. Pero la novela de Franco, debemos reconocer, no deja indiferente. He buscado calificativos para  una historia que pasa de una visión idílica de la realidad a la más tenebrosa, sin solución de continuidad. Pero lo que sobre todo planea en la novela es el miedo, miedo a perder lo que se posee, al mundo exterior que es donde se encuentra lo  que más se anhela. Isolda,  vive en un castillo extraño en la ciudad de Medellín, y su soledad se contrapone al exterior bullicioso y amenazante, mientras va subiendo el grado de tensión del lector. R.C.P.

viernes, 6 de junio de 2014

PEDRO SEVILLA

Hace unas semanas el club de lectura de la biblioteca municipal celebró una sesión especial, por primera vez en los años que llevamos funcionando teníamos la oportunidad de tener al autor del libro que íbamos a comentar delante de nosotros. Un libro de poemas y su poeta, o dicho más concretamente: la antología “Todo es para siempre” (Renacimiento) y su autor, Pedro Sevilla. A la novedad de la presencia, habría que añadirle esa aura de distanciamiento que, por tradición romántica, envuelve la relación entre artista y resto de mortales. La admiración y hasta veneración que todos sentimos ante cualquier persona dotada de esa capacidad solo atribuida a los dioses: la de crear. Esa fue la sensación, la atmósfera que se respiraba momentos antes de que entrara Pedro Sevilla en la sala donde iba a celebrarse la sesión. Atmósfera que desde sus primeras palabras el poeta se encargó de disipar, para convertir el encuentro del escritor con sus lectores en un diálogo; un diálogo no del artista con sus admiradores, sino de la persona con otras personas. Y a través de sus poemas fuimos desgranando recuerdos, vivencias, sentimientos que, como hombres y mujeres, todos hemos tenido. La poesía de Pedro Sevilla es una poesía que nos alcanza a todos en todos los aspectos, porque es un ser humano como todos nosotros. La voz pausada en la lectura de sus propios versos fue otro de los regalos que nos llevamos en aquella jornada sin duda inolvidable. Y en su recuerdo ahora me doy cuenta de que no hablamos con el escritor, porque nada se dijo de su proceso de creación, de cómo va puliendo unos versos que salen de ese rincón tocado por el dedo divino (no cabe otra explicación), sino con el hombre, el que por el solo hecho de vivir sufre pero también siente la felicidad en compañía de sus amigos, de su familia, de aquellos que ya no están pero cuyo recuerdo los hace revivir. Hablamos con un enorme poeta, hablamos con un enorme ser humano. José López Romero.

EXPLORANDO CAMINOS

Hace unos días se inauguraba la feria del Libro de Madrid. Multitud de ojos interesados están posados sobre ella. Unos más por curiosidad que por interés, otros con nerviosismo pendientes de cuál es la respuesta del público ante la que podíamos considerar la propuesta anual  más importante en torno al libro en nuestro país junto a Liber. Y esa respuesta, como se podrá entender, no está tanto en conocer el número de visitantes que pasearán entre los stands curioseando libros, sino el dato de  los que realmente adquirirán alguno y proporcionarán a la clausura de la Feria datos reales sobre si el sector editorial empieza a recuperar pulso o sigue debilitándose. Lo que está claro a estas alturas, es que el mundo del libro –y ya aquí no hablamos exclusivamente de ventas- lleva afrontando una tormenta terrible demasiados años, que va dejando víctimas a su paso y un paisaje en transformación -que ya se intuía necesaria hace unos años-, pero que ahora la realidad ha forzado sin más dilaciones. En este escenario surgen propuestas por doquier, unas con apariencia de novedosas, y otras que son lanzadas como globos sondas esperando que alguna realmente encuentre el camino correcto. Bueno, no es sólo un camino, son una maraña de caminos los que explorar aunque todos tengan como objetivo el mundo del libro y la lectura. Días atrás leía con satisfacción la propuesta editorial del artista jerezano Carlos Crespo Lainez, buscando la excelencia, la calidad de la propuesta que finalmente se hace llegar al gran público. Tiradas pequeñas en número, primorosas en su envoltura, valiosas en cuanto a su contenido. En definitiva, recuperar el prestigio del libro. Si La Gata Editorial –ese es el sello de esta ilusionante y novedosa propuesta- trata de marcar un sendero en cuanto a la edición, en Barcelona una serie de libreros han lanzado otra propuesta no menos impactante, y quizás por su carácter totalmente novedoso sobre la que están puestos muchos ojos –como comentábamos sobre la Feria del libro madrileña-: abrir sucursales de librerías en centros bibliotecarios. Puede parecer un contrasentido - es lo que tienen las ideas revolucionarias- pues vender libros aparentemente no puede casar con una institución donde su propósito es proporcionar este de una manera gratuita. Sin embargo es algo sabido que muchísimos usuarios de bibliotecas son también clientes de librerías y a partir de ahí, ¿por qué no explorar y ver más posibilidades de tal maridaje, en un momento donde se está produciendo una gran crisis en el sector  librero? Los momentos de transición siempre son duros, inquietantes y peligrosos, todos lo sabemos, pero también apasionantes al permitirnos trabajar en pos de  escenarios nuevos. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


