miércoles, 30 de diciembre de 2009

PREFERIRÍA NO HACERLO


“Preferiría no hacerlo”, ésa es la frase que Bartleby siempre tiene en los labios cuando su jefe le encarga algún trabajo que no es de su agrado, pero que termina por esgrimir ante cualquier nuevo encargo o actividad, le guste o no. Sinceramente, mi primer encuentro con Bartleby no fue a través del relato de Herman Melville, sino por “Bartleby y compañía”, una especie de ensayo, tan interesante como ameno, en el que Enrique Vila-Matas va desgranando diversas anécdotas de escritores que en plena juventud o madurez creadora decidieron jubilar su pluma, poner fin a su carrera literaria, prefirieron no hacerlo más, no escribir ni una palabra más. Por sus páginas pasean los casos más llamativos de Rimbaud, el poeta precoz que a los veinte años ya había escrito toda su obra, o J. D. Salinger, quien después de “El guardián entre el centeno” apenas ha pisado las editoriales; o la anécdota de Juan Rulfo, otro escritor de corto recorrido, quien para justificar su breve producción literaria se excusó en la muerte de su tío Celerino, que le suministraba las historias. Hasta que hace poco logré leer la novela de Melville “Bartleby, el escribiente” en una edición actual (col. Austral), y pude comprender en toda su extensión y crudeza la famosa frase “preferiría no hacerlo”. Las aulas de nuestros colegios e institutos están llenas de nuevos Bartleby, que ante cualquier dificultad, ante cualquier trabajo esgrimen, sin saber su procedencia, la frase “preferiría no hacerlo”, que define como pocas la llamada “cultura del no esfuerzo”. José López Romero.

LA OTRA MIRADA


La mujer, muy mayor, se fue apesadumbrada de la sala, mientras que el bibliotecario, aliviado, respiró tranquilo. “¡Uf!, cada vez viene gente más rara”. ¿Qué le ha pedido? Le pregunté, más por cortesía que por curiosidad, mientras tramitaba el préstamo de un libro que, ya descatalogado, había podido localizar con algo de suerte en aquella biblioteca. “Pues que le encontrara un libro que, según ella, leyó hace años aquí. Pero lo grande es que no se acuerda ni del título ni del autor, sólo que sus páginas estaban llena de anotaciones manuscritas; por lo visto de un antiguo novio que así se comunicaba con ella, evitando a la carabina. Vaya usted a saber dónde está el libro después de cincuenta años”. Salí de la biblioteca pensativo, dándole vueltas a aquella curiosa historia. En ese momento pensé que yo mismo podía haber tenido entre mis manos otras historias similares, historias escondidas en los estantes de muchas bibliotecas públicas, y que no había sido capaz de reparar en ellas: aquel libro lleno de hojas de distintas plantas, que hubiera hecho feliz a cualquier botánico, y que alguien dejó atrapadas entre las páginas de aquella novela. O aquel tratado de historia lleno de curiosos dibujos hechos a lápiz, a los que poca atención presté, pese a que seguramente ocultarían algo más interesante de lo que podía sospechar. Miré entonces con prevención al libro que acababa de sacar de la biblioteca. En él tenía que esconderse otra de aquellas enigmáticas historias, solo reservada para aquellos que tuvieran esa “otra mirada” para poder descifrarlas. Ramón Clavijo Provencio

jueves, 10 de diciembre de 2009

VIEJOS HÉROES


Paseaba uno de estos días atrás por la Alameda Cristina, deteniéndome en ocasiones para hojear los libros que se exponían, como todos los años por estas fechas, en la Feria del libro Antiguo y de Ocasión, cuando me llamó especialmente la atención una caseta donde se mostraban viejas colecciones de “tebeos” infantiles. Y así, casi sin darme cuenta, me vi buscando entre los montones de cuadernillos y las columnas de libros a aquellos héroes de antaño y que hoy aparecen destronados del privilegiado lugar que alguna vez ocuparon. Y es que en ese imaginario que representa el mundo de los héroes infantiles, no siempre sus protagonistas fueron los mismos. Hoy los héroes infantiles no son aquellos fruto de la imaginación de escritores como Julio Verne, Stevenson, Burroughs o Dikens, sino más bien parece que su éxito o fracaso dependiera de la fuerza de los actuales medios de comunicación de masas ligados a las nuevas tecnologías. Los héroes infantiles de hoy, si bien tienen en la mayoría de los casos un origen común en el mundo del comic, a diferencia de los de antaño los niños solo los empiezan a descubrir una vez que estos han saltado de los cuadernillos de papel al cine, la televisión, los videojuegos o Internet. Ejemplo de todo esto que comentamos serían los personajes de la factoría Marvel como Batman o, Spiderman, o los héroes japoneses del manga… Aunque también hay excepciones, como es el caso del personaje creado por J.K. Rowling, Harry Potter, cuyo origen está, como antes, en los libros. Pero como decíamos, nuestros abuelos tenían otros héroes en una época en la que la tecnología aplicada a los medios de comunicación no tenía el papel relevante del que goza hoy día. Era una época donde los héroes y heroínas llegaban principalmente a través de los libros o los “tebeos” antecedentes de los comics actuales. Aquellos héroes y heroínas podemos recordarlos ahora a través de algunas colecciones de libros antiguos, como las que la Feria del Libro Antiguo desplegó ante nosotros hasta hace pocos días. Libros que nos hablan de las aventuras de Sandokán en el Índico y las selvas de Sumatra; Tarzán, el niño abandonado en una selva africana, tras un accidente de aviación y que protagonizará aventuras increíbles con sus aliados los animales; o el pequeño Guillermo Brown, el travieso niño inglés que no terminaba de salir de un problema cuando ya se había metido en otro embrollo. La lista sería interminable: Robinson Crusoe, el naufrago, el aventurero Alain Quatermain, Miguel Strogoff, el correo del Zar, la pequeña Celia…., pero también comics que ya empezaban a tener un gran éxito entre los más jóvenes como los de Tintín, entre los venidos de fuera de nuestras fronteras o “Mary Noticias” y El Jabato entre los españoles. Una época desaparecida donde los niños esperaban el momento cumbre de la semana: la visita al kiosco de prensa. Ramón Clavijo Provencio

RAZA


Hace unos meses di una conferencia en un pueblo cercano a Jerez. Me habían invitado para la semana cultural que organizaba una noble institución, y yo había decidido que mi intervención versaría sobre el amor udrí en el “Collar de la paloma” y sus influencias neoplatónicas; dicho de otra manera, una plasta de considerables proporciones. Llegado el día, allí estaban mis familiares (los más directos, pobrecillos); algunos amigos (cada vez menos; los voy perdiendo a medida que doy conferencias) y un grupo de personas que llenaban a medias el regio salón que nos acogía. Después de la elogiosa presentación de otro amigo que me llevé para la ocasión (de éstos ya sólo me quedan tres o cuatro), empecé mi disertación; pero cuando llevaba un cuarto de hora más o menos, mi otro yo, ése en el que nos desdoblamos cuando se atiende a una conversación pero realmente se está pensando en otra cosa, empezó a fijarse en el variopinto y heterogéneo público, ¿qué motivo u oscura perversión los habría traído hasta allí? Me dio por pensar. Y empecé a distribuirlos por grupos. Uno lo formaban los miembros de la institución que me invitaba, gente educada y de bien, dispuesta a sufrir en silencio mi disertación; otro, lo compondrían esas personas que van a los actos culturales como el que va a la plaza de abastos sólo para mirar la fruta y el pescado sin pretensión alguna de comprar, porque estaba claro que el título de la conferencia en absoluto, a menos que las mentes calenturientas de algunos pensaran que detrás del amor udrí se escondían escenas de porno sado-masoquista; y un último grupo, quizá el más numeroso, lo formaban personas cuyo rictus facial apenas sufrió modificación en aquella hora larga que duró mi intervención. Sólo algunos, muy pocos, mostraron un cierto nerviosismo, manifestado en leve carraspeo, cuando yo enarbolaba la resma de folios que me quedaba por leer. ¿Quiénes son, me preguntaba, estas gentes que, para sorpresa y hasta admiración de conferenciantes, son capaces de tragarse los más variados actos culturales, a cual más peñazo, sin mover un músculo de su cara? La respuesta no puede ser otra: son replicantes culturales, una raza de humanoides que deambula y vegeta por la cultura local, aunque sin la belleza y plasticidad de los que aparecían en “Blade Runner”. José López Romero.

sábado, 5 de diciembre de 2009

LA ESCUELA DE LA IGNORANCIA


El otro día comentábamos mi compañero y amigo Agustín y yo las deficiencias lectoras de los alumnos actuales, y él ponía un ejemplo muy claro: “si en una relato aparece –me decía- la expresión “un bosque de baobabs”, ¿qué puede ser un baobab? Les pregunto a mis alumnos, y ninguno es capaz de acertar con una respuesta; porque no saben relacionar el contexto: si es un bosque, el baobab no puede ser otra cosa que un árbol”. Y es curioso que leyendo un librito titulado “La escuela de la ignorancia” me encuentro con el siguiente párrafo: “En 1983, el rectorado de Niza realizó una encuesta a cerca de 12.000 alumnos de 1º de Enseñanza Secundaria. El 22,48% no sabía leer y el 71,59% era incapaz de comprender una palabra nueva a partir del contexto”. Han pasado 26 años entre la encuesta de los alumnos de Niza y la anécdota de mi amigo Agustín, y yo no sé cómo andará hoy en día el nivel lector de los franceses, pero sí conozco y me lamento del nivel de nuestros alumnos. Pero en esto de la educación lamentarse sirve de bien poco; es más, a veces para lo único que sirve es para cruzarse de brazos porque la solución es tan compleja –se excusan casi todos- que es inútil ni siquiera intentarlo. Y sin embargo, yo creo que por ser tan evidente y tan descaradamente sencilla, se le tiene miedo a ponerla en práctica. Basta con suprimir los manuales de la enseñaza primaria, y hasta de los dos primeros cursos de la E.S.O., y sustituirlos por un ordenador para que el alumno empiece a adquirir competencia en las nuevas tecnologías, periódicos en las aulas para que desarrollen un conocimiento de la realidad que les rodea y preparen su inteligencia crítica, y libros de lectura. ¿En clase? Lectura y escritura, sobre todo, y una enseñanza basada en ámbitos de conocimientos muy básicos. Tan sencilla la solución que da hasta vértigo. “La escuela de la ignorancia”, escrito por el francés Jean-Claude Michéa, es, más que un librito, una llamada de atención contra una escuela que ha dejado de dar ese servicio social que consistía en transmitir la cultura, formar el espíritu crítico y hacer a los hombres y mujeres libres, para convertirse en estabulación de analfabetos funcionales. El peligro del que nos avisa lo podemos resumir en otro fragmento: “Entendemos por “progreso de la ignorancia” no tanto la desaparición de los conocimientos indispensables… sino el declive de la “inteligencia crítica”; esto es, la aptitud fundamental del hombre para comprender a un tiempo el mundo que le ha tocado vivir y a partir de qué condiciones la rebelión contra ese mundo se convierte en una necesidad moral”. Quizá es eso lo que se pretende, porque la ignorancia es una manera, la más perversa, de esclavitud y dominio. José López Romero.

