sábado, 18 de diciembre de 2010

OTRO TIEMPO

Me niego a entender la lectura sólo como un medio para alcanzar conocimiento o como disfrute o divertimiento. Quizá tanto tiempo en contacto con libros de todo tipo y especie, me ha hecho exagerar la importancia, lo fundamental que para mi vida y pienso que para toda la humanidad (¡ya estoy exagerando!) representa la lectura; hasta el punto de que el ser humano no se entiende sin ella y de que es una, la más evidente, de las características que nos distingue de los animales. Yo puedo contar mi intrahistoria particular por los libros que he leído, cómo a través de ellos he ido experimentando emociones y sentimientos, de la misma manera que puedo recorrer mi vida a través de esas mismas emociones y sentimientos que familia, amigos, compañeros o simples conocidos han despertado en mí. Mis primeros libros (“La busca” de Baroja, “Sonata de otoño” de Valle-Inclán); los libros que me han hecho llorar (“El Quijote”, “84, Charing Cross Road” de Helene Hanff); los que me han hecho reír (“El Quijote”, “La conjura de los necios”, “No hay ladrón que por bien no venga” de Darío Fo); los libros que me han estremecido (“En el punto de mira” de Arthur Miller; “Macbeth”; “Apartamento en Atenas” de Glenway Wescott; “La fiesta del chivo”); o esos libros que como viejos amigos te acompañan toda la vida (“Bomarzo”; “Momentos estelares de la Humanidad”; “El Quijote”; “Macbeth”;  La Celestina; etc.). Sin olvidar aquellos en los que he trabajado e investigado, cuyos frutos son otros libros que, como hijos, conservo cerca de mí. Libros, lecturas, escritores que ahora se me agolpan en la memoria y cuyos títulos y nombres no cabrían en las líneas de este artículo y que tienen sin duda un lugar en mi corazón. Y sin embargo tengo la sensación de que la imagen de lector que estoy proyectando pertenece ya a un tiempo pasado que poco tiene que ver con la actualidad, más preocupada por las nuevas tecnologías, el consumismo y la cultura audiovisual. La verdad es que no me importa lo más mínimo. Los que no han tenido ni tienen la fortuna de leer, nunca llegarán a experimentar esas impagables sensaciones y emociones que un lector siente con un libro, con su simple tacto, con el paso de sus páginas, con sus versos y sus historias que son nuestra vida. José López Romero.    

DESASTRES

Se conoce como Biblioclastia la especialidad, dentro de la Historia del libro, que se ocupa del estudio de los desastres y destrucciones que sobre ellos se han  producido,  y donde los fenómenos climatológicos, los insectos o la mano del hombre han compartido protagonismo y responsabilidades a partes iguales. Como ya escribiera Juan Díaz Maroto “si los libros pudieran hablar conoceríamos muchas y sorprendentes historias”, y qué duda cabe de que de algunas de ellas hemos tenido noticia circunscribiéndolas al ámbito local, como ya hemos dado cuenta en estas páginas en alguna que otra ocasión (sólo hace unas semanas nos referíamos  a la desaparición de la biblioteca del marqués de Villapanés). Hoy nos ocuparemos de otro suceso que pudo derivar en otra tragedia cultural para la ciudad, cosa que afortunadamente no llegó a suceder…  No fue 1963 un buen año para la ciudad sobre todo por unas desastrosas inundaciones que dejaron, durante el mes de marzo, aisladas poblaciones de su término municipal como El Portal o La Ina. En el casco urbano también se dejaron sentir y, aunque de manera menos dramática,  hubo un peligro cierto sobre las instalaciones de la biblioteca, Archivo y Museo. Lo cierto es que a Manuel Esteve, su director desde 1932, no se le olvidaría aquellos días donde unas inoportunas obras habían dejado sin cubierta parte de las dependencias de aquella institución cultural, con tan mala fortuna que a comienzos de marzo descargaron truenos, rayos y casi el diluvio universal sobre la zona donde se albergaba la documentación del archivo histórico. Afortunadamente Manuel Esteve fue más previsor que los que decidieron realizar aquella obras en plena estación invernal, y había retirado semanas antes la mayor parte del fondo documental, salvo algunas cajas con alguna documentación menor, que protegida con plásticos, logró resistir la inundación de la sala y ser puesta a salvo. No quedan imágenes de aquel traslado,  y la noticia de aquel carismático director ayudado por unos pocos funcionarios, trasladando bajo la lluvia parte de la historia de Jerez, quedó solapada por  otras más dramáticas de aquellas inundaciones. Finalmente aquellos días que pudieron ser trágicos para la historia cultural de la ciudad pasaron al olvido, incluso Esteve pudo recibir apenas un mes después de aquellos sucesos,  a los participantes del Primer Congreso Nacional de Archivos –que se celebraba en Sevilla- a cuyo frente venía el director General de Archivos y Bibliotecas, Miguel Bordonan.  Pero lo cierto es que Manuel Esteve no llegaría a olvidar  nunca aquellos aciagos días, como volvería a recordarnos años después, en 1974, cuando atendiendo la visita de su gran amigo y bibliófilo sevillano Fernando Bruner Prieto, le comentó: “espero que no llueva Fernandito. Sería una triste despedida”. Se refería a que se pudiera empañar su próxima jubilación con algún incidente inesperado, puesto que  por entonces la sede de la biblioteca, Archivo y Museo, nuevamente estaba en obras de ampliación, y como en 1963 en una época inapropiada. RAMON CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 11 de diciembre de 2010

ACTUALIDAD

Detrás de la mayoría de los héroes literarios se esconde un personaje de carne y hueso. Unas veces ese anonimato permanece para siempre y, en otros casos, el personaje real emerge de las sombras cuando menos lo esperamos.  Soy de la opinión de que le sienta mejor al personaje de ficción, el que no se llegue a desvelar nunca la identidad de  su alter ego de la realidad, pero no es menos cierto que cuando ello ocurre se humaniza más la figura literaria, lo que no tiene por qué ser un inconveniente. Hace unos días nos enterábamos del fallecimiento de un conocido actor danés, Palle Huld, pero lo que muchos ignoraban es que tras este nombre se ocultaba un aventurero que en su juventud, con tan solo quince años, había dado una vuelta al mundo que finalmente inspiraría la creación de un personaje ya inmortal, Tintín. Palle había realizado su viaje financiado por la revista Politikenm en 1926, y emulaba a Phileas Fogg, el personaje de Verne, y su “Vuelta al mundo en ochenta días”, solo que el danés la haría en cuarenta y cuatro. Todo el viaje  luego se plasmaría en un libro de ventas millonarias, y  a la postre inspiraron a Hergé el perfil de su personaje de ficción más conocido, y del que por cierto Spielberg prepara un versión cinematográfica que no tardará mucho en llenar las salas de cine del planeta.  Y ya que hablamos de cine, ¿cómo no fijarnos en el éxito que está cosechando la película de Roman Polanski “El escritor”?  Volvemos así al viejo tema de cómo una mediocre novela, en este caso publicada por Robert Harris en 2008, puede convertirse, si no en una obra maestra, al menos en una magnífica película gracias al  talento del director polaco. Lo cierto es que dicha película basada en la novela “El poder en la sombra” del  mencionado y muy conocido autor de best sellers Robert Harris (“Patria”, “Imperio”)- y no de las mejores a decir de la crítica- está siendo todo un fenómeno mediático, y de camino arrastra en su éxito a la novela de Harris que empieza a reeditarse, después de pasar sin pena ni gloria por las librerías. RAMON CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 10 de diciembre de 2010

M. HOUELLEBECQ

Premios hay repartidos por toda la geografía universal, pero por España menudean, que no se le concede al que más méritos atesora, sino al que más necesidades tiene. Que si una hipoteca por allí, o la universidad de los niños, o un pequeño aprieto económico… Así, algunos y algunas han llegado a hacer fortuna y hoy disfrutan hasta de segunda vivienda en la costa. Y esto sucede porque los amigos que tiene el premiado saben que ganan voluntades y que, en un momento dado, se actuará a la recíproca. La prueba: las colonias de escritores ya asentadas las unas y repantingados los otros en litorales no muy lejanos. Por no hablar de esos premios en los que ha metido la mano y sobre todo la pata la autoridad incompetente que nos desgobierna. Ahora bien, un premio cuya dotación económica alcanza la cifra de 10 euros prestigia al galardonado, porque ¡vaya faena darle un premio a un amigo con esa cantidad, que no tiene ni para invitar a cañas!; así, nadie puede pensar que otros intereses que no sean los méritos ensucian el veredicto. A Michel Houellebecq se le acaba de conceder el prestigioso premio Goncourt, el máximo galardón de las letras francesas, cuya dotación es la cantidad antes señalada: 10 euros. Pero es que Houellebecq es de los pocos escritores franceses que no necesitan presentación alguna, porque sus obras, desde aquellas “Partículas elementales” han gozado si no del favor de todos los lectores, sí al menos de la curiosidad, y hoy disfruta de una bien ganada legión de seguidores que ven en este novelista un agitador de conciencias, un cronista despiadado de los vicios de una sociedad, la actual, llena de egoísmo y falta de los más mínimos principios morales. Un amigo, que se cuenta entre esa legión de lectores impenitentes de Houellebecq, describía su estilo como el bisturí que va cortando con la pericia y exactitud de cirujano la carne podrida de una sociedad a la que, estoy seguro, un elemento como Houellebecq siempre le parecerá cuando menos molesto. Debo confesar que yo también me cuento entre sus seguidores; desde “Plataforma”, pasando por “Las partículas elementales”,  “Ampliación del campo de batalla” y su breve pero también ácida “Lanzarote” mi interés por este escritor ha ido en aumento, y esperándome en la estantería de “lecturas pendientes” tengo “Enemigos públicos”, colección de correos electrónicos que se intercambió el novelista francés con el filósofo Bernard-Henry Lévy. Es cierto que su discurso puede resultar por momentos provocador (las escenas de sexo, el tratamiento de las enfermedades, la soledad, la depresión son aspectos en los que el escritor se recrea), pero en todas estas novelas he notado la misma sensación: los protagonistas de Houellebecq no quieren otra cosa que encontrar su lugar en el mundo, la felicidad posible, la solidaridad del ser humano, la comprensión, en definitiva, todo lo que nos hace ser personas, tan débiles como indefensas ante una realidad poco acogedora. ¿Es eso tan molesto? José López Romero.