sábado, 31 de mayo de 2014

PANEM ET CIRCENSES

Escondían algo. Resultó ser un libro, como observé poco después cuando el que supuse propietario lo  extraía de la arena de la playa, tras un  tira y afloja con sus amigos. Finalmente y  entre chanzas, concedieron desvelarle el escondite mientras corrían hacia la orilla, sin dejar de lanzarle burlas. El joven  lector se marchaba poco después de la playa, entre las protestas de sus compañeros, y me quedé con las ganas de saber el título de aquel libro que ahora descansaba lleno de arena en el fondo de una bolsa de playa… Sesenta años después de “Farenheit 451”, aquella  historia de ficción creada por  Ray Brardbury sobre la persecución a los lectores y a la lectura, y la consiguiente quema de libros por un cuerpo especial de bomberos - que había cambiado las mangueras de agua por los  lanzallamas- , todo parece hacerse más real. La realidad de hoy, ciertamente distinta y más compleja que la que imaginó Bradbury, va conduciendo en cambio hacia el mismo destino: la invisibilidad de la lectura, la de identificar a todo lector poco menos que  como un “bicho raro”, y por tanto poco de fiar. Al menos a todo lector que tenga un libro en papel entre sus manos, quizás uno electrónico amortigüe el recelo…durante un tiempo. Paradójicamente el año se llena de días dedicados al libro, lo que tirando de ese oráculo moderno cual es el refranero, podríamos etiquetar con aquel que reza  “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Y mientras, entre tanto San Jordi, Día Internacional del libro, de la Lectura, etc. - donde parece haber una amnistía temporal para los lectores-, los presupuestos de las administraciones menguan sus partidas para la compra de libros a las bibliotecas públicas (en Andalucía ese presupuesto ha quedado reducido a cero), al mismo tiempo que las Fiestas se convierten en la panacea a la que aferrarse por parte de esta sociedad confundida. Nada nuevo. Pero qué vamos a esperar si ya los romanos gritaban “panem et circenses” hace dos mil años. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO.

CLÁSICOS

-“Tenemos que llevarlos al médico” –le decía su mujer, mientras veían cómo sus hijos dormían plácidamente, ajenos a la inquietud de sus padres. A la madre ya le asomaban dos lágrimas como tronchos de lechuga (José Ángel dixit). –“Pero ¿a qué médico?” –le respondía su marido que no daba crédito a la escena que estaba viviendo o tal vez soñando, porque aquello más tenía de pesadilla que de realidad. Eran las tres y cuarto de la madrugada y su mujer lo había despertado con una pregunta sacada de lo más profundo de algún desequilibrio mental de origen quizá genético (algo había ya detectado en su suegra): -“Oye, Manuel, ¿tú sabes si los niños han leído El Lazarillo?” Velando embobados ahora su sueño, otras preocupaciones asaltaban a la mujer: ¿y El Quijote? ¿y la Eneida o la Odisea? ¿y el Poema de mío Cid? Cuanto más pensaba aquella frustrada madre, más tronchos de lechuga corrían por sus mejillas, mientras el padre, ya insomne, repasaba con la vista las estanterías de las habitaciones de sus hijos que estaban atestadas de libros infantiles y juveniles propios de su edad. Cuando volvieron a la cama, la conclusión de aquella mujer era toda una declaración de intenciones y como tal la entendió el marido, es decir, como una amenaza en toda regla: “¡mañana mismo empiezan con los clásicos!”. En cierta ocasión cité una frase de Rosa Montero, creo recordar, que venía a decir que los clásicos no son un punto de partida, sino una meta; y sin que sirva de precedente, estoy totalmente de acuerdo con esta opinión. En un mundo en que la lectura es una actividad en desprestigio y lamentable decadencia entre la clase estudiantil, sea de secundaria y hasta universitaria, que además tiene que hacerse un hueco a codazos entre el uso y, sobre todo, el abuso de las nuevas tecnologías, que algunos escolares lleguen a adquirir el hábito lector debe entenderse como todo un éxito que sin duda corresponde a sus profesores pero, sobre todo, a sus padres, porque con su ejemplo o su insistencia han logrado que sus hijos no solo no rechacen los libros, sino que se entretengan y disfruten con ellos. Pero en este largo y tortuoso camino, lleno de obstáculos, hay que ser muy cuidadosos con los lugares donde ponemos el pie y cuánto podemos forzar la marcha. Sin ser santo de nuestra devoción, no se le puede negar el mérito a la literatura juvenil, porque en sus variados géneros pueden encontrar los escolares el libro que los enganche definitivamente a la lectura, y a través de ésta seguro que terminarán tarde o temprano por llegar a los clásicos, como un libro lleva a otro hasta llegar a esa meta de la que nos hablaba Rosa Montero. Y a veces por forzar demasiado, por querer que lean lo que todavía no está al alcance ni de sus gustos, ni de sus inquietudes y menos aún de su conocimiento para llegar a disfrutarlos como se merecen, terminamos por convertirlos en desertores de la lectura. Cinco y media de la mañana. –“Manuel, ¿por cuál te parece que empecemos?”. –“Por La isla del tesoro. Todo un clásico.” José López Romero.