EL TIEMPO


Llega de manera inesperada a mis manos el libro de J.B. Priestley “La visita del Inspector”. Un clásico de las letras inglesas. Alguien lo ha dejado olvidado sobre la barra del bar donde suelo tomar el café mañanero, y como nadie parece interesado en él, termino por apurar mi taza de café hojeando la pequeña pieza teatral a la que alguien calificó en su momento de obra maestra. Caigo en la cuenta de que no he leído nada hasta ahora de Priestley, me refiero al Priestley autor teatral o de novelas, aunque sí me viene tímidamente a la memoria ahora, con este encuentro casual, aquel otro libro de este autor inglés titulado “El hombre y el tiempo”, y que por momentos me llegó a superar por su densidad. En él Priestley meditaba como ya habrán supuesto sobre el concepto del tiempo. También recuerdo vagamente como el autor mantenía que, de la misma manera que el espacio tiene tres dimensiones, el tiempo también tiene dimensiones adicionales. No lo sé, pero de lo que sí tengo la sensación es que para mí el tiempo parece pasar más deprisa desde hace unos años. El paso de los días parece ir acelerándose, nada que ver con aquella sensación de lentitud y eternidad de cuando éramos más jóvenes. Hace poco Iñaki Gabilondo declaraba que tenía el hábito diario de la lectura, lo que ya no decía es si sentía como yo cada vez más ansiedad por la lectura, como si se tuviera la sensación de que fuera faltando tiempo para leer todo lo que se desea. Y siguiendo con el tiempo, al que me ha conducido inesperadamente Pristley, me conseguían hace unos días el libro de Carlos Jurado Caballero “El año en que se paró el tiempo”. Se editaba en 1996 pero ya está descatalogado, por lo que sin la mediación de Cristóbal, mi librero de guardia, difícil hubiera sido poder leer una magnífica novela que nos da cuenta de la llegada de un viajero a una recóndita aldea situada en la región de La Sagra. Una aldea donde parece que el tiempo se hubiera detenido. Recordar este libro me lleva sobre un tema que logra enfadarme. ¿Cómo es posible que se siga reeditando tanta pseudoliteratura, mientras que para conseguir un solo ejemplar del libro de Carlos Jurado haya que buscarlo como si fuéramos argonautas? Ramón Clavijo Provencio

miércoles, 25 de noviembre de 2009

FIERABRÁS


La actual crisis económica de la que desafortunadamente nuestro país como saben, a diferencia del resto de Europa, va a salir el último, nos trae situaciones cotidianas harto curiosas, cuando no penosas, situaciones que nos dibujan de forma más realista que esos informes macroeconómicos o los datos estadísticos a los que tan aficionados son los políticos cuando tratan de llevarnos al huerto, la realidad, la dureza con la que algunos sufren más que otros sus embates. En el paisaje cultural de una pequeña ciudad como esta, también parece que la crisis es la causa de la proliferación de ciertas escenas cotidianas, y aunque, como en todo, también la cultura soporta leyendas urbanas como aquella de que cuando el hambre apretaba algunos poetas habían escrito sus mejores obras, no es precisamente una leyenda urbana el que algunas instituciones culturales, por ejemplo las bibliotecas públicas, se conviertan en lugares de irresistible atractivo, algunos dicen que parecen ejercer cierto poder balsámico, para muchas personas en épocas de penuria. Hace unos días se comentaba en cierta Biblioteca Pública, como un señor de cierta edad había preguntado por la sala de prensa, a la que se encaminó una vez se le hubo indicado el lugar. Al poco tiempo salía un tanto contrariado, y educadamente dejaba caer un comentario al ordenanza de la puerta, “se estaba muy agradable, pero me habían dicho que también daban un cafetito con el periódico”. Hoy, más que ayer, pasean por las galerías de la biblioteca más solitarios que nunca, gentes que jamás estuvieron aquí y sobre las que los bibliotecarios, recelosos, tratan de descifrar qué hacen dando vueltas y vueltas, pero sin coger un libro o un periódico. Yo creo que buscan compañía, solo que quizás tarden en encontrarla pues los observo cómo miran con asombro y mucha timidez, mientras van cayendo las horas, las estanterías repletas de libros de todas y cada una de las salas, sin atreverse a coger ninguno. Quizás llevaban demasiado tiempo de espaldas al libro, y ahora cuando el mundo parece darles la espalda a ellos buscan tímidamente uno que los acompañe, quizás así luego lleguen otros hasta que los alcancen tiempos mejores. “Manué” es un caso aparte. Llega puntualmente todas las mañanas y sale a la hora de cierre. Pide desde hace meses el mismo libro y ha confesado a un usuario del centro, el único que ha logrado cruzar alguna frase con él, que busca en este la fórmula del auténtico bálsamo de fierabrás (ya saben aquel que es capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano) pues, según él, no es correcta la que aparece en el capitulo XVII del Quijote. Lo más curioso de lo que les he narrado hasta ahora es que “Manué”, desde que pide el libro hasta que lo devuelve al bibliotecario, no parece pasar de la primera página del mismo. Dichosa crisis. Ramón Clavijo Provencio

CABEZA DE TURCO


Acabo de leer “Cabeza de turco” del alemán Günter Wallraff, un descarnado documento sobre las condiciones de trabajo a que son sometidos los turcos en Alemania, y que el mismo autor sufrió al hacerse pasar por uno de esos inmigrantes que buscan fortuna en uno de los países más ricos de la Unión Europea. Una crónica de infamias que data de 1985 y que, según la contraportada de la edición de Anagrama, “levantó una auténtica conmoción” en aquel país. No era para menos. En un artículo de hace unas semanas comentaba yo cómo la literatura ha sido siempre un buen canal para denunciar las pésimas condiciones (humillantes incluso) en que obreros y campesinos han trabajado durante años, por no decir siglos. A los ejemplos allí aducidos podemos ahora añadir buena parte del Naturalismo decimonónico (“La taberna” de Emilio Zola) y todo el Realismo Social de los años cincuenta (Alfonso Grosso, Luis Romero, López Pacheco, e incluso Caballero Bonald con su “Dos días de setiembre”). Pero lo que relata Wallraff no es literatura, sino la realidad en toda su crudeza, tanta por momentos que uno llega a dudar de la veracidad del relato. Pero es la propia realidad quien nos convence de que lo vivido por un turco en la Alemania de 1985, puede superarse. Sin ir más lejos, basta con asomarse a los periódicos; no hay fin de semana que en sus páginas no nos encontremos con crónicas de verdadera esclavitud, por no hablar de la desesperación de trabajadores (ver Diario de Jerez, domingo, 8 de noviembre) que no ven la salida a una negra crisis que tantos y por tanto tiempo negaron. Y mientras, no paran de sacarse de la manga planes y leyes. La última, la populista de los impuestos a los jugadores extranjeros. Si tienen que pagar, que paguen, por supuesto, ¡faltaría más!. Pero mucho mayor y más grave es el daño que se hace a la democracia y a sus instituciones cada vez que cogen a un político con las manos en la masa. Más de 4.000 millones de euros en diez años por sólo 28 causas abiertas darían para la creación de muchos puestos de trabajo. Por cada político (y me van a permitir también el femenino) o política trincón/a, todos los ciudadanos nos sentimos “cabeza de turco”. José López Romero.

jueves, 19 de noviembre de 2009

FEMENINO PLURAL


“Se te acumulan las lecturas, cariño”, me dice al oído mi mujer, que me acechaba como las leonas a su presa en los documentales de la 2, que todo el mundo ve mientras duerme la siesta. Y yo sé por qué me lo dice. Los últimos dos grandes premios literarios han recaído en sendas mujeres, el Nobel para la poeta y novelista alemana Herta Müller, y el Planeta para la periodista Ángeles Caso. Ella, mi mujer, de sobra sabe que me entra urticaria si me atrevo a leer los premios o los premiados cuando ni siquiera han quitado aún los manteles de la gala de entrega; pero no me lo dice por eso, sino porque desde que tengo uso de lectura he desarrollado una cierta prevención contra la literatura escrita por mujeres; prevención (que no rechazo) que ha disminuido por épocas gracias a plumas como la de María de Zayas y Sotomayor con sus deliciosos “Desengaños amorosos” (excelente edición en Cátedra a cargo de Alicia Yllera), novelas amorosas, al modo de las ejemplares cervantinas, o como la de Emilia Pardo Bazán, una de nuestras grandes novelistas decimonónicas, o incluso Carmen Martín Gaite, por no citar a extranjeras (Marguerite Yourcenar, podría ser un excelente ejemplo). Pero que, sin embargo, han aumentado, también por épocas, hasta abandonar casi totalmente la corriente femenina, el trazo grueso de Lucía Echebarría, o Maruja Torres o Rosa Montero y sus feminismos trasnochados. Quizá sea, y esto es una impresión de lector y, como tal, tan discutible como respetable (no se me revolucionen), porque la mujer no ha sabido escribir sobre los hombres, ni sobre ellas mismas, mientras que el alma femenina ha sido siempre objeto de atención y estudio por parte de los hombres. Así, si no leo literatura femenina, sí, en cambio, he leído con verdadero interés, y enorme placer, obras que analizan a la mujer como muy difícilmente haría una escritora. Ejemplos paradigmáticos de lo que digo y que están en el conocimiento de todos son “Madame Bovary” y su paralelo castellano, “La regenta”. Y en este sentido recomendaría “Climas” de André Maurois y “Hablando del asunto” de Julian Barnes con su continuación “Amor etcétera”. Y puestos a poner autores premiados que han ahondado en lo femenino con exquisito bisturí, léase el propio García Márquez o Vargas Llosa, o el mismo Javier Marías, hasta una lista interminable, que quedaría muy reducida si se tratara de escritoras. P.d. No sé si cuando esto se publique tendré que pedir asilo en el sofá del salón; en cualquier caso, la leona sigue al acecho, mientras yo, ajeno, duermo mi siestecita. José López Romero.