sábado, 4 de diciembre de 2010

RARO

Aby Warburg es uno de estos personajes extraños que nos encontramos al hilo de lecturas que empezamos con la misma expectación como satisfacción nos producen a su término. Su historia me la cuenta Alberto Manguel en su magnífico trabajo “La biblioteca de noche”, libro al que seguro volveré en esta página. Nacido en Hamburgo en 1866 e hijo de banqueros judíos, Warbugg cedió su primogenitura a favor de su hermano menor con la única condición de que éste le comprara todos los libros que él durante su vida le pidiera. Así, fue formando una de las mayores, mejores y más originales bibliotecas de Europa. Por la renuncia al negocio familiar ya podemos deducir que estamos ante una persona con una sensibilidad especial, alguien cuando menos extraña a un mundo que no entiende, ni entendía en la época de Warburg, de “rarezas”. De genio desasosegado y melancólico, aquellos años de entre siglos no fueron los más apropiados para un bibliófilo que intentó resguardarse de un mundo cada vez más hostil en su enorme biblioteca. La primera gran guerra fue uno de los acontecimientos que sumió a Warburg en la angustia hasta el punto de ser internado en una clínica suiza. Pero Aby Warburg también sabía que las grandes guerras no son sólo los peligros a los que estamos expuestos, hay otras guerras tan destructivas o con efectos más deletéreos que aquellas que se hacen con bombas y misiles. Son esas pequeñas guerras de todos los días, en los que uno se ve envuelto sin posibilidad alguna de evitarlas. Son las guerras contra el vecino, contra las ventanillas, contra el tráfico; esas “pequeñas” batallas diarias contra una sociedad en las que nos miramos unos a otros como enemigos e intentamos cada día marcar nuestro territorio, como si fueran trozos de barricadas en las que protegernos y proteger a los nuestros. Aby Warburg dejó tomos y tomos de breves reflexiones fruto de su mente sensible; entre ellas ésta que deberíamos poner en la puerta de nuestras casas como antes poníamos el corazón de Jesús: “vive y no me hagas daño”.José López Romero

¿NAUFRAGIO?

Uno de los hechos más curiosos de la historia cultural de nuestra ciudad, fue el traslado de la muy apreciada biblioteca del marqués de Villapanés a Génova. Corría el año 1828, y el fallecimiento de José María de Panés y Pabón  haría descubrir a sus allegados pero también a los círculos culturales, religiosos y políticos  de la ciudad que una de las disposiciones de su testamento establecía que dicha biblioteca se trasladara a Génova. Las razones que llevaron a tal decisión las ignoramos, pues  nada dejó  escrito sobre sus motivaciones. El problema,  y de ahí  lo de truculento del caso, es que finalmente aquella decisión se convirtió, aparentemente,  en una de las más desastrosas que para la cultura del libro en general, y local en particular, hayamos conocido, si realmente dicha biblioteca finalmente se hundió con el barco que la transportaba camino de Génova.  Sobre este misterio más de una vez me he sentido inclinado a hurgar. Y es que salvo la decisión de trasladar dicha biblioteca, recordemos que de las más numerosa  -casi 11 000 volúmenes- e importantes del reino, nada más hemos podido hallar. Ni en los manuscritos de Trillo o Riquelme -contemporáneos del marqués- hay referencias a dicha decisión y traslado, algo que  sorprende mucho cuando los autores de ambos manuscritos (no olvidemos que son una relación pormenorizada de los sucesos de la ciudad entre 1784/1837),     sí hay numerosas referencias al mundo de la cultura del libro. ¿Cómo se pudo obviar  un traslado de tal magnitud? Los miles de libros tuvieron que ser embalados y trasladados en numerosas carretas, previamente preparadas y custodiadas, a alguna ciudad vecina. ¿Sanlúcar? ¿Sevilla¿ ¿quizás Cádiz? ¿Por qué una actividad que tuvo que ser la comidilla de la ciudad durante un tiempo  no dejó ningún comentario escrito de nadie, cuando tantas referencias antes y después de la muerte del marqués encontramos sobre su gran biblioteca? Hace unos años, con motivo del encargo que me hizo la Real Academia de la Historia para preparar una síntesis de la vida del marqués, volví a interesarme sobre el asunto. En aquella ocasión llegaron a mis oídos que un historiador de la provincia había dado con un documento en el que se contestaba a algunas de las interrogantes que planean sobre este suceso. Aquel historiador y cronista oficial de la población que le vio nacer - ya fallecido, por lo que me van a permitir no dar su nombre-  me confirmó que había consultado un documento (no me desveló dónde, ni yo se lo pregunté, cosa que lamento ahora), en el que se daban datos de la población desde donde debía salir la biblioteca una vez embarcada, las recomendaciones para el traslado, y el catálogo de libros que se pretendía embarcar. Lo curioso es que tal documento  era posterior a la fecha del posible naufragio, lo que llevaba al historiador mencionado a sugerir la hipótesis de si realmente se produjo dicho traslado, o lo que es lo mismo ¿pudo ser el destino de la biblioteca otro? No me negarán que todo parece el argumento de una novela de misterio. Ramón Clavijo Provencio  

miércoles, 24 de noviembre de 2010

BOOKCROSSING

Con este término anglosajón  se reconoce la práctica  de depositar libros en la vía pública con el objeto de que la gente los coja libremente y los lea, con el compromiso posterior de que sean nuevamente depositados   en la calle, para que así (ilusos) el libro siga ese viaje de lector en lector.  Todo suena muy bonito, pero realmente utópico, al menos en nuestro país. Les comento esto pues hace unos días en Madrid se liberaron 30.000 libros por distintas zonas de la capital, la mayor apuesta por el Bookcrossing hecha hasta ahora. Como habrán intuido, soy más bien pesimista sobre esta idea surgida en 2001, y lo que  sospecho  es que millares de  libros de los que les hablaba, desaparecerán destruidos por iletrados o gamberros, o simplemente saldrán del circuito cuando muchos de los que se hagan con ellos decidan dejarlo en alguna estantería de casa de la que jamás escaparán.  Si esta sospecha mía se acerca a la realidad  -no es la primera vez de la que tras una rimbombante puesta en escena, miles de libros, o los que quedo de ellos, terminaron dando trabajo a los servicios de limpieza de alguna ciudad-  sería para preguntarse  si no hubiera sido mejor distribuir esos impresos entre las bibliotecas, donde sí que  se garantiza el préstamo público, y que los libros una vez leídos sean devueltos a esos centros públicos para seguir sirviendo a los lectores.  En fin, amigos, que a mi el Bookcrossing me parece una chorrada como otra cualquiera (y no crean que no estoy enterado de la existencia de asociaciones y foros virtuales que promueven esta forma de entender la lectura), pero soy de la opinión de que  estos tiempos que corren no están para despilfarros, por muy originales, que no eficaces, nos puedan parecer algunas ideas. Por cierto,  si ésta   cuando surgió fue  llamativa por lo original,  ahora, cuando se cuentan por desastres  cada nueva “liberación” de libros de la que nos enteramos, sería bueno que no insistiéramos tanto en la publicidad de cada nueva “suelta” de libros, y más en los resultados conseguidos a posteriori –de los que casi nunca tenemos noticias- por lo menos para ver si con ellos nos convencen a los escépticos. Ramón Clavijo Provencio

POR LA BOCA...