sábado, 24 de mayo de 2014

RENEGAR

Aunque hay cientos de novelas mejores o, al menos, más entretenidas, Aire de Dylan, de Vila-Matas, no deja de tener sus aspectos de interés, en concreto y para lo que aquí nos interesa ese “Archivo General del Fracaso” que está formando el protagonista, Vilnius Lancastre. Aprovechando una estancia en Los Ángeles, a Vilnius se le ocurre, para ir engrosando el cuanto menos curioso archivo, poner un anuncio en la prensa local (Los Ángeles Times) con el ofrecimiento de entrevistar a los cineastas de Hollywood que quisieran confesar las películas o fragmentos de ellas que desearían suprimir. Y ya se relamía el ingenuo Vilnius con las confesiones de Francis Ford Coppola, quien seguramente solo salvaría las dos primeras partes de El padrino, o con las de Martin Scorsese renegando de todas sus películas, a excepción de No Direction Home, excepción en la que hay que observar el interés de Vilnius por salvaguardar la imagen de Bob Dylan por su parecido con el famoso cantante. Y así pasaría por sus entrevistas-confesiones lo más granado del cine americano abjurando de todo. Sin embargo, la decepción es mayúscula cuando nadie responde al anuncio. Y es curioso que en muchas entrevistas a personajes famosos estas mismas preguntas aparezcan con frecuencia: ¿qué suprimiría usted de su labor profesional? ¿de qué está usted más arrepentido de haber hecho? Preguntas que recuerdo se les suele hacer a actores y actrices que tienen un “oscuro” pasado en el llamado “cine de caspa” nacional; y sin embargo, pocas veces o casi nunca se las he visto formular a escritores, será porque, como los directores de cine de Hollywood, no se arrepienten de nada de lo escrito o, seguramente, no quieran confesar sus páginas u obras más infames. Y si famoso fue el caso de Juan Ramón Jiménez persiguiendo obsesivamente los ejemplares de Ninfeas y Almas de violeta, sus dos primeros libros juveniles, no conocemos otro caso igual. ¿Y sus mejores obras? De ellas ya se encargan sus propios autores de publicitarlas. José López Romero.

