viernes, 23 de junio de 2017

AUTOR-ESCRITOR

Roger Chartier es un estudioso francés de la historia del libro y de todo cuanto afecta o interesa a esta ya consolidada rama del saber, que no dudamos en inscribir en los estudios humanísticos. Y por poner un ejemplo que me está esperando en mi estantería de lecturas pendientes, en ella lleva ya unos meses su ‘Historia de la lectura en el mundo occidental’, que dirige junto a Guglielmo Cavallo (Taurus, 2011), un conjunto de trabajos en torno a una de las actividades imprescindibles del ser humano, si este quiere considerarse como tal. Pero antes de emprender la lectura de este volumen se me metió de rondón otro ensayo de Chartier titulado ‘El orden de los libros’ (Gedisa, 2017), libro dividido en tres apartados: “comunidades de lectores”; “Figuras del autor” y “Bibliotecas sin muros”, es decir, tres de los elementos fundamentales en torno al libro: sus lectores, sus autores y los lugares de depósito y consulta, aunque en este caso Chartier se centra en las compilaciones de obras que llevaban por título genérico “Biblioteca”. Un libro por momentos de complicada lectura, pero entre cuyas ideas aquí queremos centrarnos en el concepto autor / escritor que Chartier analiza en el segundo capítulo de su libro. No fue hasta finales del siglo XVII cuando tanto en Inglaterra como en Francia se recoge esta diferencia de conceptos: autor es todo aquel escritor que ha publicado o impreso algún libro, mientras que se reserva el término escritor para aquellos que no han visto en letra de imprenta sus creaciones. Una diferencia que lleva aparejada la consideración de la literatura como actividad profesional y comercial y, como consecuencia de todo ello, la disputa, que llega hasta nuestros días, de la propiedad intelectual del autor sobre sus escritos, que tiene como uno de sus más radicales defensores al novelista, excelente por otra parte, Javier Marías. La legislación española actual sobre los derechos de autor señala la vida de este y setenta años más después de su fallecimiento, a partir de dichos plazos la obra se considera libre y puede ser explotada por cualquiera. Lejos quedan ya los 1400 maravedíes por los que Cervantes le vendió al librero-impresor Francisco de Robles la primera parte del ‘Quijote’, de cuyas ventas apenas obtuvo el 10%; o  la venta de los derechos de impresión y puesta en escena de su ‘Don Juan Tenorio’ que Zorrilla cedió al editor Manuel Delgado por cuatro mil doscientos reales de vellón, en una  de las transacciones comerciales más lamentadas de toda la historia literaria española, según el estudioso Luis Fernández Cifuentes, ya que Zorrilla no dejó de arrepentirse durante toda su vida, como confiesa en sus memorias ‘Recuerdos del tiempo viejo’: “Mantengo con él [‘Don Juan’], en la primera quincena de noviembre, a todas las compañías de verso en España. ‘Don Juan Tenorio’, que produce miles de duros y seis días de diversión anual a toda España y las Américas españolas, no me produce a mí ni un solo real”. Desde hace ya mucho tiempo, más de una familia en varias generaciones siguen viviendo de los escritos del abuelo sin pegar un palo al agua. ¡Las cosas del abuelo! José López Romero.