Meditaciones sobre el vino de Jerez


A partir de septiembre de 1954 la denominada Cátedra del Vino de Jerez solía organizar una conferencia, en el marco de la Fiesta de la Vendimia, donde un personaje señero de la cultura del país disertaba sobre, como no podía ser de otra manera, el vino de la zona. El paso inexorable del tiempo ha hecho a día de hoy que algunas de aquellas intervenciones no nos hayan llegado, pero en cambio otras tuvieron más suerte y con el subtitulo de “lecciones” fueron publicándose entre los años 1954 y 1959 en los talleres de Jerez Industrial con el impulso de la Junta Oficial de la Fiesta de la Vendimia. La serie a que me refiero hoy permanece como una reliquia de otros tiempos en los anaqueles de la Biblioteca Municipal de Jerez, pero para el curioso en la historia local y, sobre todo, en ese producto que ha hecho a la ciudad universal, el vino, es todo un descubrimiento la lectura de unas páginas en las que se recogen distintas visiones sobre el jerez; visiones como la del Dr. Marañón (“El vino de jerez y los otros”), el diplomático José Félix Lequerica, el ex alcalde de la ciudad Tomás García Figueras, Julio Caro Baroja o el eminente endocrinólogo, pionero de la medicina nuclear en España, Blanco Soler. Algunas de estas conferencias, las primeras, se celebraron en el recinto del entonces cine Maravillas, finalmente se decidió a partir del año 1957 trasladarlas al marco más apropiado de la Bodega La Concha. Sin minusvalorar ninguna de aquellas intervenciones, me llamaron poderosamente la atención especialmente la titulada “El jerez visto desde las embajadas” de Lequerica: una visión singular de la diplomacia española cuando en plena dictadura trataba de salir del aislamiento internacional; también esa “meditación andaluza”, como subtituló Julio Caro Baroja a su intervención oficialmente denominada “El vino y la civilización Mediterránea”. Quizás, de todas maneras, el valor de estos textos, de estas meditaciones, parafraseando a Caro Baroja, esté en la información que hoy nos proporcionan en su conjunto, su visión multidisciplinar sobre el vino de jerez, que como tantas otras cosas pudieron ser palabras que se llevara el viento, si no hubiera mediado la previsión de darlas afortunadamente a la imprenta. Ramón Clavijo Provencio

domingo, 15 de noviembre de 2009

RESEÑAS



La Piedra Lunar
Wilkie Collins. Editorial Verticales de bolsillo, 2008
Pequeña obra maestra de la literatura de intriga, y a la que T.S. Eliot calificaría como “la primera y más perfecta novela de detectives”. Fue publicada por vez primera por entregas, algo corriente en la época, y en una revista dirigida por su mentor y amigo Charles Dickens; a partir de entonces ha disfrutado a lo largo de los años del beneplácito de generaciones de lectores, entre los que se cuentan algunos tan ilustres como Chesterton o Borges. El robo de una joya hindú es utilizado por el autor para, como si de las piezas de un rompecabezas se tratara, hacer desfilar una serie de personajes que van dejando su visión particular sobre el mismo suceso lo que, como alguien escribió, “constituye el objeto de toda novela policiaca: un constante despliegue de ambigüedades en pos de la verdad”. R.C.P.

Los validos en la monarquía española del siglo XVIIFrancisco Tomás y Valiente. Siglo XXI, 1990.
Breve e interesante trabajo el que aquí traemos del famoso jurista español Fco. Tomás y Valiente, quien hace un repaso por la figura del valido en un siglo, el gobernado por los llamados “Austrias menores”, en el que no faltó al lado de cada rey la figura a veces con luces, pero sobre todo llena de sombras del que también se dio en llamar “privado”. Frecuentan sus páginas los nombres del duque de Lerma, Luis de Haro, Nithard, pero sobre todo el del conde duque de Olivares, cuya importancia en el reinado de Felipe IV ya la estudió y con detalle J.H. Elliott y R.A. Stradling. No esperemos un libro de historia al uso porque su autor antepone su faceta de gran jurista a la de historiógrafo; aunque tampoco falta la incursión, muy interesante, en la literatura de la época y su visión del valido. Vaya nuestro homenaje aquí a este eminente Catedrático de Derecho Magistrado del TC asesinado por ETA en 1996. J.L.R.

miércoles, 28 de octubre de 2009

RESEÑA


El soldado Iván Chonkin
Vladímir Voinóvich. Debolsillo, 2007.
Esta novela, cuyo título completo reza “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin”, entra de lleno y con todos los honores en esa corriente de la literatura universal de la guerra como motivo de la fina ironía de sus autores; corriente en la que se inscriben con letras de oro el “Simplicius, simplicissimus” de Von Grimmelshausen (S. XVII) y “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” de J. Hasek, novela con la que, como puede apreciarse, guarda la de Voinóvich parecido hasta en el título. Herederas de la más pura tradición picaresca, las tres señaladas tienen en común las vicisitudes por las que pasa el héroe de carne y hueso (en absoluto antihéroe) para salir airoso de una guerra que, tanto para los vivos como para los muertos, no era la suya. Excelente literatura, la que entretiene, divierte y enseña. José López Romero.

HIPATIA


Basta que alguien tenga éxito, para que la parte cainita de este país se despierte y trate de acabar con el que se permite destacar sobre la masa. En concreto me estoy refiriendo al cineasta Amenábar y la polémica suscitada con su última película Ágora. Quede claro desde un principio que no soy un admirador de su hasta ahora relativamente corta obra cinematográfica, pero no dejo de reconocer que es uno de los pocos autores del grisáceo cine nacional que atraen a más de una docena de personas a las salas de proyección. Pero no es esta una sección de crítica de cine y sí dedicada a la actualidad del libro, y ahí es donde quería llegar. Al bueno de Alejandro le están lloviendo las críticas (de algunos críticos por supuesto, porque insistimos que el público está dando mayoritariamente una rotunda y positiva respuesta a su propuesta) especialmente por el hecho de que distorsiona la historia. Es decir, se le acusa de presentarnos a una Hipatia que no tiene nada que ver con la real, y unos hechos, los que rodean su muerte, que están retocados por la ficción. Pero bueno ¿qué es lo que pretenden éstos? ¿Acaso cuando Mary Renault escribió su maravillosa recreación de Alejandro pretendió que ésta fuera la que se estudiara en las Facultades de Historia? No, simplemente escribió una magnifica novela histórica sobre un personaje y una época que le fascinaban, con algunas licencias legítimas que se le supone se le permiten a todo aquel que hace literatura. Y el que nombra Mary Renault también puede hacerlo con otros muchos como Mujica Laínez o Umberto Eco. La Hipatia de Amenábar es una interpretación muy personal de una figura histórica (y el que quiera saber algo más sobre ella que lea, que falta hace, manuales de historia) solo que en vez de trasladada a las páginas de una novela histórica, su creador nos la presenta en imágenes. Nos puede gustar más o menos la película, más o menos su director, pero por favor, lo que vemos en la pantalla no es una clase de historia. Claro que para llegar a esa conclusión se presupone que previamente, autor y espectadores tienen una mínima formación histórica. Esto último es ya “harina de otro costal”. Ramón Clavijo Provencio.

LITERATURA Y EMPRESA


El método Grönholm es una excelente obra de teatro, después versionada para el cine, en la que los personajes van poniendo al descubierto toda la mezquindad de que es capaz el ser humano cuando de la supervivencia se trata; en este caso, es la selección a la que se someten para ocupar un puesto de trabajo en una empresa. Con las cosas como están, no dudo de que ante esta misma situación más de uno sería capaz hasta de matar, aunque también hemos visto como otros muchos por no perder el subsidio, ni se moverían de sus cómodos, y subvencionados con los impuestos de todos, butacones. En esto de producir está el país tan necesitado que la flagrante y consentida indolencia de éstos quizá sea mucho más perjudicial que la posible violencia de aquéllos. Por otra parte, el uso de la literatura en la publicidad no es una novedad, se pierde en la noche de los tiempos audiovisuales (de esto sabe y mucho mi amigo, antiguo alumno y magnífico profesor Jorge David Fernández, un abrazo). Pero la literatura de nuevo se convierte en noticia en el mundo empresarial con una obra de Juan Carlos Cubeiro, quien a modo de novela utiliza las obras de Shakespeare para diseñar las cualidades de un líder. Que la literatura es rica en toda clase de materiales para uso diverso tampoco es novedad; es más, precisamente la dramaturgia del poeta inglés por la universalidad de sus personajes y por lo que éstos representan, bien pueden resistir y acomodarse a cualquier tratamiento. De la misma manera que los grandes personajes de nuestra literatura, sin necesidad de poner ejemplos que están en la mente de todos. Sin embargo, no me resisto y ya que hemos tocado el mundo laboral, a reseñar aquí cómo la literatura siempre ha dejado constancia de las malas condiciones de trabajo del campesino o del obrero, en contraposición a la avaricia del patrón o empresario. La huelga en obras como La verdad sobre el caso Savolta de E. Mendoza o La tribuna de la Pardo Bazán, o la jerezana La bodega de Blasco Ibáñez era el último y desesperado recurso del obrero o el campesino ante la opresión del patrón. Hoy, por desgracia, los sindicatos prefieren la subvención para ellos, el subsidio para los parados y la subida de impuestos para los trabajadores. ¡Qué lástima de historia a cuya memoria no hacen el más mínimo honor! José López Romero.

sábado, 17 de octubre de 2009

TRADUCCIONES


Confieso que me costó salir de ese estado de entre aturdimiento y sorpresa en que me dejó el comentario que hizo un personaje en una de estas series nuevas, norteamericana en concreto, que echan en la tele. “En todo este tiempo que llevo en la cárcel –decía el individuo, que tenía un largo historial como asesino y cabecilla de una violenta banda callejera- he leído de todo; libros de jardinería; tratados de economía; y poesía española” A continuación, Trillo (tal era el nombre del personaje, no confundir) eleva su mirada al techo de la celda y recita dos versos, para finalmente, concluir con el nombre del autor de aquel breve poema: “Ramón de Campoamor”. Estupefacto me dejó, hasta tal punto que no pude ni quedarme con algún fragmento para comprobar la autoría. Uno espera cuando en series o películas extranjeras se habla de poesía española, que se citen poetas como Lorca o Machado, si se quieren modernos, o Lope de Vega, Garcilaso o incluso Bécquer, si se prefieren clásicos. Pero nunca nos hubiéramos imaginado Campoamor. Cuando salí del aturdimiento, de inmediato caí en la cuenta de la traducción. En Literatura y fantasma, libro que la semana pasada reseñé en esta misma página, Javier Marías, su autor, dedica varios artículos a la traducción, labor a la que se ha empleado con éxito, y hasta como profesor. En ellos, Marías defiende la recreación de los textos, las versiones personales antes que caer en el error de la literalidad. El ejemplo que considera más adecuado para ilustrar su idea de la traducción es la partitura de música, sin traicionar el original, cada vez que una pieza musical se ejecuta, suena distinta; como distintas son las traducciones. Totalmente contrario, pues, a ese viejo refrán “tradutore, traditore”. Ramón de Campoamor pertenece, dentro de la historia de la Literatura, al llamado postromanticismo o realismo, generación que se pierde en la ignorancia del común de los mortales entre los grandes románticos y Gustavo Adolfo Bécquer. Seguramente –pensé- el traductor o los traductores de la serie le han hecho un guiño al espectador y han pensado que Campoamor bien podría intensificar el ya de por sí carácter perverso del personaje. O, y esto es sólo una suposición, en las duchas de la cárcel al recoger el jabón del suelo, se quedó pillado con Campoamor. ¿Quién sabe? José López Romero.

