miércoles, 26 de diciembre de 2012

FELICES NUEVAS LECTURAS (y dos breves reseñas)

La marca del meridiano. Lorenzo Silva, Planeta, 2012.
 Excelentes libros de viajes, novelas de trasfondo histórico, alguna incluso orientada al público juvenil van dibujando la trayectoria de este escritor. Autor comprometido, se manifiesta especialmente reivindicativo cuando toma como objeto de atención el norte de Marruecos, paisajes y hechos históricos tan vinculados a nuestro país pero que incomprensiblemente parecen tan lejanos. De todas formas fueron  Bevilacqua y Chamorro,  afortunada pareja de ficción creada por Silva, la que lo colocó dentro del panorama literario español, y lo hizo a lo grande  con aquel merecido Nadal para su “Alquimista impaciente”, donde empezamos a engancharnos con las historias de esos dos abnegados y melancólicos guardias civiles. Ahora  el Planeta es justo premio a una nueva aventura de Vila y Chamorro, muy pegada a la actualidad  que nos golpea y donde el asesinato de un viejo compañero del brigada protagonista es el detonante de la acción. R.C.P.
Grandes esperanzas, Charles Dickens, ilustrada por Ángel Mateo Charris. Circulo, 2012
Cuando el año del  aniversario del gran escritor inglés se acerca hacía su final, nos ha parecido oportuno traer a esta sección uno de sus libros, pero en esta ocasión no para recomendarles que lean –que también- las peripecias de su protagonista Philip Pirrip sino para que admiren la magnifica edición que Circulo/Galaxia Gutenberg ha presentado de la mencionada obra, sobre todo por las ilustraciones del excelente pintor Ángel Mateo Charris. Es curioso que este libro de Dickens, en su primera edición, fuera el único que originalmente fue publicado sin ilustraciones, por lo que las referencias de Charrris eran pocas sobre lo que el autor hubiera deseado. Pero la labor de creación del artista enriquece, más que acompaña, el libro que se convierte en  objeto de deseo. Charris ya ha tenido otras afortunadas incursiones en el campo de la edición ilustrando “En el corazón de las tinieblas”, o la maravillosa portada de un libro de Lorenzo Silva “La estrategia del agua”. R.C.P. 

sábado, 15 de diciembre de 2012

NOTICIAS Y LECTORES


De la cascada de noticias que nos inunda una semana más nuestra mente, “esa mente maravillosa” que diría Punset, selecciona las que finalmente nos provocarán más o menos emociones y dejarán una mayor o menor huella en nuestra memoria. Es paradójico que se hable continuamente, sobre todo en los últimos tiempos, de la desafección por la lectura,  pero ¿de qué lecturas hablamos? Sí, es cierto que para sobrevivir en esta jungla del asfalto  -ahora me ha entrado la vena cinematográfica- necesitamos información puntual, esa que nos llega a través de la prensa convencional o digital, pero no lo es menos  que esa misma información  en muchas ocasiones nos conduce  a una más y pausada lectura sobre temas apenas señalados por la información diaria. Volviendo a estos últimos días han sido ellos especialmente ricos en noticias de cierto calado, unas relacionadas con la marcha definitiva de personajes que ocupan nuestro imaginario sentimental como Tony Leblanc, pero también otras que nos sumen en la  expectación o la inquietud, según se mire, como la del próximo anuncio por parte de la NASA de unas supuesta noticia extraída de la información que envía el Curiosity, que “probablemente, cambiará el curso de la historia”. Noticias culturales de importancia para una ciudad como Jerez, no sobrada de buenas noticias, como la reapertura del Museo Arqueológico o a nivel nacional las elecciones catalanas que seguramente abrirán un antes y un después  en la todavía corta historia del llamado Estado de las autonomías. Estas noticias pasarán como relampagueantes flashes ante muchos lectores, pero otros muchos saltarán de las gruesas cabeceras a la letra pequeña y no pocos desde ahí sentirán curiosidad por indagar algo más de esta u otra noticia que les trajo la semana. El otro día leía una breve información sobre esos lectores, apenas recogidos en las estadísticas, cuyas lecturas vienen determinadas por la información diaria. Lectores impulsivos, poco constantes, anárquicos y  que no se mantienen al tanto de las novedades editoriales, de lo nuevo de Javier Marías, Philip Roth o Pérez Reverte (que por cierto ya está haciendo su particular “agosto” con su nueva novela),   pero al fin y al cabo lectores. Lectores que ahora quizás estén leyendo la biografía de Leblanc, que es tanto como la historia del cine español contemporáneo, lectores que en alguna librería pregunten por los orígenes del Museo de Jerez y quizás por alguna historia de la ciudad. En fin, lectores que ahora mismo busquen lecturas sobre el mal llamado planeta rojo, y así prepararse para esa noticia “que cambiará el curso de la historia”. ¿Por qué será que este último titular me suena?  (Imagen: La mesa de Lectura. Carlos Quintana) RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

LOS MEJORES


“Solo los mejores se casan”, más o menos literalmente, vino a decir una exuberante y sofisticada joven en una película que estaba viendo al ladito mismo de mi mujer. De inmediato, en mi mirada observó ella la satisfacción que aquella frase me había producido viniendo además de quién venía; pero de la misma manera y sin darme apenas tiempo para el regodeo, me espetó, con los ojos inyectados en ese desprecio con que solo las mujeres miran con todo su cariño a los maridos, “¿No te habrás dado por aludido? Y en cualquier caso, es solo una película, pura ficción.” Para terminar apuntillando: “Mentira”. Como pueden comprobar, el matrimonio está lleno de momentos conmovedores. Ficción, mentira… hasta las películas y las novelas que están, como dicen siempre al principio, “basada en hechos reales”, adolecen de una buena dosis de imaginación de guionistas o escritores que llegan a manipular de tal forma la realidad que más que “basada en hechos reales”, debería anteponer el aviso contrario: “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”. Cada vez que leo una novela histórica, siento curiosidad por saber cuánto de verdad histórica y cuánto de mentira encierran sus páginas, cuánto es debido a la investigación del autor y cuánto a su imaginación; y hasta en mi obsesión por ello llegué a rastrear la huella de uno de los personajes de la gran ‘Bomarzo’, el duque Pedro Luis Farnesio, a quien he dedicado más de un desvelo. El otro día, sin más lejos, comentaba con un gran lector la sensación de crónica que dejaba la lectura de “La fiesta del chivo”, obra en la que se mezclan, como en ‘Bomarzo’, personajes ficticios e históricos, pero ¿en qué proporción? Esperemos que Vargas Llosa algún día nos lo aclare, porque como novela –excelente por cierto-, no crónica, se incluye en la ya prolífica obra del escritor hispano-peruano. Cuando se sosegaron los ánimos, se me ocurrió murmurar: “quizá la muchacha quiso decir en vez de los “mejores” los “valientes”. Provocador que es uno. José López Romero.


viernes, 7 de diciembre de 2012

EL ANTICRISTO


Como ya hiciera con los opúsculos ‘A los jóvenes’ y ‘Exhortación a un hijo espiritual’, obras de Basilio de Cesarea, Francisco Antonio García Romero acaba de publicar, en la misma colección Biblioteca de Patrística (editorial Ciudad Nueva), una edición de la obra de Hipólito ‘El anticristo’. La misma calidad y el mismo rigor en el tratamiento del texto y en el estudio previo en torno a la figura e identidad de este Hipólito (de origen oriental que fue obispo, aunque se desconoce aún de qué lugar), así como en el análisis de las claves de esta obra cuyo interés radica en el mito bíblico del anticristo, son virtudes o valores que nos presenta este nuevo trabajo de edición e investigación de Francisco Antonio, cuya solvencia en el manejo de estos textos está más que demostrada. Dos trabajos ya publicados en la misma colección con el denominador común del rigor filológico y, sin embargo, tan distintos en la temática que nos plantean. Las luces que iluminan los bellos y prácticos consejos de Basilio de Cesarea, contrastan con la oscuridad que envuelve la imagen del “Antimesías”, del “abominable desolador” o también llamado “abominación de la desolación”. “El Anticristo personifica en el cristianismo a esa figura antagonista de la divinidad, que aparece de diferentes maneras en diversas culturas y épocas distintas, aunque especialmente en el mundo judío”, nos dice Francisco Antonio antes de señalar las distintas formas de representación de esta figura, que tiene su base textual en diversos pasajes de la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento y en el ‘Apocalipsis’, y en menor medida en el Nuevo Testamento, pero que vuelve a aparecer con fuerza en los textos cristianos a partir de la segunda mitad del siglo II. Todas estas referencias se encuentran en la edición, ya sea en la introducción, ya en el propio texto de Hipólito, quien en su obra repasa las fuentes bíblicas que anuncian la venida del anticristo. Una figura que tendrá a finales del siglo XIX su versión filosófica tan conocida como polémica, a cargo del gran Friedrich Nietzsche, que veía en el propio cristianismo y en la Iglesia a los verdaderos anticristos. Después de la adjudicación o identificación del emperador Nerón con tal figura, de lo que se hicieron eco Tácito y Suetonio, a lo largo de épocas, civilizaciones y religiones todos hemos tenido y seguimos teniendo nuestros anticristos, ya sean generales, oficiales o particulares. Una vuelta en este sentido por Internet nos resultará muy aleccionadora no solo por las imágenes que representan al anticristo, sino por la diversidad de personajes que se han tomado como representación del “abominable desolador”, según creencias y, sobre todo, posiciones o criterios políticos. Y yo en esto tengo también mis anticristos, pero hoy me los callo. ‘El Anticristo’ de Hipólito, con introducción, traducción y notas de Francisco Antonio García Romero, se presentará el día 13, las 19’00 en la Biblioteca Municipal Central. José López Romero.