DESPEDIDAS

Aunque tenemos la sensación desde  hace tiempo  de que la cultura importa a pocos - y me refiero a su acepción más pura, libre de esos inventos de asimilar a cultura cualquier manifestación folklórica o festiva-, me sigue sorprendiendo como la desaparición de personajes relevantes en este ámbito tienen un cierto  eco en los medios generalistas, incluso a veces por extensión y atención. Quiero pensar que ello no se debe a un cierto remordimiento de la sociedad, de pagar la indiferencia o la poca atención que realmente se percibe en relación a los asuntos culturales de manera diaria, con ese pequeño y modesto tributo a los que se van. Algo así como “os agradecemos los servicios prestados, aunque cuando los prestabais con dedicación y sacrificio os hiciéramos poco caso”. La verdad es que hay motivos para pensar con cierta maldad. Estos últimos meses han ido dejándonos una serie de relevantes personajes. Demasiados en muy corto periodo de tiempo. Todos  dignos de admirar y cuyo legado –artístico, histórico, literario- nos obliga finalmente a interrogarnos sobre si realmente la raza humana es algo singular. A comienzos de año nos dejaba, John Berger,  que al mismo tiempo que iba creando una muy interesante obra pictórica-, nos hacia reflexionar con sus escritos sobre  el fin de una era. ¿Y qué decir del hispanista Hugh Thomas? Su  legado, centrado especialmente  en nuestro país, es  un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones de investigadores de la historia. También la literatura ha tenido  bajas difíciles de cubrir. Si a comienzos de años perdíamos el universo creador de Ricardo Piglia , ahora cae  Denis Johson. Ha sido este último un escritor norteamericano que quizás no haya tenido en nuestro país la acogida que otros colegas suyos como Philip Roth o Paul Auster, pero  sus escritos sobre ese mundo marginal de la sociedad norteamericana, tan bien reflejado en el libro Hijo de Jesús, y que seguramente tanto desagradaría –de suponer que tuviera capacidad para leerlo- al actual presidente norteamericano, es otro ejemplo más de estos notables e irrepetibles personajes que nos hacen reflexionar y cuestionarnos- desde diferentes ámbitos culturales- nuestro papel en este insignificante planeta. Ramón Clavijo Provencio 

sábado, 3 de junio de 2017

JUAN JOSÉ BOTTARO, FOTÓGRAFO

Hace ya más tres lustros, cuando los doce frailes cartujos que quedaban en Santa María de la Defensión abandonaron definitivamente el monasterio jerezano, hicieron donación total de bienes, inmuebles y propiedades a la diócesis de Asidonia-Jerez. Entre aquellos objetos, el obispado hizo entrega al departamento municipal de Patrimonio de tres cajas con negativos fotográficos en cristal, que pasaron a ser custodiados en la Biblioteca Central. Se trataba de materiales de gelatino-bromuro, un procedimiento basado en el empleo de una placa de vidrio sobre la que se extendía una solución de bromuro de cadmio, agua y gelatina, ideado por R.L. Maddox en 1871. Aunque las placas que habíamos recibido eran de los años centrales del siglo XX, cuando este procedimiento estaba ya prácticamente en desuso, había algunos profesionales del sector que lo habían seguido usando. Era el caso de Juan José Bottaro Pálmer (en la ilustración, sentado en el centro), un pintor, grabador y restaurador puertorrealeño que había destacado también como fotógrafo. Este personaje, que pasó su vida entre El Puerto de Santa María (donde una calle con su nombre da la espalda al Hospital) y Jerez, es poco conocido. El ‘Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la Provincia de Cádiz’ (1985) le dedica diez líneas en las que nos informa de que fue profesor de dibujo en San Luis  Gonzaga y de pintura en la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia, situada en los años 30 en el antiguo Convento de Santo Domingo de nuestra ciudad vecina. Pero el Diccionario sitúa la fecha de su nacimiento con diez años de retraso, cuando en realidad vino al mundo en 1886. La verdadera fuente para conocer a Bottaro es un artículo que publicó su discípulo Luis Suárez Ávila en Diario de Cádiz, recogido en 2009 (fecha en la que se expusieron sus fotografías en el “Centro Cultural Alfonso X El Sabio”) por la redacción de la web “gentedelpuerto.com”. Nos habla de su trayectoria artística, de su paso como empleado de la familia Terry (en cuyas bodegas dejó varias de sus obras), de su saber “enciclopédico”, de su amena y chispeante conversación y hasta de su ambigua sexualidad. Su obra escultórica y restauradora se contempla, entre otros lugares, en la Catedral de Cádiz, en la melena de talla de Nuestro Señor Jesucristo Yacente de la hermandad de La Soledad de El Puerto, en la restaurada imagen del San Francisco Javier de Juan de Mesa de la Iglesia de San Francisco de la misma ciudad, en las mencionadas propiedades de la familia Terry, etc. Pero las placas de vidrio que conservamos en la Biblioteca de Jerez, y que gracias a nuestra colaboradora, la historiadora Isabel Granados, hemos comenzado a procesar, son una auténtica rareza gráfica: imágenes sacras, altares, mobiliario eclesiástico, documentos del segundo centenario de la Casa Domecq, y otras tan curiosas como las visitas de Varela o Franco a la ciudad portuense. Más de 400 piezas que un día, esperemos que sea pronto, podamos digitalizar en positivo y ofrecer al público investigador. NATALIO BENITEZ RAGEL.