RESEÑAS



La Caja Negra
Amos Oz, Siruela, 2008.
Quizás una de las novelas más alabadas por la critica de entre la ya numerosa producción literaria del autor israelita. Un matrimonio divorciado, pero también alejado físicamente y que desde hace años no se hablan. Uno, profesor en Estados Unidos, que ha alcanzado cierta relevancia por sus estudios sobre el fanatismo. Ella, Iliana, permanece en Israel donde se ha vuelto a casar con un ortodoxo. Ambos, sin embargo tienen un hijo en común, cuyo comportamiento violento llevan a la mujer a ponerse nuevamente en contacto con su ex marido, para pedirle ayuda. Esta llamada tendrá como resultado un intenso carteo, donde se van reflejando a lo largo de los meses, las inquietudes, reproches y esperanzas de unos personajes sobre los que planea la realidad de un país complejo. Ramón Clavijo Provencio

El rio de la luz. Un viaje por Alaska y Canadá
Javier Perez Reverte, Plaza&Janés, 2009.
Esperábamos con ansiedad al Reverte de siempre, es decir, al autor de libros de viajes tan intensos y emocionantes como aquel “Corazón de Ulises” o “El sueño de África”. Ahora, se embarca en un viaje iniciático a través del río Yukón que le lleva a recorrer extensas zonas de Alaska y Canadá. Su primer destino, la mítica Dawson City, donde confluyó aquella marea humana en busca de oro a finales del XIX, aunque el libro nos deja algo más que el seguimiento de las andanzas de London, como la constatación de la existencia de grandes superficies aún libres de la presencia humana, o el evidente proceso de deshielo, que parece corroborar los peores vaticinios del cambio climático. Si en su último gran libro de viajes hasta ahora “El río de la desolación” Reverte se muestra crítico y escéptico sobre el futuro de la Amazonía, en este nos transmite optimismo y vitalidad al más puro estilo de las aventuras de London. Ramón Clavijo Provencio.

miércoles, 7 de octubre de 2009

YA ESTÁN AQUÍ


Me encontraba en mi librería de guardia disfrutando de las novedades editoriales, que como todos los años por estas fechas, empiezan a ocupar su espacio. Es curioso, pero si lo piensan es todo un ciclo de vida el que siguen estos libros: desde el privilegio (solo unos pocos) de exhibirse desde los escaparates del local cuando llegan recién salidos de la imprenta, para pasar luego a lugares más discretos, una vez que van cayendo los meses, hasta terminar en los depósitos de la librería, inaccesibles para el lector curioso, último lugar antes de ser definitivamente olvidados. Me hallaba en estos menesteres, como les decía, cuando un chico barbilampiño, con una pequeña mochila a sus espaldas, se dirigió con timidez a uno de los empleados de la librería, que buscaba algún pedido a través del ordenador: ¿Tenéis libros electrónicos? No pudo evitar el joven librero una primera expresión de sorpresa, para luego contestar con un no rotundo y sin matices, tras lo cual el chico barbilampiño, resignado, se perdió entre las calles de la librería para detenerse finalmente entre los estantes dedicados a la pedagogía y la psicología. El librero y yo nos miramos, y acto seguido éste me dejó caer resignado aquella frase “Ya están aquí, Ramón”. Y es cierto. Es ahora cuando el mundo del libro empieza a tomarse en serio la respuesta que la tecnología está dando como alternativa al formato papel. Y es que esa respuesta que, quizás, todavía no sea la definitiva, presentimos se acerca mucho a la que finalmente lo será. De los libros electrónicos ya teníamos noticias desde hace unos pocos años, pero hasta ahora los inconvenientes en cuanto a su portabilidad, manejo y escaso catálogo los habían hecho pasar casi desapercibidos. ¿Qué es lo que ha cambiado? Pues precisamente todo lo que anotábamos como inconvenientes para el usuario más arriba. Ahora los e-book que nos ofrecen las distintas casas fabricantes nos presentan productos muy manejables, con un peso inferior al de un libro de tapa dura, y perfectamente legibles, con pantallas que no cansan la vista al no estar, como en los ordenadores, retro iluminadas. En cuanto a los catálogos, es decir, a la oferta de libros que podemos leer a través de estos artilugios, es donde queda mucho camino por recorrer, pero como en todo, los intereses que están en juego harán que este escollo finalmente sea superado. Y es que cuando las editoriales empiecen a digitalizar obras actuales y de autores populares ¿quién podrá poner diques a esta propuesta tecnológica llámense Inves-Book 600, el PRS-300 de Sony, o el famoso Kindle? Cuando en un futuro cercano pase la novedad y las aguas vuelvan a su cauce, entonces veremos la parcela de mercado que ocuparán el formato tradicional en papel y el nuevo libro electrónico. Ramón Clavijo Provencio.

PENITENCIA


A diferencia de mi querido compañero de página, yo, lejos de sufrir de lumbalgia por el peso de las novelas de Stieg Larsson, en cuanto terminé de leer este verano el primer tomo (único de la trilogía que por ahora he leído), me apresuré a ir a la iglesia más cercana a ver si había un confesor-24 horas, que me pudiera absolver del pecado de lesa lectura que acababa de cometer. “Padre. Me acuso de haber leído un best-seller” –musité contrito-. “¿Cuál, hijo mío?” –me respondió entre comprensivo y bondadoso el cura. “Los hombres que no amaban a las mujeres, padre” –le respondí. “Eso no es un best-seller, hijo; con ese título más bien debería ser un clásico. Y si no, a los lamentables hechos de todos los días me remito”. “Pero, padre, es que es un best-seller”. “¡Ah! En ese caso, el pecado es realmente grave. Vete a tu casa y ponte, con los brazos extendidos, en cada mano un tomo de la trilogía, ya verás como se te quitan las ganas de leerlos”. Sin duda me había tocado un cura de la vieja escuela, ¡Vaya mala leche de penitencia! A pesar de voces como la de Donna Leon, experimentada escritora del género policíaco, que en varias ocasiones ha criticado con dureza las novelas de Larsson, e incluso el otro día le leí un artículo a José Mª Vaz de Soto, excelente profesor, que también en su análisis de la trilogía de “Millenium” encontraba errores y tildaba de facilón el estilo de Larsson, demasiado condescendiente con el lector, hay otros escritores, como Vargas Llosa, que a pesar de reconocer en la narrativa del escritor sueco algunos fallos tanto estructurales como estilísticos, augura que son novelas que perdurarán porque son amenas, entretiene a cualquier lector. Y eso es, aquí y en Suecia, sinónimo de éxito. “Pero, padre; es que no le he confesado lo peor. La novela me ha gustado, porque me ha entretenido”. “Pues entonces, con los brazos extendidos y de rodillas”. “Oiga, padre, ¿usted no lee novelas entretenidas? -le pregunté un tanto hostil- “Sí, hijo. Lo que pasa es que yo no me confieso. ¡Con la mala leche que tienen los curas!”. José López Romero.

sábado, 3 de octubre de 2009

Talleres


Con el nuevo curso, propósitos renovados, metas por alcanzar y que nunca alcanzamos (aprender inglés, por ejemplo) y, sobre todo, nuevas expectativas culturales. El proceso es el siguiente: primero intentamos conocer las lecturas que a lo largo de sus vidas han marcado a nuestros escritores favoritos y no tan favoritos, y hacemos un acopio de esos libros para ponernos al día y, lo más importante, partir de las mismas fuentes en que ellos bebieron. Después, leemos con avidez todas las declaraciones que han ido haciendo en los distintos medios de comunicación, para intentar descifrar en ellas alguna de las claves de su creación; no hay escritor que no haya confesado alguna vez ante un periodista sus hábitos de trabajo, sus manías a la hora de ponerse delante de la mesa y ante el papel o la pantalla en blanco, y hasta la marca de los bolígrafos o rotuladores que utiliza (famosas han sido las camas de Aleixandre y de Onetti, tanto como la máquina de escribir de Umbral). Y ya, por último, releemos las obras de aquellos escritores que vamos a convertir en referencia, en modelos o ejemplos si no a imitar, sí al menos tener siempre presentes. Cerrado todo este proceso, ya nos creemos en condiciones de ser nosotros también escritores, de hacer nuestros pinitos literarios y, ¡quién sabe!, hasta de subir a los altares si no de la Literatura (con mayúsculas), con un poco de suerte, a los del “pelotazo”. Alguno habrá que hasta se compre un portátil, a modo de inversión, para empezar su meteórica carrera a los cielos de los escaparates de las librerías y de las listas de los más vendidos. Pero pronto nos damos cuenta de que unir palabras no es tan sencillo y de que perfilar personajes, hacer descripciones, estructurar la trama no se aprende por ciencia infusa y acudimos, entre desesperados y un tanto desesperanzados, a un taller de escritura, de esos que han proliferado en los últimos años en la misma medida en que a cierta parte de la población de este país se le ha metido en la cabeza que eso de escribir se hace de tacón y, si me apuran, hasta de rabona. Es cierto que no todos (generalizar es exagerar) los que acuden a un taller de escritura lo hacen con ese propósito; aunque en el fuero interno de muchos quizá corra ese gusanillo del éxito, ese dulce que a nadie amargaría. No estoy en contra, sino todo lo contrario, de los talleres de escritura, porque cualquier iniciativa que sirva para cubrir las expectativas, inquietudes o aficiones culturales de los ciudadanos, merece todo nuestro aplauso. Sus coordinadores o responsables son, por lo general, escritores con una trayectoria literaria contrastada, y ¡quién mejor para explicar los entresijos de la creación literaria que los que tienen que enfrentarse con ellos a diario! Pero otra cosa, y muy distinta, es la intención con que algunos se acercan a esos talleres; cuando se dan cuenta de la dificultad que todo arte tiene, que no basta con las lecturas favoritas de sus escritores preferidos, ni tan siquiera con releer sus obras una y otra vez, entonces surge el problema: ¿y qué hago con el portátil? La respuesta es tan fácil como ordinaria. La que ustedes están pensando. José López Romero.