CABALLERO DE JEREZ


A pesar de que nada más concedérsele el Premio Cervantes a José Manuel Caballero Bonald todos los medios de comunicación se aprestaron a sacar reportajes y monográficos sobre su vida y su obra (ver Diario de Jerez, del pasado 30 de noviembre), en esta página dedicada a la literatura no queremos ser menos y así dedicarle nuestro modesto homenaje a quien con su nombre ha limpiado un poco la imagen de nuestra ciudad, que tanta falta le hacía. Más de un escritor amigo o investigador ha visto en la concesión del premio no solo un reconocimiento a la obra literaria de Caballero Bonald, sino también, aunque en una mínima proporción, un acto de desagravio por aquel lamentable y desagradable incidente de la Academia, institución que nunca debió permitirse el lujo de prescindir de un escritor que, si por algo se caracteriza, es por el cuidado hasta la obsesión por el lenguaje, por la palabra precisa y poética, rasgo que se observa tanto en la poesía como en la narrativa. Y nada mejor que dedicar este pequeño homenaje a acercar al lector su obra. En las dos reseñas incluidas en esta página, se recogen una excelente muestra de su poesía con la antología ‘Summa Vitae’ y la novela ‘Dos días de setiembre’, ejemplos modélicos de su labor literaria, a la que habría que añadir sus trabajos como estudioso del flamenco, que siguen siendo referencia obligada para los investigadores. Pero en estas breves notas queremos destacar, por un lado, de la amplia bibliografía que se ha dedicado a su obra, el trabajo ‘El universo narrativo de Caballero Bonald’ de Juan José Yborra Aznar (Diputación de Cádiz, 1998) y el cuaderno monográfico que le dedicó la revista ‘Trivium’ en su nº 9 de 1997; y por otro, la labor que desde sus inicios está haciendo la Fundación Caballero Bonald en pro de la difusión de la obra de nuestro Premio Cervantes. Porque en esto de la literatura ya se sabe que no es suficiente ser bueno, muy bueno en el caso de C.B., sino también hay que darse a conocer. José López Romero.

sábado, 24 de noviembre de 2012

EL CHICO DE LA ESTRELLA


Cuando cayó en mis manos el último poemario de José Lupiáñez titulado ‘La edad ligera’ (además, tuve la enorme satisfacción de presentarlo en la Escuela de Hostelería de Jerez), después de la lectura atenta llegué a la conclusión de que el cambio que ya había anunciado la poesía de Pepe Lupiáñez en sus libros anteriores, llegaba a su consolidación y expresión última en aquellos poemas. El juvenil ‘Ladrón de fuego’ había dejado paso a la madurez nostálgica de un poeta que prefería el intimismo, la experiencia personal, la evocación de paisajes soñados y vividos para expresar unos sentimientos que miraban más hacia el pasado interior que a un futuro lleno de incertidumbres. Hace unos días mi encuentro con el primer libro de relatos de Lupiáñez, ‘El chico de la estrella’, y después de su lectura, de los seis cuentos de que consta el volumen, la conclusión a la que llegué con su poesía, la he confirmado y certificado en su prosa. El denominador común que les da la unidad intrínseca no es otro que la nostalgia, esta vez de una infancia y una adolescencia, en las que todos los que las vivimos, las sufrimos y hasta las disfrutamos en aquellos duros pero emotivos años 60 nos vemos reflejados. Porque hay mucho de autobiográfico en los relatos de Pepe Lupiáñez, muchos recuerdos con los que nos identificamos y en los que reconocemos un tiempo en el que fuimos niños a pesar de las circunstancias. ¿Quién no se verá en el espejo de la vida escolar que nos retrata en ‘Don Siro’ con su tinta a granel, su goma Milán y la ceremonia de forrar los libros al inicio de cada curso?  ¿Quién no reconocerá a alguno de sus mejores amigos de  pandilla en los personajes de ‘El chico de la estrella’, o incluso el barrio del Carmen en su propio barrio? ¿O quién no recordará su primer amor en la niña de ‘El secreto’ o la imagen idealizada y siempre imposible de Nuri en el relato que le da título al libro? Relatos intimistas y festivos como ‘El milagro de los peces’, esperanzadores y llenos de futuro como ‘Regina y el vértigo de la eternidad’, que contrastan con la dureza áspera e inhumana, pero tan real, de ‘El imperio de César’. Relatos en los que Lupiáñez ha sabido, y esto es uno de los valores más llamativos del libro, imprimir el estilo justo a cada escena. La maestría de un escritor se manifiesta precisamente en esto: en adecuar el estilo a la situación narrativa: pausado cuando de evocar la infancia se trata, más ligero cuando los acontecimientos alcanzan un cierto dramatismo, y pocas veces trepidante, porque el estilo de Lupiáñez se remansa, no suele acelerarse, se recrea en la nostalgia de lo vivido a través de la mirada poética que nunca le abandona: el adjetivo preciso y brillante, las metáforas elegantes, y hasta las sensaciones, sobre todo los olores que se respiran, tan familiares algunos, en todos los relatos. Y como elegante es todo el libro para rememorar un tiempo con el que me he reencontrado gracias a Pepe Lupiáñez. ‘El chico de la estrella’, Port-Royal, Granada, 2012. José López Romero

EL BICENTENARIO: EPÍLOGO BIBLIOGRÁFICO


La semana ha estado marcada en nuestra provincia por los actos centrales de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de 1812. No sólo Cádiz ha sido protagonista de ellos, también algunas ciudades de la provincia, principalmente Jerez, han sido marco para algunos de sus actos. Pero ciñéndonos a lo que bibliográficamente hablando ha significado el bicentenario, diremos a modo de advertencia que sería imposible abarcar la infinidad de publicaciones que desde hace unos años han fructificado al cobijo de su sombra. En la provincia de Cádiz concretamente en el año 2009 se presentaba el primero de una serie de Congresos sobre lo que aquellos hechos habían significado en la historia local, y que bajo el lema De la Invasión y la guerra a la Constitución,  era dirigido por los profesores Alberto Ramos Santana y Diego Caro Cancela. Finalmente la tan traída crisis  solo permitió la celebración de dos de los cuatro previstos, y nos dejó una interesante monografía que recoge las actas del primero de ellos (Invasión y Guerra: mayo 1808-febrero 1810). También  destacar el excelente ‘La verdadera historia del asedio napoleónico de Cádiz’ del profesor de la Universidad de Sevilla Manuel Moreno Alonso, editada por Silex. En nuestra ciudad una de  las propuestas más interesantes fue la auspiciada por el Centro de Estudios Históricos Jerezanos y el Centro de Profesores de Jerez, que dedicaron las XXV Jornadas de Historia de Jerez a este tema, desfilando por la sede donde se celebró historiadores tan relevantes como el ya nombrado Diego Caro, Fernando Durán López, Juan Luis Sánchez o incluso el novelista  Jesús Maeso, estando pendiente de publicar sus actas. Hablando de literatura también el “12” ha sido inspirador de algunas novelas, pero especialmente dos han tenido el beneplácito de los lectores. ‘En una tierra libre’, una muy entretenida novela del ya mencionado Jesús Maeso y ‘El asedio’, la incursión de Arturo Pérez Reverte en el Cádiz sitiado. Aquí la excusa de unos extraños asesinatos sirve para hacernos pasear por una ciudad retratada con gran acierto, fruto de una ardua labor de documentación, quizás lo único realmente reseñable de  este libro, lo que no es poco. Ramón Clavijo Provencio 

sábado, 17 de noviembre de 2012

MICIANO Y EL MISTERIOSO MANUSCRITO


A veces la sorpresa se encuentra agazapada en los lugares más insospechados. Me encontraba en el húmedo sótano de aquella vieja casa ya abandonada hacía años, y que un apreciado amigo había recibido en herencia familiar. En aquel sitio el paso de los años había  ido acumulando un número incontable de objetos, también una pequeña biblioteca. En unas viejas y  desvencijadas estanterías se acumulaban  libros hundidos bajo el polvo, y ése era el motivo de mi estancia en el sótano: me habían pedido el favor de separar el “polvo de la paja”,  en definitiva  dar mi opinión  sobre si en aquella anárquica biblioteca había algo de valor que mereciera ser rescatado. Sería tedioso darles cuenta de mis idas y venidas de aquel sótano a lo largo de las semanas siguientes, tampoco sería oportuno describir los materiales con los que fui topándome. Pero entre las sorpresas agradables (más de una) sin duda estuvo el comprobar que la mayoría de los libros que allí permanecían abandonados eran infantiles. Cuentos, libros de aventuras, de misterio, o de  hadas y duendes…una biblioteca infantil con curiosísimas ediciones tal como debió de ser una biblioteca para jóvenes  en las primeras décadas del siglo pasado. Pero mi mayor sorpresa fue el encontrar solapado entre los libros de uno de los estantes un cuaderno de tapas duras. El manuscrito anónimo de caligrafía depurada parecía escrito por un alter ego que años atrás, ignoro cuántos, había estado visitando  aquel sótano y trasteando en  aquella biblioteca infantil…”Mi interés inicial se centró en aquella que parecía abandonada biblioteca infantil. Aquellos libros muchos de ellos de coloreadas ilustraciones e historias maravillosas, parecían que ya no interesarán a nadie y hubieran sido condenados al ostracismo… Pregunté al  amigo y  propietario si identificaba de quién podía haber sido aquel manuscrito, pero su confusión y sorpresa fue tanta como la mía. Seguí acercándome en mi tiempo libre al sótano de aquella casa, y seguí recopilando datos de la biblioteca abandonada. Pero  a veces me daba un respiro, y entonces volvía a las páginas  del manuscrito misterioso y leía unas páginas que parecían ir describiendo lo que yo acababa de hacer apenas unos instantes, sólo que aquella era una crónica de décadas antes…” reparé entonces en un libro cuyo  lomo de azul cielo sobresalía sobre los demás libros de aquel anaquel. Pasaron entonces  ante mi decenas de páginas casi todas ilustradas con magníficos dibujos firmados por Miciano.  El jerezano Teodoro Miciano brillante pintor y grabador, al parecer también  se dedicaba a la ilustración de libros infantiles, algo que ignoraba hasta este momento. Un motivo más para que todos estos libros sean librados de su penoso letargo…” Dejé el manuscrito y  volví a la tarea. En ese momento me llamó la atención un libro cuyo  lomo  azul cielo sobresalía sobre los demás libros de aquel anaquel…RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