RELIGIÓN



“-Father. Ya que de misales en casa andamos más que tiesos, dile a la madre superiora que al menos me dé un versículo”. Mi hija, que es una esponja, de inmediato había hecho suyo el lenguaje metafórico de Marta Ferrusola, la “madrina” del clan Pujol y la acuñadora de un nuevo código lingüístico de relaciones comerciales con los bancos. La verdad es que el invento no deja de ser ingenioso, a pesar de que el lenguaje religioso y todo lo que rodea a la religión siempre han sido muy socorridos para establecer un plano metafórico con la realidad. Coplas populares como el villancico tan nuestro del “curita” es un excelente ejemplo, por no hablar de los chistes de curas y monjas que con tanta gracia he escuchado de boca de dos ilustres sacerdotes de esta ciudad; entre aquellos, uno en que se utilizaba la metáfora de los dos tomos del Concilio de Trento en alusión a las dos sobrinas del cura, cuando el obispo pedía alguna lectura reconfortante en las frías noches de invierno. El estamento religioso siempre ha estado muy emparentado con la literatura, y la festiva no iba a ser una excepción, sino todo lo contrario; y ahí están para no desmentirme el interesante pasaje incluido en el ‘Libro de buen amor’, del arcipreste de Hita, en el que los clérigos de Talavera se niegan a renunciar a sus mancebas o barraganas. O toda la literatura de goliardos que prolifera por Europa en la Edad Media, en la que se canta al vino, a la fortuna, a las mujeres y a todos los goces de la vida. A través de estos ejemplos no cabe duda de que la religión, sus miembros, sus ceremonias y su lenguaje han sido desde tiempo inmemorial un excelente material metafórico para muy variados usos. “Pá. Si a la niña le vais a dar un versículo, yo necesitaría una epístola” (el niño que se apunta a todas). “Pues ahora estamos reunidos la madre superiora y el capellán del convento, para decidir si os damos un versículo u os repartimos unas hostias”. José López Romero. 

viernes, 26 de mayo de 2017

JOYAS CARTOGRÁFICAS

Los mapas antiguos hablan, no como los libros, pero si están hechos con rigor científico son capaces de transmitir mucho sobre la zona que representan. En el último tercio de siglo XVIII un geógrafo madrileño, Tomás López de Vargas Machuca (1730-1802), levantó una serie cartográfica que incluía los antiguos reinos de Córdoba, Jaén, Granada y Sevilla (abarcando también este último  Cádiz, Huelva y parte de Málaga). Miembro de las reales academias de la Historia, de la de Bellas Letras de Sevilla, de las sociedades bascongada (sic) y asturiana de Amigos del País, y geógrafo de los dominios de Su Majestad, los mapas de López son auténticas joyas cartográficas. Es significativo, en un tiempo en que la tecnología no había llegado a este campo, la exactitud y el detalle que atesoran estos materiales: márgenes graduados, relieve expresado por sombreados, red hidrográfica, profundidad expresada en las costas, red de comunicaciones, núcleos de población diferenciados… El mapa del “Reyno de Sevilla”, de 1767, está dedicado al Duque de Arcos, Antonio Ponce de León Spínola. Detalla los cortijos, las ventas, los molinos, los lugares fortificados, conventos, monasterios, ermitas… Plegado en cuatro hojas, mide setenta y siete por setenta y un centímetros, y el título, el autor y el año van enmarcados en una bonita cartela con cornucopia.  En la Biblioteca Central de Jerez conservamos los de Jaén, Sevilla y Córdoba, procedentes, como tantos otros materiales, del Legado Soto Molina. Además, hemos encontrado otros ejemplares catalogados en la Biblioteca de Andalucía en Granada y en la Sede Recoletos de la Biblioteca Nacional. Pero no son las únicas piezas interesantes de este tipo que custodia nuestra Biblioteca. Como la imagen que ilustra este artículo, de 1901. Se trata de un dibujo en proyección cónica de la serie “Provincias de España: colección de cartas corográficas”, dirigida por el ingeniero militar Benito Chias y Carbó. Solo hemos reproducido una parte del mapa, en el que se aprecia la comarca jerezana. Exhaustivo como los anteriores, detalla el relieve por sombreado, señalando arzobispados, obispados, estaciones telegráficas, caminos, canales, y por supuesto ferrocarriles, como se observa nítidamente en la línea que se dirige hacia Lebrija para unir Cádiz con la capital del país. El escudo de la provincia adorna la pieza. Solo lo hemos encontrado catalogado en la mencionada Biblioteca de Andalucía, y es raro que no lo conserve la Nacional, máxime cuando esta serie cartográfica fue declarada texto de enseñanza por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1904. Pero también nos obsequió don José de Soto con otra serie de curiosos materiales cartográficos del XIX: un plano del término municipal de Jerez de 1897 salido de la litografía de Hurtado,  uno de Madrid de 1877 donde la plaza de las Ventas queda casi en las afueras, y alguno que otro más que conforman una interesante sección de cartografía en nuestra Biblioteca Municipal. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.