sábado, 12 de septiembre de 2009

LUMBALGIA


Por fin lo he terminado. Albricias! Me refiero a la saga de Millenium, y si caen en la cuenta el asunto no es nada baladí, pues entre los tres volúmenes significa que me he pestañeado más de dos mil páginas. No, no pertenezco a esa hornada de seguidores de Stieg Larsson, que se han incorporado al fenómeno abrumados por los indíces de venta, y que han pensado que ellos no van a ser menos que los demás, y esta ha sido la causa principal de que hayan comprado los libros. Ya estoy preparado, pensarán, para si sale la conversación sobre el asunto poder decir algo, aunque solo sea el nombre de la Salander, y donde tiene colocados cada uno de sus pearcing. No, yo pertenezco a esa hornada de primeros lectores, que tras un chivatazo de mi buen amigo el librero de guardia, del que siempre he admirado su tino para recomendar algún libro, me lancé a la aventura, pues ha sido toda una aventura, de leer los tres "tomazos". ¿El resultado? Pues si tengo que ser sincero, diré que un tanto confuso: Me costó avanzar más allá de las cien primeras páginas de "Los hombres que no amaban a las mujeres", luego el libro me atrapó. Me lancé a la compra de la " La Chica que soñaba...", y seguí hipnotizado con la historia. Esperé pacientemente la salida en castellano de "La reina en el palacio de...", y cuando me hice con un ejemplar comencé con la misma pasión su lectura...pasión que se fue haciendo más tibia a medida que avanzaba en la historia.Terminé un tanto decepcionado, casi como empecé, no sé ahora cuantos meses. Por cierto, como suelo leer recostado en la cama, o en un sofá, herencia supongo de nuestros ancestros grecolatinos, me han diagnosticado una lumbalgia. El doctor no me ha prohibido la lectura, hasta ahí podiamos llegar, pero sí que sea más cuidadoso con las posturas cuando me enfrente a tales colosos en formato papel.

domingo, 16 de agosto de 2009

Baños de mar


A finales del siglo XVIII algunos viajeros como Bourgoing o Laborde ya hicieron alguna referencia a un fenómeno curioso que luego, mediado el XIX, Henry D. Inglis, Latour, Gautier y otros viajeros ya mencionaban como algo ineludiblemente ligado a la costa atlántica del sur de la Península y que se empezó a conocer como “baños de mar”. Nadie en aquel momento podría haber sospechado que aquello provocaría un siglo después, tales transformaciones en la costa como nunca antes se había producido. Nunca antes, insistimos, ni el poblamiento, ni las actividades productivas o de transporte de los humanos fueron capaces de generar el cúmulo de transformaciones y el sinfín de despropósitos al que hoy asistimos perplejos.
¿Quien lo podía predecir entonces? Hoy, cualquiera que a bordo de un pequeño balandro costee el litoral, puede observar a los bañistas inundando la playa y las transformaciones que este fenómeno ha provocado, con fuerza incontenible, sobre la primera línea del litoral. Quizás uno de los primeros libros editados en la provincia, que se hagan eco de este hecho sea el escrito por Fernando Guillamas y Galiardo: “Historia de Sanlúcar de Barrameda”. En una extensa introducción describe la situación que la moda de los baños de mar traen a la costa de Sanlúcar, mediado el siglo XIX. Es algo que viene de fuera y solo produce curiosidad y sorpresa a la población autóctona de dicho enclave de la costa gaditana, tanto a la oligarquía formada por terratenientes y bodegueros como al pueblo, aquel que trabaja de sol a sol en las huertas, navazos y viñedos. Lo que comienza siendo una práctica, la de bañarse en el mar, minoritaria y en sus inicios más como seguimiento de prescripciones médicas en aquellos que lo practican, ya por la década de los cincuenta del siglo XIX se está convirtiendo en un fenómeno de masas: “El lujo, la diversión y la costumbre son los mayores móviles que hacen acudir tan extraordinario número de personas á tomar los baños: acaso una décima parte de los bañistas los usan como remedio terapéutico y son dirigidos por profesores que sepan cuándo y cómo se ha de aplicar este agente higiénico, que administrado con oportunidad y conciencia, produce tan felices resultados en la curación de determinadas enfermedades, y evita el desarrollo de otras á que ciertos individuos están expuestos por su constitución, temperamento, ó género de vida.” Ramón Clavijo Provencio

Pregunta capciosa


En la novela de Heinrich Böll “Y no dijo ni una palabra”, la protagonista, Käte, le pregunta a su esposo por qué se casó con ella, y él, ante pregunta tan capciosa (y me acuerdo ahora de un magnífico chiste), no tiene por respuesta otra que: ““Por el desayuno. Buscaba alguien con quien desayunar toda la vida…”. Y aunque no está mal para salir airoso de situación tan embarazosa (¿quién me puede negar a estas alturas la infinita capacidad de unión de un café compartido todas las mañanas?), otras posibles respuestas se me vienen ahora a la cabeza, quizá no más emotivas que el desayuno, pero sí más prácticas. “Para leer esos libros que yo no puedo leer” o “para que leas y me des una opinión de libros que yo ya he leído”, le respondería a mi mujer ahora que no me oye (afortunadamente a ella no se le ocurre hacer esas preguntas que sólo encontramos en las novelas). Sinceramente, debo confesar que muchas veces le he dado a mi mujer libros para leer que yo he comprado porque me interesaban a mí, no a ella. Y su opinión me ha condicionado tanto que más de una vez no he podido empezar siquiera su lectura. Pero otras veces, no sé si adrede, sus encendidos elogios me han llevado a la tortura de libros que no le desearía a mi peor enemigo. Y cuando me deja las mañanas de los domingos leyendo en la cama esos tormentos insufribles, y le oigo desde la cocina “cariño, el café”, advierto en su voz cierto tono de venganza que, siguiendo con la sinceridad, me preocupa. ¿Cuál es el último libro que le he dejado?. José López Romero.

lunes, 3 de agosto de 2009

Lecturas recomendadas


Hacia rutas salvajes. Jon Krakauer. Ediciones B. Zeta Bolsillo, 2009

Se reedita, ahora en bolsillo, esta interesante obra, quizás al calor de la versión cinematográfica que el año pasado dirigiera Sean Penn. Es un libro de esos que atrapa al lector desde el principio, a lo que contribuye el interés de la historia basada en hechos reales, pero también, y mucho, al estilo directo pero a la vez no exento de calidez y cierto halo poético que imprime a la historia el periodista Krakauer. En realidad todo comenzó en un reportaje periodístico de este, donde daba cuenta del hallazgo de un cadáver entre los restos abandonados de un autobús en Alaska, lejos de cualquier lugar habitado. La repercusión de aquella crónica le llevó a escribir este intenso libro, donde nos descubre al joven Chris McCandless, que con 24 años, abandonó todo para internarse en tierras vírgenes de Alaska, soñando con una vida desprovista de todo lo superfluo y quizás influenciado por sus lecturas de Jack London. Su aventura duró apenas un par de años…unos cazadores descubrieron sus restos en un desvencijado autobús parado en la ruta hacia ninguna parte.

Esperadme en el cielo. Maruja Torres. Destino, 2008

No me considero un admirador de la obra de Maruja, eso sí leo sus artículos con cierta asiduidad, y por encima de que me diviertan, escandalicen o aburran (a veces emocionan) he de reconocerle que ha logrado alcanzar un estilo propio, identificable. Un logro nada desdeñable. De sus libros…salvo aquel “Amor América: un viaje sentimental por América Latina”, dentro de la más genuina literatura viajera, ninguno ha logrado captar mi atención hasta este, que ha sido galardonado para su mayor gloria con el Nadal. Quizás mi interés por el libro esté en haber reunido en él a los escritores Montalbán y Terencí Moix, sus grandes amigos, con los que hace un recorrido sentimental, melancólico e imposible (se reencuentran en el más allá). Los tres han nacido en un sitio común, el antiguo Barrio Chino de Barcelona, actual Raval, y será este, El Barrio, el hilo conductor de la novela cuando sus dos amigos le plantean la reconstrucción del mismo, pero el de aquel que antaño conocieron y compartieron.

Mi nombre es legión. Antonio Lobo Antunes. Mondadori, 2009.

Lo primero decir que no nos equivoquemos al localizar en la librería este libro, ya que el titulo coincide con otro de Roger Zelazny (Edhasa), y que pasa por ser un clásico dentro del género de la ciencia ficción. Pero en el libro al que nos referimos, de ese excelente escritor que es Antunes, no se viaja a otros mundos fuera de este, sino que nos adentramos a través de su prosa cuidada y desprovista de artificios, en esos otros mundos que tenemos a la vuelta de la esquina y que no podemos ignorar. Para ello se vale de ocho jóvenes delincuentes que habitan en diferentes zonas de una gran capital europea, en este caso Lisboa. A través de las voces de distintos narradores, que se irán alternando en el seguimiento de estos jóvenes, se narran las luces y sombras de unos seres marginados, en los que pese a nuestra inicial prevención, iremos comprendiendo con inquietud como el bien y el mal no están separados, sino que coexisten. .


Tren nocturno a Lisboa. Pascal Mercier. El Aleph, 2008

Hay libros que pasan dolorosamente desapercibidos para el lector, escondidos entre la marabunta de la propaganda editorial generosa en cambio con otros que, quizás, la mayor parte de las veces no se merezcan tantos desvelos. Es este uno de esos libros. Ni el autor es un nombre que suene al lector de a pie, ni el libro tuvo un apoyo mediatico decente, ni las librerías hicieron mucho, para dejarle un hueco en sus escaparates. Así y todo este libro que nos habla de impulsos, de poetas olvidados, de ciudades lejanas teñidas por el misterio que da la distancia y la visión de los viajeros que las visitaron, de mujeres hermosas, es un texto que merece algo más que esta pequeña reseña, que no puede ser otra cosa que llegar al mayor número de lectores posible. A mitad de una clase de latin, el profesor Raimund Gregorius decide dejarlo todo y coger el último tren nocturno que parte para Lisboa. ¿Qué han provocado esta extraña conducta en el profesor más predecible de la Facultad? ¿Quizás aquella mujer apoyada en la barandilla de un puente, en una mañana lluviosa, o ese libro encontrado por casualidad en una librería de viejo, del poeta portugués Amadeu de Prado?