MARIDAJE


Después de una sesión de degustación de lo que ahora se ha dado en llamar maridaje, aquel grupo de cursis y noveleros decidió en el fragor de las copas hacerse pueblo por unas horas y desplazarse a un tabanco cercano a seguir su “vía crucis en honor a Baco”, como gustaba decir a uno de ellos que, aunque católico practicante, se permitía estas licencias irreverentes. Y después de que el dueño del local les pusiera por delante la botella de mosto y los vasos correspondientes, poco menos que les lanzó un platillo de altramuces y con socarronería les dijo: “es el maridaje tradicional; tenemos la variante de las almendras, pero no están de temporada”. Yo que me crié entre guisos, en los que predominaba la patata acompañada de lo que había sobrado de un día para otro, y entre legumbres, con la permanente amenaza de que lo que no me comía hoy, lo tenía mañana, no llego a entender estas novedades gastronómicas de maridajes y libros en los restaurantes, iniciativa de la que se hacía eco mi compañero y amigo Ramón en esta misma página la pasada semana. Aunque, ¡claro!, mientras lean los niños y dejen en paz a los padres, cualquier invento se agradece. No sé quién dijo que no soportaba a un fumador a su mesa, pero prefería cuatro fumadores a un solo niño. Pero no se crean que me cierro en banda a novedades, todo lo contrario. Ya me imagino una degustación de almejas con un buen fragmento de un texto de la Sonrisa Vertical; o una excelente copa de amontillado leyendo los brillantes alejandrinos de Rubén Darío; por no decir de un buen oloroso con una tragedia de Calderón o la exquisita prosa de Juan Valera. “Luces de bohemia” solo se puede leer con una generosa copa de aguardiente. “SuperLópez -mi mujer, que sigue con la guasa- ¿qué vino le echo al guiso de arroz con gambas?”. “Si lo has hecho tú, aquí van unas páginas del “Código Da Vinci” y un artículo de Lucía Echeverría”. La bromita me va a costar cara. Lo sé. José López Romero. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

OTRAS TRES COSAS

Oswaldo Guayasamín

Que el número tres es uno de los grandes números de la historia de la humanidad, lo atestigua la enorme cantidad de elementos que en torno a este número se distribuyen y agrupan, por poner un ejemplo, léase la cita “somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres…. Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad”, del aquel hermoso cuento de Borges titulado “El espejo y la máscara”; o como hace unas semanas comentábamos las tres cosas que ningún joven inglés del siglo XIX era capaz de hacer al criterio del Dr. Gylmore, personaje de “La dama de blanco” del novelista Wilkie Collins; y así también el más grande de nuestros escritores, D. Miguel de Cervantes, en “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” (el “Persiles”, para el común), novela que, al igual que Collins con Dickens, ha quedado inmerecidamente oscurecida en la producción de Cervantes por el “Quijote” y por las “Novelas Ejemplares”, nos plantea asimismo una afirmación basada en el número tres: “Por tres cosas es lícito que llore el varón prudente: la una, por haber pecado; la segunda, por alcanzar perdón dél; la tercera, por estar celoso; las demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave”. No nos debe resultar extraño que en una sociedad y en una época en las que el llanto de un hombre no era precisamente lo más frecuente ni lo mejor visto (sin duda herencia de nuestro ser español es la frase “los hombres no lloran”, que inculcamos a nuestros hijos), Cervantes restrinja las lágrimas varoniles a tres sucesos y siempre con la condición expresa y previa de la prudencia. Tres situaciones que, a pesar de las fuentecillas de sabiduría que manan de las páginas del “Persiles”, no son lamentablemente en la sociedad actual y en los tiempos que corren ni de rabiosa actualidad ni lo más visto. Ya no se llora por pecar, porque hemos perdido el sentido y el carácter trascendente del pecado, y menos aún lloramos por pedir perdón por los errores cometidos, sencillamente porque nos cuesta mucho reconocer que hemos errado. Y por celos nunca lloraría un hombre prudente, porque de imprudentes e impertinentes es tenerlos, como nos enseñó el propio Cervantes en su novelita “El curioso impertinente”, engastada en la primera parte de la vida de su gran hidalgo, o más claramente en “El celoso extremeño”, una de sus mejores novelas ejemplares. “Las demás lágrimas no dicen bien en un rostro grave”, termina en sentencia la frase del “Persiles”; la gravedad y la prudencia son virtudes que deben adornar a un hombre de bien, ése que es capaz de llorar por sus pecados y de la misma manera por pedir perdón por ellos. Pero está visto que o se nos metió tan adentro, hasta la  masa de la sangre la frase de que “los hombres no lloran”, o los que deben llorar están muy lejos de ser prudentes y graves. A veces unas cuantas lágrimas nos harían bien a todos, aunque solo sean por higiene moral. José López Romero.

PARA LEER


Al noroeste del estado de Nueva York  en el entorno boscoso de las montañas de Catskill, se levanta la residencia de un erudito japonés que ha encargado a un afamado estudio de arquitectos la ampliación de la misma. La cosa no tendría mayor relevancia ni hubiera atraído nuestra atención, si no fuera porque la mencionada ampliación consistirá en  levantar  un pequeño edificio separado del resto de la propiedad destinado exclusivamente a la lectura. Hace décadas, cuando cualquier familia pudiente reservaba en su casa una estancia para la biblioteca, esto no sería noticia,  pero hoy cuando precisamente se produce el fenómeno contrario y  los libros en papel van desapareciendo visualmente de muchos domicilios (o nunca los tuvieron), esta noticia nos reconforta y dice mucho de la importancia que la lectura tiene para muchos, hasta el punto de que proyectan reservarle un hueco en su  entorno más privado, como antaño. Pero la cosa no queda aquí, en el municipio catalán de Cardona se está llevando a cabo una iniciativa cuando menos pintoresca: ofrecer a los comensales de algunos de los restaurantes de la localidad libros para la sobremesa. Hasta ahora conocíamos librerías cafeterías,  hoteles con su pequeña biblioteca, incluso pubs con su pequeño rincón de libros. Iniciativas curiosas algunas con más éxito que otras. Pero al parecer la experiencia de Cardona excede con mucho las mejores previsiones y  está siendo todo un éxito, sobre todo en cuanto a los niños. Y es que los lotes de libros son mayoritariamente infantiles por lo que a la  sobremesa, mientras los padres saborean el café y la copa y charlan relajadamente, los niños leen. Entusiasmado por la experiencia está Joan Antoni Albacete que regenta uno de los restaurantes de la mencionada localidad: “en el restaurante esto ha sido una gran y positiva sorpresa. Los niños son grandes lectores de cuentos, y cuando se enfrascan en la lectura están tan calmados que parece no estuvieran”. ¡Quién lo diría! pero en Cardona al parecer la lectura está desplazando los videojuegos e incluso los castillos hinchables. Curioso. Ramón Clavijo Provencio. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

"EL LIRA"


No me gustan los que hablan sin decir nada. Ni los que escriben sin contar nada. Que son muchos. Y muchas.  No era el caso del Lira, don José Ramón Fernández Lira. Caminando por la Porvera, aún con un día espléndido, podemos vernos sorprendidos por unas repentinas gotas que nos mojan nuestra escueta cabellera. No es lluvia. Son las lágrimas de las catalpas, esos árboles centenarios que todavía aguardan ver pasar su espigada figura camino de la Escuela de Artes. Nadie les ha dicho que se fue, repentinamente, una soleada mañana de julio. Dos años hace ya. Y desde que se fue, Jerez quedó huérfana. Porque aunque nos dejó una fecunda y dilatada herencia, queríamos más, mucho más.  Era casi un chiquillo cuando le publicaron su primer cartel, el que anunciaba la Fiesta de la Vendimia de Jerez de 1954. Representa un venenciador que tiene ya todas las trazas del estilo del que fue su mentor, maestro y amigo. Desde que se conocieron en la imprenta donde ambos trabajaban, a principios de los años 50, Muñoz Cebrián y Fernández Lira se convirtieron en inseparables, colaborando profesionalmente hasta que el corazón del primero dejó de latir en el año 2001. Juntos estaban cuando dos hermanos lasalianos, Luciano Camilo y Juan Manuel, le buscaron en el taller para ofrecerle las clases de dibujo del recién creado quinto de bachillerato. Era el año 1958, y La Salle Buen Pastor se convirtió en su segunda casa hasta que pasó al estado jubiloso en el año 2000. Buen negocio para los Hermanos, que vieron decoradas las capillas de alumnos y de la Comunidad, amén de contar año tras año con el belén de corcho para conmemorar la Navidad. La actividad docente no terminaba ahí, pues desde 1974 fue titular de la asignatura Taller de Diseño de Interiores y Arquitectura Efímera, en la mencionada escuela de la Porvera. Graduado en Artes Aplicadas, su especialidad de decoración le permitió acometer reformas en la iglesia de los Remedios, en la Santísima Trinidad o en la Capilla del Cristo del Amor. En cuanto a su relación con los libros, ya que esto es una página dedicada a ellos, apuntemos que  colaboró en obras colectivas como “La Semana Santa de Jerez y sus cofradías” (1995) o “La Salle en Jerez: 125 años de testimonio y vida” (2007). Pero también firmó obras en solitario, como “Seis momentos de arte y cofradías” (1978) o “Sueños de Navidad” (2007), donde nos muestra todos los belenes que fabricara para el Buen Pastor desde 1977. Bibliófilo empedernido, reunió un Fondo variopinto de libros, revistas, diapositivas (su gran pasión fue la fotografía), carteles, dibujos, etc. Había conveniado con el Ayuntamiento que legaría todo ese material a la ciudad, que afortunadamente hoy ha pasado a ser responsabilidad de los bibliotecarios municipales. NATALIO BENITEZ RAGEL