“Un mitin es un acto público del que se puede afirmar que, cuando se celebra, unos dicen cosas que no piensan y otros piensan cosas que no dicen”, nos dice el narrador de la novela de Vladimir Voinóvich ‘Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin’, una extraordinaria obra que ridiculiza con una ironía magistral la guerra. Pero es que más adelante insiste en la oralidad con otra magnífica perla: “Uno puede hablar de lo que debe o de lo que no debe. Quien habla de lo que debe obtiene cuanto es debido e incluso, a veces, un poco más. Quien habla de lo que no debe va a parar al Lugar Apropiado…”. En la Rusia profunda el “Lugar Apropiado” se lo pueden ustedes imaginar, pero más de uno, sobre todo aquel que nos vicegobierna, habrá mandado al Lugar Apropiado, al que todos mandamos a quien nos molesta, a un expresidente de gobierno que le dio hace unos días por decir más de lo que pensaba y por hablar de lo que no debía, aunque no necesitara un mitin, sino una entrevista para ponerse en evidencia. Y a pesar de que el refranero, y como sabiduría popular siempre digno de tener en cuenta, en esto de la oralidad es rico y en exceso prudente (“en boca cerrada no entran moscas”; “callando el necio es tenido por discreto”; “callar como en misa”; “callar como puta”; “calla y come”; etc. recogidos del ‘Vocabulario de refranes y frases proverbiales’ de Gonzalo Correa), es innegable que una de las aptitudes más desatendidas por el sistema educativo desde hace sus buenos años, por no decir décadas, es precisamente la expresión oral. Mientras que da gusto ver a niños argentinos, o uruguayos o chilenos que no levantan ni media cuarta del suelo ponerse delante de un micrófono y expresarse como no lo harían sesudos intelectuales de este país, a nuestros jóvenes (y no hablo ya de niños), en cambio, les cuesta no sólo articular una frase que sea fonéticamente comprensible, sino morfológica, sintáctica y semánticamente correcta; algunos han perdido casi de forma irreparable la articulación lingüística y se comunican por ruidos o gruñidos que mucho tienen que ver con el lenguaje animal y que, bien estudiados, nos podrían llevar al lenguaje de Atapuerca. Lo que habría que preguntarse es si aquellos métodos de enseñanza, medievales si se quiere, pero también renacentistas y por tanto clásicos por excelencia, que se basaban en el arte de la retórica, en el conocimiento de los resortes del convencimiento a través de la palabra, de la dicción, de la argumentación, del diálogo platónico son sistemas por antiguos despreciables. Hoy en día, el arte de la palabra es terreno hollado por unos pocos y, sin embargo, la palabra bien dicha siempre ha ejercido en la masa una gran admiración y por ello ha sido y es fuente inagotable de votos. Pero sólo la palabra bien dicha y a su debido tiempo y lugar. Para decir inconveniencias, mejor el refranero: “callarse como una puta” o mandar al indiscreto al Lugar Apropiado. José López Romero.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

RECUERDOS

Los últimos días han estado cargados de malos presagios, cuando no de malas noticias. Entre estas últimas la desaparición del poeta gaditano, pero universal para los buenos lectores, Carlos Edmundo de Ory. Por cierto, ¿por qué será que cuando desaparece un grande de la literatura, los periodistas tienden a preguntar a personajes públicos sobre su figura? El resultado es un cúmulo de despropósitos de gente famosa pero iletrada hablando sin pudor sobre alguien del que nunca leyeron nada. Pregunten a los lectores, ellos son los que podrían dejar titulares interesantes sobre este o aquel inmortal de las letras, como ahora Carlos Edmundo, que desaparecen físicamente. Pensando en esto último, recuerdo a  Salvador X (esto de la X, no piensen mal, es para mantener el anonimato del personaje), apasionado de la poesía de De Ory, pero frustrado porque la genialidad de aquella no impregnara algo sus propios poemas, y que a finales de los años setenta del pasado siglo tenía un grupito de jóvenes seguidores, con los que se le veía pasear por las plazas y callejuelas del casco antiguo de Cádiz.  Salvador X les recitaba sus poemas en tascas como el Tadeo, entre vasos de vino peleón y algún poema de Carlos Edmundo, que inteligentemente dejaba de vez en vez caer entre los suyos, no fuera que aquellos imberbes y melancólicos acólitos decidieran levantarse y huir, ante tanto destrozo de la métrica, cuando no  del noble arte de la escritura.  Confieso que en  alguna ocasión, cuando veía al grupo pasar ante mí silencioso, precedido de la desgarbada figura de Salvador X, seguramente en dirección al “bareto” de turno donde martirizar con sus versos (y deleitar con los de Carlos Edmundo) a aquellos jóvenes ociosos, tuve la tentación de seguirlos, por curiosidad, por morbo, o  vaya usted a saber porqué  (no pretenderán que me acuerde pasados tantos años), finalmente no lo hice. Preferí comprar mi primer libro de Carlos Edmundo (y traicionar por una vez a Pablo Neruda, del que por entonces era rendido seguidor), “Poesía abierta”. Me gustó (pero no se lo dije a Neruda), y poco después me hice con “La flauta prohibida”.  Ignoro, ahora desde la distancia de otra ciudad cercana, si Salvador X seguirá paseando su figura y sus versos por las callejas de Cádiz,    buscando algún “bareto” (aunque ya no El Tadeo que sucumbiera al paso de los años) con los que convencer a otros imberbes de la belleza de su poesía, aunque para ello tenga que entremeter algún verso de  Carlos Edmundo De Ory para evitar las deserciones. Lo cierto es que estos días de malos presagios, cuando no de malas noticias, me han traído estos lejanos recuerdos. Recuerdos de lector. Ramón Clavijo Provencio

LA PLAY

“- ¡Deja eso!” – me sobresalta la imperiosa voz de mi hijo, que creía afanado gestionándose un entrecot de ternera (la madre, que es una blanda). Por muy rápido que intenté cambiar de canal, no logré impedir que escuchara una noticia que yo sabía me iba a costar algún reproche. “-No ves. ¿Y ahora qué?” Y todo porque al hilo de unas imágenes de unos jóvenes jugando a la play, el reportero afirmaba categóricamente que las videoconsolas activaban las neuronas del cerebro, al margen de los callos en las yemas de los dedos. Estaba demostrado – se decía en la noticia- que esas máquinas infernales desarrollaban los reflejos y producían efectos beneficiosos en las cabezas de nuestra juventud. Mi hijo (lo tenía claro) en cuanto terminó con la carne, se dispuso en su buen sillón a pasarse toda la tarde con el dichoso mandito entre las manos, “a desarrollar mi cerebro” –decía hasta guasón-, y a ver quién era el guapo que le decía algo. Lo que no sabe mi hijo, y seguro que tampoco se quiere enterar, como todos los jóvenes de hoy (o casi todos), es que la lectura, está demostrado también, no sólo produce excelentes beneficios en nuestro cerebro y a todas las edades y que, por añadidura, se ha localizado hasta la zona que se activa con el placer de los libros. Si puede ser cierto (yo no lo voy a poner en duda), que dedicar toda una tarde a matar marcianos o terroristas puede desarrollar zonas de nuestro cerebro, al margen de la flexibilidad de los dedos, aunque la vida sedentaria provoque también enfermedades como la alarmante obesidad que ya padece buena parte de nuestros jóvenes, no es menos cierto, y esto es indudable, que la lectura, además de producir placer y satisfacción, y de activar también nuestras neuronas, nos enseña muchas más cosas (redacción, ortografía, vocabulario, etc.) que no aprendemos con las maquinitas. Si se les metiera en esos cerebros tan activos a nuestros hijos que hay un tiempo para la play, como otro para la lectura, incluso para practicar algún deporte, su futuro de seguro estaría garantizado. ¡Lástima que tengan tan buena cabeza para unas cosas y para otras no tengan ni dos dedos de frente! José López Romero.

jueves, 11 de noviembre de 2010

OBSCENO

Lo siento, pero no me terminan de gustar (y cuando se habla de gustos, ya se sabe que en estas cuestiones…) ciertos escritores norteamericanos en cuyas novelas los protagonistas y casi todos los personajes se pasan página sí y otra también acabando con las provisiones de las destilerías de whisky y llevándose a la cama a cualquier prójima que se ponga en el punto de mira. Llevo casi un mes con la novela “Mujeres” de Charles Bukowski encima de la mesa y siempre que me pongo a leer prefiero invertir mi tiempo, cada vez más escaso, en libros que me calienten sólo la cabeza. Su protagonista, Henry Chinaski, “viejo indecente y alter ego del autor”, como lo define la contraportada, se pasa las cien páginas que llevo leídas en un estado de pre-coma etílico y, hasta en momentos de semiinconsciencia, logra el tío cumplir como un hombre con las seis o siete mujeres que ya han pasado por su cama. Aunque salvando las distancias, en “Los tipos duros no bailan” Norman Mailer nos presenta otra especie de héroe del alcohol y la virilidad, Tim Madden, que curiosamente comparte con el tal Chinaski su profesión de escritor y su adicción al bourbon y al sexo. Y aun reconociendo que la novela de Mailer tiene más enjundia que la de Bukowski, ambas adolecen de una obscenidad que a mí al menos y como he dicho antes no me acaba de gustar. “Obsceno: impúdico, torpe, ofensivo al pudor”; “pudor: Honestidad, modestia, recato”, así define nuestra Real Academia de la Lengua en su Diccionario estos dos vocablos. Quizá sea esto lo que también ha molestado a algunos libreros de Valencia, a la Ministra de Cultura y a otros políticos del libro de Sánchez Dragó, en el que el siempre polémico escritor entre literatura y “alter ego” (al estilo de Chinaski) explicaba cómo se había acostado con dos “zorritas japonesas de 13 años”. Confieso que no he leído “Dios los cría…” del que es co-autor Albert Boadella, pero de la misma manera deberían los que ahora se rasgan las vestiduras prohibir “Opus pistorum” de Henry Miller en cuya primera página también se habla explícitamente de sexo con menores. La vara de medir obscenidades, según la moral hipócrita a la que estamos tan acostumbrados en este país, es muy ancha para unas cosas y para unos y muy estrecha para otras y para otros. Si el sexo con menores es una verdadera perversión y por ello reprobable y condenable, también es obsceno e impúdico, desde el punto de vista ciudadano, los programas de televisión que mercadean con la vida privada; obscenos los que vienen a provincias a dar conferencias, con la soberbia de que aquí nos lo tragamos todo, hasta el chapapote con que nos intentan engañar; y obscenos los que eligen políticos para que su partido gane las elecciones, no para que sirvan al bien común, a su ciudad, a su comunidad y a su país; la razón de partido antes que la razón de estado. Si medimos con la vara de la impudicia, en comparación con algunos, no sólo Sánchez Dragó, las novelas de Bukowski lo mismo nos parecerían cuentos para niños. José López Romero.