VERGÜENZA

En la magnífica escena final de ‘Una lectora poco común’, Alan Bennett recrea una fiesta que la reina de Inglaterra, Isabel II, protagonista de esta novela corta, celebra por su octogésimo cumpleaños; fiesta a la que ha invitado a un buen nutrido grupo de políticos. Y haciendo gala de ese humor inglés, tan característico de Bennett, y seguramente que también de la reina, esta reduce a unos simples pero finos e irónico datos estadísticos su ya longevo reinado: “En más de cincuenta años hemos visto desfilar, y no digo hemos despedido —(risas)— a nueve primeros ministros, seis arzobispos de Canterbury, ocho presidentes de los Comunes y, aunque quizá no la consideren una estadística comparable, a cincuenta y tres perros corgi”. Y más adelante, cuando se centra la reina en esa afición, casi obsesión que en los últimos tiempos le ha entrado por la lectura, pregunta al su atento auditorio si alguien ha leído a Proust, solo cuenta la S.M. unas cuantas manos que se alzan sobre las conspicuas cabezas sobre las que recae el poder político de toda la nación: “ocho, nueve… diez”. No sin antes alguien preguntar “¿Quién?” al oír el apellido del célebre escritor de la magdalena. Un joven miembro del gabinete, lector de Proust, al ver que su primer ministro no tiene su brazo levantado, cree más conveniente no alzar el suyo “pues no le haría ningún bien”. Aunque Bennett ridiculice a este joven político por su miedo a caer en desgracia y arruinar así una prometedora carrera de cargos y prebendas (¡cuántos paniaguados no se atreven ni a levantar ni un solo dedo de sus manos por no molestar al político del que depende su vida y su hacienda!), la actitud del joven nos lleva también a considerar la vergüenza que pueden sentir muchos lectores en determinados círculos o situaciones en los que leer es poco menos que una actividad reprobable e incluso indigna. Hablar de libros puede convertirse en un acto vergonzante, toda una provocación a los ojos, tras de los cuales solo hay un cacho carne. José López Romero.   