SUPER-MEN


“Hola, superfather”, me recibe mi hija a porta gayola después de un día de duro trabajo. Pero no contento con esto, se cruza mi hijo y de refilón me espeta “¿qué pasa, super-pá?” (voz coloquial-filial). Solo faltaba mi mujer para que la guasita fuera ya completa, pero afortunadamente no se encontraba en casa. Y todo porque los dirigentes de una venerable y muy respetable (no sus mandamases) institución cultural jerezana habían decidido pasarme a la categoría de supermiembro (sin connotación alguna), junto con varios compañeros y amigos (por cierto, colaboradores de este Diario), los mismos que ahora hemos decidido llamarnos super-men, de ahí el título de este artículo, y hasta tenemos la intención de hacernos tarjetas de visita con esta nueva distinción. No sé si los amables lectores recuerdan la moda en el uso del prefijo super-, que aún se deja oír por ahí en las bocas de algún que otro u otra cursi de turno: “esto es super”, se oía con frecuencia no hace mucho  sin necesidad de añadirle adjetivo al prefijo porque ya éste mismo era suficientemente super-lativo para calificar la dimensión de la realidad que se quería destacar. Pero el super por excelencia, con permiso de los supermercados, es el gran héroe americano Superman, que incluso ha sido recientemente noticia, porque en la próxima entrega Clark Kent abandona su periódico de siempre, el Daily Planet. Un cómic, quizá el más famoso y célebre de cuantos se han dedicado a la elaboración de la figura de un héroe, y que tiene entre sus rendidos estudiosos al gran Umberto Eco, con un trabajo que incluyó en su libro “Apocalípticos e integrados”, libro imprescindible para todo aquel que quiera profundizar en la cultura de masas. “Hola, superLópez”, me saluda mi mujer. En la próxima asamblea de la ilustre institución, “irás con capa” (mi hijo), “y con los calzoncillos por fuera” (mi hija)… “y marcando” (mi mujer). ¡Ay, Dios, todo héroe tiene su kriptonita!”. José López Romero.

sábado, 27 de octubre de 2012

TRES COSAS


“Hay tres cosas que ninguno de los jóvenes de la presente generación son capaces de hacer: no pueden saborear el vino, no pueden jugar al whist y tampoco pueden decirle un piropo a una dama”, dice el honesto abogado Sr. Gilmore en relación al joven Walter Hartright, profesor de dibujo y rendido amante, aunque sin esperanzas, de la señorita Laura Fairlie, en la novela “La dama de blanco” del escritor inglés del siglo XIX Wilkie Collins, a quien la inmensidad literaria de un Charles Dickens quizá le haya restado el reconocimiento y la fama que su calidad sin duda merece. Prueba de ello es que precisamente “La dama de blanco” se publicó por primera vez por entregas en la revista “All the year round” que dirigía el propio Dickens, y donde éste también había publicado varias de sus obras también por entregas, entre ellas “Historia de dos ciudades”. Incluso los dos grandes escritores y sin embargo amigos llegaron a escribir algunos relatos al alimón que vieron la luz en la misma revista. “La dama de blanco”, como ejemplo de la producción de Collins, es una novela que al misterio de la trama se le une la sólida narración de las buenas novelas decimonónicas tan recomendables para todas las épocas del año. Háganme caso: una novela del XIX nunca defrauda al más exigente lector. Pero vayamos a la frase del Sr. Gilmore que dicha en pleno siglo XIX parece que no ha perdido vigencia pese a que más de un siglo la contemple. Si no saber o ser diestro en el whist, un juego de cartas a los que tan aficionados son los ingleses, es ya un defecto de la juventud a criterio del Sr. Gilmore, ¿qué decir de no saber requebrar a una señorita o de beber y saborear una copa de buen vino? En lo primero, siempre se nos viene a las mientes el exabrupto grosero a pie de obra al paso de una hermosa mujer; y sin embargo, en otro tiempo, tampoco tan lejano, el español gastaba fama de dominar el arte del piropo, de la elegancia y la sutileza de una frase que halagaba la vanidad femenina cuando a través de ella se destacaba su belleza. Pero en esto, como en tantas cosas, vivimos otros tiempos en los que no sabemos distinguir lo sutil y elegante de la mala educación, o hemos desarrollado para estos asuntos una susceptibilidad tan especial que cualquier piropo nos parece un insulto y, por tanto, motivo de denuncia. Y en cuanto a lo del vino, no hay más que darse una vuelta por los bares de nuestra ciudad, la ciudad del vino, para darse cuenta de que nuestra juventud no aprecia las bondades de un producto que por ser de la tierra nos deberíamos sentir orgullosos de él y hacer patria con su consumo. Somos capaces de ponernos las manos en la cabeza al ver a un joven beber una copa de buen oloroso, y sin embargo miramos para otro lado cuando se prepara una de esas combinaciones por las que un día le explotará el hígado. Enseñar a beber sigue siendo, no cabe duda, una de nuestras asignaturas pendientes. José López Romero.


BÚSQUEDA


Hace algunas semanas un familiar me pedía un favor. Me eché a temblar –uno no sabe lo que le pueden pedir en los tiempos que corren-, pero cuando lo escuche respiré primero aliviado y  luego sorprendido. Quería localizar un viejo libro que había leído en su adolescencia. “Una novelita de gánster, Ramón. No es que sea una obra maestra, pero me trae  recuerdos de lo bien que lo pasé leyéndola, y me gustaría localizar algún ejemplar”. Pensé, aunque no se lo dije, que nada vuelve a ser lo mismo, que el tiempo contamina nuestras emociones y quizás ahora aquella novela no le causaría la misma impresión que la que leyó hace años. Lo cierto es que  aquel ramalazo de nostalgia que atacaba a mi cuñado me asaltó también a mí, y esa epidemia emocional me puso la tarea de  recordar aquellos libros con los que tanto disfruté, cuando daba mis primeros pasos como lector,  y que pasaron al olvido por alguna razón para no volver a toparme con ellos. Y esa máquina increíble que es el cerebro rápidamente puso ante mis ojos el recuerdo de dos libros. A uno de ellos le faltaba la cubierta y lo había encontrado dentro de una caja llena de trastos viejos  de los que un vecino, que se trasladaba de edificio, trataba de desprenderse. Tampoco, como mi cuñado, recordaba el autor, pero sí el título, "El grumete". Del otro libro, uno de los primeros que no me regalaron sino que compré siendo adolescente,  sí me asaltaron más imágenes. Era una antología de relatos cortos editada  en aquella colección mítica de Bruguera “El libro Amigo”, allá por los setenta del pasado siglo. La nostalgia lo mete a uno, de  manera imprevista, en emocionantes aventuras. Hasta ahora he logrado dar –a través del portal en Internet de una librería argentina- con el último libro de los que he mencionado, pero no desfallezco en la búsqueda de los demás. Ramón Clavijo Provencio

domingo, 21 de octubre de 2012

CULTURA, LIBROS Y CRISIS


Una de las cosas que me niego a admitir es la prescindibilidad de la cultura en tiempos de crisis.  Sobre esto, que  es algo comúnmente aceptado  cuando las “vacas flacas” llegan,  no estaría de más recordar  aquello que  contestaba el poeta argentino Juan Gelman (premio Cervantes 2007), cuando le preguntaban sobre la utilidad de la poesía. Gelman, citando la frase de un filosofo chino, respondía  “todo el mundo  habla de la utilidad de lo útil, pero nadie habla de la utilidad de lo inútil”. En fin que no son tiempos propicios para la poesía, o para la cultura en general, parece claro pero que ésta es lo más prescindible en momentos de dificultad es un tópico como otro cualquiera, aunque éste ha calado tanto en la sociedad que hoy lo tenemos como una máxima intocable. En lo que respecta a esa parcela de la cultura que es la del libro,  que soporta no sólo la dureza de la crisis económica general (y el debate sobre lo prescindible),   sino la de su adaptación a los nuevos soportes tecnológicos –y a sus aún confusos canales de distribución-, creemos aún palpar la misma ilusión por la escritura y la lectura que en generaciones pasadas. Un ejemplo de ello lo tenemos en el relativo éxito, teniendo en cuenta las circunstancias, del que ha gozado un año más la  gran Feria europea del Libro, y que todos los años se celebra por estas fechas en la ciudad alemana de  Fráncfort. En ella incluso hemos tenido ejemplos de fe ciega en la imprescindibilidad de la escritura como ha sido el caso de Jesús Carrasco, que tras décadas de escritor en la sombra ahora,  ya con unos años a cuesta, observa escéptico como su primera novela “Intemperie”, y que  Seix-Barrall editará en enero en castellano, ha logrado vender los derechos a más de una docena de países. Y es que uno de los atractivos de este gran  escaparate del libro  –aparte de que se produzcan “milagros” como el de Jesús Carrasco-  es la posibilidad que tienen las editoriales de vender sus futuros productos –lo que está sucediendo con el afortunado camino de “Intemperie”-  además de presentar los ya editados. Otro dato interesante que se extrae de esta Feria que cerraba sus puertas en la mencionada ciudad alemana el pasado domingo, es que parece remitir la penetración del libro digital en el viejo continente. Europa no son los Estado Unidos de Norteamérica, y aquí parece, no sabemos aún si con la ayuda de la crisis o no,  que el libro en papel seguirá primando sobre el digital durante más tiempo del que, hace escasamente un año, se pensaba. Ramón Clavijo Provencio 