OTRA PIEL

Tenía mis dudas de que aún conservara aquel libro. Pero pese a que era pesimista,  la necesidad del momento hizo que lo buscara con determinación entre los estantes que atestan mi ya abultada biblioteca, a la que mi mujer observa con desesperación cómo va expandiéndose por la casa. Quizás aquel “Crepusculario” de Pablo Neruda, que un lejano día compré en la librería Mignon de Cádiz, hubiera desaparecido en uno de mis innumerables traslados de domicilio,  o lo presté, como tantos otros libros, de los cuales, como suele suceder, recuperé luego muy pocos. Pero me equivocaba. Allí se encontraba la edición que en 1977 sacara Seix Barral de este poemario del poeta chileno.  Luego, sin pretenderlo, a medida que hojeaba sus páginas ya algo amarillentas, me inundaron una cascada de recuerdos relacionados con el libro, que jamás pensé pudiera ya recuperar. Quizás sea esa la explicación de nuestro aprecio por algunos libros. Que cuando menos nos damos cuenta, han viajado con nosotros a lo largo del tiempo no solo con su contenido, sino siendo depositarios de otras vivencias que como otra piel invisible los van recubriendo. Hace unos días, en el acto de presentación de una magnífica restauración que se ha hecho de un antiguo libro del siglo XVI, y mientras el restaurador hablaba de las técnicas empleadas para restituir al libro su aspecto original ajado por el paso del tiempo, yo pensaba en esas otras historias, estas no impresas en sus páginas, que el mismo libro atesoraba (los propietarios que lo poseyeron, los desastres de los que fue testigo...) y de las que en algunos casos teníamos noticias, pero en otros jamás será posible ya desvelar. Sin duda el argumento para una novela de misterio (¿quizás la que está leyendo esta joven pintada por el genial Edward Hopper, en la ilustración que acompañamos, mientras viaja en un solitario compartimento de tren?) Ramón Clavijo Provencio

miércoles, 3 de noviembre de 2010

TREINTA AÑOS DESPUÉS

Se cumplen ahora treinta años de un Congreso, el celebrado en Madrid en 1980 bajo el título de “La imagen romántica de España” dirigido por Rafael Calvo Serraller  (y editado por el Ministerio de Cultura en 1981 bajo el mismo título y en 2 vols.), que hoy, con la distancia que dan los años, podemos afirmar sin lugar a dudas  marca un antes y un después en el interés de los historiadores por el fenómeno de la literatura de viajes sobre nuestro país.  Podemos decir que hasta comienzos de la década de los ochenta del siglo pasado, el interés por los testimonios viajeros sobre España era algo puramente testimonial. Es cierto que antes de esta fecha, algunos especialistas habían prestado atención a tales testimonios, baste recordar la magna obra de García de Mercadal, o los trabajos de Cuenca Toribio o   Alberich. ¿Y cómo no nombrar las dos mejores traducciones que se han hecho de las  obras de tema español más conocidas  de George Borrow  realizadas por Manuel Azaña en los años 20 del siglo pasado? Pero salvo estas excepciones algo fallaba cuando las más representativas obras de temática viajera aún permanecían inéditas en castellano a comienzos de los años ochenta (se había traducido a Borrow, pero por ejemplo no a Richard Ford o Andersen, y por supuesto menos a Latour, tan importante para recomponer el perfil de la provincia de Cádiz a mediados del siglo XIX).  La realidad era entonces que a los pocos estudios propios, me refiero al de historiadores españoles sobre el fenómeno, se le unía el poco interés del mundo editorial por lanzar al mercado español los libros más relevantes que hablaban sobre nuestro país, y que nunca habían sido traducidos al castellano. Y es ahí donde irrumpe el Congreso que mencionábamos al comienzo de estas líneas. A este seguiría cuatro años después otro no menos emblemático a nivel andaluz   “La imagen de Andalucía en los viajeros románticos”. Celebrado en el marco grandioso de la ciudad de Ronda, de tantas reminiscencias viajeras, y auspiciado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, fue dirigido por el profesor Alberto González Troyano. Tres décadas después de aquellos congresos, creo que es necesario hacer  balance y apuntar la importancia de los mismos, pues a partir de entonces empezó a ser para los historiadores  algo más que una curiosidad el hurgar por los testimonios que, primero los viajeros ilustrados, y luego los románticos nos dejaron. Y no menos importante es el elevado número de obras traducidas a nuestro idioma desde entonces,  que tienen como temática narrarnos aquellos viajes decimonónicos,  y con las que en estos últimos años miles de lectores de nuestro país siguen disfrutando.  Qué la imagen que  transmitieron  los viajeros a través de sus libros, y cautivara a los lectores europeos durante el siglo XIX y primer tercio del XX fuera la real...bueno esa ya es otra historia. Ramón Clavijo Provencio

NECIO

María Blasco es una investigadora de fama mundial en oncología y envejecimiento. Algunos ya le auguran que más tarde o más temprano el Nobel de Medicina lo tiene en el bolsillo. Dicho esto, no podemos negar que nos encontramos ante una mujer con quien la humanidad está en deuda permanente e impagable, pues está dedicando su vida a la investigación, a la mejora de las condiciones de vida de todos nosotros, en su intento, con éxito por otra parte, por luchar contra las enfermedades y el paso del tiempo. María Blasco cobra al mes 4.000 euros, al marido de la Esteban le han ofrecido 500.000 por una exclusiva. De acuerdo con este dato, que no nos debe dejar impasibles, no es de extrañar que en uno de esos programas de televisión que sufrimos los veranos, aparezca un bulto sospechoso con gafas de sol, blandiendo en su mano una especie de abrevadero de calimocho y con el ademán chulesco, con la desvergüenza de la ignorancia espete a la cámara: “yo también soy un pureta, yo leo libros…” e intentó en vano acordarse con su lengua estropajosa del último título que había puesto entre sus manos sucias. Yo no sé ya, en estos tiempos tan complicados, si a la televisión sólo se asoma la flor y nata de los mentecatos de este país, que parece están esperando a las cámaras en todas las esquinas o en cualquier playa para soltar el exabrupto de rigor, o si la mentecatez, la zafiedad, la ordinariez son ya genes que se han incorporado al ADN de este país. En “Nuestro GG en La Habana”, novela de Pedro Juan Gutiérrez, un viejo boxeador, Crazy boy, le comenta a Grahan Green: “El boxeo es la vida. O al revés. La vida es un boxeo: uno golpea, lo golpean a uno. Y gana el que pega más duro, más rápido y con mayor capacidad de asimilación. Eso es la vida, míster.” Cuando uno se para y observa los 4.000 euros de María Blasco y los 500.000 ofrecidos al de la Esteban, aun estando de acuerdo con las palabras de aquel viejo y deshaparrado boxeador de La Habana, yo me quedo con Macbeth: “La vida… es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia que nada significa”. José López Romero.

jueves, 28 de octubre de 2010

Compulsivo

“Dusty había concluido que la gente podía renunciar a cosas; lo que no podía era dejar de comprarlas”. Dusty es una psicóloga que intenta ayudar a Mrs. Ransome una vez que al matrimonio Ransome le han desvalijado la casa, hasta el extremo de llevarse hasta el papel higiénico. Me estoy refiriendo a la  novelita de Alan Bennett “Con lo puesto” (a la que citaba hace dos semanas). La ayuda psicológica para la protagonista, como pueden comprender por lo del higiénico, no era para menos. Cuando leí esta frase de la novela de inmediato la relacioné con un estudio que habían hecho los departamentos de matemáticas de tres universidades españolas (dos valencianas y una del País Vasco) sobre la adicción a las compras de los españoles y la predicción del consumo hasta el año 2013. Partían los sesudos matemáticos de las estadísticas actuales (habrá que cambiar el aserto orteguiano: “yo soy yo y mis estadísticas”), que arrojan el siguiente punto de partida: el 44,03 por ciento se encuadra dentro del grupo de compradores racionales (personas con un alto autocontrol sobre la compra), el 39,20 por ciento en el de sobrecompradores (personas con hábitos de compra impulsiva y una alta tendencia a la compra emocional o no planificada) y un 16,77 por ciento de la población es adicta a las compras (son aquellos ciudadanos con dificultad para controlar su comportamiento impulsivo-compulsivo de compra); y después de indescifrables fórmulas matemáticas llegaban a la conclusión de que en el 2013, una vez superada la crisis (¡qué ilusos!), el porcentaje de adictos subiría en detrimento de los racionales. La conclusión no puede ser más apabullante: “En épocas de bonanza económica, donde mayor porcentaje de individuos considera expectativas económicas futuras positivas, se acelera el ritmo de crecimiento de la subpoblación de adictos a las compras”. Lo mismo con la simple observación del índice de ventas de coches habrían llegado a la misma conclusión sin tanto alarde matemático, pero cómo entonces se hubiesen entretenido tantos matemáticos y, sobre todo, hubiesen justificado sus sueldos universitarios que no son moco de pavo. Yo he conocido y conozco personas adictas a la compra de libros, incluso yo mismo sufrí en cierta época de esta compulsión aunque yo me incluiría en los “sobrecompadores” ya que no llegué al extremo, como otros ilustres lectores, de esconderle a mi mujer las compras que iban llenando las estanterías y las paredes de la casa; quizá por ello tenga una mayor sensibilidad o comprensión hacia las personas que van a una librería y se compran el último libro publicado; pero me retiro por prudencia de aquellos que están comprando “La caída de los gigantes”, no vaya a ser que me inoculen el virus de la adicción para el que no hay ni supositorio que lo cure, aunque si lo hubiera  muchos se los pondrían ¿con tal de comprarlos?  José López Romero.