sábado, 29 de abril de 2017

HISTORIA Y PRENSA

Hay un periodo de nuestra historia reciente, el denominado primer franquismo, y que abarca desde la finalización de la guerra civil hasta la firma de los convenios de cooperación con los norteamericanos, que si bien desde hace algunos años es objeto de estudio por parte de muchos investigadores, aún está falto en muchas ciudades de una aproximación histórica. No existe  un trabajo que aporte luz suficiente sobre este periodo en Jerez, aunque es cierto que algunos historiadores han trabajado aspectos parciales de la vida en la ciudad. Una fuente antaño despreciada y hoy básica para recomponer la historia contemporánea, es necesariamente la prensa. El Ayer y el Diario de Jerez, en su primera época, son las cabeceras a las que se tienen que remitir cualquier interesado en estos años, independientemente de bucear en la documentación de archivos públicos y privados. El problema es que la prensa es frágil y son pocas las colecciones conservadas en nuestros archivos y bibliotecas que, acuciados por el peligro de deterioro irreversible de este material, elaboran y ejecutan –con dispar ritmo- trabajos de digitalización. Pero a poco que nos introduzcamos en las hoy quebradizas páginas de estos diarios empezará a desplegarse ante nosotros una imagen que nos impactará de Jerez. Jerez durante el primer franquismo fue una ciudad hambrienta y hacinada. En  estos años estadísticamente el delito más numeroso es  contra la propiedad. Sobre todo proliferan el asalto a depósitos, casas o haciendas, donde el botín son kilos de trigo, gallinas u otros animales de corral, etc. Está claro, pues, que la comida es la principal preocupación de los jerezanos de estos años, por lo que eran cotidianas las imágenes de estos haciendo cola a las puertas del Ayuntamiento esperando el reparto semanal de alimentos y ropas de abrigos (ver ilustración). La vivienda y el endémico hacinamiento en cambio se combatieron con mejor fortuna. Es más, se consideran los años cuarenta del pasado siglo como una época innovadora y casi revolucionaria, en cuanto al urbanismo en la ciudad. Y su protagonista fue sin duda el arquitecto Fernando de la Cuadra Irizar al que se deben los proyectos de barriadas como la de España o la Vid, inauguradas en estos años.  Alimento y vivienda, lo más básico en definitiva,  son los mantras de una población que ha salido de una terrible guerra, pero que también sigue sufriendo una dura represión –como en el resto del país-  que se seguirá ejerciendo más soterradamente pero con igual eficacia y dureza que en los años de la guerra. Y es en las pocas colecciones completas de prensa que aún se conservan - en soportes muy frágiles y en un proceso de deterioro irreversible que obliga a salvar sus contenidos mediante la digitalización- donde se oculta  una historia de la ciudad aún por descubrir en gran medida. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

UN PRÉSTAMO

El otro día acudí a una entidad bancaria a pedir un préstamo. Me gusta más esta palabra que “crédito” porque así no me olvido de que los bancos no son más que al fin y al cabo unos prestamistas. Y cuando llegó el siempre espinoso y desagradable asunto de las garantías, saqué de una maleta que llevaba unos cuantos libros, lo más granado y selecto de mi biblioteca: clásicos en ediciones rigurosas, primeras ediciones de poetas contemporáneos, y hasta alguna novela del siglo pasado ya agotada. Mientras los iba poniendo encima de la mesa, noté que el cliente de la mesa de al lado (es lo bueno que tienen ahora las sucursales, que al no disponer de despachos, la privacidad es más bien escasa, por lo que los clientes pueden consolarse y resignarse en su paupérrima situación financiera), me observaba con cierta expectación (seguro que ya estaba intentando recordar los libros que tenía en su casa). El empleado, aunque con la misma amabilidad que durante toda la conversación había mantenido, me preguntó por lo que estaba haciendo. “No saque, por favor, más libros, caballero”, me dijo en un tono tan cortés como sorprendido, aunque percibí un matiz de incomodidad. La verdad es que le estaba llenando la mesa. “¿Y esto?”, me preguntó cuando di por finalizado mi trabajo. “Desde el siglo XII, caballero –le expuse- los libros eran considerados objetos comerciales y los prestamistas los aceptaban como garantía subsidiaria, como así lo afirma el gran Alberto Manguel en ‘Una historia de la lectura’ y recuerda Jorge Carrión en su libro ‘Librerías’. Así pues, yo vengo a pedir un préstamo y le pongo encima de la mesa (literal) mis libros más valiosos. Fíjese en este ‘Quijote’ de Crítica, o en estas ediciones de la RAE de las obras cervantinas. Mire, mire esta bella edición de las poesías completas de Antonio Colinas…”. “Pare, pare usted, caballero. Usted mismo lo ha dicho, los libros valían algo en el siglo XII, pero me temo que poco o nada valen ahora”. Y tal como los saqué, los fui metiendo en la maleta (el cliente de al lado me echó una mirada triste pero solidaria, se notaba su decepción). Y salí de aquella casa de préstamos sin un euro pero aliviado y contento. José López Romero.