ENTERAO


“El enterao” lo llamaban en el barrio, con esa fina y atinada ironía que suelen utilizar los vecinos cuando de poner motes se trata. Y él sufría el apodo con ese puntito de desprecio hacia la plebe ignorante y asilvestrada, a la que miraba por encima del hombro. Y todo porque se consideraba un tío informado y con unas preocupaciones e inquietudes culturales que los demás no tenían. Se tomaba un café todas las mañanas en un bar cercano a su casa con el único fin de estudiarse, más que leerse, el diario y algún periódico deportivo (el mismo bar donde veía los partidos de fútbol de pago). De las páginas de la prensa local se fijaba con detalle en la agenda cultural para programar los actos a los que podría asistir: exposiciones, talleres, conferencias, a nada hacía ascos, y más cuando se apostillaba en la noticia que se serviría una copa de cortesía. Tampoco estaba ajeno al manejo de las nuevas tecnologías, y siempre que podía se pasaba por la biblioteca municipal para consultar la prensa nacional por Internet o la biografía de algún escritor, o noticias sobre algún tema de actualidad. Y de camino sacar algún libro de lectura, porque tampoco estaba de más aprovechar el servicio de préstamos de las bibliotecas públicas. Pero últimamente espaciaba cada vez más la lectura; él, que había sido un gran lector en su juventud, mataba ya en su madurez el gusanillo con los periódicos y con alguna que otra novela, pero ahora gustaba más de una cultura de oído: las conferencias (se las tragaba todas con la misma devoción con que se bebía la copita), los informativos en radio y televisión, los documentales y programas culturales…Y en un golpe de suerte, le había tocado el premio de ser uno de los cincuenta primeros lectores que iba a compartir con una autora de éxito el primer capítulo de su nueva novela. Seguro, se decía, que después nos darán algo de comer. Cuando se enteró “el enterao” de que a la cultura también le habían subido el IVA desde el 1 de septiembre, puso el mismo gesto de desprecio con que sufría su mote en aquel barrio de incultos. José López Romero.

viernes, 12 de octubre de 2012

UN PLACER Y SALUD


… Ya de vuelta. Un placer. Un curso más por delante que, por todas las señales del cielo y del infierno, no nos será propicio. Sin embargo, mi compañero Ramón y yo acometemos esta empresa con ilusión renovada y quedamos muy agradecidos a los lectores por acercarse cada semana a esta página para compartir con nosotros nuestro amor por los libros, por la Literatura (con mayúscula), y compartir también, los olores y los sabores agridulces de los libros. Nada nos debe ser ajeno y más en estos tiempos en que todo apoyo, toda colaboración, cualquier idea deben ser bienvenidos, si parten de la generosidad, la sabiduría y la experiencia. Y a veces la literatura nos servirá para alejarnos de una realidad que no nos gusta, pero muchas más veces debe servirnos para reflexionar sobre ella y comprometernos para mejorarla. Y en esto de la colaboración, de la idea brillante que puede si no mover al mundo, a nuestra sociedad, al menos zarandearla un poco, me topé hace unas semanas con la figura de Marc Vidal (no confundir con Nacho, aunque el contexto lo permita por lo del zarandeo). Marc Vidal es un joven autor de dos libros titulados “Crónica de una crisis anunciada” (manida adaptación del título de la novela de García Márquez), publicado en 2009, y el más reciente “Contra la cultura del subsidio”, que ya va por la tercera edición. En una entrevista reciente, la periodista calificaba a Marc Vidal como “emprendedor en serie, arruinado y superviviente” y destacaba que es “una de las personas más seguidas en España en tuiter”. Personalmente no me gustan y, por tanto, no tengo entre mis lecturas libros que tratan temas de tanta actualidad que terminan por convertirse en efímeros al poco de publicarse; ni siquiera aquellos cuyos autores nos merecen, por su prestigio en dichos temas, toda nuestra confianza. Como tampoco me atraen esos otros de autoayuda que proliferan en las tiendas y librerías, una especie de manual de instrucciones o prospecto de perogrullo ante cualquier problema de orden personal o laboral. Porque la lectura de los periódicos y estar bien informado a través de los distintos medios de comunicación es, a mi juicio, suficiente para hacernos reflexionar sobre la situación actual; y porque no hay nada como el apoyo de la familia y de los amigos para salir de cualquier atolladero. Pero la juventud de Marc Vidal y lo ya vivido me impulsan a concederle un punto más de credibilidad, porque no cabe duda de que durante demasiados años, y en especial en la última década, España ha sido y sigue siendo un país de subsidios, en el que los más listos (que son legión) sólo quieren su paguita a final de mes subsidiada por el Estado. ¿Trabajar? Hasta urticaria les entraba. No solo hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que hemos pensionado y seguimos pagando a más ciudadanos de los que nos corresponde; muchos en edad actualmente de trabajar en vez de pasear y tomar cervezas; otros, con enfermedades que no les impide desarrollar otras labores en otros puestos. Y en Andalucía… A la vista está. Mucha salud a todos, porque dinero… José López Romero.  

viernes, 5 de octubre de 2012

MANIAS DE LECTOR


De todos los asuntos que directamente tienen que ver con la lectura y los lectores, confieso que el  de las manías de estos últimos, es el que me resulta más desconocido. Pero ahora, quizás porque he empezado a observar con preocupación cómo yo mismo voy adquiriendo unos extraños tics lectores, es cuando esta trastienda de la lectura comienza a captar mi atención. Vagamente había leído o me habían contado historias relativas a destacados personajes, en los que el hecho de leer se convertía en una especie de rito extraño y cargado de simbolismo. ¿Quién no ha escuchado alguna vez que Hemingway en los últimos años de su vida en Cuba, no podía leer o escribir si no tenía a mano sus amuletos de la suerte: una castaña de Indias y una pata de conejo? O que Paul Valery tenía la costumbre de leer entre las cuatro y las siete de la mañana, pues consideraba esa fracción de tiempo “la más pura y profunda”.  Pues bien, últimamente me está obsesionando  el olor de los libros, sobre todo de aquellos que van envejeciendo en los estantes y cuyo papel se va tornando quebradizo y amarillento... Conozco a grandes “snifadores” de libros antiguos, atrapados y cautivados  por el olor de los mismos. En cambio a mí me va sucediendo el efecto contrario. Los libros siempre se han ido acumulando en mi biblioteca por  el interés y emociones que me provocaron, pero me temo que desde hace algún tiempo esto cuente poco y empiezo a considerar la posibilidad de ir desprendiéndome de aquellos libros que torturan mi olfato, y que al fin y al cabo  me impiden volver a releer las historias prendidas en sus páginas. Ya ha habido más de una ocasión que al guiarme hasta los estantes el olor,  fruto de la degradación de la celulosa, (no en cambio cuando me llega el aroma   de la lignina con su sutil olor a vainilla),  y he localizado ese libro ya casi olvidado que lo emitía, he sentido el impulso de desprenderme de él, aunque siempre al final  han llegado a su rescate los recuerdos atesorados entres sus tapas o los buenos momentos vividos con su lectura…hasta el momento. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

jueves, 23 de agosto de 2012

ALGUNAS LECTURAS PARA EL VERANO (2 )


Comentaba hace unos días con un buen amigo, y ante un par de  cervezas ( que todo hay que decirlo), la desaparición  de ese fenómeno que se llegó a llamar el  “libro del verano”, el best seller que todo el mundo compraba llegada las fechas veraniegas. De la misma manera que “la canción del verano” nos suena a algo típico y distintivo de los veranos de los años 70 y 80 en nuestro país, ahora está sucediendo algo parecido con los libros. (Bueno con los libros están sucediendo muchas cosas, pero de algunas de ellas ya hablaremos en otra ocasión). Y ya que no existe ese libro que destaque sobre los demás, en todo caso habría que mencionar a un buen ramillete de ellos,  como antaño sucedía, yo me he  dejado llevar por la propia intuición de lector avezado ( aparte de algunas recomendaciones bienintencionadas pero poco efectivas) para tener siempre cerca a lo largo de este verano  libros que merecieran la pena ser leídos, en definitiva mis libros de este verano. De todos los que han ido pasando por mis manos durante lo que llevamos de estío, algunos para quedarse, es decir para ser leídos,  y otros para ser  abandonados nada más iniciada su lectura, destacaría dos. Uno de ellos es una novedad editorial, que al parecer está teniendo un éxito inesperado, “En el jardín de las bestias” (Ariel). El otro es un viejo libro de viajes del gran escritor Paul Theroux, que leí hace dos décadas y que he vuelto a rescatar del fondo de la estantería. Y "las columnas de Hércules" (Punto de Lectura) me ha vuelto a cautivar:  Con respecto al primer libro diré que recoge las andanzas del que fuera embajador norteamericano en Berlín, William E. Dodd y su familia, durante los años de la ascensión de Hitler al poder, entre 1933/1937. Un libro brillante, que recuerda en muchos aspectos a aquel “La noche de los cuchillos largos “de Max Gallo, y que sustentado en una abundante y rigurosa documentación nos da una visión desconocida del Berlín de aquellos años. Curiosamente se publicita con el lema de ser un best seller en EE.UU. “La columnas de Hércules”, es uno de los mejores libros de viajes que he leído. Su autor se dedicó, partiendo de Gibraltar, a recorrer  las orillas de este mar : España, la costa azul francesa, Italia, Croacia, Estambul, Alejandría, para terminar  en Tánger. Buscando  caminos y lugares despreciados por el turismo tradicional,   nos da  una visión inédita de paisajes y formas de vida mil veces retratadas y que en este libro nos parecen totalmente distintas. Algo  sólo al alcance  de los grandes autores de literatura viajera. Sin duda han sido estos mis dos libros de este verano, y que no dudo en recomendarles ahora que el estío enfila su recta final. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

lunes, 9 de julio de 2012

ALGUNAS LECTURAS PARA EL VERANO ( I )