LA BIOGRAFÍA INCONCLUSA

En 1995 publiqué una biografía de Manuel Esteve, bibliotecario y arqueólogo municipal. Se cumplía por entonces los veinte años de su fallecimiento. El libro sobre Esteve me trajo alegrías y sinsabores, pues si por una parte descubría la vida de un personaje que había sido clave para entender la vida cultural de la ciudad; por otro lado, la modesta edición y el no poder profundizar - por las propias características de la colección  meramente divulgativa- en un periodo clave en la biografía de Esteve como fueron los años cuarenta, dejaron lo que pudo ser un ambicioso proyecto  en poco más que  un estudio interesante. Desde entonces me quedé con  ese regusto de volver sobre el biografiado y ahondar sobre las peripecias de este personaje, en unos años tan convulsos para el país. Pero sobre todo me interesaba entender porqué  si cuando se inicia la postguerra nos encontramos a un Manuel Esteve, que pese a sus éxitos arqueológicos, es sobre todo conocido como el bibliotecario municipal,  una vez terminada esa década de hierro, se transforma en el  arqueólogo y sus iniciativas en torno al libro brillan por su ausencia en contraste con otras de las que fue abanderado y, todo hay que decirlo, menos comprometidas políticamente. Del periodo que abarcaría de 1931 a 1936, la arqueología apenas es para nuestro personaje una labor secundaria, aunque presta atención y tiempo a reorganizar la colección desordenada de objetos, parte de ellos depositados bajo las arcadas del edificio bibliotecario, y tramita con particulares la cesión o donación de piezas, aunque la idea de Museo Arqueológico en ese momento sea más una utopía. Pero mientras Esteve da sus primeros pasos profesionales en la Biblioteca, la conflictividad social va en aumento hasta llegar 1936. Entonces, en la  Hoyanca de San Telmo,  se levantó una gran pira con los libros procedentes de las asociaciones disueltas por las autoridades golpistas. Salvo los  libros que se consideraron educativos, el resto del material bibliográfico requisado los meses anteriores fueron pasto de las llamas. Era otro capítulo de la guerra cultural que solapadamente se había venido produciendo desde  incluso antes del estallido de la guerra civil. La casi inmediata creación de un batallón miliciano para el control de bibliotecas privadas, a la vez que las purgas de amigos y conocidos en el Ayuntamiento o los centros educativos y culturales como el maestro Teófilo Azabal, su compañero en el Instituto provincial Roma Rubí o el pintor Miciano, sin duda tuvieron en la práctica una visible influencia en la manera de conducirse el bibliotecario municipal a partir de ese momento, abriendo un periodo de sombras y dejando hasta hoy una biografía inconclusa.  RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 10 de mayo de 2014

EN MOTO

La reciente motorada, que hizo a muchos desempolvar las viejas máquinas escondidas en los trasteros y garajes para que pisaran el asfalto al menos una vez al año, a mí me impulsó a encaramarme por las estanterías de casa buscando algunos libros, que a lo largo de los años adquirí empujado por mi afición a la literatura viajera, y donde la moto disputaba protagonismo a su dueño. Estos viajes motorizados quizás no hayan desplazado del  imaginario popular a esos exploradores y aventureros a lomos de caballos o camellos como el mítico Thesiger que recorrió el Territorio vacío (desierto de Arabia), o aquellos que a bordo de carruajes destartalados atravesaban continentes a través de caminos infames. Sin embargo, unos pocos aventureros a bordo de sus motos lograron culminar viajes increíbles y lo que es mejor, y al fin al cabo nos interesa a los lectores, dejaron también para la posteridad unos relatos lo suficientemente intensos, como para que hayan quedado para la posteridad. Dos de estos hitos nos pueden servir como ejemplos de otros muchos viajes merecedores de una nueva mirada. El primero, y quizás uno de los más memorables, viene recogido en el libro Los viajes de Júpiter de Ted Simon, tal vez el mejor libro de viajes en moto jamás escrito y que nos devela la odisea  de recorrer el mundo en una  Triumph Tiger 500 entre 1973 y 1977. Publicada en 1979 su versión inglesa,   la primera edición castellana llegaría treinta años más tarde (Interfolio, 2009). El libro de Simon fue inspirador de una multitud de viajes motorizados, e hizo famosas –como a la Triumph “Júpiter”- a otras máquinas bautizadas con mayor o menor fortuna. Otro viaje memorable, aunque desde otra perspectiva, fue el de las dos BMW que llevaron a Ewan Mc Gregor y Charley Boorman por tres continentes en 2004. Viaje que algunos equivocadamente creen heredero del espíritu que impulsó el de Simon, y que si bien nos dejó como secuela una excepcional serie documental -The Long Way Round-  no podemos decir lo mismo de los libros que se editaron aprovechando el impacto de la mencionada serie. Ramón Clavijo Provencio