Cuando menos lo esperamos

Hace algunas semanas al Sr. Obama le tiraron un libro a la cabeza (en esto ha mejorado sobre Bush que solo fue merecedor de una vieja alpargata). Sucedió en un mitin en Filadelfia, donde el agresor,  un escritor frustrado,  trataba de llamar la atención sobre su obra aunque fuera a costa de hacerle un chichón al presidente norteamericano (no sería de extrañar que pronto algún avispado  edite el   libro volador, esperanzado en que se venda por miles de ejemplares con el reclamo en su portada de que fue el libro que rozó la frente de Obama). Pero mientras este impresentable buscaba la fama de esa manera y no por méritos literarios, por las mismas fechas  otros  lanzaban  soflamas verbales  contra  un escritor de indudables méritos literarios.  Y es que el último blanco de los intransigentes ha sido el reciente premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Y  me estoy refiriendo  por un lado a las palabras pronunciadas contra él por ese actor? llamado Willy Toledo, últimamente más conocido por sus exabruptos que por su carrera artística, o al  “ínclito” Evo Morales, presidente de Bolivia. El primero no  dudaba en llamar peligroso derechista al escritor peruano, lo que a más de uno nos deja perplejos y nos hace temblar ante la posibilidad de que personajes  extremos, inclinados a la descalificación de los que no piensan como él, pudieran tener alguna vez influencia sobre nuestras vidas. En cuanto a Evo ¿qué decir? cuando no contento con haber dado en un partido “amistoso” de fútbol una brutal patada en salve sean sus partes a un contrario (al que por cierto expulsaron por juego peligroso. ¿A ver quién es el guapo que expulsa a Evo?),  tildaba luego de fanático al reciente premio de Literatura porque  sospecha  que no mira con buenos ojos su figura presidencial. La que sí nos pareció un título afortunado para un final feliz la comparación que algún medio de comunicación chileno hizo del rescate de sus mineros, cuando titulaba la noticia “el alias de Julio Verne es Luis Urzua”, en alusión al líder de los 33 mineros rescatados, y que  como todo buen capitán  salió el último de este no previsto “Viaje al centro de la Tierra”. En fin que la literatura, buena o mala, parece irrumpir en la realidad cuando menos lo esperamos. Ramón Clavijo Provencio.

miércoles, 20 de octubre de 2010

DEL FUTURO

Me encuentro en mi librería de guardia a una buena amiga que busca un libro. Me explica que  ha localizado dos ediciones, pero creo –me dice- que me voy a llevar esta, más cara y mejor editada, y  así podré seguir formando una  biblioteca con ciertas garantías. ¿No crees, Ramón?  La felicito por su decisión y tras despedirme me pierdo por las galerías de libros, aún gratamente sorprendido porque  en estos tiempos alguien aún piense en transmitir la idea de lo conveniente de formar una buena biblioteca. Y es que lo que parece imponerse entre muchos lectores es la idea contraria: una vez se van asentando los e.books, parece se terminó el tiempo de las bibliotecas particulares, con sus muebles atestados de libros, que tanto espacio  ocupan en nuestros domicilios.  Es cierto que son muchas las dificultades para hacerse y mantener una buena biblioteca, aspiración lógica a la que de todas maneras se ve abocado cualquier buen lector. De ellas nos da cuenta de una manera  divertida y amena   Jesús Marchamalo en su libro “Tocar los libros”, con el que salí bajo el brazo aquel día de la librería, pero me temo -¿o más bien me alegro?- , y  me refiero a las dificultades, que estas seguirán para los buenos lectores pese a los e.books. Quizás sea una intuición, un presentimiento, pero yo mismo les confieso que cuando comencé a conocer las ventajas evidentes que los e.books podían proporcionarnos, sobre todo en cuanto a almacenamiento, transporte y accesibilidad rápida a lo que buscamos, la única consecuencia, y quizás ni siquiera negativa, que el aparatejo en caso de adquirirlo presentí me podría traer, es el de obligarme a ser más escrupuloso en mis adquisiciones.  Seguiré adquiriendo en papel las ediciones de los libros que más deseo, o libros cuyas ediciones por sí mismas hacen una tentación insoportable no dejar de poseerlas. Al e.book, en cambio, lo dejaré  como refugio de otros libros a los que no necesite acariciar, ni recordar, todo lo más leer circunstancialmente para luego almacenar por si acaso, sin que sea un agobio para mi domicilio. Y es que como cualquier otro  lector, como la  amiga del comienzo de estas líneas, pese a los e.books seguiré aspirando a reunir en papel  una buena,  aunque quizás menos numerosa, biblioteca. Ramón Clavijo Provencio.  

CARTAS

Los epistolarios son un “género” que visto desde lejos nos puede resultar menor y hasta marginal, pues una colección de cartas dirigidas a amigos, conocidos o personas de interés y relevancia en su época, quizá no tenga el suficiente atractivo para el lector. Sin embargo, precisamente por ello es en las cartas donde podemos conocer más de cerca no sólo al personaje, sino a sus destinatarios. Muchas veces nos asalta la curiosidad por saber qué es lo que hay detrás de una persona pública porque, dicho sea de paso, el epistolario que nos puede interesar no es exclusivo de escritores y artistas en general, sino de cualquier persona que por diversos motivos tuvieron o desempeñaron un papel importante en la historia. Tengo a mano tres epistolarios que son otros tantos retratos de sus autores, pero esta vez es la palabra sincera la que va perfilando llena de matices la figura del protagonista: sus pensamientos, sus anhelos, sus proyectos, pero también sus dificultades, la vida doméstica, la amistad; es decir, lo que es un ser humano en toda su dimensión. Juan Luis Vives tuvo que huir de España ante el riesgo de ser apresado por la Inquisición; las cartas dirigidas a Erasmo de Rotterdam y las que éste le remitió, que forman ya en sí mismas un epistolario, son un inestimable documento de las inquietudes religiosas o teológicas que ambos personajes, lo más granado, los dos verdaderos monstruos sagrados (si ellos me permiten el calificativo) del humanismo renacentista, tenían. Hace ya unos años, en la famosa cuesta Moyano de Madrid, me encontré con un volumen que recogía el Epistolario completo de Francisco de Quevedo, en una edición barata pero prologada por el gran Luis Astrana Marín. De la enorme correspondencia que mantuvo Quevedo con los más altos personajes de la Corte, destaca la serie dirigida al duque de Osuna, de quien fue D. Francisco secretario y consejero particular, y de cuyas peripecias por Nápoles, de la que fue virrey el duque, por poco le cuesta la vida al genial escritor. Y finalmente, de D. Gaspar Melchor de Jovellanos se conserva también una extensa colección de cartas (más de un millar), de la que una selección fue publicada por la editorial Labor al cuidado de D. José Caso González, uno de nuestros grandes expertos en el siglo XVIII. Con total acierto Caso González en el prólogo a la edición va insertando las cartas seleccionadas en los acontecimientos personales e históricos que jalonaron la vida del escritor reformista, a los que no deja de hacer alusión en su correspondencia. Podíamos citar muchos ejemplos de epistolarios que alumbran la personalidad de políticos, artistas, hombres de negocios, etc. Por ahora se me hace difícil imaginar un volumen que recoja los mensajes enviados a través del correo electrónico o incluso de los móviles por algún escritor o personalidad pública, pero todo se andará. ¿O ya se ha publicado alguno? ¿Tendrá correo electrónico Belén Esteban? No quiero ni pensarlo. José López Romero.

miércoles, 6 de octubre de 2010

VERANO

-“¡¡¿Usted otra vez?!!” – me recibe el cura tridentino que me cosió a penitencias el verano pasado. “¿Otra vez viene, contrito y confeso, a arrepentirse por haber leído un best-seller?”. –“¿Cómo me ha reconocido?” –le respondo sorprendido. – “Porque lleva usted la marca de Stieg Larsson en la cara”. “Pues sí. A eso vengo, a confesar que he caído de nuevo este verano y me he leído el segundo tomo de la trilogía ‘Millennium’, de cuyo título ni quiero ni puedo acordarme. Pero a diferencia del primero, éste me ha parecido realmente malo, un verdadero bodrio, con una trama que no se la creen ni los suecos, penosamente hilvanada y no hablemos de otros aspectos. Es decir, un disparate narrativo. –“Pero usted a qué viene aquí? ¿a confesarse o a acusar?” Y supongo que no habrá dedicado todo el verano a leerse el bodrio que usted dice. A ver si con las otras lecturas podemos hacer algo por su alma” –me dijo el cura poco convencido de la propuesta. “Pues mire usted –le respondí más animado, pensando que con las otras lecturas al menos podría moverle a compasión, aliviar mi pena y, sobre todo, esperar que no se ensañara con el castigo- ‘Dos crímenes’ de Jorge Ibargüengoitia es de lo mejor que he leído; un autor al que cada vez se acerca más público y que de seguro a ninguno defrauda; ya leí el pasado verano ‘Las muertas’ y me parece un escritor magnífico. Como magnífica es la biografía de Stefan Zweig de Oliver Matuschek (‘Las tres vidas de Stefan Zweig’), que complementa perfectamente la que escribió el propio Zweig (‘El mundo de ayer’); un autor, Zweig, de mesilla de noche. Dos novelas de Andrea Camilleri para hacer más soportable el calorcito de este verano, que no ha sido poco; en la línea siempre refrescante y divertida de las peripecias del inspector Montalbano. He revisado escritores como Buero Vallejo (‘Las trampas del azar’) y Juan Benet (‘El aire de un crimen’); y me ha sorprendido el escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez y su ‘Nuestro GG en La Habana’, hasta el punto de que ya tengo preparada su ‘Trilogía sucia de La Habana’. Alguna cosilla más he leído, pero no vienen al caso. El cura se acarició la barbilla con el índice y el pulgar y sentenció: - “Ya que se pone usted así, por este año se va a ir de rositas; pero como el año que viene venga con el tercer tomo de ‘Millennium’ yo ya no podría salvarlo: ¡al infierno!”. José López Romero.