DE VIDAS AJENAS. Emmanuel Carrére. Anagrama, 2011

Me comentan algunos lectores,  que la mayor parte de las veces los libros que reseñamos se hacen laudatoriamente, que son pocos los que comentamos negativamente. Bueno, la verdad que en mi caso siempre es más agradable, y creo que útil, recomendar una lectura que me haya aportado algo, que perder el tiempo poniendo en solfa tal o cual libro. Créanme que esto último es lo más fácil, y libros, como entenderán, no faltan para ello. Lo difícil es encontrar libros como este que les traigo, que introduce rápidamente al lector en la historia, una historia real que termina golpeando nuestra conciencia. El inicio es tan impactante como lo puede ser contemplar  impotente  los estragos del tsunami que afecto la costa de Tailandia en 2004. El narrador vaga por ese mundo irreal que queda tras la devastación, y de ahí va surgiendo una  historia  real, en parte trágica pero también llena de esperanza, a la  que el autor dota de lirismo y belleza. Los protagonistas, un hombre y una mujer, podemos decir que son dos supervivientes a los que la amistad les servirá para enfrentarse a los golpes del destino. Mejor obra narrativa del año pasado en Francia. Esplendida. R.C.P.


LA LUZ DEL GUERNICA. Baltasar Magro. Roca, 2012

Lleva este veterano periodista, al frente durante tantos años del mítico “informe Semanal”, transitando por los caminos de la literatura desde hace algún tiempo, y tiene a sus espaldas media docena de novelas de las que “En el corazón de la ciudad levítica”, donde se introduce y juega con acierto en los misterios de la ciudad de Toledo, quizás sea hasta el momento la más aclamada. Ahora La luz del Guernica lleva todas las trazas de desbancar aquella en el currículo literario de Magro. Sin grandes pretensiones, pero con honestidad y sobre todo con un gran trabajo de documentación, el autor ha intentado reconstruir la historia que hay detrás del cuadro más conocido de Picasso. Partiendo de la impresión que le causó a aquel la contemplación de “Los desastres de la guerra” de Rubens, Magro trata de ser fiel a la realidad histórica rellenando con la ficción, como el buen restaurador, los girones de aquella que se ha llevado el tiempo. R.C.P.


Nota: La ilustración reproduce un cuadro del mágnifico pintor jerezano Juan Carlos Crespo Lainez.

sábado, 23 de junio de 2012

ORÍGENES


El fallecimiento de Carlos Fuentes el pasado 15 de mayo, viene a añadirse a la ya larga lista de pérdidas de aquella inigualable generación o promoción de narradores latinoamericanos que alguien dio en calificar de “boom”. Es la ley de la vida más inexorable cuanto más años se cumplen, porque si Ernesto Sábato contaba con casi un siglo de existencia cuando murió el pasado año, Carlos Fuentes se nos ha ido con 83 a sus espaldas. Por no citar a García Márquez que un día de éstos nos da un disgusto con sus 85, o su amigo Álvaro Mutis que camina veloz hacia los 90. Con 88 años murió el paraguayo Augusto Roa Bastos, y casi con la misma edad el gran Borges y el uruguayo Benedetti. Ante tales cifras prematuras se nos antojan las muertes de Alejo Carpentier, José Donoso o Julio Cortázar que se quedaron en septuagenarios, por no citar al mexicano Juan Rulfo, que se quedó en los 69. Nos dejamos para el final a Mario Vargas Llosa, quien a sus 76 años exhibe una exultante vitalidad, en plena madurez literaria. Pero no quería detenerme en la edad de estos grandes clásicos ya de la literatura contemporánea, sino en otro punto en común que la mayoría de ellos, no todos, tienen, al margen de la editorial Seix Barral y de la agente Carmen Balcells, que fueron sin duda fundamentales para darlos a conocer en Europa. Me refiero a sus orígenes, a las familias en cuyo seno se criaron y mamaron la cultura que después convirtieron en ese poso en el que hunden sus raíces literarias. Las frecuentes estancias en distintos países, especialmente europeos, de muchos de ellos (algunos nacieron incluso en Europa: Cortázar en el municipio de Ixelles (Bruselas), o Carpentier en Lausana, Suiza), como consecuencia de las profesiones de sus padres, dedicados a la diplomacia (casos de Álvaro Mutis, Cortázar o el mismo Fuentes), o a actividades liberales (médicos, como el padre de José Donoso, arquitecto como el de Carpentier), sin duda marcaron, propiciaron o facilitaron enormemente el acceso a una cultura que después, sin perder sus ascendencias, reflejaron en sus novelas. Literatura latinoamericana, sin duda, pero… José López Romero.

¿PLAYAS VÍRGENES?


 Leía hace unos días  una  noticia recogida por la prensa nacional, en torno a un vertido sobre una de las playas del sur de la provincia de Cádiz, concretamente la de Poniente. Parece inevitable que sobre estas fechas todos los años, tengamos noticias como esta o como las que nos dan cuenta de los movimientos populares en contra de  proyectos urbanísticos (El Palmar o Valdebaqueros en Tarifa, pueden servirnos de ejemplo). No creo que sea debido a una mayor sensibilización de la sociedad  por los temas medio ambientales, pero sí  explica que con la llegada del estío, con parte de la población de la zona mirando a la costa y otra foránea pensando en hacerse con un hueco en el litoral durante algunos días, esta se convierta en la protagonista y foco de atención de todos. Nos preocupamos poco por ella el resto del año, pero ahora nos mostramos hipersensibles sobre todo con lo que la pueda afectar. Lo cierto es que la costa de Cádiz  ha mantenido  extensas zonas  con pocas heridas provocadas especialmente por ese urbanismo al que Paul Theraux se refería en su libro “Las Columnas de Hércules” (Suma de Letras, 2002): “…la costa española había sufrido una poderosa colonización que la había privado de sus elementos naturales, sustituyendo cabos, barrancos y puertos por estructuras fútiles y mal hechas.” Si tratáramos de utilizar la literatura y comparar las descripciones que escritores y viajeros nos dejaron sobre gran parte de nuestro litoral con la realidad actual, nos llevaríamos sorpresas. Una de ellas constatar que la transformación ha sido constante y acelerada sobre la parte occidental y sólo la zona oriental aún conserva parajes por los que parece no hubiera pasado el tiempo. Pero esta zona a la que, entre otras razones, la servidumbre militar y el levante parecieran haber protegido como si hubiera estado cubierta por una capsula de cristal, parece empezar a resquebrajarse. El periodista José Bejarano publicaba, a raíz de un viaje por esta zona, un interesante artículo en El Magazine (26 de agosto de 2006)  que tituló  “El paraíso está en Cádiz” , pero en él  se transmite al lector  la  impresión de que nos encontramos en una zona semivirgen donde, mientras  el cemento va devorando la costa desde la desembocadura del Guadalquivir hasta Chiclana, sigue existiendo a partir de ahí, y hasta las mismas puertas de Algeciras, poco menos que una extensa zona por la que apenas ha pasado el tiempo. Pero ni el Levante, ni las cientos de hectáreas aún bajo jurisdicción militar, parecen ya garantizar nada. Sólo hace falta retrotraerse muy pocas décadas atrás, cuando Julio Caro Baroja alababa el paisaje que contemplaba comiendo pescado recién salido del mar, en un chozo de La Fontanilla, o Bruce Chatwin se bañaba en las aguas de Trafalgar, para captar la magnitud de lo perdido. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

sábado, 16 de junio de 2012

CASUALIDAD


Nunca había pensado que la aparición de un códice medieval en la biblioteca municipal de esta ciudad  pudiera despertar tanta expectación. Pero lo cierto es  que tras una semana de llamadas de medios,  particulares, e instituciones de toda la geografía española  es para sentirse algo abrumado. Ya me lo advertía el periodista Luis Herrero, cuando haciéndose eco de la noticia en su programa diario, hace unos días, me comentaba que  un hallazgo de este tipo para un bibliotecario, podría ser considerado algo único en su carrera profesional a tenor de la singularidad de este tipo de piezas patrimoniales. No me he parado a pensar en esto último, la verdad, pero sí en lo que son las casualidades, o lo que es lo mismo cuánta verdad hay en eso “de estar en el momento y lugar adecuados”.  Y ya que estamos en ello, y muchos me han preguntado realmente cómo me topé con el códice en cuestión,  creo que ya es hora de sacar a los curiosos de duda. Trabajaba sobre la selección de unos manuscritos para exponer en una Muestra que hace unos meses preparábamos en la biblioteca central sobre el  doscientos aniversario de la Constitución de 1812. Al  ir a retirar  de su estante uno de los manuscritos para tal evento, cogí por error uno de formato muy parecido que estaba colocado a su lado.  Me di cuenta al instante del error y en ese momento pude volver a dejarlo en su lugar, pero no lo hice. Me puse a hojearlo no sé por qué, y lo cierto es que  me llamó la atención el hecho de que contenía una parte en papel y la otra en pergamino. Allí, encuadernados en un solo volumen, había dos textos distintos sobre soportes distintos. Uno de ellos, ¿será posible? con apariencia de  códice medieval….pero en el catálogo de la biblioteca sólo se daba cuenta de  un manuscrito del siglo XVIII, libro en el que prácticamente se escondía el códice desconocido.  A  partir de ahí comienza una historia que aún no ha acabado, pero que de no mediar la casualidad ahora no estaríamos contando. Ramón Clavijo Provencio