MEMORIA

Los recuerdos que más indeleblemente se graban en nuestra memoria, y que esta conserva de forma más nítida, son sin duda los vividos en aquellos años que van de la infancia a la adolescencia y de esta a la juventud; es decir, esa etapa en la que vamos cambiando la inocencia del niño por las inquietudes de la pubertad, en las que tanto tienen que ver las hormonas en plena ebullición. Y con estos recuerdos, indisolubles también corren los de nuestros maestros y profesores y, con ellos, los libros que nos hicieron tanto sufrir o divertirnos tanto. Entre mis recuerdos de niño o púber goza de un puesto de privilegio aquella Enciclopedia Álvarez, hasta el punto de que cuando hace unos años se publicó una reedición, seguramente para nostálgicos, no dudé en adquirir un ejemplar. En el interior del original, es decir, de aquel ejemplar de la Enciclopedia que manejé de niño, mi señorita había puesto mi nombre con una L de López, que reconozco en la que yo ahora hago. Y con la famosa “Álvarez”, los cuadernos Rubio de cuentas y de caligrafía, y un poco más mayorcitos los no menos célebres y torturadores Miranda Podadera. Y así como hice con la Enciclopedia Álvarez, en cuanto se volvieron a editar, adquirí el de ortografía y el de redacción que precisamente me acompañan, junto con el ejemplar de la Enciclopedia, cuando esto escribo. Aún recuerdo los dictados del demonio de aquel Miranda Podadera, que con el afán de practicar unas determinadas grafías eran ininteligibles o, al menos eso nos parecían en aquellos sin duda maravillosos años. Hoy, la historia se escribe de muy distinta manera. Y no porque las nuevas tecnologías, los manuales digitales estén desbancando o estén en serio proceso de sustitución del libro en papel; porque esto no deja de ser un asunto de formatos. No me refiero a eso. El problema, el más grave, está en que historia se escriba sin h-, o desbancando con –v- porque ni siquiera se sabe su significado. Llevamos años, demasiados, en los que en las escuelas se ha desatendido la ortografía, y ahora nos damos cuenta de que una falta de ortografía más que un error lingüístico es una falta de urbanidad y respeto hacia nuestro lector; y llevamos los mismos demasiados años desatendiendo la redacción y, así, es imposible que nuestros escolares puedan superar una mínima prueba, la más básica, de cualquier materia. Hace unas semanas volvía a la actualidad el fracaso de nuestros estudiantes y se echaban las culpas sobre todo a una metodología obsoleta, anticuada basada fundamentalmente en lo memorístico. No le falta razón al informe. Porque si a las aulas volviesen la  Enciclopedia Álvarez con esa combinación perfecta de nociones o conocimientos básicos, ejercicios prácticos, lecturas y ejercicios de comprensión, pero también su parte memorística, y los Miranda Podadera con sus endemoniados dictados y su curso de redacción, no me cabe ninguna duda de que otros serían los resultados de nuestros escolares y otra la historia, o quizá la misma que yo viví y ahora disfruto con su recuerdo. José López Romero.

domingo, 27 de abril de 2014

ACTITUD

“-Esa es la actitud” – decía mi hijo mientras tecleaba un wasap con destino a no sé quién; prueba contundente e irrefutable  que desactiva la leyenda negra de que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez. La verdad es que el comentario fue la única intervención de la conversación familiar que  manteníamos su madre y yo, a cuenta de una idea que se me ocurrió sobre la marcha con el único fin de romper el silencio conyugal: “-lo mismo Ramón y yo hacemos otra novela y la presentamos a un premio. Uno de esos que dan los amigos del gremio”.  “-¿Pero no decíais los dos que queríais engrosar la lista de escritores con el síndrome Bartleby, que tan bien analiza Vila-Matas en su libro Bartleby y compañía?, me reprochaba mi mujer. “- Sí – le reconocía yo- Pero unos miles de euros no vienen nunca mal”. Y entonces soltó mi hijo sin levantar la cerviz del móvil “-esa es la actitud”, pensando más bien en el más que improbable dinerito por ganar, que en darme ánimos creadores. Y todo porque el otro día me encontré con un antiguo compañero que, según me confesó, se ganaba un suplemento económico haciendo de jurado en distintos certámenes literarios. Llevaba ya unos diez años prejubilándose y eso, junto con las amistades que había sabido conservar en ciertos círculos literarios, le permitía ser miembro de premios a los que acudía gustoso no solo por el dinero, sino también por la siempre atractiva frase “gastos pagados”.  Escritores de cierto prestigio -seguía con su confesión- no tenían escrúpulo alguno en que apareciera su nombre entre los miembros de un jurado a cambio de una cantidad según caché.  Y así ya puede explicarse –le comentaba yo- la composición de ciertos jurados y la concesión de ciertos premios. “¿Pero tú has leído la primera novela? –le pregunté a mi hijo”. “Pues claro, pá. ¿No te acuerdas que me la tuve que leer a cambio de que me levantaras el castigo sin salir un fin de semana?”. “-¡Esa es la actitud, hijo!.” José López Romero.