La Tregua. Mario Benedetti.
Ahora, tras la muerte del autor, en que los escaparates de las librerías se llenan de la extensa obra de este escritor, no queremos ser menos, y traemos esta novela , pero que bien podía ser considerada un poema al amor. Nuevamente aparecen en este libro los paisajes monótonos, grises, aburridos y olvidados de la oficina, que tan certeramente había cantado en “Poemas de la oficina”, reivindicando la existencia de los seres que por ellos habitan. Uno de ellos Martín Santomé, es el protagonista de la novela. Viudo, con tres hijos decide dejar de trabajar…Y entonces sucede lo extraordinario: la aparición de Laura Avellaneda, la nueva oficinista, veinticincoaños más joven que él, y en la que encuentra el amor cuando , sin esperanzas,no buscaba ni esperaba nada: “ Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor".

domingo, 5 de julio de 2009

Los más vendidos


Son muchos los libros que se publican, demasiados. Es algo sabido, pero ello no nos libra de coger un cabreo cada vez que repasamos la listas de los más vendidos. No quiero decir con esto que todo impreso que esté en una de estas listas deba ser considerado poco menos que un libro basura. A veces, éxito y calidad también van unidos, aunque no es lo común; muy al contrario, año tras año, asistimos a la parafernalia millonaria que las multinacionales de la edición se gastan en campañas promocionales de libros miserables. La cuestión es vender, no la lectura. Muchos creen que lo importante es que se lea, no lo que se lee, pero la mayoría de las veces esa ecuación libro vendido igual a libro leído no es exacta. Hace algunos años, en este mismo medio, llevé una sección mensual donde publicaba la lista de los libros más vendidos y la de los más leídos. Raras eran las coincidencias. El despilfarro monetario en publicar sandeces, bien se podría encauzar hacia una mayor sensatez. ¿Cuántos libros maravillosos nos estamos perdiendo por esta política editorial suicida con la lectura? ¿Cuántos libros merecedores de nuevas reediciones se quedan en el olvido? Por ello no puedo dejar de alegrarme al conocer la reedición del Hobbit en la nueva colección Austral o la aparición de la colección “Clásica” dirigida por Francisco Rico, y que pretende reeditar 100 obras clave de la literatura española.

miércoles, 10 de junio de 2009

Colección de artículos

Aquí va esta pantalla donde puedes leer y descargar nuestras últimas entregas a "Lectores sin remedio".

Mentira


Ya lloramos en estas mismas páginas la muerte de don Fernando Lázaro Carreter (4 de marzo de 2004), por lo que representaba su pérdida para la Filología española, y ya avisábamos en su momento de que con él no sólo perdíamos a un gran filólogo, sino sobre todo a un gran vigilante de nuestro idioma. Su libro “El dardo en la palabra” (Galaxia Gutenberg) y su continuación “El nuevo dardo en la palabra” (edición de bolsillo en Punto de Lectura) fueron, son y seguirán siendo auténticos manuales del buen uso del español; en cada uno de esos “dardos” o artículos puede el lector encontrarse verdaderas lecciones sobre correcciones e incorrecciones lingüísticas, de uso común y actual, sazonadas siempre con el humor y le fina ironía de uno de nuestros grandes maestros. ¡Lástima que nadie haya tomado el relevo de don Fernando y no haya seguido ese camino, siempre difícil, que es enseñarnos a todos la corrección de nuestro idioma! Y digo todo esto porque no hay palabra más utilizada en estos últimos días de campaña electoral que “mentira”, de la que haría Lázaro Carreter, estoy seguro, un artículo excepcional. No hace falta consultar el diccionario para saber su significado, pero los políticos la utilizan como insulto contra su rival en las urnas; unos a otros se tildan de “mentirosos” sin que ninguno coja el camino de los juzgados más cercanos, para denunciar a su ofensor por serio menoscabo de su honor o, al menos, dirigirse a él y endilgarle el correspondiente “guantazo” y anunciarle la próxima visita de sus padrinos para decidir día, hora y lugar del duelo. ¡Qué tiempos aquellos en los que por unos “buenos días” mal dados los hombres llegaban a las armas! Y si no, que se lo pregunten al escudero del “Lazarillo de Tormes”. La mentira está bien, para la literatura; es uno de sus ingredientes imprescindibles y fundamentales, como ya se encargó de estudiar Mario Vargas Llosa en su libro titulado “La verdad de las mentiras”, cuyo prólogo es de lo mejor que yo he leído en los últimos años sobre la naturaleza y características de la narrativa, junto con el prólogo que Somerset Maugham escribe para su ensayo “Diez grandes novelas y sus autores”. Vargas Llosa nos explica en su trabajo: “En efecto, las novelas mienten… En realidad se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener”. ¿Nos mienten nuestros políticos con esa misma intención? ¿Nos quieren pintar la realidad de un color pastel cuando todos la vemos gris marengo, por no decir negra? ¿Con sus mentiras nos ofrecen un mundo que está muy lejos de ser el nuestro, ése que sufrimos todos los días? Tengo en esto mis serias dudas. Yo creo que nos mienten porque sólo quieren perpetuarse en el poder y en la silla que los mantienen a él y, en algunos (o muchos) casos, hasta a su familia. Por eso, yo abogo por imponer de nuevo aquel viejo código de honor, por el que toda ofensa debía lavarse con sangre ¿a primera sangre? ¡Por favor! Ya que estamos… José López Romero.

RECORDANDO A CHATWIN


Hace dos décadas que la literatura perdía a uno de sus grandes, pero que paradójicamente empezó a destacar en otros campos profesionales antes de ser seguido con admiración por miles de lectores en todo el mundo. Efectivamente, Charwin comenzó siendo un reputado especialista en Arte, que trabajó para Sotheby´s, pero que rápidamente su ansia de ver mundo hizo que cambiara las salas de arte por la redacción del Sunday Times Magazine. Precisamente entrevistando para la mencionada revista a la arquitecta Eileen Gray, en cuya casa vio expuesto un enorme mapa de la Patagonia, decidió romper con todo y, como vulgarmente se dice, “liarse la manta a la cabeza” para marchar a esa Patagonia a la que, como le confesó a Eileen, “siempre deseé ir”. Aquello fue un verdadero viaje al fin del mundo y del que nos quedaría esa joya de la literatura de viajes como es “Viaje a la Patagonia”. Bruce Chatwin fue un incansable viajero pero con una filosofía muy particular, pues hasta su muerte (Burdeos, 1989) creyó firmemente que el verdadero sentido de la vida humana estaba en el nomadismo. En ello radicaba la felicidad y, por tanto, eso explicaría “la infelicidad” de la historia hasta el momento. Esta particular visión fue la que trató de plasmar en sus libros, y si ello resulta evidente en “Los trazos de la canción” o “En la Patagonia”, también aparece en “Colina Negra”, la historia de dos hermanos gemelos que ven transcurrir toda su vida en la oscura y olvidada localidad irlandesa de Rhulen: “El gemelo que nunca se había aventurado más allá de Herefod, como si quisiera sugerir que los auténticos viajes solo se viven en la imaginación, cerraba los ojos y recitaba lo que le había enseñado su madre: “Rumbo al oeste, rumbo al oeste, Hawata navegó, internándose en el crepúsculo incandescente.” Chatwin, el viajero del que un día nos podían llegar noticias desde el desierto australiano, y otras se le veía sobre una tabla de surf en aguas de Trafalgar, también nos dejó antes de tiempo. Ahora hace veinte años. Otra tragedia para la literatura. Ramón Clavijo Provencio

jueves, 4 de junio de 2009

Viajes inéditos


Nos dice Diego Caro Cancela, que pese a que durante demasiado tiempo se pensó que los testimonios viajeros sobre nuestro país eran nada más que un divertimento para crear una literatura agradable, cometeríamos un grave error si despreciáramos sin más, una fuente que adecuadamente utilizada puede mejorar la comprensión y el análisis de nuestro reciente pasado”. Y es que si bien es cierto, que estamos ante lo que pueden ser imágenes "distorsionadas" de la realidad, también es verdad que las mismas, con la necesaria cautela, nos pueden proporcionar interesantes indicios sobre las costumbres, las mentalidades o la vida social, económica y política de la época. Son muchos los libros de viajes olvidados en los fondos bibliográficos patrimoniales de algunas de nuestras bibliotecas. Y lo digo con la experiencia de 25 años de trabajo en una de ellas, donde he logrado recomponer una sección inexistente, gracias al material de temática viajera que ha ido apareciendo y que, hasta hace poco, apenas habían atraído la atención de los investigadores locales. Esa labor sobre este tipo de fondos, la mayoría inéditos en castellano, me permitió en su día detenerme, en la figura de muchos viajeros, alguno de ellos como David H. Inglis, grandes desconocidos para el lector español, pese, como es su caso , ser el autor de uno de los libros más exitosos sobre nuestro país “Spain”, aún sin versión completa en nuestro idioma. En este libro, entre otros aspectos descubrimos referencias inéditas al negocio vinatero en Jerez; la ciudad, dentro de la provincia de Cádiz, que junto a la capital ejercía una especial atracción para los viajeros, y que se aventuraban hasta ella atraídos por la importancia que a mediados del XIX había adquirido la industria vinícola, y que hacía del “jerez” un vino conocido universalmente. Pero a la espera de ver algún día, este delicioso libro, entre otros, traducido a nuestro idioma, lo que agradecería el lector español, despidámonos con las palabras con las que el inglés saluda su llegada a nuestra ciudad: “Después de alquilar un vehículo de un solo caballo llamado calesa, viajamos hacía la ciudad de Jerez, que estaba a una distancia entre seis y ocho millas. Los campos están totalmente desprovistos de árboles, pero las pequeñas colinas están esmaltadas de abundantes hierbas y flores. Atravesaba el ancho valle a la derecha del río Guadalete, serpenteando por los prados, mientras en sus verdes y fértiles orillas el ganado correteaba tranquilamente y se dispersaba en el aire el suave tañir de melodiosas campanas. Al aproximarnos a ella, la ciudad ofrecía un panorama agradable e interesante; está situada sobre una elevación del terreno y completamente rodeada de ondulantes colinas llenas de viñas y prósperas haciendas. Dirigimos nuestra calesa a la fonda en la gran plaza, donde nos procuramos un tolerable alojamiento, y después de despachar una abundante comida de varios pollos y ternera cocida, acompañada con una botella de excelente sherry, salimos contentos a visitar la población.” Ramón Clavijo Provencio