HISPANISMO


Como la semana pasada se celebró el Corpus Christi, ya saben: “hay tres jueves en el año que lucen más que el sol…”, festividad tradicionalmente tan relacionada con los autos sacramentales, me viene a la memoria que hace ya unos cuantos años, más de los que mis neuronas son capaces de recordar, que un pequeño e intrépido grupo de profesores  nos inscribimos en un curso, impartido en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, con el elevado (como nuestros espíritus) fin de “reciclarnos” en ese interesantísimo género tratral. Eran otros tiempos, sin duda, otras nuestras inquietudes y otras muy distintas, aunque siempre añoradas, nuestras edades. La lección inaugural corrió a cargo de uno de los grandes especialistas en la materia: John E. Varey, gran hispanista inglés ya fallecido. Versaba su intervención sobre el auto sacramental “La cena del rey Baltasar”, del que desplegó durante más de una hora argumento, claves, símbolos, todo un estudio pormenorizado de aquella pieza escrita por Pedro Calderón de la Barca. Una hora larga de insufrible exposición porque a lo tedioso del tema, el profesor Varey añadía un nivel de castellano sorprendentemente bajo para las exigencias del acto. Así, el más atento espectador perdía por momentos el hilo de aquella cena, y pasada la media hora ya nadie sabía por qué plato iba el rey. Hay que suponer, y así la prolífica labor investigadora que sobre la literatura española fue desarrollando el profesor Varey a lo largo de su vida profesional lo certifica, que ese nivel de castellano subiría muchos enteros en la lectura y en la escritura; si no, es de todo punto imposible conocer con la profundidad del especialista, como lo era Varey, a un autor como Calderón. Y todo esto viene a cuento porque revisando la literatura medieval a través del primer suplemento que la “Historia de la Literatura” publicó hace ya unos años (1991) la editorial Crítica al cuidado de Francisco Rico, en las introducciones a los temas que no son más un balance actualizado de las últimas investigaciones realizadas, me ha sorprendido la abundante presencia de investigadores anglosajones, que en número superan con amplitud apabullante al de castellanos (sean españoles o latinoamericanos), en todos los géneros, obras y épocas, lo cual es más sorprendente aún al tratarse de una literatura que no está al alcance de cualquiera: la medieval, con la dificultad añadida del idioma en que está escrita. Sin ir más lejos, el coordinador del volumen es Alan Deyermond, también de origen británico, lo que prueba el inveterado interés del mundo anglosajón por la cultura española, del que también tenemos insignes ejemplos en la historiografía. En un estudio sobre las universidades española, un periódico destacaba en un excelente lugar a la Facultad de Filología de Sevilla. Pero está claro que ni siquiera en esta disciplina, en la que siempre hemos tenido una magnífica tradición de investigadores, estamos entre las doscientas mejores universidades del mundo, ni de nuestra propia literatura.  ¿El cursillo? A la vuelta nos cayeron chuzos de punta, seguramente sería la indigestión de la cena del rey Baltasar. José López Romero.  

viernes, 8 de junio de 2012

LOLITA


Gustav Klimt

“Cuando ya tenga mis años y esté en edad de casarme, quisiera encontrar un marido como usted”, me comentó un compañero que le dijo una alumna hace unos años, en una de esas cenas de despedida de promoción de Bachillerato. La adolescente, vestida para la ocasión, es decir, con todos sus encantos expuestos y elevados a la máxima potencia, le recordó de inmediato –me confesaba mi compañero- a esa “Lolita” que acuñó Nabokov, aunque reconvertida en titulada en bachiller, que no deja de ser un grado y unos años más de diferencia con aquella otra caprichosa y cruel de la literatura. No había maldad en aquella frase, sino todo lo contrario, admiración, y como halago la entendió mi compañero; aunque pensada con más calma, pronto se dio cuenta de que la muchacha cuando pasara más tiempo del que él querría, buscaría un marido para que le calentara los pies en las frías noches de invierno e incluso le leyera en la cama mientras ella esperaba que le llegara el primer sueño. Sin embargo, no desdeñemos el porcentaje de elogio que la frasecita contenía, porque en ella implícito se encuentra el efecto Pigmalión que tan exquisitamente supo llevar al teatro George Bernard Shaw, es decir, el prestigio de la cultura, del conocimiento, e incluso del magisterio en todos los aspectos educativos que aquel compañero ejerció sobre la adolescente, aspectos que habitualmente no se tienen en cuenta cuando de valorar la enseñanza se trata, y sólo se recuerdan con los años, los mismos que iban a pasar para que aquella Lolita encontrase un marido, lo cual no deja de ser un pírrico consuelo habida cuenta de la escena que les relato. “Entonces, lo de amantes ni se contempla” –le respondió con cierta retranca mi compañero para ver por dónde salía la señorita-. Ésta, le echó una mirada de complicidad al compañero de curso que tenía al lado y le dijo al profesor: “Profe, lo que usted nos ha repetido tantas veces en clase: cada uno sirve para lo que sirve”. Touché, querida. José López Romero. 

VIAJES LITERARIOS


Se ha venido celebrando a lo largo de esta semana en nuestra ciudad,  el II Congreso sobre Historias de Viajes, organizado por la UCA, y que ha reunido a una gran cantidad de especialistas e interesados en este  complejo y variado universo. No descubro nada  al afirmar que  la literatura de viajes es  precisamente uno de los géneros que con  más éxito, que es tanto como decir lectores, afronta esa tan cacareada crisis de la lectura sobre la que cíclicamente debatimos en este país. Un género en el que los anglosajones siempre han tenido maestros indiscutibles como Bruce Chatwin o Paul Theraux, pero en el que también algunos españoles se han granjeado un merecido éxito como es el caso de Javier Reverte. Al hilo de todo esto me parece oportuno hacer mención a la poco conocida pero de gran valor patrimonial colección de libros de viajes que se custodia en la Biblioteca Municipal de Jerez. Una colección variada que contiene  piezas tan singulares como el manuscrito “Viaje de la Indias Orientales y Occidentales”, escrito en 1606 por un desconocido Miguel de Jaque. Curioso libro que tiene a sus espaldas, permítaseme la expresión, una historia en torno a su “rescate” y transcripción  tan interesante como la del mismo viaje que se resalta en sus páginas. No en balde para la recomposición del mismo se tuvo que localizar una copia completa de dicho texto, del siglo XVIII,  en la Biblioteca Pública de Nueva York, pues el original de Jerez se encuentra incompleto.  Pero hay más piezas singulares, únicas, como es un impreso titulado Études  ser  L´Espagne”, cuyo autor es el gran viajero francés Antoine Latour. El libro que conserva la biblioteca de Jerez contiene una carta manuscrita del mismo Latour, donde este agradece a Ramón Bofarull el haberle permitido consultar su gran biblioteca. Pero quizás lo más interesante, por  su número y la rareza de sus piezas, de la colección de viajes de esta biblioteca jerezana, se encuentre en los libros de tema español. Esos libros escritos por viajeros ilustrados y románticos que recorrerán nuestro país desde finales del XVIII hasta el último tercio del siglo siguiente. Entre los libros más valiosos los que describen los viajes del ítalo-hispano Antonio Conca o el de Cruz Bahamonde. También son piezas que podemos destacar el  Spain de Henry D. Inglis o el Handbook de Richard Ford. La colección no sólo posee impresos sino una pequeña pero muy interesante colección de litografías y grabados de la época, entre ellas vistas de la ciudad originales de  David Roberts, Warren, Parcerisa o Güesdon.  Muchas de estas piezas y otras, como ese libro escrito por el aventurero inglés Swen Hedin “Tíbet”,  descubriéndonos viajes legendarios, se encuentran expuestas en la galería de exposiciones de la Biblioteca jerezana, en estas fechas más que  propicias para incitarnos al viaje. Ramón Clavijo Provencio 