¿LA ISLA DE LA POLÉMICA?

Uno de los temas más curiosos, pero no por ello menos interesantes, que han saltado a la actualidad cultural en estos últimos meses, ha sido sin duda el anuncio de Andrew Motion, afamado poeta inglés, de estar escribiendo la segunda parte de “La isla del tesoro”. La verdad es que la noticia habrá hecho a algunos escandalizarse, pese a que haya pocas cosas ya a estas alturas que nos puedan llevar a ello. De materializarse el asunto, y nada parece que vaya a cambiar la decisión de Andrew Motion, se avecina una tormenta y no precisamente sobre la Hispaniola. En realidad no es la primera vez, ni será la última, que alguien, por razones diversas en una escala que va desde el oportunismo hasta la veneración por un libro, decide escribir una segunda parte de una historia admirada por los lectores, ignorando el dicho que todos conocemos sobre las segundas partes de las mismas, y tanto más aún si la continuación no es fruto de la pluma del autor que la inició. Muchos ejemplos de lo que decimos se nos vienen a la cabeza, pero lo que le da cierto morbo a este caso, no es sólo que “La isla del tesoro” es uno de esos libros en los que solo pensar en continuar la historia ideada por Stevenson, pueda parecer un sacrilegio ( aunque vivamos una época donde los sacrilegios, en este caso literarios estén a la orden del día), sino que el “aventurero” no sea esta vez un joven escritor ambicioso, deseoso de ser conocido a costa de lo que sea, sino un prestigioso nombre de las letras inglesas. Porque Andrew Motion, amigos, fue reconocido con el Poeta Laureado del Reino Unido (título honorífico que concede la Corona Británica), y actualmente da clases de escritura creativa en el prestigioso Royal Holloway. Lo que parece indudable es que en un recorrido literario largo y plagado de reconocimientos como es el suyo, este proyecto, que piensa materializar a través del sello Jonathan Cape de Random House, pudiera parecer un innecesario salto al vacío donde se puede ganar poco y, en cambio, perder mucho. La verdad es que las explicaciones de Motion eran perfectamente previsibles. ¿Por qué no escribir una continuación de la historia que Stevenson improvisó para su hijastro Samuel Lloyd Osbourne, si este dejó un final abierto a todo tipo de posibilidades? y ¿por qué no podría intentarlo alguien que, como es el caso de Andrew Motion, tiene todas las cualidades literarias para ello? En fin, la polémica está servida, y no son pocos los que ya opinan sobre este asunto que amenaza con no desaparecer de los cotilleos literarios, hasta la publicación de esa segunda parte que se anuncia para el año 2012, y que por cierto ya tiene título, que como no podría ser de otra manera es el de “Regreso a la isla del tesoro”. Ramón Clavijo Provencio

sábado, 18 de septiembre de 2010

DE VUELTA


Transcurren los últimos días del verano que esta vez sí ha sido un largo y cálido verano, y quizás por ello miramos con prevención las hojas del calendario tratando de adivinar que nos depararan. Bueno, ya saben que ahí fuera todo sigue siendo demasiado desalentador, ¿para qué pues perder el tiempo hablando de la crisis económica o de esas otras tantas crisis ya sean globales, locales o personales, a las que parecemos abocados los humanos desde el principio de los tiempos?. Un buen libro siempre ha sido mi escondite preferido . He tenido unos cuantos este verano que ya acaba (me dejó un grato recuerdo "Sauce ciego, mujer dormida" de Murakami), y me he hecho con algunos más para esos días futuros que me recuerda el calendario, entre ellos "El hombre inquieto" de Mankell donde este pone punto y final al entrañable Wallander . De unos y de otros iré dando cuenta aquí, como hasta ahora, esperando encontrar algún eco al otro lado. R.C.P.

martes, 20 de julio de 2010

Reseña: "La fiesta del oso"


La fiesta del oso
Jordi Soler. Mondadori, 2009.
Como decía un conocido articulista “otro libro sobre la Guerra Civil”, pero en esta ocasión en vez de aplicarle el sentido peyorativo que tiene la frase, lo hacía en el sentido contrario. Y es que pese a todo, pese a la avalancha de publicaciones de ficción, que toman la Guerra como escenario de historias, la mayoría perfectamente prescindibles, en “La fiesta del oso” topamos con un relato brillante y creíble, arropado por una sólida base documental: Arcadi vive en el convencimiento de que su hermano Oriol murió al final de la Guerra Civil, cuando intentaba cruzar la frontera. Muchos años después recibe una carta que viene a contradecir lo que siempre había creído, a la vez que lo aboca a una investigación que culminará en un inesperado final. R.C.P.

Reseña: "Sonetos lujuriosos"


Sonetos lujuriosos
Pietro Aretino. Visor, 1991.
Luis Antonio de Villena, a cuyo cargo corren el prólogo y la traducción de estos sonetos, define al Aretino en los siguientes términos: “Chantajista, libelista, periodista, pornógrafo, crítico de arte, vividor”, o también: “el divino”, para unos; el “azote de príncipes”, para otros. Lo cierto es que el Aretino es uno de esos personajes que convirtieron su vida en obra de arte; con más motivo aún cuando le tocó vivir o beberse a tragos largos lo mejor del Renacimiento italiano. Digamos que el Aretino fue en conclusión un provocador; no se entiende de otra manera, la escritura de estos sonetos lujuriosos que, a modo de obra curiosa, publicó Visor en su prestigiosa colección de poesía. Dieciséis sonetos más tres en apéndice conforman este conjunto que ofrece el texto italiano y la traducción de Villena. Con “Jodamos, alma mía, jodamos enseguida, / pues todos para joder hemos nacido” se inicia el conjunto. Poesía y filosofía puras. Toda una declaración de intenciones. J.L.R.

jueves, 8 de julio de 2010


Soy un Gato. Natsume Soseki .Impedimenta, 2010
No sé si conocerá este libro mi admirado Carlos Lainez, y algunos de sus gatos surgidos de sus pinceles tengan alguna relación con este felino oriental, pero tras leer este libro del que ya tenía noticias hace tiempo (cuando mi interés se vio frenado en su momento por la inexistencia de una traducción de garantías), creo que he encontrado un nuevo personaje que incorporar a mi galería de favoritos. Desde siempre ha ejercido una especial fascinación, sobre el lector de nuestro país la literatura japonesa, para la que las grandes editoriales siempre han dejado un hueco en sus colecciones. Por ello era de extrañar que una pieza tan delicada como esta permaneciera inaccesible para el lector español. “Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre…” es el comienzo de una tan hilarante como mordaz sátira social (ambientada en Japón, pero también podría ser en cualquier otro lugar), con la que han disfrutado generaciones de lectores. Magnifica la edición de la editorial Impedimenta. R.C.P.


Venganza en Sevilla. Matilde Asensi, Planeta, 2010.
Sigue la novela histórica estando entre las preferencias de los lectores, sino que se lo pregunten a mi buen amigo Atanasio, que sigue con pasión todo lo que cae en sus manos (últimamente anda liado con la serie de Simon Scarrow sobre el legionario Quinto Licinio Cato). Ello es algo evidente, lo que no tengo tan claro es si el tipo de novela histórica que se impone hoy tiene algo que ver con aquella de la que fueron grandes maestros, entre otros, Robert Graves o Mary Renault. En nuestro país hay varios ejemplos de este nuevo estilo de novela histórica, los más representativos los de Perez Reverte y Matilde Asensi. Lectores no les faltan. Un gran trabajo de documentación, una historia creíble pero previsible y, acción por doquier. Cierto es que entretienen, se pasa un buen rato, y mi admiración para ellos que han devuelto a la lectura a multitudes, pero el brillo de la literatura en sus páginas no es de la intensidad de aquellos maestros, algunos de los cuales hemos nombrado arriba. R.C.P.