El patio


Si no es por una cosa, es por otra. Lo cierto es que el patio de las letras siempre está revuelto, y por ello los medios de comunicación no paran de publicar noticias que merecen nuestra atención, y algunas hasta nuestra reflexión, que de eso se trata. En dos de las muchas y variadas me voy a ocupar en estas líneas. Aún no se había enfriado el cuerpo yacente de nuestro admirado Benedetti cuando el poeta Antonio Gamoneda, que por mayor mérito tiene el Premio Cervantes concedido en la Moncloa, criticaba la poesía del escritor uruguayo por el uso del “lenguaje de la comunicación coloquial”; dicho de otro modo, a Gamoneda no le gustan los poemas de Benedetti porque los intenta acercar a la gente de a pie. Aunque no comparto en absoluto la opinión del poeta leonés, siempre podemos aducir en su descargo el proverbial y socorrido “cuestión de gustos” o, en este caso, “de estética”; diferencia de criterio que, por simple higiene literaria, no sólo es saludable sino hasta necesaria. Que en los gustos poéticos de Gamoneda no entren los coloquialismos es tan respetable como defender lo contrario; sin embargo, la historia de la literatura le debería haber enseñado a don Antonio, y ahí tiene al don Antonio por excelencia y antonomasia para confirmarlo, que no hay palabras más poéticas en sí mismas que otras, sino el uso que el poeta hace de ellas. La otra noticia es más delicada. Ya sabíamos desde hace bastante tiempo de la radicalización ideológica del dramaturgo Alfonso Sastre, quien siempre se ha negado a condenar el terrorismo de ETA, de ahí que haberse prestado a encabezar la lista de Iniciativa Internacionalista Solidaridad para los Pueblos (IISP) en las elecciones europeas no haya sido una sorpresa excesiva. Podíamos inscribir a Sastre en ese pequeño (por fortuna) grupo de escritores, a quienes nadie les puede negar su calidad literaria (innegable también en los dramas de Sastre), pero cuya catadura personal deja mucho que desear. En su descargo o, mejor dicho, se aprovechan ellos de que estamos en un país libre para decir lo que se les antoja o defender ideas que si no rozan la ilegalidad, están dentro de ella, a pesar de los dictámenes del T.C. Pero Sastre si algo debería haber aprendido de la literatura, de la cultura en general, es que esas ideas, por muy respetables que sean, nunca pueden defenderse con las armas y a costa de las vidas de los demás. Sastre puede ser un excelente dramaturgo, no lo podemos en duda, pero es por desgracia para todos, no sólo para la literatura, una mala persona. José López Romero.

jueves, 28 de mayo de 2009

Revolución


Mi compañero de página, que alardea de visionario, no para de lanzarnos mensajes sobre la revolución que en el mundo del libro se avecina, si no es que ya está aquí. Si no son los e-books un día, son las maquinitas expendedoras de libros como si de condones se tratasen de las que hablaba la semana pasada. ¿Estaremos realmente ante una revolución? Pues en verdad no sería la primera que remueve los cimientos del libro y, como las anteriores, de seguro que abre nuevas perspectivas, y con ellas, algún que otro cambio en las costumbres. Si definitiva fue la de Gutenberg, no menor fue la de Aldo Manucio a principios del siglo XVI y la de la familia Elzevir a principios del siglo XVII que inundaron toda Europa con los primeros libros de bolsillo, ediciones de los clásicos en pequeño tamaño, en letra cursiva o garamond y a módicos precios; fue la mejor forma de democratizar la cultura: ponerla al alcance de cualquier economía, aunque estuviese sumida en profunda crisis; en mí tienen estos impresores un rendido (por no decir “fanático”, que suena a exageración) admirador. Pero ¿qué se cuece en estos tiempos que todos los lectores nos hemos puesto a la expectativa? Si hasta a las páginas de color salmón ya han saltado los dichosos e-books, no nos debe extrañar que algo de verdad puede que lleven las palabras de mi visionario amigo. En otras revistas leo noticias como el magno proyecto de digitalización de la Biblioteca Nacional bajo la dirección del prestigioso filólogo Pablo Jauralde, patrocinado con 10 millones de euros por Telefónica; o los 14 millones de libros que en cinco años quiere Google almacenar en sus depósitos informáticos; o incluso, con cierta visión de futuro, el proyecto de la agente por excelencia de la literatura española, Carmen Balcells, titulado “palabras mayores” que consiste en ofrecer a muy módicos precios lo mejor de García Márquez, Vargas Llosa o Juan Marsé a través de una distribuidora on-line; o la más llamativa: se estima que en el año 2015 (esto es, a la vuelta de la esquina) el libro electrónico represente el 50% del negocio editorial; y no digamos la iniciativa de cambiarle al infante la mochila por un libro electrónico, en el que estén cargados todos los manuales que tanto daño les hacen a sus tiernas espaldas. ¿Revolución? Vayamos despacio. Y para ello nada mejor que acudir a uno de los señores que hoy por hoy saben más de libros y revoluciones culturales: Umberto Eco, quien acaba de sacar un libro que se titula nada más y nada menos que “No esperéis libraros de los libros”, en cuyas 350 páginas despliega el gran semiólogo, novelista y bibliófilo italiano toda una batería de argumentos para defender precisamente el título de su trabajo. ¿Librarme yo de mis libros? Antes me libraría de mi… (no me había dado cuenta de que la tengo a mi espalda leyendo lo que escribo) ordenador. Por mi parte, con una taza aún humeante de café sobre la mesa, me dispongo a leer la novela de Eça de Queiroz El conde Abraños en una deliciosa edición de Renacimiento. Sin duda que a este libro no se le acaba la batería, ¿verdad, cariño? “Eso. Ahora intenta arreglarlo” –le oigo cuando ya se aleja. Hoy, sin postre, seguro. José López Romero.

Encuesta


Cada vez me resulta más insoportable aguantar esa costumbre de los medios de comunicación, consistente en preguntar a todo personaje medianamente popular, cuando fallece alguien relevante dentro del mundo de la cultura, sobre el recién desaparecido. Y claro luego sucede lo que sucede, que con la mayor parte de esas opiniones cogidas a vuelapluma, y que podrían dar para una nueva antología del disparate (aunque éste no precisamente de escolares), muchos famosos se retratan sin complejos ante el público sobre su auténtico bagaje cultural. La reciente muerte de Benedetti, me ha servido para ratificarme en esta opinión, y no es que, ingenuo de mí, pensara que a todo personaje público que preguntaran por el escritor uruguayo, debería haber leído la totalidad de la extensísima obra que nos ha legado, pero a estas alturas aún me sorprendo de la “cara”, o desvergüenza, con la que algunos hablaban sobre su admiración por el autor de “Poemas de oficina”, aunque no cayeran en la cuenta de que El Aleph lo escribiera Borges o que Madrid no es Montevideo . Estas encuestas propiciadas por la actualidad, aunque puedan parecer anecdóticas, nos dibujan el verdadero papel de la cultura en este país. Nos acordamos de ella en las fiestas y en los cementerios, pero el resto del tiempo la inmensa mayoría del país vive ajena a su pulso. Hace unos días conocí a una gran lectora. Su nombre no es popular, ni falta que le hace, y quizás por ello no suele ser abordada por ningún periodista para recabar su opinión cuando viene al caso, pero pasé unos muy agradables momentos cuando me mostraba su biblioteca formada a lo largo de años de inquietud lectora. Siempre es gratificante, ahora que los tradicionales espacios dedicados a la biblioteca familiar, parecen estar siendo desplazados por discutibles ideas decorativas, o por aparatos que representan los últimos avances de la tecnología, conocer a alguien que no solo mantiene a “la biblioteca”, como el corazón de su vivienda, sino que te puede hablar de Benedetti con la sabiduría de una lectora de muchos de sus libros. Ramón Clavijo Provencio

miércoles, 20 de mayo de 2009

Cine


Creo que fue mi amigo y compañero Carlos Rigual por aquellos años del Instituto Asta Regia (de gratísimo recuerdo), quien me dijo la siguiente frase que él mismo había oído: “de una mala novela se puede hacer una buena película, y viceversa: de una buena novela se puede hacer una mala película”. Y así es realmente la historia de las relaciones que, como los matrimonios, han mantenido siempre el cine y la literatura: buenos y malos momentos por igual. Desde el amor hasta la pasión, desde el odio hasta el rencor. Para Juan Marsé su matrimonio con el cine tiene más de lo segundo que de lo primero; nunca se ha cansado de decir que sus novelas no han tenido suerte cuando se han pasado a la pantalla; y eso le ha llevado a la conclusión de que “el problema del cine español no es la piratería, sino la falta de talento”; una afirmación realmente dura y que muestra a las claras su decepción. Y quizá haya que darle la razón al flamante Premio Cervantes porque honrosas por escasas son las excepciones que ahora se nos vienen a la cabeza de películas españolas que, tomando como guión alguna obra literaria, merece la pena verse, aun participando en aquél el autor de ésta. En cambio, mucho mejores son las adaptaciones para la televisión que se han hecho de algunas de nuestras emblemáticas novelas del XIX: La Regenta, Fortunata y Jacinta, Cañas y barro, o incluso Los gozos y las sombras de G. Torrente Ballester. Parece que la televisión, por su posibilidad de convertir una novela en serie, es un medio que se acomoda mejor a la literatura; como pasa con el teatro y aquel añorado programa “Estudio 1”, donde buena parte de muchas generaciones pudimos disfrutar y conocer lo mejor del teatro tanto nacional como extranjero de todos los tiempos. En esto del cine, la televisión y la literatura, quizá los ingleses sean un referente en el que deberíamos mirarnos y aprender. Ahí están series como Yo, Claudio y, sobre todo, las versiones que de las obras de Shakespeare ya hiciera (muchas en blanco y negro) sir Laurence Olivier y, más moderno, el magnífico actor y director Kenneth Branagh, que deberían ser modelos para nuestros directores de cine. En este sentido, guardo como oro en paño en cinta de vídeo su película Enrique V, que me hizo comprar el drama de Shakespeare sólo para poder leer y releer el emotivo discurso o arenga que el rey le dirige a su menguado y exhausto ejército inglés antes de la batalla de Agincourt. ¿Falta de talento de nuestro cine? Salvando excepciones, ya digo, incluso cuando han versionado clásicos, el resultado no ha podido ser más horrible, y ahí están El libro de buen amor, La Celestina o La lozana andaluza para no desmentirme. Nada que ver con los ingleses. Y ya que hablamos de cine español, valga un ejemplo de bodrio; el otro día me castigué con una película titulada Fuera de carta, realizada a la mayor gloria de Javier Cámara. Si ése puede ser el modelo de comedia o cine, en general, que se hace en España, no dudo lo más mínimo que esté en crisis. Si en la esfera internacional, nuestros más célebres representantes son actualmente Almodóvar y sus chicas y chicos, cuando no hace mucho eran Buñuel, Saura, Paco Rabal, Fernando Fernán Gómez e incluso Alfredo Landa en su espectacular madurez, no me extraña que se dude del talento de nuestro cine. Ni talento, ni color. José López Romero.