sábado, 2 de junio de 2012

LITERATURA Y ACTUALIDAD


Siempre ha sido la actualidad uno de los principales motivos de inspiración o, mejor dicho, para recuperar la inspiración, para esos escritores que alguna vez se atascan, y ven pasar las horas ante el papel o la pantalla del ordenador en blanco. Hace algunos años un conocido escritor local, también articulista, me decía que cuando le venía uno de esos días tontos, donde no se le ocurría nada sobre lo que escribir, echaba mano del santoral y que  este era infalible, pues en él se escondía tras un nombre muchas veces desconocido,  una historia apasionante que siempre se podía adaptar para captar el interés del lector. Hoy la actualidad política y económica, se antoja un campo fértil para el escritor espabilado, y  como en un año de buena cosecha, donde la climatología ha sido benigna con los cultivos,  no deja de proporcionar historias, algunas verdaderos diamantes en bruto. Algunos ya han encontrado ese filón, y con notable éxito (lean lo último de  Márkaris o Eduardo Mendoza), y otros muchos no dudo que ahora mismo estén enfrascados en otras tantas historias que de seguro les den una efímera fama, a costa del calvario que la actualidad nos está haciendo pasar al resto de los mortales. ¿Cómo dejar pasar el culebrón de la banca y no sacar de él un gran argumento? Como les decía Márkaris ya ha dado su versión (en la imagen) inspirada en la realidad griega, pero sin duda el caso español añade aspectos realmente notables. Como el de  ese recién llegado gestor vasco, que mayestático pide dinero público a mansalva y a fondo perdido, mientras no se le mueve un músculo de la cara. No hay preguntas, por tanto no hay alusiones a cómo se ha llegado a esto, o si podremos también pedir los ciudadanos de a pie dinero a fondo perdido. Otra historia: antigua responsable máxima de  entidad bancaria, a la que por supuesto lleva a la bancarrota, y que una vez descabalgada de su poltrona, se asegura una pensión millonaria (algo por lo visto común a los malos gestores) y acto seguido se apunta al paro. La actualidad española da, sin duda,  para sacar del atolladero al escritor con síndrome de “la página en blanco”. Ramón Clavijo Provencio 

SUBRAYAR


Jonathan Wolstenholme

Tuve yo en mis ya lejanos (¡muy lejanos!) años de estudiante universitario a un profesor de crítica literaria, poeta por aquellos tiempos en ciernes y hoy consagrado, que afirmaba, seguramente por su propia experiencia, que el poeta está en permanente búsqueda de un verso feliz, ése sobre el que hace gravitar todo el poema o, incluso, el que puede salvarlo del olvido; pero para esto último, más que feliz, habría que calificarlo de divino. Es posible. Concedámosle a la teoría de aquel profesor al menos el beneficio de lo plausible, porque en esto de la poesía cualquier afirmación puede convertirse en dogma; ese dogma que, a partir de cierto momento como lector, he seguido y rastreado en buena parte de los libros que he leído en busca de ese verso o de una frase, siquiera una, que me iluminara la novela o el poema que estaba leyendo. Y así, me he convertido en subrayador de fragmentos en los que (me atrevo a decirlo) adivino la inspiración celestial que alienta al creador, o quiero destacar por alguna experiencia personal o porque los considero simplemente interesantes. En un principio hacía el subrayado de forma inconstante y apresurada (aún me acuerdo de aquel inicial “Narciso y Godmundo” de Hermann Hesse), pero con el tiempo he perfeccionado la mecánica y no falta en mi mesa la regla y el lápiz de color (rojo o azul), instrumentos callados pero sabedores de la importancia que les he concedido en mis lecturas. Y así, cuando reviso o releo alguna obra, siempre encuentro la huella que dejé en aquella primera lectura, huella a veces inexplicable pasados los años, aunque en la mayoría reconozco el pálpito que me hizo destacarla sobre el resto de las páginas. Permítanme que, a modo de ejemplo, ponga la última obra que estoy leyendo (aún no acabada), se trata de “Balas de plata”, interesante novela del mexicano Élmer Mendoza. En una de sus páginas he subrayado la frase siguiente: “Como dice Rudy, reflexionó, la comida para que sea buena debe hacer un poquito de daño”; una frase que seguramente responde a mis vivencias personales, más cuando uno ya está amarrado al duro banco del omeoprazol. Y, en la misma página, he subrayado: “los asesinos carecen de algo que él tiene a mares (se refiere a un sospechoso): aptitud para la tristeza”. Una frase que, en mi opinión, salva toda una novela, al margen de la  indudable calidad del relato de Élmer Mendoza. Sin embargo, hay novelas y autores que por mucho que he intentado subrayar pasajes, frases o pequeños fragmentos, me ha sido del todo imposible, porque tendría que gastar cajas y cajas de lápices: “El amor en los tiempos del cólera” o el relato “El rastro de tu sangre en la nieve” del gran García Márquez, por ejemplo, y últimamente “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez. De los muchos, muchísimos pasajes que he ido subrayando de esta excelente novela, me quedo con el siguiente: “Él y yo sabemos qué largo es el tiempo sin un beso y ahora, probablemente, no nos quede suficiente para resarcirnos. El miedo, el frío, el hambre, la rabia, la soledad desalojan la ternura”. El dedo de Dios. José López Romero. 

sábado, 26 de mayo de 2012

VENERACIÓN


“Sospecho que esta novela debe de ser una gran novela”, me dijo el otro día una amiga a la que no dudo en considerar una lectora inteligente y capaz de distinguir lo bueno de lo malo, la buena de la mala literatura. Y es que ante ciertos nombres que forman parte del parnaso actual, muchos lectores terminan por agachar la cabeza, algunos hasta se ponen de rodillas en una veneración casi religiosa que les embota no sólo los sentidos, sino hasta el poder de discernimiento. Y sin embargo, en más de un caso esta elevación a los cielos de las letras se debe a campañas publicitarias bien diseñadas, con toda la artillería de medios de comunicación potentes puesta a disposición del encumbrado, cuya calidad literaria aparece y desaparece, como el Guadiana, entre sus libros. No todo lo que escribe un determinado autor debe ser bueno, por el simple hecho de llamarse como se llame, y porque ese nombre haya terminado por considerarse sagrado en ciertos círculos de influencia. El miedo infundado de enseñar nuestras vergüenzas de lector limitado o fácil, nos lleva a ocultar nuestra opinión de lo que nos ha parecido un verdadero bodrio. Es el eterno cuento del traje del rey convertido en crítica literaria: nadie se atreve a gritar que el rey va desnudo por temor a las distintas represalias que cambian según las versiones de la tradición oral. Y son tantas las circunstancias que pueden hacer mala una novela, las cuales se escapan a los lectores, que no debemos renunciar a nuestro espíritu crítico por mucho nombre y muy venerado que éste sea: el tirón comercial, que incluso ha obligado a más de uno a desempolvar viejas novelas de juventud; las urgencias en el cumplimiento del contrato firmado con la editorial y ya cobrado y gastado; la literatura fácil, etc. “Por eso dejé yo –me decía en la misma reunión otra lectora igualmente inteligente- de leer a cierto autor, porque en las continuaciones de cierta saga detectivesca me parecía que se aprovechaba del éxito de la primera novela”. Y nada de sospecha, con toda la razón del mundo. José López Romero. 

ATESORAR ESPAÑA


Bajo ese lema que encabeza estas líneas,  “Atesorar España”, se viene celebrando en Sevilla, en  Santa Clara, desde el pasado marzo  una excepcional exposición fotográfica sobre nuestro país,  con fondos de la Hispanic Society of America. Se trata de una muestra representativa de las colecciones gráficas en su momento reunidas por el hispanista Archer Milton Hutington, y donde se puede extraer una visión total de España, y de Andalucía, en un periodo que va desde finales del XIX  hasta el primer tercio del XX. En la mencionada exposición se recogen series de fotógrafos míticos como Laurent o Clifford, y  de otros tan conocidos por su legado fotográfico como por su halo de grandes viajeros como es el caso del alemán Kurt Hielsche o la intrépida Ruth Matilde Anderson. Como les digo, me parece oportuno comentar esta exposición en esta página literaria, pues el trabajo de muchos de estos artistas de la fotografía y cuyas colecciones fue adquiriendo pacientemente Hutington, fue  responsable de una visión de nuestro país que se puede equiparar a la visión que dejaron los viajeros extranjeros con sus testimonios escritos, en el periodo álgido del movimiento romántico. Una imagen singular, extraña, alejada de la realidad europea, en parte inventada que ha sido santo y seña del país durante décadas, y sobre la que se superpuso esta otra visión, más negra y realista, ya no tanto escrita sino fotografiada,  que dejaba la imagen de un país que tenía la pobreza pegada a la alpargata de un pie, mientras el otro trataba de tocar la modernidad.    Es curioso y a la vez extraño cómo la historiografía española se mantuvo alejada, si prestar atención al movimiento viajero, pese a la indudable influencia que ejercía sobre la imagen del país que se divulgaba en el exterior, prácticamente hasta el último tercio del siglo XX. A partir de dos congresos celebrados en la década de los ochenta del pasado siglo, el de Madrid -“La imagen romántica de España”- dirigido por Calvo Serraller, y el de Ronda en 1984 –La imagen de Andalucía en los viajeros románticos- bajo la dirección de Alberto González Troyano, se puede decir que se produjo una inflexión en ese interés. A partir de entonces multitud de congresos, monografías, exposiciones han tratado de recuperar el tiempo perdido y analizar un fenómeno cuya relevancia e influencia sobre nuestra imagen de país aún no ha sido suficientemente calibrada. Baste decir que mientras los viajeros románticos divulgaban una imagen de España, y por ende de Andalucía, misteriosa, orientalizante, de clima paradisiaco, Clarín redactaba sus crónicas sobre los sucesos de la Mano Negra. Era la Andalucía trágica que los viajeros no mostraban. Una imagen en cambio que sí se  intuye, en muchas de las fotografías, que algunos años después del cenit del movimiento viajero romántico sobre nuestro país, hicieron fotógrafos trotamundos que ahora son recuperados en esta excepcional exposición “Atesorar España”. Ramón Clavijo Provencio