viernes, 25 de junio de 2010

LA MIRADA


Admiro a la escritora Donna Leon desde que leí hace unos años su ‘Amigos en las altas esferas’, novela a la que le siguieron algunas más, y ya tengo preparadas para el verano otras que tienen como protagonista al comisario Guido Brunetti. Pero si les soy sincero, prefiero el tono más desenfadado e irónico de Camilleri con su Salvo Montalbano y la galería de personajes, entre los que destaca Catarella; o incluso a Petros Márkaris con su comisario Kostas Jaritos, quizá porque al hilo de crímenes y asesinatos nos ofrece una visión muy sincera de un país (Turquía) y una ciudad (Estambul) encrucijada de civilizaciones y culturas tan lejanas como cercanas a las nuestras. Pero no me gusta la Donna Leon que leo en entrevistas que han sido publicadas en diferentes revistas, en las que se muestra excesivamente crítica con los italianos. Una mujer inteligente como Donna Leon ya se ha encargado de denunciar en sus novelas la corrupción que se enseñorea de un país, en concreto de Venecia, ciudad en la que ambienta todas las peripecias de Brunetti; denuncias que repite una y otra vez en las entrevistas, pero no se puede “morder tanto la mano de quien te da de comer”, porque también hay que predicar con el ejemplo. Y ahora resulta que la señora Leon vive del alquiler en Venecia, porque su residencia la tiene en Suiza y conserva su nacionalidad americana, porque sigue votando en EE.UU. Es la mirada cínica de quien se permite ver el mundo por encima del hombro. Una mirada que también descubrimos en actores como Alberto San Juan, que ahora “hace caja” en intervenciones en series de televisión, y que se sigue aprovechando de la subvención con su grupo Animalario, subvención que también tuvo que ganarse con el sudor de su ceja con aquel gritito de “No a la guerra” en la entrega de los Goya y con su pertenencia a la peña del circunflejo. Hace unos meses le leía al señor San Juan en una entrevista la siguiente frase: “¿Manifestarme para pedir que no haya crisis? Al estar yo solo, sin hijos a los que mantener, a mí me afecta relativamente”; una frase que deja al descubierto la catadura moral de un actor que se mira antes el bolsillo cuando de denunciar y comprometerse se trata. Todo un ejemplo. José López Romero.

DEL VINILO AL PAPEL


Se ha clausurado recientemente la primera Feria Internacional del Disco, donde la estrella y principal excusa para organizarla ha sido el disco de vinilo. Es un hecho éste que me tiene fascinado desde hace algún tiempo (tranquilos, que ya verán cómo finalmente llegamos a hablar de libros), y es que asistimos no sólo al mantenimiento de un formato para escuchar música, que ya desde hace años, si hubieran acertado los profetas de siempre, debía haber desaparecido, sino que además el vinilo está demostrando que atrae a un cada vez más mayor número de personas. Todo ello parece venir a demostrar algo que intuíamos, esto es: que la tecnología y los nuevos soportes que nos va proporcionando ésta, nos hacen avanzar en muchos aspectos pero en otros, en este caso el mayor realismo que supone escuchar música en vinilo sobre el demasiado “limpio” sonido digital, puede no sólo no hacer desaparecer elementos que creíamos obsoletos, sino que estos pueden llegar a vivir una segunda edad si no de oro, al menos de plata. También en Madrid, y a propósito de la recién clausurada Feria del Libro, leía los llamativos datos estadísticos que esta nos ha proporcionado. Sí, es cierto que ha habido un descenso de ventas que algunos cifran cercano al 10%, pero parece que este dato más que estar en relación con una progresiva desafectación del ciudadano de este país con el libro, ayudado por la crisis desbocada, se debe en esta ocasión al horroroso tiempo que ha acompañado el evento durante su celebración. En realidad, y como titulaba algún periódico generalista en su sección cultural, “El libro ha aguantado en esta ocasión el dragón de la crisis”. Pero el dato que más llama la atención, pese a los pronósticos previos, es sin duda el de la escasa venta pero también el de la escasa atracción, que el libro electrónico ha tenido sobre los miles de visitantes que se acercaron a las casetas de las distintas editoriales y que efímeramente se levantaron en el parque del Retiro. Y eso que hace unos días saltaba la noticia de la constitución de Libranda, sello tras el que encontramos a los principales grupos editoriales de este país que se han unido para la comercialización de libros digitales. Todo parece que se precipita en dirección a los nuevos formatos, y muchas son las ventajas que sin duda empezamos a vislumbrar, pero no demos por acabado al formato papel que sigue mostrando muchas ventajas aún. Esto no ha hecho más que comenzar, según todos los indicios, pero espero que al menos no tratemos de enterrar con precipitación y alevosía al libro en papel, y de aquí a algunos años tengamos que organizar ferias, como ahora la Internacional del Disco de vinilo, lo que es una manera de decir sin palabra que en algo, hace unos años, nos tuvimos que equivocar. Ramón Clavijo Provencio

jueves, 17 de junio de 2010

CUESTIÓN DE SALUD


Se echa uno a temblar cada vez que pasea la mirada por el periódico de toda la vida, me refiero al formato papel, aunque no es que vaya la cosa a mejor si repaso los titulares en las ediciones digitales. Me temo pues, que algunos vamos a tener que pedirle al médico de cabecera algún fármaco para que no nos suba en exceso la tensión, y es que el precio por estar bien informado hoy es estar el resto del día en permanente estado de excitación. Hoy mi intento diario de estar bien informado, no parece ir mejor que de un tiempo a esta parte…. Que si nos van a subir no sé cuánto el recibo de la luz, que si el Banco Mundial califica la situación de nuestro país de muy grave…No crean, intento saltar a páginas más “amables” pero en la sección de ecología hoy traen una serie de fotos del desastre del vertido en el golfo de Méjico. Deportes: Iniesta se rompe y no podrá jugar con Suiza…Nadal exhibe en Roland Garros un reloj de medio millón de euros (está la cosa para gracietas de este calibre). Tomo aire. En fin, cuando la cosa se pone tan imposible como hoy, y cada vez suele suceder con más frecuencia, yo lo tengo claro desde hace tiempo, doy por finalizado el momento dedicado a la información para pasarme a la literatura. Lo primero que se logra es no seguir alterando vilmente el ritmo cardíaco. Lo segundo es evidente, lo paso mejor. Además, en el estante de las próximas lecturas me aguardan varios libros, ahora que ya finalicé este “Mejillones del Parnaso”. Bueno, si les soy sincero, con él también verán como página tras página se les altera el ritmo cardíaco. Claro que no es lo mismo perecer ante los bellos dibujos de voluptuosas vestales fruto de los pinceles del artista Pepe Yáñez, o disfrutar de ese recetario en verso del siempre brillante Rafa Benítez, pícaro cantor de un muy particular Parnaso literario, en la línea de la mejor poesía erótica, que nos dé un síncope leyendo las últimas noticias sobre la peligrosa deriva a la que va abocado este puñetero mundo. Ramón Clavijo Provencio

LA VERDAD


“El periodismo, viejo o nuevo, debe atenerse ante todo a la verdad”, nos venía a decir Gay Talese, considerado como el padre del “Nuevo Periodismo”, en una entrevista. Y hace unos días un famoso director de un periódico nacional se dejaba caer con este titular: “Viviremos una nueva era de esplendor periodístico” en referencia a las incalculables aplicaciones de las nuevas tecnologías en esta sociedad de la información y la comunicación. Y en realidad, el periodismo, sea viejo o nuevo pero que sea bueno, no ha hecho otra cosa que exponer la verdad desde que nació como hojas volanderas o panfletillos, para alcanzar una primera época de esplendor en el siglo XIX (magnífico el libro de Mª Cruz Seoane ‘Historia del periodismo en España. Siglo XIX’, Alianza Universidad), y terminar con su consolidación definitiva como ese cuarto poder a lo largo del XX. ¿Nuevo esplendor? Yo más bien diría que el periodismo nunca ha pasado por momentos críticos y siempre ha gozado de buena salud, porque unos u otros le han dado a la sociedad lo que ésta en su diversidad les ha demandado. En España son incontables los grandes nombres que han contribuido a ese esplendor de la prensa escrita, desde Larra, pasando por José Mª Pemán (mejor periodista que poeta o dramaturgo), González Ruano o el mismo Umbral (al que también podemos aplicar lo dicho a Pemán); hoy los nombres de excelentes profesionales del periodismo no cabrían en las páginas de este Diario, muchos de los cuales han marcado estilo en la profesión, han sido reconocidos pero, sobre todo, y quizá esto sea lo más importante para un periodista, gozan del prestigio de la verdad. Porque al margen de nombres y tiempos, la sociedad, o parte de ella, seguimos queriendo del periodismo ante todo la verdad, lo que se ha llamado de toda la vida “información”, sin perjuicio de la opinión que forma también, si se sabe utilizar, ciudadanos libres y comprometidos. Por eso, en un mundo en el que la información llega tan deprisa y a tantos sitios, en que sin duda “viviremos una nueva era de esplendor periodístico” con el uso de las nuevas tecnologías, el ciudadano cada vez exige más que el periodista responda a la verdad y no a los intereses del grupo mediático al que pertenece. El daño que a la sociedad le están haciendo algunos medios de comunicación, algunos periodistas que en otro tiempo gozaron de prestigio, hoy convertidos en la voz de su amo (que ya murió, por cierto), la ocultación de la verdad, la defensa de lo indefendible por salvar la subvención, ya no es periodismo, sino fraude, mentira y mezquindad. José López Romero.