Máquinas


“¿Pero no estamos hablando que el libro en papel está condenado a desaparecer?” Me pregunta Atanasio, mientras hojea la prensa local entre el penetrante olor a café del “San Pedro “. Y es que le ha llamado la atención esa noticia que da cuenta de una máquina expendedora de libros (Espresso Book Machine). Sí, sí, como lo oyen…Se elige entre un amplísimo catálogo de libros que oferta el artilugio (400.000), y una vez que nos hayamos decidido, le damos a un botoncito y en breves instantes tenemos el libro como recién salido de la imprenta, incluso con su embalaje de plástico protector. “Por lo visto, vuelve a comentar la noticia en voz alta Atanasio, el éxito de la máquina es arrollador, y la librería donde está instalada en Londres, no da abasto. ¿Pero cómo se explica esto, Ramón?” La verdad, le respondo, es que no lo sé; me parece una especie de paradoja esto de que llevemos décadas hablando de que el libro tradicional desaparece (incluso estos meses son noticia la aparición de nuevos modelos de libros electrónicos), y sin embargo aparece esta máquina que expide al instante el libro en papel que queramos, incluido libros descatalogados desde hace décadas (una de sus evidentes ventajas), y arrasa. Atanasio deja el periódico y parece olvidarse de su efímera curiosidad cultural para concentrarse en el bocata de tortilla que le acaban de traer; yo, mientras, le doy un sorbo al buen café de este acogedor bar, y pienso en la evidente influencia de las nuevas tecnologías sobre muchos de nuestros hábitos. Por ejemplo, cómo gracias a ésta podemos decir que se ha recuperado el género epistolar, aunque por otro lado el correo electrónico esté significando que la carta en papel, esté condenada a la desaparición definitiva. Pero no siempre la implantación de algo nuevo tiene que llevar a la desaparición de lo anterior. En el caso del libro más parece que vayamos a una coexistencia entre nuevos y viejos formatos, ello explicaría el éxito de nuevas técnicas aplicadas a la edición del libro en papel (la nueva máquina londinense), sin que por ello se deje de avanzar en la comodidad y prestaciones de los nuevos modelos de libros electrónicos. Ramón Clavijo Provencio.

jueves, 7 de mayo de 2009

Pintores y fotógrafos viajeros


Uno de los aspectos más interesantes, dentro del enorme corpus escrito que nos ha dejado la literatura viajera sobre nuestro país, especialmente la que abarca desde el último tercio del siglo XVIII al primer tercio del siglo XX, es la de los ilustradores. Al mismo tiempo que los viajeros daban cuenta por escrito de sus impresiones sobre España, muchas veces también nos dejaban dibujos e interpretaciones pictóricas de los lugares que visitaban. Unas veces estas eran hechas por acompañantes del propio escritor-viajero, que viajaba solo con este singular cometido; en otras ocasiones concurrían en una misma persona las facetas de escritor y dibujante. ¿Qué imágenes de España, de Andalucía nos dejaron estos dibujantes, y en qué libros y reediciones podemos interesarnos por ellas? Quizás, si hubiera que nombrar a algunos de los más relevantes, apostaríamos por los británicos Edward Locdke (“Vistas de España”, 1824), David Roberts (“Apuntes de España”, 1837) y John Lewis (“Apuntes de España y el carácter español”, 1837, que estuvo precedido por una serie sobre la Alhambra). También los franceses Doré y Davillier (“Viaje a España”) Chapuy, o Parcerisa entre los venidos de la península Itálica. Muy interesante y menos conocido, es el legado fotográfico de los viajeros, cuyo ejemplo más representativo es el libro la “España incógnita”, publicado en 1922, obra del viajero y fotógrafo alemán Kurt Hielscher, cuya visión de nuestro país en los años previos a la segunda Republica, ya con una cámara Nikon y no con los pinceles, siguió reforzando esa España distinta, oscura, trágica, pero cautivadora propia de la mentalidad romántica. Actualmente es la Hispanic Society la que conserva la totalidad de su colección de fotografías (1.600) sobre nuestro país (una de ellas de la Cartuja de Jerez), y de las que solo se han publicado hasta hoy unas trescientas. A Hielscher le precedieron otros ilustres, ahora redescubiertos, como Charles Clifford o Jean Laurent; lo cierto es que cada vez más son los estudiosos que se interesan por el legado fotográfico, de aquellos que recorrieron las rutas peninsulares desde finales del XIX, como lo hemos podido comprobar en la reciente exposición, con vocación itinerante, celebrada en La Carolina “La Andalucía imaginada”. Volviendo a los pintores, nos cuenta el investigador José Alberich (“Del Támesis al Guadalquivir”), que estos debían tener mucho cuidado de no ser detenidos, sobre todo en la convulsa España de mediados el XIX. Era un trabajo incómodo, que levantaba normalmente las sospechas de las autoridades militares. Richard Ford advertía que en cualquier circunstancia serían interrumpidos y arrestados en caso de que el motivo de sus dibujos fuera fortificaciones o vistas de la ciudad. Incluso el mencionado Edward Locdke tiene una obra titulada “El artista vigilado”, lo que demuestra hasta qué punto era obsesivo la preocupación de las autoridades decimonónicas españolas, sobre la actividad de los viajeros extranjeros, especialmente la de los pintores. . Ramón Clavijo Provencio.

La familia




El otro día se me acerca un compañero, con el que trato escasamente pero al que le consta mi devoción por la lectura, y me espeta la siguiente confesión realmente compungido: “Pepe, tengo familiares a los que sólo les gusta leer best-sellers; cuantos más ejemplares vende un libro, más miembros de la familia lo leen”, pero de inmediato se justificaba: “menos mal que es familia en tercer grado, y alguno sólo familia política. No podría llevar esta carga si no fuera de esta manera”. Ya me habían avisado de lo “raro” del personaje y hasta de ciertas fobias o manías, algunos hasta aventuraban una más que sospechosa afición a toda clase de escritos sobre asesinatos en serie. Los escrúpulos, en lo tocante a familia y gustos literarios, no paraban aquí. Quienes lo tratan con más intimidad dicen que recibe en su casa a aquellos familiares (sólo en festividades muy señaladas) con un ejemplar del “Quijote” que les pasa a modo de detector de metales o como sahumerio por todo el cuerpo, y cuando los hace pasar al salón, les va recitando versos de Garcilaso a sus espaldas, como si fueran plegarias purificadoras. Nadie sabía cómo llegaba a enterarse, pero tenía consignadas en una libretita, que guardaba con verdadero celo, las lecturas que hacían aquellos inocentes familiares y, en unas páginas especiales tenía anotados los nombres de aquellos que habían leído “La catedral del mar”, “Los pilares de la tierra”, “Un mundo sin fin” y tres o cuatro novelas históricas actuales a las que, decían las malas lengua, les había hecho vudú y había posteriormente quemado junto con una foto de sus autores. Yo, al igual que este compañero, también tengo familiares que son lectores exclusivos de best-sellers, aunque afortunadamente también son en tercer grado pero, y valga la diferencia, no tengo una libreta en la que anoto sus infamias ni los recibo con el “Quijote” o con versos de Garcilaso, aunque tampoco esperan ya de mí que les haga una fiesta cuando vienen a mi casa; mi mujer me obliga a ofrecerles una copa de vino, que por supuesto les pongo del peor que tengo. Sin embargo, cada vez que en las reuniones familiares se toca el tema de la lectura, me empieza a correr un sudor frío por todo el cuerpo, las manos me empiezan a temblar y la cara se me transfigura. Hasta mi mujer más de una vez me ha comentado después de una visita: “¿Qué te ha pasado esta noche? Te temblaban las manos y se te puso una cara de psicópata que daba miedo”. De mañana no pasa que me compre una libretita. José López Romero.

jueves, 30 de abril de 2009

Héroe


Lo tengo dicho hasta en arameo: por desgracia, la historia de la literatura en las aulas escolares hoy por hoy empieza en Jordi Sierra i Fabra o en Joan Gisbert y otros bultos sospechosos y termina, en el mejor de los casos, en el Marca o en el Superpop. Por eso cuando en los famosos currículos (palabra a la que no logro acostumbrarme, prefiero la tradicional “programa” o, en su defecto, “pograma”) ya desde tiernas edades se insiste en explicar el Poema de Mío Cid, aunque en versiones edulcoradas, me sigo poniendo las manos en la cabeza y vuelvo a mis blasfemias en arameo. En los últimos años en los que me he atrevido a acercar la épica a la boca de aquellos cuyos paladares ya no están hechos a platos tan fuertes, he preferido aligerarlo con un repaso general por la figura del héroe desde el mismísimo Ulises hasta llegar a los personajes de los tebeos. Así, intento dar una visión de un personaje universal, el héroe, a través de la historia; y aunque en más de una ocasión los intentos se queden en fracaso y de ahí la frustración ya consustancial a la labor docente, otras veces parece como si ese repaso abriese o iluminase ciertas mentes y éstas terminan por llegar a la conclusión de que personajes como Zidane, o Raúl, o Messi, o Iniesta, o Madonna, o Britney Spears bien podrían ser ahora nuestros nuevos héroes y heroinas, con lo cual volvemos al punto de partida o de destino: el Marca y el Superpop. ¿Estudios al respecto? Los que queramos y más. La figura de Rui Díaz de Vivar ha sido desde los estudios de Pidal ampliamente tratada, así como la épica en general, tanto nacional como extranjera, por no hablar aquí de los trabajos sobre Homero y todo el elenco de sus héroes (Héctor, Aquiles, Ulises) o el propio Virgilio y su Eneas. Y sobre personajes como Superman ahí tenemos un trabajo magnífico de Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados, al que en más de una ocasión he citado aquí y que se ha reeditado en edición de bolsillo (¡aprovechen!). Y a pesar de la distancia en el tiempo y los cambios de época, a todos adornan las mismas virtudes aunque en dosis o matices distintos. Ya sean héroes posibles (de carne y hueso, como el Cid), ya sean imposibles (con poderes extraordinarios, como Superman), a todos adornan las mismas virtudes y son a través de ellas cómo componemos la figura universal del personaje: el valor, incluso el arrojo en la batalla, pero también la prudencia y la astucia, la generosidad, la buena estrella (de esto sabe bastante mi amigo Juan Cienfuegos) o la protección de la divinidad, la compostura personal, la belleza física como manifestación externa de la belleza interior, etc. Pero, sobre todo, uno de los rasgos consustanciales a todo héroe, fuente de muchas de las virtudes antes señaladas, es su inteligencia. Por eso, cuando Sarkozy hace unos días le negaba a nuestro presidente esta cualidad, al mismo tiempo que le negaba su calidad de héroe le reconocía el mérito de haber ganado dos elecciones. ¿Elogio o insulto?, se preguntaban algunos periodistas. Sin ser ningún héroe ni haber ganado ni las elecciones a la comunidad de vecinos, yo prefiero pasar por inteligente.¡Qué quiere que les diga!. José López Romero.