miércoles, 9 de junio de 2010

BRUGUERA


Aunque mi compañero de página se consolaba la semana pasada con el socorrido refrán “no hay mal que por bien no venga”, para segar a golpe de guadaña tanta subvención indiscriminada, ¡y que conste que no le faltaba razón!, por los mismos días en que escribía su artículo nos llegaba la triste noticia del cierre de Bruguera. El Grupo Zeta, al que pertenecía desde hacía unos años el sello de esta antigua editorial, después de su primera quiebra sucedida en los años 80, ha decidido acabar con una colección revitalizada en el 2006 con una nueva y atractiva línea editorial dirigida por Juan Pascual y la escritora Ana María Moix. Cuando entramos en una librería muchas veces nos preguntamos cómo pueden sobrevivir editoriales que no dejan de publicar libros cuyas ventas de seguro no llegan ni a cubrir gastos. Algunas mantienen la actividad con escritores y libros que son éxito seguro; otras malviven con una pequeña cuota de mercado; pero la mayoría, y no digamos las minoritarias, se las va a llevar la crisis por delante, si no acude a su rescate grupos como Planeta, que hace poco compró el Círculo de Lectores, que estaba ya en situación delicada. Absorciones y fusiones que, al igual que sucede en el mundo financiero con las cajas de ahorros, bien puede ser un remedio contra unos tiempos que se presentan muy oscuros. Sin embargo, un remedio que se ha visto ineficaz en el caso de Bruguera y el Grupo Zeta. En nuestras bibliotecas personales, que hemos ido formando desde hace unas cuantas décadas los que podemos definirnos como “los que ya peinamos canas o no peinamos nada”, no faltan libros de Austral, Alianza Editorial y, por supuesto, Bruguera. De éstos, la colección de clásicos es de lo mejor que podíamos comprar en aquellos años: las antologías del teatro de Tirso, del teatro del siglo XVIII, las poesías de Lope, los dramas de Shakespare, etc. a precios irrisorios, la mayoría a 60 ptas. La dichosa crisis nos va a dejar hasta sin recuerdos. José López Romero.

NOTICIAS DESDE LA CAPITAL DEL REINO


Estos últimos días la actualidad cultural en Madrid ha estado protagonizada por la Feria del Libro que, sorprendentemente, parece haber aguantado el tipo pese a los iniciales pronósticos desfavorables habida cuenta de la dureza de la crisis que nos azota. En fin, que a falta de los datos definitivos, en esta ocasión el libro parece haber superado con nota la prueba anual en el paseo del Retiro y, afortunadamente, los pronósticos desfavorables fallaron. Pero pese a que el protagonismo se lo llevaba, como decíamos, lo que acontecía dentro del recinto ferial, al mismo tiempo se producía una noticia que, pese a su hondo calado y trascendencia para la cultura de este país, ha ido pasando casi desapercibida. Me refiero a la dimisión tan solo hace unos días de la directora de la Biblioteca Nacional Milagros del Corral. Tres años después de aquella otra dimisión de su predecesora, la mediática Rosa Regás y que por otras razones que no vienen al caso fue profusamente recogida en los medios de comunicación, esta dimisión ha pasado casi desapercibida como decíamos y, lo que es peor, no sería muy descabellado pensar que ha habido ciertos indicios de premeditación en cuanto a correr una tupido velo sobre el asunto por parte de los medios oficiales. ¿Pero qué ha pasado? Técnicamente el detonante ha sido la decisión del ministerio de suprimir (justificándolo en el proceso general de recortes en la administración producto de la crisis, para reducir los números rojos) la Dirección General de la Biblioteca Nacional, degradándola en una subdirección, aunque formalmente el que ocupe este cargo se le siga denominando Director o Directora de la Biblioteca Nacional. “¿No te das cuenta Milagros –nos imaginamos a la ministra dirigiéndose a la hasta hace poco directora- que es más guay ser subdirectora general que Directora de la Biblioteca?”. Milagros del Corral no parece haber caído en la trampa, y es que la decisión no parece motivada por una reducción presupuestaria, puesto que el sueldo del cargo sea con una denominación u otra sigue siendo prácticamente el mismo, lo que duele, y aquí estamos ante el quid de la cuestión, es la devaluación real por esta decisión, del status histórico de la Biblioteca Nacional dentro de la estructura de la Cultura en nuestro país. Esto es, que dejaría de ser un ente autónomo del Ministerio de Cultura, para depender, por su bajada de categoría orgánica directamente del ministro, en este caso ministra, de turno. Primarían en definitiva, y a partir de ahora, en la biblioteca los criterios políticos sobre los puramente técnicos. Juan Pablo Fusi, antiguo Director y actual patrono de la Biblioteca también ha presentado su dimisión, y parece que no será la última, ante este degradante trato a la primera institución en relación al libro existente en nuestro país. Ramón Clavijo Provencio

sábado, 5 de junio de 2010

NUEVOS TIEMPOS


En estos tiempos de crisis, en el mundo de la cultura tocan madera. Es lógico, si en época de bonanza nunca fue ésta una de las principales preocupaciones del país, ahora ya se pueden imaginar. Los recortes llueven para todos, y aquí parece que la tormenta va a ser mayor. Pero miren por donde en este capítulo hay una cosa de la que me alegro, y es de que de una vez por todas empiecen a desaparecer las numerosas subvenciones que, con dinero público, se han estado concediendo a diestro y siniestro, la mayor parte de las veces sin criterios serios, a colectivos variopintos de los que poco importaba que estuvieran integrados por media docena de amiguetes, o que encallados en el pasado hubieran perdido hace tiempo su anclaje con la sociedad. Así, durante los últimos años fueron proliferando por un lado curiosas asociaciones “culturales” que compartían la tarta de la subvención pública con otras que añoraban descaradamente el pasado sin propósito de enmienda. Todo ello pasaba en detrimento del verdadero asociacionismo cultural, algo siempre beneficioso para la sociedad y que la mayor parte de las veces avanza sin que tenga que ser cuestión de vida o muerte la llegada de la subvención de turno. Pues bien, que se preparen unos y otros para esta nueva etapa, pues como en la teoría de la evolución de las especies, ya solo sobrevivirán las más fuertes, las que mejor se adapten a la nueva situación que es tanto como decir las que la propia sociedad considere como necesarias Por ello, no tengo ningún cargo de conciencia por alegrarme de la segura desaparición en nuestra ciudad de “los amigos de los escritores que no aprendieron a leer”, o porque tiemblen los cimientos en forma de subvenciones, de esa gerontocracia de “los caballeros de la santa medalla”. Aunque no lo crean, tengo esperanzas de que esta difícil época que ahora se abre sea fructífera para el verdadero asociacionismo cultural, pues de camino quizás se lleve por delante a tantos oscuros personajes que llevan demasiado tiempo deambulando por los recovecos de la cultura, en su viaje a ninguna parte. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

LA ESCUELA


“No recuerdo haberme sentido ‘alegre y feliz’ en ningún momento de mis años escolares –monótonos, despiadados e insípidos- que nos amargaron a conciencia la época más libre y hermosa de la vida, hasta tal punto que, lo confieso, ni siquiera hoy logro evitar una cierta envidia cuando veo con cuánta felicidad, libertad e independencia pueden desenvolverse los niños de este siglo… Y el único momento realmente feliz y alegre que debo a la escuela fue el día en que sus puertas se cerraron a mi espalda para siempre”, se lamenta Stefan Zweig en su autobiografía ‘El mundo de ayer’. Y en la biografía que del imprescindible autor austríaco ha publicado la editorial Papel de liar titulada ‘Las tres vidas de Stefan Zweig’, Oliver Matuschek no sólo insiste en esta visión tan terriblemente negativa de la escuela, sino también en la poca consideración que Zweig tenía de sus profesores, a los que calificaba de “personajes ridículos… acostumbrados a una rutina escolar ejercida desde hacía decenios bajo el mismo esquema”. Nada, ningún recuerdo ya no sólo ‘alegre y feliz’, sino mínimamente satisfactorio acude a la memoria del gran escritor vienés, y no deja de sorprendernos porque ¿quién no se ha encontrado en alguna ocasión con un antiguo compañero de escuela y se ha puesto a recordar esas viejas anécdotas que hacían de la vida escolar si no un mundo maravilloso, al menos una etapa de nuestras vidas que siempre recordamos con cariño?. Hoy, la escuela dista mucho de esa monotonía e insipidez de que se quejaba Zweig; al alumno se le mima, se le llena de derechos, se le dan ordenadores, libros de texto gratis, se le programan planes de animación a la lectura, la escuela se convierte en “espacio de paz” para que aprendan a convivir en armonía, etc. Es decir, todo lo que en casa nos enseñaban, ahora ha pasado a la escuela; y los profesores tienen que hacer de animadores lúdicos y culturales, psicólogos, mediadores, hermanos mayores y hasta de padre y madre. Quien se ha pasado entre las cuatro paredes de las aulas casi toda su existencia, ya como escolar y más tarde como universitario para terminar, por nuestros pecados, como profesor, ha podido disfrutar y sufrir por igual de aquella escuela en que el castigo físico no estaba mal visto, de los cambios generacionales, de los maltraídos y llevados sistemas educativos (recuérdese la malhadada LOGSE), del respeto casi sagrado al profesor a la agresión y el desprestigio social de ahora. Pero siempre recordaré con verdadero agradecimiento el cariño y el ánimo que me dieron algunos de mis profesores, como impagable es el cariño de mis alumnos. Tanto en un papel como en el otro, he tenido y sigo teniendo referencias profesionales que han sido espejos en los que he querido siempre reflejarme, como también he visto y sigo viendo, por desgracia, profesores a los que podríamos definir perfectamente con las palabras de Zweig. La escuela ha cambiado sin duda alguna, pero lo que al final prevalece por encima de las tecnologías es el factor humano. José López Romero.